domingo, 13 de junio de 2010

Argentina equivocarse de bando suicidio Afganistán malaria Ejercito norteamericano

 

El argentino que venció al Pentágono
13/06/10 Juan Torres perdió a su hijo soldado en Afganistán. Creía que lo había matado la mafia de la heroína. Luego, descubrió que había sido una medicina que le dio el propio Ejército. Logró que prohibieran la droga en todo el mundo.

 

PorGUSTAVO SIERRA
Chicago. Enviado Especial.

 

 

Juan Torres se inclina sobre la corona de flores resecas, toca la bandera de las tiras y las estrellas y dice algo. "Le hablo a mi hijo, le hablo "al cabezón". Le digo que esté bien. Que yo estoy bien. Que su madre y su hermana también lo están. Y que voy a seguir la lucha por él", dice Juan mirando de reojo la larguísima lista de muchachos de Chicago muertos en las últimas guerras, desde Vietnam hasta Afganistán, grabadas en la piedra del monumento levantado en pleno centro de la ciudad del viento. "Fiiiijate", me remarca con su inconfundible acento cordobés, "son todos apellidos hispanos. Los hispanos somos la carne de cañón". Y se inclina nuevamente sobre la pequeña corona de flores secas y vuelve a murmurar. "Le dije a mi hijo que no se preocupe. Que voy a seguir luchando para que no haya más chicos hispanos que tengan que ir a la guerra para poder progresar. Le dije que no van a ir más engañados como él. Le dije que él no murió para nada", me cuenta este argentino cuando ya salimos del lugar y caminamos por la avenida Wabash mientras el viento de la primavera nos barre como si fuéramos hojas.

Juan logró vencer al Pentágono y a una de las empresas farmacéuticas internacionales más poderosas del mundo. Ya no podrán suministrar a los soldados, ni a nadie, las pastillas contra la malaria que terminaron matando a su hijo Juan/John cuando cumplía con su servicio como soldado en el Ejército estadounidense en Afganistán. Está esperando que termine el juicio que les inició para cobrar la compensación con la que armará una fundación dedicada a ayudar a los soldados que regresan con afecciones psicológicas tras la guerra y a que el Ejército no los use como "conejito de Indias" suministrándoles medicinas que no están probadas fehacientemente. Pero por sobre todo, para poder seguir con su campaña de alertar a los chicos de las escuelas de los barrios pobres hispanos que no se dejen engañar por los reclutadores de las fuerzas armadas. "Ahí está el nudo de todo. Se llevan a los chicos cuando aún son menores de edad. Les prometen que van a ser héroes de películas, que les van a pagar la universidad, que van a viajar. Y es todo mentira. ¡Si a mí me quisieron cobrar hasta el préstamo que le habían dado a mi hijo para que estudiara! Pero ya había terminado su carrera hacía mucho y ni sé qué pasó con el dinero. Pero igual me lo querían cobrar. ¡Es todo una gran mentira!", sigue contando Juan mientras nos subimos a su camioneta marrón y se dispone a manejar hacia su casa de Schillerr Park, a una media hora del centro de Chicago.

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El último día que Juan/John estuvo vivo salió de la base de Bagram, a 70 kilómetros de Kabul, y fue directamente a una de las tantas tiendas que armaron los afganos para vender a los soldados americanos. Compró dos películas en DVD grabadas ilegalmente y se cruzó con algunos compañeros de la base que iban a comprar otra cosa. En esas tiendas se puede conseguir heroína de la mejor calidad. Afganistán es el principal productor de amapolas del mundo, la planta de donde se extrae el opio que luego es refinado y convertido en heroína. "Mi hijo estaba muy preocupado por todo eso que pasaba en Bagram. Me lo contó cuando vino a casa. Y yo le pedí que no se metiera, le dije que era muy peligroso", cuenta Juan, el padre.

Juan/John era contador y se encargaba de organizar los movimientos de pertrechos y alimentos de la base. Generalmente trabajaba de noche pero ese 11 de julio de 2004 le habían cambiado la guardia por un trabajo especial que debía hacer a la mañana siguiente. De todos modos no pudo dormir. Tenía dolores muy fuertes en el pecho y el estómago. Sus compañeros dicen que primero jugo un partido de fútbol virtual en un videogame con un compañero mexicano. Se enfrentaron las selecciones de Argentina y México. Ganó la que lidera Messi. Hizo planes con su amigo para festejarle el cumpleaños a la noche siguiente. Después se puso a ver la película "21 Gramos" del director mexicano González Iñárritu. En algún momento entre las 4:15 y las 6:00 de la madrugada un sargento lo vio salir de la barraca con la cabeza gacha, una toalla en el cuello y cargando su rifle M-16. "I have damn Haji guard", le explicó al sargento que se sorprendió que Juan/John anduviera a esa hora por allí. Supuestamente tenía que registrar la entrada de los trabajadores afganos de la base (los llaman Haji en forma despectiva).

A eso de las siete de la mañana se escuchó un tiro desde la zona de los baños. Encontraron el cuerpo de Juan/John en un charco de sangre. Se había volado la cabeza. Junto al cuerpo encontraron dos fotos suyas con sus padres y su hermana, Verónica, y una nota de suicidio escrita en forma desordenada en un papel que habría encontrado tirado en el baño. "Lo siento mucho. No tuve otra salida. Vengo padeciendo tanto dolor en el último año que ya no lo puedo aguantar más. El dolor en el pecho y el estómago es cada vez más intenso y no hay ningún doctor que me pueda ayudar. Finalmente voy a estar en paz y sin dolores", dice la carta. Agrega unas líneas para Liz, su novia de Houston, "que siempre la vi como mi esposa y la madre de mis hijos" y le pide a su madre, Susana, que haga lo imposible para que Liz termine la universidad. La carta fue ocultada por el Pentágono por más de un año y medio.

"Estaba convencido de que lo habían matado. Creí que se había metido con la mafia de la heroína, en la que están comprometidos muchos militares, y que lo habían asesinado", explica Juan mientras tomamos café en el living de su casa. "Primero me dijeron que no abriera el cajón de mi hijo porque tenía la cabeza destrozada. Y no les hice caso. Cuando lo vi, estaba entero. Ahí me puse más paranoico. Y por cuatro meses me dijeron que todo estaba "bajo investigación" pero no me explicaban nada. Fue cuando dije "yo no me puedo quedar con los brazos cruzados". Y me fui a protestar frente al rancho de Bush en Texas con un cartel que decía "The CID killed my son". El CID es el Departamento de Investigación Criminal del Ejército. Allí se encontró con Cindy Sheehan "la madre pacifista" y comenzó a participar en protestas contra la guerra por todo el país. Se contactó con los congresistas de Illinois, el senador Richard Durbin y el representante Rahm Emanuel, que hoy es el jefe de gabinete de la Casa Blanca. "Primero creí que me ayudarían pero después comprobé que le estaban pasando toda la información que les daba al Pentágono y finalmente me dijeron que "la investigación por la muerte de su hijo se realizó de manera apropiada", dice Juan.

Para esa época es que el Ejército le entrega las conclusiones de la investigación y aparece la carta de suicidio. Juan sospechó aún más. Su hijo tenía la fuerza de mil caballos y no iba a matarse por padecer un dolor en el pecho o el estómago. "No me cerraba por ningún lado. Estaba a unos pocos días de dejar el Ejército definitivamente. Ya se le terminaba el contrato que había firmado y tenía planes para viajar con su novia y casarse. Iban a ir a la Argentina. Se querían mucho. No podía creer que se hubiera pegado un tiro", sigue contando mientras respira fuerte y suspira profundo para no dejar escapar las lágrimas.

En una de las manifestaciones se encontró con el documentalista Shaun McCanna que le propone hacer una investigación independiente y plasmarla en un film. En mayo del 2006 se fueron juntos a buscar evidencias a Afganistán. En la base de Bagram les dieron un tour como si fueran turistas y les dijeron que ya se había modificado el lugar y que los baños habían sido trasladados a otro sector. "Lo único que quería era rezar cerca de donde había estado muerto mi hijo. Y ni eso pude", lanza bajando el tono de la voz. Pero sí pudieron comprobar que lo del negocio de la heroína que le había contado su hijo era verdad. Un chico les ofreció opio y heroína y un momento después vieron como un oficial salía de la base y compraba un paquete grande de droga que en las calles de Nueva York podría costar decenas de miles de dólares.

Pero regresaron de Afganistán sin respuestas claras. Las primeras evidencias con las que podría comenzar a determinar el porqué de la muerte de Juan/John aparecieron recién seis meses más tarde en un sobre que llegó en forma anónima. Alguien de adentro del Ejército estadounidense había decidido que se supiera la verdad.

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Juan conoció a Susana Ferro cuando eran apenas unos adolescentes en la ciudad de Córdoba. Pronto, a los 16 años, Susana quedó embarazada de Verónica, la primera hija de la pareja que hoy es una arquitecta en Houston, Texas. Juan tenía 20. Había aprendido matricería pero trabajaba como inspector en la municipalidad. Era 1980 y apenas si juntaban dinero para sobrevivir. Fue cuando Susana quedó embarazada nuevamente de Juan/John. Buscaban cómo salir de la situación y unos amigos le ofrecieron venirse a Houston. Cuando el bebé cumplió cuatro meses decidieron emigrar. "Al principio trabajé en restaurantes y busqué hacer cosas en matricería. Pero pronto descubrí que se hacía muy buen dinero sirviendo banquetes en los hoteles. Y ahí conocí a algunos managers que me fueron recomendando. La verdad es que yo les caía bien porque era muy cumplidor con el trabajo y porque jugaba bien al fútbol. Había jugado en las inferiores de Belgrano de Córdoba, mi equipo del corazón, y también en el Peñarol de allá de la provincia. Acá jugué en varios equipos semiprofesionales. Y sabés que mi hijo había heredado la habilidad. Jugaba superbien. Siempre lo buscaban para jugar. Era un petiso muy habilidoso con la pelota", sigue contando Juan mientras ya estamos nuevamente en la camioneta marrón para hacer un recorrido por la avenida Sheridan que bordea al Lago Michigan y se dirige hacia los barrios más sofisticados de Chicago.

En el 96, Verónica ya estaba por entrar a la universidad y Juan/John lo haría pronto. Juan necesitaba ganar más dinero. Decidió aceptar la oferta para venir a trabajar en un hotel de Chicago en el que le triplicaban el sueldo. Con dolor dejó a Susana y los chicos para trabajar 12 o 14 horas por día y hacer una diferencia. "No tenía vida. Los días de descanso aprovechaba para hacer algún trabajito extra. Y todo eso me terminó de alejar de Susana -aunque seguimos teniendo muy buena relación-pero no de los chicos. Venían a visitarme y se quedaban acá por temporadas. Fue cuando Juan/John cometió el grave error", dice Juan cuando pasamos por el barrio de mansiones donde vive gente como Michael Jordan u Ophra Winfrey.

Juan/John se había dejado convencer por un reclutador del Ejército que visitó su escuela. Y a pesar de que aún le faltaban tres meses para cumplir los 18 años firmó el contrato para alistarse. Cuando se lo contó al padre ya era tarde. El Ejército no aceptó el argumento de que el contrato era ilegal porque lo había firmado un menor de edad sin el consentimiento de los padres. Y lo peor era la letra chica. Por ahí abajo, al pasar, decía que el contrato por un año podía ser extendido a ocho si la situación del país así lo requería. Juan/John fue a Kosovo y regresó sin mayores problemas. Logró terminar sus estudios y se recibió de contador. Pero cuando se disponía a casarse con Liz lo volvieron a llamar. Esta vez para ir a Afganistán.

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Susana, la madre, envió varios pedidos de información sobre la muerte de su hijo a través del Freedon of Information Act. No le respondieron los dos primeros, pero meses después de presentar el tercero le llegó un sobre con nueve páginas clasificadas del reporte del psiquiatra del Ejército Robert Ensley escrito en junio de 2005. "Ahí es cuando se abre la caja de Pandora", dice Juan. Ensley dice que Juan/John era un soldado más maduro que el promedio, competente y sociable. Y al final menciona la medicación que estaba tomando: Lariam, o mefloquine hydrochloride, una droga contra la malaria conocida por sus devastadores efectos secundarios.

En los años 80, el instituto Walter Reed de investigaciones del Ejército desarrolló la pastilla y le entregó la licencia al laboratorio suizo Roche. Era una gran solución para el Pentágono. Cada vez que enviaba soldados a una zona tropical tenía que gastar enormes fortunas en tratamientos contra la malaria por los que hay que tomar una píldora cada día. Lariam se suministra una vez a la semana. Pero se trata de una medicina absolutamente peligrosa. Provoca alucinaciones, depresiones profundas e induce al suicidio.

En 1997 ya se formó una primera organización de familiares de personas muertas a causa de esta droga. Y en 2002, una serie de investigaciones de dos reporteros de la agencia UPI probaron que la medicina que se receta a cientos de miles de soldados, trabajadores sociales y turistas "puede provocar cinco veces más problemas mentales que lleven al suicidio que cualquier otro tratamiento para prevenir la malaria como el antibiótico doxycline, por ejemplo". El propio instituto Walter Reed publicó en un informe del 2004 que "al menos el 25% de los que toman mefloquine como dosis profiláctica experimentan efectos neurológicos y psiquiátricas negativos". La senadora demócrata por California Dianne Feinstein logró armar un comité de investigación sobre la droga en el Congreso, pero no se llegó a ninguna conclusión concreta. El entonces encargado general de salud del Ejército, James Peake, dijo al comité que "no encontramos evidencias entre el uso de Lariam y el suicidio de soldados. Sólo 4 de los 24 soldados que se suicidaron este año en Irak pertenecían a unidades a las que se les suministró esa droga". Unos meses más tarde y como consecuencia de un pedido de informes de los Torres, el Ejército admitió que los suicidios a causa de la píldora no habían sido 4 sino 11.

El informe más contundente apareció en el Malaria Journal en marzo de 2008 firmado por el prestigioso infectólogo Remington Nevin. Dice que cerca del 10% de los 11.725 soldados desplegados en Afganistán que tomaron Lariam tuvieron graves efectos neurológicos. Y ahí se habla por primera vez de que esos efectos se potencian con el uso de algunas otras medicinas en forma paralela.

"Juan/John era muy sistemático. Si su superior le decía que debía tomarse una píldora él lo hacía en forma correcta sin escapar a ninguna dosis. Sus amigos me lo dijeron. Ellos no tomaban la pastilla porque les daba dolores pero mi hijo confiaba ciegamente en los médicos. Fue cuando empezó a tener graves dolores de estómago y en el pecho", explica Juan.

El año pasado Juan y Susana decidieron contratar al abogado Louis Font, un ex oficial del Ejercito estadounidense que pidió la baja desilusionado por la guerra y que se encarga de defender a los objetores de conciencia. Font consiguió que le remitieran todo el expediente médico y de servicio de Juan/John. Y allí encontraron la clave. A causa de los dolores estomacales, un médico del Ejército le dio unas pastillas para calmar la acidez. Fue lo que agravó las consecuencias del Lariam. Las dos drogas juntas son fatales. Provocan inflamaciones en el pecho, alucinaciones y tendencias suicidas. Son efectos que aparecen de golpe y provocan dolores extremos en la persona. Finalmente, un juez federal aceptó el caso remarcando que por ley no se puede hacer juicio al Ejército pero sí al laboratorio Roche que elabora la droga. Fue cuando el Pentágono anunció oficialmente que ya no suministraría Lariam a sus soldados "por tratarse de una droga con efectos secundarios peligrosos". Roche retiró hace tres meses Lariam del mercado. La prensa estadounidense habla del cordobés Juan Torres como "el padre coraje" que logró vencer al Pentágono. La semana pasada se estrenó en Chicago el documental "Drugs and Death at Bagram" de Shaun McCanna que describe el camino recorrido por este argentino.

"Y ya estoy más tranquilo. Creo que para fin de año ya tendremos el juicio resuelto y me voy a poner a trabajar con la fundación que voy a crear en nombre de mi hijo. Yo no estoy contra el Ejército estadounidense pero no quiero que les sigan mintiendo a los chicos hispanos ni a sus padres. Como siempre digo, Juan/John me dejó un mandato. No puede haber más chicos que sean tratados como animales de guerra", comenta Juan y besa el anillo de su hijo que lleva desde hace seis años en su mano derecha. Después mira la foto de ese chico de ojos brillantes, respira rápido y suspira profundo.

 

difunden: 1er. Museo Histórico Suramericano " Ernesto Che Guevara "  la  Escuela de  Solidaridad con  Cuba " Chaubloqueo " y el  Centro de  Registro de  Donantes  Voluntarios de  Células Madre -  Irene Perpiñal y Eladio González - directores   calle Rojas 129  local  Capital - AAC 1405 - Buenos Aires - República Argentina  telefax:  4- 903- 3285 Caballito

 

 sonrisa total de frente sin boina

email: museocheguevara@fibertel.com.ar
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doná sangre, doná órganos, doná células madre, sé solidario, SÉ VOS.
¡Salven a los argentinos! "las ballenas"

 

 

 

 

 

Aborto y Ley religión y salud sexual

Sábado, 12 de junio de 2010

Encuentro internacional sobre violencia de género

Sobre derechos vulnerados

La negativa a aplicar el aborto no punible y la imposibilidad de acompañamiento en el parto fueron presentados como ejemplos de vulneración de derechos sexuales y reproductivos por la ministra Carmen Argibay y la investigadora Mariana Romero.

Por Pedro Lipcovich

 

“La Argentina es un Estado laico y nadie debería pretender imponer fórmulas sobre salud sexual en las que la ciencia obedezca a la religión”, afirmó Carmen Argibay, ministra de la Corte Suprema, al criticar un fallo de la Corte (en una composición anterior) que había prohibido la “píldora del día después”. Lo hizo en el Encuentro Internacional sobre Violencia de Género –que finaliza hoy–, en el mismo panel donde la investigadora Mariana Romero señaló “tres áreas de inequidad” entre mujeres de distintos sectores sociales: el acceso al aborto no punible; el acceso a anticonceptivos y el derecho a ser acompañada durante el parto –que sólo se otorga al 17 por ciento de las mujeres en hospitales públicos del conurbano–.

 

Además, y entre sonrisas, la doctora Argibay dio respuesta definitiva a una pregunta milenaria: ¿qué quieren las mujeres?

La ministra Argibay recordó “un fallo terrible” de la Corte Suprema, hace nueve años, cuando, por cinco votos contra cuatro, prohibió la “pastilla del día después”, la anticoncepción oral de emergencia, aduciendo que era abortiva.

 

“No es abortiva porque sus mecanismos de acción son espesar la mucosidad del cuello uterino, de modo que los espermatozoides no puedan pasar, e impedir que el óvulo baje desde el ovario por la trompa –explicó Argibay, con auxilio de esquemas ilustrativos–; en ambos casos, la píldora impide, no la anidación sino la fertilización.

 

El error de considerarla abortiva obedece a haber mezclado lo científico con lo religioso, lo cual trae grandes problemas. La Argentina es un Estado laico y nadie debiera poder imponer a otros sus creencias religiosas”, sostuvo la jueza, en el panel sobre “Acceso a los derechos sexuales y reproductivos” del encuentro organizado por la Defensoría General de la Nación, que finalizó ayer.

 


Argibay recordó que “en la Argentina, el 21 por ciento de la mortalidad en mujeres se debe a abortos clandestinos, especialmente entre jóvenes, pobres y con bajo nivel educativo. Las mujeres que tienen dinero abortan en clínicas con todas las garantías, mientras que en hospitales públicos no hay atención y las mujeres de esos otros sectores sociales o bien mueren o, después, cuando quieren ser madres, no pueden porque tienen el útero destruido”.

 


Mariana Romero, investigadora del Conicet y del Cedes, mencionó “ejemplos de vulneración de derechos”. El primero se refirió “al derecho a estar acompañada durante el parto por una persona de su elección, generalmente el marido”; lo garantiza una ley nacional de 2004. Pero una investigación efectuada sobre 63.060 nacimientos, en el área metropolitana de Buenos Aires, muestra que, si bien en 2006 la proporción de mujeres acompañadas en hospitales públicos había aumentado, en el conurbano no superaba el 17 por ciento; la Ciudad Autónoma de Buenos Aires alcanzaba el 50 por ciento y, en el conjunto del área metropolitana, la proporción de mujeres acompañadas no superaba el 25 por ciento”.

 


Los investigadores interrogaron a los médicos tratantes, y obtuvieron respuestas como: “Podrían venir acompañantes pero sólo si hicieran el curso y se trajeran la ropa...”; “No tenemos condiciones de infraestructura...”; o incluso que “si las acompañan, ellas se ponen nerviosas...”. En cambio, “en las instituciones privadas, a la mujer le resulta fácil acceder a este derecho, lo cual delata una situación de inequidad”, señaló Romero.


El tercer ejemplo es el del aborto no punible, garantizado desde 1922 por el artículo 86 del Código Penal. En grupos focales sobre este tema, “los médicos sostenían que no podían admitir por sí mismos el aborto no punible a ‘mujeres que dicen haber sido violadas’, como si fuera tan fácil inventarlo; decían los médicos que ‘en mi consultorio hago lo que quiero, pero en el hospital necesito mayor protección’, y reconocían: ‘Tenemos miedo’”, contó la investigadora.
Romero recordó que “el Ministerio de Salud de la Nación (durante la gestión de Ginés González García) elaboró guías para la atención de abortos no punibles, que no se difundieron y ahora están ‘en revisión’”.


Paco Bernal en Girona pide libertad a los cinco cubanos presos

En nombre de La Polilla
Enviado el: Domingo, 12 de Diciembre de 2010
 

Paco Bernal expone sus dibujos por primera vez en Girona

El gran artista mundial, Paco Bernal, muestra por primera vez sus dibujos de compromiso por Los Cinco compañeros cubanos, encarcelados injustamente en EEUU, en Girona.

 

Acompañado por su Revolucionaria hermana, Rosa Bernal, explicaron al público existente las motivaciones de los dibujos y la lucha constante por la libertad de Los Cinco. Sus dibujos han sido premiados en numerosos certámenes de pintura, así como las numerosas exposiciones que ha realizado. Actualmente está exponiendo en La Habana.

 

Rosa nos ha explicado la relación que mantinen con los cinco compañeros cubanos mediante cartas por correo electrónico. El caso de Los Cinco lleva más de doce años.  Fueron injustamente encarcelados por denunciar acciones terroristas a cometer en Cuba. Las movilizaciones a nivel mundial no han cesado y hasta el día de hoy se siguen realizando actos, manifestaciones, publicaciones, etc.,  en defensa del caso de estos cinco héroes, que renunciaron a vivir una gran vida en Miami por defender la Revolución Cubana.

 

Para Los Cinco Paco es más que un pintor, es más que un amigo, más que un hermano. Como dice Gerardo, Paco Bernal es un símbolo.?

http://amiguesdelalba.blogspot.com/2010/12/paco-bernal-expone-sus-dibujos-por.html

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Paco y sus sonrisas

Por Pascual Serrano

 

¿Cuál podría ser la razón para que Paco Bernal haya encontrado en Cuba y en la causa de los Cinco inspiración para la pintura y para el compromiso? Creo no tener ninguna duda. Cuba y su socialismo es hoy el proyecto político y social que más ha apostado por los débiles. Por ello Paco ha encontrado en ese país todo el cariño y amor que una carrera de obstáculos como es el capitalismo nunca le dará. Paco percibe en ese pueblo y sus luchas, una cooperación y una solidaridad que jamás encontraría en los mercados que hoy dominan el resto del mundo. En agradecimiento, Paco ha buscado alguna parte de Cuba que fuese víctima de la injustícia y la ha encontrado, pero se ha tenido que ir fuera de la isla, hasta Estados Unidos. Han sido Gerardo, Antonio, Fernando, René y Ramón los destinatarios.

 

Paco Bernal observó que en Cuba se quiere y se apoya al que se queda atrás, y por eso él se puso manos a la obra y se dedicó a hacer lo mismo con esos Cinco cubanos que el odio estadounidense intenta que se descuelguen del pelotón de los cubanos.

 

Mientras que muchos de nosotros nos hemos propuesto acompañar a Cuba y denunciar la injustícia que se está cometiendo con los cinco cubanos desde el profundo conocimiento de la realidad, la reflexión y el análisis de todos los elementos que se producen en torno a la isla, Paco lo hace desde el sentimiento de quién, mediante un sexto sentido que los demás no utilizamos, ha descubierto que en ese lugar del Caribe la competitividad la han sustituído por cooperación y la desventaja por afecto.

 

El resultado salta la vista, el pueblo Cubano le ha dado la mano a Paco para incluirlo en ese pelotón de justícia e igualdad de derechos que es el socialismo y Paco le ha dado la suya, alargada gracias a los pinceles, a los Cinco y sus famílias para que nadie se quede atrás en esa aspiración de mundo donde ningún débil sea abandonado.

 

Y si alguién piensa que eso es un sacrificio o un duro esfuerzo se equivoca, todas las imágenes de las pinturas de Paco sonríen. Lo hacen porque se saben acompañadas y seguras de que ninguna será desahuciada por el grupo cuando surjan las dificultades. Por eso en Cuba en los peores momentos de su economía nunca falta la leche para los niños, ni un techo seguro para cualquiera que se vea amenazado por un ciclón, ni un clamor de justícia para el que es secuestrado por los Estados Unidos, ni una sonrisa para un cuadro de Paco.

 

http://amiguesdelalba.blogspot.com/2010/12/paco-y-sus-sonrisas.html



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Lic. Rosa Cristina Báez Valdés "La Polilla Cubana"
Moderadora Lista e-mail Cuba coraje
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¡JUNTOS PODEMOS  LOGRARLO! Libertad a los 5 ¡YA!

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Sudafrica Festival Mundial de Juventud y Estudiantes

Estudiantes recuerden las décadas de prisión de Nelson Mandela y la sangre derramada por miles de cubanos

que dieron sus preciosas vidas al combatir por el fin del Apartheid en Sudáfrica.

Estudiantes recuerden los 39 años de Ernesto Che Guevara terminando en el aula de una escuelita en Bolivia.

No olviden, recuerden, investiguen e indígnense, tendrán un mundo mejor.  

                                                                                                                                         Eladio González   toto  director

 

 

capac.periodistasamigosdecuba@gmail.com
De: <beto.cabrera097@gmail.com>
Fecha: 13 de diciembre de 2010

Se inaugura en Sudáfrica XVII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes

Este lunes se inaugura en Sudáfrica el XVII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en el cual participarán delegados de más de 140 países que deliberarán a favor de la paz y en contra del imperialismo.

Hasta el próximo 21 de diciembre jóvenes y estudiantes de todo el mundo estarán reunidos en Pretoria, la capital sudafricana, como parte de este evento. cuya primera edición ocurrió hace 63 años en Praga, antigua Checoslovaquia, actualmente capital de la República Checa.

En Sudáfrica, los participantes se reúnen bajo el lema Por un mundo de paz, solidaridad y transformaciones sociales, derrotemos al imperialismo. La cita está dedicada de manera especial a los líderes Fidel Castro y Nelson Mandela.

El secretario general de la Federación Mundial de Juventud Democrática, Jesús Mora, explicó a la agencia Prensa Latina que la inauguración del evento, a la cual confirmó su presencia el presidente surafricano, Jacob Zuma, comenzará a las 15:00 horas locales (12:00 GMT) en el estadio Mariffield, con capacidad para 48 mil personas.

Mora comentó que los organizadores esperan a unos 10 mil delegados foráneos y el doble de esa cifra de anfitriones.

Venezuela acudirá con 200 representantes de todos los sectores sociales con los objetivos de presentar la defensa y difusión de los logros de la Revolución Bolivariana en el ámbito juvenil, el desenmascaramiento de las campañas mediáticas contra el proceso y su máximo líder, Hugo Chávez, y el impulso a la creación de un Gran Frente Juvenil Antiimperialista a nivel mundial.

Además, Cuba estará una vez más en el movimiento de los festivales, y junto a los delegados de ese país viajaron representantes de 27 países que cursan estudios en la isla caribeña, resaltó la primera secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas, Liudmila Álamo.

“Otra vez mostraremos la solidaridad y hermandad con los pueblos, y reiteramos el pedido de libertad para cinco antiterroristas de nuestra nación presos en Estados Unidos desde el 12 de septiembre de 1998”, enfatizó la dirigente.

Venezuela acogió en 2005 el XVI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, foro en el cual participaron unas 25 mil personas de 145 países. 

teleSUR-Juventudrebelde-Pl/MFD

Novel REVOLUCIONARIO peruano versus Nobel reaccionario Vargas Llosa

John Ochoa <qantumauta@hotmail.com> escribió:

Fecha: domingo, 12 de diciembre, 2010 02:15

Bueno, estimados compañeros, ante tanto apabullamiento creí necesrio responder al señor nobel,  con nuestro NOVEL eterno

el UNIVERSALMENTE primaveral César Vallejo... Me tomé la molestia de buscar el discurso completo y transcribirlo, puesto que no es posible hallarlo en la red y bajarlo con facilidad.

 

A esto se llama ser escritor señores escritortes.

Atte.

John Ochoa.................................................................................................................................

 

El   NOVEL   REVOLUCIONARIO

Versus   El   Nobel   reaccionario

 

LA   RESPONSABILIDAD   DEL   ESCRITOR              César Vallejo

 

Traigo el saludo de mis compañeros al pueblo español que lucha con un interés sobrehumano, con una vocación sin precedentes en la Historia y que está asombrando al universo.

Vosotros sabéis que el Perú, al igual que otros pueblos de América, vive bajo el dominio de una dictadura implacable; esta dictadura se ha exacerbado. No se consiente que se pronuncie una palabra respecto de la república española en las calles de Lima ni en ninguna ciudad de la República. Los escritores han organizado una campaña de programa enorme en las más apartadas regiones del país, y esta campaña ha merecido la condena del gobierno.

Con este saludo de los escritores de nuestro país os traigo el saludo de las masas trabajadoras del Perú. Estas masas contrariamente a lo que podáis imaginaros, tratándose de un país que arrastra una vieja cadena de ignorancia y de obscuridad, ha podido desde el primer momento apercibirse de que la causa de la República española es la causa del Perú, es la causa del mundo entero. ¿Por qué, me preguntaréis, esta capacidad de rapidez con que las masas del Perú y del mundo entero se han dado cuenta de sus deberes hacia la República española? La explicación es clara: los pueblos que han sufrido una represión, una dictadura, el dominio de las clases dominantes, poderosas, durante siglos y siglos, llegan por una aspiración extraordinaria a tener esta rapidez; porque un largo dolor, una larga opresión social, castigan y acrisolan el instituto de libertad del hombre a favor de la libertad del mundo hasta cristalizarse en actos superiores, en acción de la libertad.

Las masas trabajadoras de América luchan, pues, al lado de las masas trabajadoras de España.

Hacen mal los estados y los Gobiernos de América en tratar de impedirlo, porque a pesar de estas obstrucciones, de estas detenciones, de estas persecuciones, estas masas llegan a organizar una acción de conjunto a favor de la República española.

Camaradas: los pueblos iberoamericanos ven claramente en el pueblo español en armas una causa que les es tanto más común cuanto que se trata de una misma raza y, sobre todo, de una misma historia, y lo digo no con un acento de orgullo familiar de raza, sino que lo digo con un acento de orgullo humano, y que solo una coincidencia histórica ha querido colocar a los pueblos de América muy cerca de los destinos de España.

América ve, pues, en el pueblo español cumplir su destino extraordinario en la historia de la humanidad, y la continuidad de este destino consiste en que a España le ha tocado ser la creadora de continentes; ella sacó de la nada un continente, y hoy saca de la nada al mundo entero.

Camaradas: he observado en el curso de los debates de este Congreso, desde sus comienzos, que todos los delegados han traído la voz pálida de sus respectivos países como mensajera de la vida revolucionaria de esos países; pero hay un punto, tocado muy someramente y que, a mi entender, es un punto de los más graves; es un punto que debía haberse tocado con mayor ahínco. Me refiero ahora al aspecto de la RESPONSABILIDAD DEL ESCRITOR ante la historia y, señaladamente, ante los momentos más graves de la historia. Este aspecto pobre de la conciencia profesional del escritor, el compañero, Grao, escritor holandés, lo ha tocado de un modo admirable.

Hablemos un poco de esa responsabilidad, porque creo que en este momento, más que nunca, los escritores libres están obligados a consubstanciarse con el pueblo, a hacer llegar su inteligencia a la inteligencia del pueblo y romper esa barrera secular que existe entre inteligencia y el pueblo, entre el espíritu y la materia. Estas barreras, lo sabemos muy bien, han sido creadas por las clases dominantes anteriores al dominio de la monarquía. Creo, pues, necesario llamar la atención de los escritores del II Congreso Internacional Antifascista, diciéndoles que es necesario, no que el espíritu vaya a la materia, como diría cualquier escritor de la clase dominante, sino que es necesario que la materia se acerque al espíritu de la inteligencia, se acerque a ella horizontalmente no verticalmente; esto es, hombro a hombro.

Jesús decía: "Mi reino no es de este mundo". Creo que ha llegado un momento en que la conciencia del escritor revolucionario puede concretarse en una fórmula, diciendo: "Mi reino es de este mundo, pero también del otro".

Por desgracia, la conciencia de la responsabilidad profesional del escritor no está bastante desenvuelta entre la mayoría de los escritores del mundo. La mayor parte de los escritores están al lado del fascismo porque carecen de esta conciencia profesional, de esta conciencia de su acción histórica; pero nosotros tenemos de nuestro lado lo mejor del pensamiento del mundo, lo mejor en calidad. La prueba es que los mejores escritores de mayor valor intrínseco han venido a este Congreso a manifestar su adhesión a la causa del pueblo español.

Otra prueba de que la conciencia de la responsabilidad del escritor no está bastante desarrollada es que en las horas difíciles por que atraviesan los pueblos, la mayor parte de los escritores se callan ante las persecuciones de los gobernantes imperantes; nadie pronuncia una palabra en contra y, esta es una actitud muy cómoda. De desear sería que en nuestras horas de lucha en que la policía, la fuerza armada, están amenazando la vida, la actividad de los escritores y del pueblo entero, que estos escritores levanten su voz en estas horas y que tengan el valor de protestar de esta tiranía, de esta actitud.

Un camarada de los más notables dijo que de desear sería exigir de las Internacionales Obreras una mayor presión sobre las masas para que expresen su protesta contra las actitudes de los gobiernos respectivos, y para que bajen a las calles, a fin de prestar a la España republicana el innegable derecho que tiene de armarse contra la invasión extranjera.

Los responsables de lo que sucede en este mundo somos los escritores, porque tenemos el arma más formidable, que es el verbo. Arquímedes dijo: "Dadme un punto de apoyo, la palabra justa y el asunto justo, y moveré el mundo"; a nosotros, que poseemos ese punto de apoyo, nuestra pluma, nos toca pues, mover el mundo con esta arma. (Aplausos)

Naturalmente, el problema se reduce  a un problema de tipo personal y de interés de los propios escritores, porque no movilizamos nuestras plumas, no estamos contra los gobiernos, contra la prensa enemiga, contra los escritores llamados neutrales.

En la mayoría de los casos los escritores no tenemos heroicidad, no tenemos espíritu de sacrificio. Charloi decía: "Nosotros, los escritores, tenemos una vergüenza enorme que nos hace bajar la cabeza, y es la de ser escritores".

Hora es de asumir nuestro papel valerosamente, tanto en las horas en que estemos bajo un gobierno propicio, como también en las horas que estamos bajo un gobierno adverso.

Estoy abusando del tiempo escaso de que disfrutamos; este congreso, naturalmente, no ha venido a discutir problemas de técnica profesional, pero hemos venido con un objeto, hemos venido en una misión profesional que consiste en darnos cuenta de la materia prima que debe de tener cada escritor creador, cuál es el contacto directo con la realidad española, que hoy más que nunca pueden dar buenos frutos.

Para nosotros los escritores revolucionarios, un hombre culto es el que contribuye individual y socialmente al desarrollo de la colectividad en un terreno libre de concordia, de armonía y justicia por el progreso común e individual.

De aquí que cuando hemos sabido cómo el 5º Regimiento había salvado los tesoros artísticos encontrados en el palacio del duque de Alba, y los había salvado al precio del sacrificio de alguna vida, exponiendo la existencia de estos camaradas, haya algunos compañeros intelectuales que se hayan preguntado: "¿Es posible que el concepto de cultura se haya tamizado hasta el punto que el hombre tenga que ser el esclavo de lo que ha hecho sacrificando su vida en servicio de una escultura, de un cuadro de pintura, etc.?" Para nosotros el concepto de cultura es otro; creemos que los museos son obras más o menos perecederas de la capacidad más gigantesca que tiene el hombre, y querríamos que en un radio de ensueño artístico, de ideal casi absurdo, querríamos, digo, que en esta contingencia trágica del pueblo español suceda lo contrario. Que en medio de una batalla de las que libra el pueblo español y el mundo entero, los Museos, los personajes que figuran en los cuadros hayan recibido tal soplo de vitalidad que se conviertan también en soldados en beneficio de la humanidad. Es necesario darnos cuenta de nuestra misión aquí.

Es necesario que cuando volvamos a nuestros países no olvidemos la situación de esta lucha del pueblo español. Hay que movilizar los espíritus, las masas a favor de la República española

Unas cuantas palabras más y termino. Este Congreso se denomina Congreso para la defensa de la cultura, pero difícilmente los intelectuales del mundo se ponen de acuerdo.

Hace algunos años, este tema fue materia de discusión interesantísima para saber si un hombre es culto o no lo es. Un escritor inglés decía: "el hombre culto es un hombre honrado que cumple exactamente con sus deberes, con su amistad, etc., aun cuando sea un perfecto ignorante, un inepto y no sepa apreciar la sinfonía de Beethoven".

Un francés decía: "Para nosotros, un hombre culto es un hombre que se ha especializado en un ramo, y en ese ramo ha hecho un descubrimiento de gran beneficio para la humanidad, aunque sea un hombre deshonesto y no honrado".

Intervención de Vallejo, en el II Congreso Internacional de escritores,

Publicada en el "Mono Azul" de Madrid.

Barcelona, julio de 1937

 

Discurso del Nobel de literatura 2010

ELOGIO DE LA LECTURA Y LA FICCIÓN  

Por Mario Vargas Llosa  

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida.

Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú.

Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido.

Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean- François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u

oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del General de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder.

Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte.

En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeocristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica.

Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía.

Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religiónprovinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y

añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" –lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: "Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos

mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (peseal pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.  

Estocolmo, 10 de diciembre de 2010.