miércoles, 11 de diciembre de 2013

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Marita Verón: a un año del fallo judicial que avergonzó al país

  11 de diciembre de 2013 (infobae-derf)  Hora: 10:00  

En su libro "La Red, la trama oculta del Caso Marita Verón", Sibila Camps echa luz sobre lo que hay detrás de la sentencia que absolvió a todos los imputados por el secuestro de la joven tucumana
En diálogo con Infobae, la autora reconoce que la resolución generó un "repudio social al consumo de prostitución".

"Quería creer en la Justicia", dijo con la desilusión a cuestas una incansable Susana Trimarco al conocer el inexplicable fallo judicial que el 11 de diciembre de 2012 absolvió a los 13 imputados en la causa que investigaba el secuestro y la desaparición de su hija, María de los Ángeles Verón.
En varias ciudades del país brotaba la bronca y las calles albergaban el masivo repudio a los jueces de la Sala II de la Cámara Penal de Tucumán: Alberto Piedrabuena, Emilio Herrera Molina y Eduardo Romero Lascano. En Buenos Aires, la indignación de decenas de manifestantes se volcaba sobre la fachada de la Casa de Tucumán. Hubo gritos, palos, piedras, llanto y fuego. El resultado no fue otro que cientos de heridos y otros tantos detenidos. La inexplicable decisión era irreversible.
La periodista Sibila Camps trabajó como cronista del diario Clarín y cubrió cada una de las audiencias del juicio. Si bien no se podía grabar ni filmar en la sala, ella tomó detallados apuntes de todo lo que ocurrió, de todo lo que se dijo, y  también de lo que se calló.
Las mafias, los barras, la policía y el poder político y judicial de la provincia ya habían sido objeto de estudio cuando durante los años 90 la docente de periodismo se encargó de investigar las extrañas relaciones de poder que rodeaban al ex comisario represor Mario "Malevo" Ferreyra, información que publicaría luego en su libro "El Sheriff".
En "La Red, la trama oculta del caso Marita Verón", su nuevo trabajo, Sibila Camps retoma la oscuridad de una provincia que conoce para echar luz sobre uno de los casos más emblemáticos de la impunidad de nuestro país, el de María de los Ángeles Verón, la joven de 23 años que en abril de 2002 le daba pelea a una crisis económica devastadora junto a su marido y su pequeña hija de dos años, hasta que fue secuestrada por una mafia de proxenetas. Marita, su familia, y toda una sociedad siguen esperando justicia.
-¿Nota algún cambio en Tucumán o sigue prevaleciendo la matriz de miedo que usted menciona en el libro?
Creo que sigue prevaleciendo y que es una patología social incluso. En Tucumán, la mayor parte de las mujeres en situación de prostitución mayores de 30 años han pasado por los prostíbulos de Liliana Medina y sus hijos -José "Chenga" y Gonzalo "Chenguita" Gómez- incluso travestis. He tenido la oportunidad de hablar con ellas en Tucumán. Todas tenían algo para contar, pero el miedo sigue estando y lo noto en las pocas denuncias que hay ante situaciones reales.
-¿Cómo se entiende que después de un juicio tan largo, con tantas pruebas, tantos testigos y tantos acusados nadie haya pagado por lo que le hicieron a María de los Ángeles Verón?
El de Marita Verón es un fallo absolutamente amañado, hace agua por donde lo mires. Es como si durante todo el año estuviese viendo un elefante y de repente vienen tres biólogos y me dicen, "no, esto es una grulla". No se puede creer, pero las explicaciones están en lo que se dijo y en lo que no se dijo, en lo que se ocultó y lo que no se quiso ver. Lo que más me interesaba era mostrar eso, poner todas las fichas en la mesa y relacionar todos los hilos y lo que estaba detrás, el revés de la trama.

-Una chica secuestrada, amenazada, golpeada, drogada y ultrajada sexualmente varias veces por distintos hombres durante mucho tiempo, es posible que no quiera hablar. ¿Eso complicó la búsqueda de Marita?

Sí, muchísimo. Las testigos que declararon haberla visto han sido relativamente pocas si pensamos en que ella estuvo durante casi un año y medio en el ambiente prostibulario, donde permanentemente había en cada uno de los prostíbulos entre 15 y 30 chicas por lo menos. Es decir, fueron pocas las que se animaron a declarar. Y casi todas las que hablaron fueron las rescatadas. Yo encontré una chica que me contaba que estaba en situación de prostitución y me decía que cuando estuvo secuestrada, como reventaban los prostíbulos de Tucumán, la mandaron a uno de los prostíbulos de Liliana Medina en La Rioja. Todos sabían que había una chica encerrada, de la que no se podía hablar y a la que ella no podía ver. Pudo haber sido Marita Verón o cualquier otra, pero en ese momento ella estaba siendo buscada.  

-¿Por qué los jueces no creyeron en las compañeras de cautiverio de Marita?

Dijeron que no les creían. No les creen para ciertas cosas y sí les creen para otras. Es una contradicción que no se sostiene para nada. Tengamos en cuenta que el juicio se hizo diez años después. Y las chicas que declaran hicieron durante esos diez años lo imposible por olvidar lo que vivieron. Aún así les piden que recuerden nombres, detalles. Luego hacen un recorte, toman lo que les sirve y omiten lo que complica a los imputados.

-Usted deja en claro que durante las audiencias el tribunal es muy permisivo con los artilugios de la defensa, pero no accede a los pedidos de la querella. ¿Notó falta de imparcialidad durante el juicio?

A la luz del resultado hay que pensar que sí. Si una analiza qué hicieron en cada una de las audiencias, había por lo menos una complacencia, una permisividad o exceso de tolerancia. De ahí el juicio político, que no es por el resultado sino por la conducta de los jueces, que llevó a ese resultado.

-¿En qué lo notaba?

Los jueces no tuvieron en cuenta las secuelas psicológicas de las víctimas de trata, que son muy similares a las de las víctimas de delitos de lesa humanidad. Quizás no recuerden cosas globales, pero sí un detalle especial, un arito, el calzado. La otra cuestión es que en general están a oscuras, drogadas, alcoholizadas, amenazadas, en una situación de violencia absoluta. No pueden estar atentas a todo lo que pasa a su alrededor. En esas condiciones, bajo amenaza, pretendían que diez años después respondieran como para un examen de la facultad para el que se prepararon.

-Daniela Milhein y Liliana Medina fueron dos de las principales acusadas en el juicio. ¿Cómo se entiende que una mujer que fue sometida a la trata luego se transforme en una reclutadora?

Es bastante común. Por lo general lo terminan siendo, no por una iniciativa propia, sino por una imposición. Es común que se arrimen sentimentalmente al mandamás del prostíbulo para ser liberadas de la tortura de tener que estar sometidas tantas horas todos los días, todas las noches. De esa manera pasan a ser la "pareja" del proxeneta, pero el costo es ese, encargarse de controlar los "pases", de cobrar, de castigar a las chicas eventualmente.

-¿Cuando usted dice que las explicaciones están del fallo están en "lo que no se quiso ver", a qué se refiere específicamente?

Hay muchas cosas. Analizando el vocabulario uno se da cuenta cómo los imputados se pisan. Cuando María Jesús Rivero es careada con un testigo, Julio Mafut, él habla de "conseguir chicas" y ella se refiere a "reclutar". Ese es un término que si no estás en el negocio no lo usás. El tribunal debió haberlo advertido, pero yo creo que tenía toda la predisposición para absolver a los imputados.

-A pesar de lo que pasó con Marita, de la vergüenza y la bronca de mucha gente tras el fallo, los prostíbulos y los secuestros de mujeres jóvenes siguen sucediendo. ¿Modificó algo la ley de trata de personas?

Creo que se ha avanzado un poco. Ante todo, veo que aparece gente despegando papelitos en el microcentro. Empieza a haber un repudio social al consumo de prostitución. Sigue habiendo captación, lo que pasa es que ahora el familiar denuncia rápidamente, recurre a los medios, ya saben de qué se trata y las redes sociales ayudan muchísimo. No creo que haya más víctimas que antes, sino que son más visibles los casos. Aclaro que es lo que creo, porque no hay datos estadísticos oficiales.

-¿Y a nivel provincial qué cambió?
Lo que ha ocurrido a lo largo del año pasado y lo que va de este es que en muchas provincias o ciudades han empezado a sacar leyes y ordenanzas no para prohibir los prostíbulos, porque están prohibidos por la ley 12.331 de enero de 1937, sino para prohibir los cabarets, whiskerías, club nocturnos, etcétera, que de todas maneras son prostíbulos encubiertos o lugares de facilitación de la prostitución porque están adscrítos a un prostíbulo o a un albergue transitorio. Por ahi están habilitados como cabaret, pero al lado hay una casa particular llena de piezas que funciona como prostíbulo. 

- Además de las estadísticas oficiales, ¿qué cree que hace falta?

La modificación a la ley de trata cumplió 10 meses y todavía sigue sin reglamentarse. Hay cosas que sí se pueden aplicar y se aplican de hecho, como es el tema de que el consentimiento de la víctima no es atenuante y que no hay diferencias entre víctimas mayores y menores de edad. Pero lo demás, todo el programa nacional que tiene que armarse de contención a las víctimas, atención médica, psicológica, reinserción social, cultural y educativa no hay absolutamente nada.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Che Guevara Fidel y Raúl Castro Julio Cortazar REUNION desembarco naufragio separacion muerte y reencuentro Chaubloqueo Museo Che Guevara Irene Perpiñal


                             R E U N I Ó N 

cuenta (con nombres cambiados) la epopeya que vivieron el Che Guevara, Fidel y Raúl Castro con otros doce cubanos, mientras el ejército los perseguía y ellos conformaban dos grupos que no sabían donde estaba él otro o si siquiera existía.  
Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida.

ERNESTO “CHE” GUEVARA, en La sierra y el llano, La Habana, 1961.

Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba seco porque Luís (que no se llamaba Luís, pero habíamos jurado no acordarnos de nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni tragos de ron en esa condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga borracha, haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola viene, los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y medio mundo enfermo, doblándose para vomitar como si fueran a partirse por la mitad. Hasta Luís, la segunda noche, una bilis verde que le sacó las ganas de reírse, entre eso y el norte que no nos dejaba ver el faro de Cabo Cruz, un desastre que nadie se había imaginado; y llamarle a eso un expedición de desembarco era como para seguir vomitando pero de pura tristeza. En fin, cualquier cosa con tal de dejar atrás la lancha, cualquier cosa aunque fuera lo que nos esperaba en tierra –pero sabíamos que nos estaba esperando y por eso no importaba tanto–, el tiempo que se compone justamente en el peor momento y zas la avioneta de reconocimiento, nada que hacerle, a vadear la ciénaga o lo que fuera con el agua hasta las costillas buscando el abrigo de los sucios pastizales, de los mangles, y yo como un idiota con mi pulverizador de adrenalina para poder seguir adelante, con Roberto que me llevaba el Springfield para ayudarme a vadear mejor la ciénaga (si era una ciénaga, porque a muchos ya se nos había ocurrido que a lo mejor habíamos errado el rumbo y que en vez de tierra firme habíamos hecho la estupidez de largarnos en algún cayo fangoso dentro del mar, a veinte millas de la isla…); y todo así, mal pensado y peor dicho, en una continua confusión de actos y nociones, una mezcla de alegría inexplicable y de rabia contra la maldita vida que nos estaban dando los aviones y lo que nos esperaba del lado de la carretera si llegábamos alguna vez, si estábamos en una ciénaga de la costa y no dando vueltas como alelados en un circo de barro y de total fracaso para diversión del babuino en su Palacio.
Ya nadie se acuerda cuánto duró, el tiempo lo medíamos por los claros entre los pastizales, los tramos donde podían ametrallarnos en picada, el alarido que escuché a mi izquierda, lejos, y creo fue de Roque (a él le puedo dar su nombre, a su pobre esqueleto entre las lianas y los sapos), porque de los planes ya no quedaba más que la meta final, llegar a la Sierra y reunirnos con Luís si también él conseguía llegar; el resto se había hecho trizas con el norte, el desembarco improvisado, los pantanos. Pero seamos justos: algo se cumplía sincronizadamente, el ataque de los aviones enemigos. Había sido previsto y provocado: no falló. Y por eso, aunque todavía me doliera en la cara el aullido de Roque, mi maligna manera de entender el mundo me ayudaba a reírme por lo bajo (y me ahogaba todavía más, y Roberto me llevaba el Springfield para que yo pudiese inhalar adrenalina con la nariz casi al borde del agua, tragando más barro que otra cosa), porque si los aviones estaban ahí entonces no podía ser que hubiéramos equivocado la playa, a lo sumo nos habíamos desviado algunas millas, pero la carretera estaría detrás de los pastizales, y después el llano abierto y en el norte las primeras colinas. Tenía su gracia que el enemigo nos estuviera certificando desde el aire la bondad del desembarco.
Duró vaya a saber cuánto, y después fue de noche y éramos seis debajo de unos flacos árboles, por primera vez en terreno casi seco, mascando tabaco húmedo y unas pobres galletas. De Luís, de Pablo, de Lucas, ninguna noticia; desperdigados, probablemente muertos, en todo caso tan perdidos y mojados como nosotros. Pero me gustaba sentir cómo con el fin de esa jornada de batracio se me empezaban a ordenar las ideas, y cómo la muerte, más probable que nunca, no sería ya un balazo al azar en plena ciénaga, sino una operación dialéctica en seco, perfectamente orquestada por las partes en juego. El ejército debía controlar la carretera, cercando los pantanos a la espera de que apareciéramos de a dos o de a tres, liquidados por el barro y las alimañas y el hambre. Ahora todo se veía clarísimo, tenía otra vez los puntos cardinales en el bolsillo, me hacía reír sentirme tan vivo y tan despierto al borde del epílogo. Nada podía resultarme más gracioso que hacer rabiar a Roberto recitándole al oído unos versos del viejo Pancho que le parecían abominables. “Si por lo menos nos pudiéramos sacar el barro”, se quejaba el Teniente. “O fumar de verdad” (alguien, más a la izquierda, ya no sé quién, alguien que se perdió al alba). Organización de la agonía: centinelas, dormir por turnos, mascar tabaco, chupar galletas infladas como esponjas. Nadie mencionaba a Luís, el temor de que lo hubieran matado era el único enemigo real, porque su confirmación nos anularía mucho más que el acoso, la falta de armas o las llagas en los pies. Sé que dormí un rato mientras Roberto velaba, pero antes estuve pensando que todo lo que habíamos hecho en esos días era demasiado insensato para admitir así de golpe la posibilidad de que hubieran matado a Luís. De alguna manera la insensatez tendría que continuar hasta el final, que quizá fuera la victoria, y en ese juego absurdo donde se había llegado hasta el escándalo de prevenir al enemigo que desembarcaríamos, no entraba la posibilidad de perder a Luís. Creo que también pensé que si triunfábamos, que si conseguíamos reunirnos otra vez con Luís, sólo entonces empezaría el juego en serio, el rescate de tanto romanticismo necesario y desenfrenado y peligroso. Antes de dormirme tuve como una visión: Luís junto a un árbol, rodeado por todos nosotros, se llevaba lentamente la mano a la cara y se la quitaba como si fuese una máscara. Con la cara en la mano se acercaba a su hermano Pablo, a mí, al Teniente, a Roque, pidiéndonos con un gesto que la aceptáramos, que nos la pusiéramos. Pero todos se iban negando uno a uno, y yo también me negué, sonriendo hasta las lágrimas, y entonces Luís volvió a ponerse la cara y le vi un cansancio infinito mientras se encogía de hombros y sacaba un cigarro del bolsillo de la guayabera. Profesionalmente hablando, una alucinación de la duermevela y la fiebre, fácilmente interpretable. Pero si realmente habían matado a Luís durante el desembarco, ¿quién subiría ahora a la Sierra con su cara? Todos trataríamos de subir pero nadie con la cara de Luís, nadie que pudiera o quisiera asumir la cara de Luís. “Los diádocos”, pensé ya entredormido, “pero todo se fue al diablo con los diádocos, es sabido”.
Aunque esto que cuento pasó hace rato, quedan pedazos y momentos tan recortados en la memoria que sólo se pueden decir en presente, como estar tirado otra vez boca arriba en el pastizal, junto al árbol que nos protege del cielo abierto. Es la tercera noche, pero al amanecer de ese día franqueamos la carretera a pesar de los jeeps y la metralla. Ahora hay que esperar otro amanecer porque nos han matado al baqueano y seguimos perdidos, habrá que dar con algún paisano que nos lleve a donde se pueda comprar algo de comer, y cuando digo comprar casi me da risa y me ahogo de nuevo, pero en eso como en lo demás a nadie se le ocurriría desobedecer a Luís, y la comida hay que pagarla y explicarle antes a la gente quiénes somos y por qué andamos en lo que andamos. La cara de Roberto en la choza abandonada de la loma, dejando cinco pesos debajo de un plato a cambio de la poca cosa que encontramos y que sabía a cielo, a comida en el “Ritz” si es que ahí se come bien. Tengo tanta fiebre que se me va pasando el asma, no hay mal que por bien no venga, pero pienso de nuevo en la cara de Roberto dejando los cinco pesos en la choza vacía, y me da un tal ataque de risa que vuelvo a ahogarme y me maldigo. Habría que dormir, Tinti monta la guardia, los muchachos descansan unos contra otros, yo me he ido un poco más lejos porque tengo la impresión de que los fastidio con la tos y los silbidos del pecho, y además hago una cosa que no debería hacer, y es que dos o tres veces en la noche fabrico una pantalla de hojas y meto la cara por debajo y enciendo despacito el cigarro para reconciliarme un poco con la vida.
En el fondo lo único bueno del día ha sido no tener noticias de Luís, el resto es un desastre, de los ochenta nos han matado por lo menos a cincuenta o sesenta; Javier cayó entre los primeros, el Peruano perdió un ojo y agonizó tres horas sin que yo pudiera hacer nada, ni siquiera rematarlo cuando los otros no miraban. Todo el día temimos que algún enlace (hubo tres con un riesgo increíble, en las mismas narices del ejército) nos trajera la noticia de la muerte de Luís. Al final es mejor no saber nada, imaginarlo vivo, poder esperar todavía. Fríamente peso las posibilidades y concluyo que lo han matado, todos sabemos cómo es, de qué manera el gran condenado es capaz de salir al descubierto con una pistola en la mano, y el que venga atrás que arree. No, pero López lo habrá cuidado, no hay como él para engañarlo a veces, casi como a un chico, convencerlo de que tiene que hacer lo contrario de lo que le da la gana en ese momento. Pero y si López… Inútil quemarse la sangre, no hay elementos pan la menor hipótesis, y además es rara esta calma, este bienestar boca arriba como si todo estuviera bien así, como si todo se estuviera cumpliendo (casi pensé: “consumando”, hubiera sido idiota) de conformidad con los planes. Será la fiebre o el cansancio, será que nos van a liquidar a todos como a sapos antes de que salga el sol. Pero ahora vale la pena aprovechar de este respiro absurdo, dejarse ir mirando el dibujo que hacen las ramas del árbol contra el cielo más claro, con algunas estrellas, siguiendo con ojos entornados ese dibujo casual de las ramas y las hojas, esos ritmos que se encuentran, se cabalgan y se separan, y a veces cambian suavemente cuando una bocanada de aire hirviendo pasa por encima de las copas, viniendo de las ciénagas. Pienso en mi hijo pero está lejos, a miles de kilómetros, en un país donde todavía se duerme en la cama, y su imagen me parece irreal, se me adelgaza y pierde entre las hojas del árbol, y en cambio me hace tanto bien recordar un tema de Mozart que me ha acompañado desde siempre, el movimiento inicial del cuarteto La caza, la evocación del halalí en la mansa voz de los violines, esa transposición de una ceremonia salvaje a un claro goce pensativo. Lo pienso, lo repito, lo canturreo en la memoria, y siento al mismo tiempo cómo la melodía y el dibujo de la copa del árbol contra el cielo se van acercando, traban amistad, se tantean una y otra vez hasta que el dibujo se ordena de pronto en la presencia visible de la melodía, un ritmo que sale de una rama baja, casi a la altura de mi cabeza, remonta hasta cierta altura y se abre como un abanico de tallos, mientras el segundo violín es esa rama más delgada que se yuxtapone para confundir sus hojas en un punto situado a la derecha, hacia el final de la frase, y dejarla terminar para que el ojo descienda por el tronco y pueda si quiere, repetir la melodía. Y todo eso es también nuestra rebelión, es lo que estamos haciendo aunque Mozart y el árbol no puedan saberlo, también nosotros a nuestra manera hemos querido trasponer una torpe guerra a un orden que le dé sentido, la justifique y en último término la lleve a una victoria que sea como la restitución de una melodía después de tantos años de roncos cuernos de caza, que sea ese allegro final que sucede al adagio como un encuentro con la luz. Lo que se divertiría Luís si supiera que en este momento lo estoy comparando con Mozart, viéndolo ordenar poco a poco esta insensatez, alzarla hasta su razón primordial que aniquila con su evidencia y su desmesura todas las prudentes razones temporales. Pero qué amarga, qué desesperada tarea la de ser un músico de hombres, por encima del barro y la metralla y el desaliento urdir ese canto que creíamos imposible, el canto que trabará amistad con la copa de los árboles, con la tierra devuelta a sus hijos. Sí, es la fiebre. Y cómo se reiría Luís aunque también a él le guste Mozart, me consta.
Y así al final me quedaré dormido, pero antes alcanzaré a preguntarme si algún día sabremos pasar del movimiento donde todavía suena el halalí del cazador, a la conquistada plenitud del adagio y de ahí al allegro final que me canturreo con un hilo de voz, si seremos capaces de alcanzar la reconciliación con todo lo que haya quedado vivo frente a nosotros. Tendríamos que ser como Luís, no ya seguirlo, sino ser como él, dejar atrás inapelablemente el odio y la venganza, mirar al enemigo como lo mira Luís, con una implacable magnanimidad que tantas veces ha suscitado en mi memoria (pero esto, ¿cómo decírselo a nadie?) una imagen de pantocrátor, un juez que empieza por ser el acusado y el testigo y que no juzga, que simplemente separa las tierras de las aguas para que al fin, alguna vez, nazca una patria de hombres en un amanecer tembloroso, a orillas de un tiempo más limpio.
Pero otra que adagio, si con la primera luz se nos vinieron encima por todas partes, y hubo que renunciar a seguir hacia el noreste y meterse en una zona mal conocida, gastando las últimas municiones mientras el Teniente con un compañero se hacía fuerte en una loma y desde ahí les paraba un rato las patas, dándonos tiempo a Roberto y a mí para llevarnos a Tinti herido en un muslo y buscar otra altura más protegida donde resistir hasta la noche. De noche ellos no atacaban nunca, aunque tuvieran bengalas y equipos eléctricos, les entraba como un pavor de sentirse menos protegidos por el número y el derroche de armas; pero para la noche faltaba casi todo el día, y éramos apenas cinco contra esos muchachos tan valientes que nos hostigaban para quedar bien con el babuino, sin contar los aviones que a cada rato picaban en los claros del monte y estropeaban cantidad de palmas con sus ráfagas.
A la media hora el Teniente cesó el fuego y pudo reunirse con nosotros, que apenas adelantábamos camino. Como nadie pensaba en abandonar a Tinti, porque conocíamos de sobra el destino de los prisioneros, pensamos que ahí, en esa ladera y en esos matorrales íbamos a quemar los últimos cartuchos. Fue divertido descubrir que los regulares atacaban en cambio una loma bastante más al este, engañados por un error de la aviación, y ahí nomás nos largamos cerro arriba por un sendero infernal, hasta llegar en dos horas a una loma casi pelada donde un compañero tuvo el ojo de descubrir una cueva tapada por las hierbas, y nos plantamos resollando después de calcular una posible retirada directamente hacia el norte, de peñasco en peñasco, peligrosa, pero hacia el norte, hacia la Sierra donde a lo mejor ya habría llegado Luís.
Mientras yo curaba a Tinti desmayado, el Teniente me dijo que poco antes del ataque de los regulares al amanecer había oído un fuego de armas automáticas y de pistolas hacia el poniente. Podía ser Pablo con sus muchachos, o a lo mejor el mismo Luís. Teníamos la razonable convicción de que los sobrevivientes estábamos divididos en tres grupos, y quizá el de Pablo no anduviera tan lejos. El Teniente me preguntó si no valdría la pena intentar un enlace al caer la noche.
–Si vos me preguntás eso es porque te estás ofreciendo para ir –le dije. Habíamos acostado a Tinti en una cama de hierbas secas, en la parte más fresca de la cueva, y fumábamos descansando. Los otros dos compañeros montaban guardia afuera.
–Te figuras –dijo el Teniente, mirándome divertido–. A mí estos paseos me encantan, chico.
Así seguimos un rato, cambiando bromas con Tinti que empezaba a delirar, y cuando el Teniente estaba por irse entró Roberto con un serrano y un cuarto de chivito asado. No lo podíamos creer, comimos como quien se come a un fantasma, hasta que Tinti mordisqueó un pedazo que se le fue a las dos horas junto con la vida. El serrano nos traía la noticia de la muerte de Luís; no dejamos de comer por eso, pero era mucha sal para tan poca carne, él no lo había visto aunque su hijo mayor, que también se nos había pegado con una vieja escopeta de caza, formaba parte del grupo que había ayudado a Luís y a cinco compañeros a vadear un río bajo la metralla, y estaba seguro de que Luís había sido herido casi al salir del agua y antes de que pudiera ganar las primeras matas. Los serranos habían trepado al monte que conocían como nadie, y con ellos dos hombres del grupo de Luís, que llegarían por la noche con las armas sobrantes y un poco de parque.
El Teniente encendió otro cigarro y salió a organizar el campamento y a conocer mejor a los nuevos; yo me quedé al lado de Tinti que se derrumbaba lentamente, casi sin dolor. Es decir que Luís había muerto, que el chivito estaba para chuparse los dedos, que esa noche seríamos nueve o diez hombres y que tendríamos municiones para seguir peleando. Vaya novedades. Era como una especie de locura fría que por un lado reforzaba al presente con hombres y alimentos, pero todo eso para borrar de un manotazo el futuro, la razón de esa insensatez que acababa de culminar con una noticia y un gusto a chivito asado. En la oscuridad de la cueva, haciendo durar largo mi cigarro, sentí que en ese momento no podía permitirme el lujo de aceptar la muerte de Luís, que solamente podía manejarla como un dato más dentro del plan de campaña, porque si también Pablo había muerto el jefe era yo por voluntad de Luís, y eso lo sabían el Teniente y todos los compañeros, y no se podía hacer otra cosa que tomar el mando y llegar a la Sierra y seguir adelante como si no hubiera pasado nada. Creo que cerré los ojos, y el recuerdo de mi visión fue otra vez la visión misma, y por un segundo me pareció que Luís se separaba de su cara y me la tendía, y yo defendí mi cara con las dos manos diciendo: “No, no, por favor no, Luís”, y cuando abrí los ojos el Teniente estaba de vuelta mirando a Tinti que respiraba resollando, y le oí decir que acababan de agregársenos dos muchachos del monte, una buena noticia tras otra, parque y boniatos fritos, un botiquín, los regulares perdidos en las colinas del este, un manantial estupendo a cincuenta metros. Pero no me miraba en los ojos, mascaba el cigarro y parecía esperar que yo dijera algo, que fuera yo el primero en volver a mencionar a Luís.
Después hay como un hueco confuso, la sangre se fue de Tinti y él de nosotros, los serranos se ofrecieron para enterrarlo, yo me quedé en la cueva descansando aunque olía a vómito y a sudor frío, y curiosamente me dio por pensar en mi mejor amigo de otros tiempos, de antes de esa cesura en mi vida que me había arrancado a mi país para lanzarme a miles de kilómetros, a Luís, al desembarco en la isla, a esa cueva. Calculando la diferencia de hora imaginé que en ese momento, miércoles, estaría llegando a su consultorio, colgando el sombrero en la percha, echando una ojeada al correo. No era una alucinación, me bastaba pensar en esos años en que habíamos vivido tan cerca uno de otro en la ciudad, compartiendo la política, las mujeres y los libros, encontrándonos diariamente en el hospital; cada uno de sus gestos me era tan familiar, y esos gestos no eran solamente los suyos sino que abarcaban todo mi mundo de entonces, a mí mismo, a mi mujer, a mi padre, abarcaban mi periódico con sus editoriales inflados, mi café a mediodía con los médicos de guardia, mis lecturas y mis películas y mis ideales. Me pregunté qué estaría pensando mi amigo de todo esto, de Luís o de mí, y fue como si viera dibujarse la respuesta en su cara (pero entonces era la fiebre, habría que tomar quinina), una cara pagada de sí misma, empastada por la buena vida y las buenas ediciones y la eficacia del bisturí acreditado. Ni siquiera hacía falta que abriera la boca para decirme yo pienso que tu revolución no es más que… No era en absoluto necesario, tenía que ser así, esas gentes no podían aceptar una mutación que ponía en descubierto las verdaderas razones de su misericordia fácil y a horario, de su caridad reglamentada y a escote, de su bonhomía entre iguales, de su antirracismo de salón pero cómo la nena se va a casar con ese mulato, che, de su catolicismo con dividendo anual y efemérides en las plazas embanderadas, de su literatura de tapioca, de su folklorismo en ejemplares numerados y mate con virola de plata, de sus reuniones de cancilleres genuflexos, de su estúpida agonía inevitable a corto o largo plazo (quinina, quinina, y de nuevo el asma). Pobre amigo, me daba lástima imaginarlo defendiendo como un idiota precisamente los falsos valores que iban a acabar con él o en el mejor de los casos con sus hijos; defendiendo el derecho feudal a la propiedad y a la riqueza ilimitadas, él que no tenía más que su consultorio y una casa bien puesta, defendiendo los principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su mujer no había servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes, defendiendo una supuesta libertad individual cuando la policía cerraba las universidades y censuraba las publicaciones, y defendiendo por miedo, por el horror al cambio, por el escepticismo y la desconfianza que eran los únicos dioses vivos en su pobre país perdido. Y en eso estaba cuando entró el Teniente a la carrera y me gritó que Luís vivía, que acababan de cerrar un enlace con el norte, que Luís estaba más vivo que la madre de la chingada, que había llegado a lo alto de la Sierra con cincuenta guajiros y todas las armas que les habían sacado a un batallón de regulares copado en una hondonada, y nos abrazamos como idiotas y dijimos esas cosas que después, por largo rato, dan rabia y vergüenza y perfume, porque eso y comer chivito asado y echar para adelante era lo único que tenía sentido, lo único que contaba y crecía mientras no nos animábamos a mirarnos en los ojos y encendíamos cigarros con el mismo tizón, con los ojos clavados atentamente en el tizón y secándonos las lágrimas que el humo nos arrancaba de acuerdo con sus conocidas propiedades lacrimógenas.
Ya no hay mucho que contar, al amanecer uno de nuestros serranos llevó al Teniente y a Roberto hasta donde estaban Pablo y tres compañeros, y el Teniente subió a Pablo en brazos porque tenía los pies destrozados por las ciénagas. Ya éramos veinte, me acuerdo de Pablo abrazándome con su manera rápida y expeditiva, y diciéndome sin sacarse el cigarrillo de la boca: “Si Luís está vivo, todavía podemos vencer”, y yo vendándole los pies que era una belleza, y los muchachos tomándole el pelo porque parecía que estrenaba zapatos blancos y diciéndole que su hermano lo iba a regañar por ese lujo intempestivo. “Que me regañe”, bromeaba Pablo fumando como un loco, “para regañar a alguien hay que estar vivo, compañero, y ya oíste que está vivo, vivito, está más vivo que un caimán, y vamos arriba ya mismo, mira que me has puesto vendas, vaya lujo…”. Pero no podía durar, con el sol vino el plomo de arriba y abajo, ahí me tocó un balazo en la oreja que si acierta dos centímetros más cerca, vos, hijo, que a lo mejor leés todo esto, te quedás sin saber en las que anduvo tu viejo. Con la sangre y el dolor y el susto las cosas se me pusieron estereoscópicas, cada imagen seca y en relieve, con unos colores que debían ser mis ganas de vivir y además no me pasaba nada, un pañuelo bien atado y a seguir subiendo; pero atrás se quedaron dos serranos, y el segundo de Pablo con la cara hecha un embudo por una bala cuarenta y cinco. En esos momentos hay tonterías que se fijan para siempre; me acuerdo de un gordo, creo que también del grupo de Pablo, que en lo peor de la pelea quería refugiarse detrás de una caña, se ponía de perfil, se arrodillaba detrás de la caña, y sobre todo me acuerdo de ese que se puso a gritar que había que rendirse, y de la voz que le contestó entre dos ráfagas de Thompson, la voz del Teniente, un bramido por encima de los tiros, un: “¡Aquí no se rinde nadie, carajo!”, hasta que el más chico de los serranos, tan callado y tímido hasta entonces, me avisó que había una senda a cien metros de ahí, torciendo hacia arriba y a la izquierda, y yo se lo grité al Teniente y me puse a hacer punta con los serranos siguiéndome y tirando como demonios, en pleno bautismo de fuego y saboreándolo que era un gusto verlos, y al final nos fuimos juntando al pie de la ceiba donde nacía el sendero y el serranito trepó y nosotros atrás, yo con un asma que no me dejaba andar y el pescuezo con más sangre que un chancho degollado, pero seguro de que también ese día íbamos a escapar y no sé por qué, pero era evidente como un teorema que esa misma noche nos reuniríamos con Luís.
Uno nunca se explica cómo deja atrás a sus perseguidores, poco a poco ralea el fuego, hay las consabidas maldiciones y “cobardes, se rajan en vez de pelear”, entonces de golpe es el silencio, los árboles que vuelven a aparecer como cosas vivas y amigas, los accidentes del terreno, los heridos que hay que cuidar, la cantimplora de agua con un poco de ron que corre de boca en boca, los suspiros, alguna queja, el descanso y el cigarro, seguir adelante, trepar siempre aunque se me salgan los pulmones por las orejas, y Pablo diciéndome oye, me los hiciste del cuarenta y dos y yo calzo del cuarenta y tres, compadre, y la risa, lo alto de la loma, el ranchito donde un paisano tenía un poco de yuca con mojo y agua muy fresca, y Roberto, tesonero y concienzudo, sacando sus cuatro pesos para pagar el gasto y todo el mundo, empezando por el paisano, riéndose hasta herniarse, y el mediodía imitando a esa siesta que había que rechazar como si dejáramos irse a una muchacha preciosa mirándole las piernas hasta lo último.
Al caer la noche el sendero se empinó y se puso más que difícil, pero nos relamíamos pensando en la posición que había elegido Luís para esperarnos, por ahí no iba a subir ni un gamo. “Vamos a estar como en la iglesia”, decía Pablo a mi lado, “hasta tenemos el armonio”, y me miraba zumbón mientras yo jadeaba una especie de pasacaglia que solamente a él le hacía gracia. No me acuerdo muy bien de esas horas, anochecía cuando llegamos al último centinela y pasamos uno tras otro, dándonos a conocer y respondiendo por los serranos, hasta salir por fin al claro entre los árboles donde estaba Luís apoyado en un tronco, naturalmente con su gorra de interminable visera y el cigarro en la boca. Me costó el alma quedarme atrás, dejarlo a Pablo que corriera y se abrazara con su hermano, y entonces esperé que el Teniente y los otros fueran también y lo abrazaran, y después puse en el suelo el botiquín y el Springfield y con las manos en los bolsillos me acerqué y me quedé mirándolo, sabiendo lo que iba a decirme, la broma de siempre:
–Mira que usar esos anteojos –dijo Luís.
–Y vos esos espejuelos –le contesté, y nos doblamos de risa, y su quijada contra mi cara me hizo doler el balazo como el demonio, pero era un dolor que yo hubiera querido prolongar más allá de la vida.
–Así que llegaste, che –dijo Luís.
Naturalmente, decía “che” muy mal.
––¿Qué tú crees? –le contesté, igualmente mal. Y volvimos a doblarnos como idiotas, y medio mundo se reía sin saber por qué. Trajeron agua y las noticias, hicimos la rueda mirando a Luís, y sólo entonces nos dimos cuenta de cómo había enflaquecido y cómo le brillaban los ojos detrás de los jodidos espejuelos.
Más abajo volvían a pelear, pero el campamento estaba momentáneamente a cubierto. Se pudo curar a los heridos, bañarse en el manantial, dormir, sobre todo dormir, hasta Pablo que tanto quería hablar con su hermano. Pero como el asma es mi amante y me ha enseñado a aprovechar la noche, me quedé con Luís apoyado en el tronco de un árbol, fumando y mirando los dibujos de las hojas contra el cielo, y nos contamos de a ratos lo que nos había pasado desde el desembarco, pero sobre todo hablamos del futuro, de lo que iba a empezar cuando llegara el día en que tuviéramos que pasar del fusil al despacho con teléfonos, de la Sierra a la ciudad, y yo me acordé de los cuernos de caza y estuve a punto de decirle a Luís lo que había pensado aquella noche, nada más que para hacerlo reír. Al final no le dije nada, pero sentía que estábamos entrando en el adagio del cuarteto, en una precaria plenitud de pocas horas que sin embargo era una certidumbre, un signo que no olvidaríamos. Cuántos cuernos de caza esperaban todavía, cuántos de nosotros dejaríamos los huesos como Roque, como Tinti, como el Peruano. Pero bastaba mirar la copa del árbol para sentir que la voluntad ordenaba otra vez su caos, le imponía el dibujo del adagio que alguna vez ingresaría en el allegro final, accedería a una realidad digna de ese nombre. Y mientras Luís me iba poniendo el tanto de las noticias internacionales y de lo que pasaba en la capital y en las provincias, yo veía cómo las hojas y las ramas se plegaban poco a poco a mi deseo, eran mi melodía, la melodía de Luís que seguía hablando ajeno a mi fantaseo, y después vi inscribirse una estrella en el centro del dibujo, y era una estrella pequeña y muy azul, y aunque no sé nada de astronomía y no hubiera podido decir si era una estrella o un planeta, en cambio me sentí seguro de que no era Marte ni Mercurio, brillaba demasiado en el centro del adagio, demasiado en el centro de las palabras de Luís como para que alguien pudiera confundirla con Marte o con Mercurio.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Angola libre y soberana Cuba su generosa aliada Apartheid y racismo derrotado Agostinho Neto Fidel Castro Ernesto Che Guevara Operación Carlota Gabriel García Márquez Chaubloqueo Museo Che Guevara Buenos Aires



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«Operación Carlota»

Gabriel García Márquez
Granma Internacional Digital. Cuba.

Junio, 2008
Este artículo de Gabriel García Márquez, tomado de la revista Tricontinental, edición 53, de 1977, sólo recoge la primera etapa de la "Operación Carlota", pues el autor concluye con la derrota de las fuerzas que invadieron a la nación angolana y el inicio de la retirada gradual de las tropas cubanas en 1976, cuando parecía que todo había terminado. Sin embargo, tal y como habían acordado los presidentes Fidel Castro y Agostinho Neto, un número mínimo de tropas permaneció en Angola para asegurar su soberanía. La situación se fue complicando, nuevamente se intensificó la lucha, otra vez Sudáfrica metió sus manos, de manera que se inició una nueva etapa de la "Operación Carlota", que no concluyó sino 14 años más tarde, definitivamente derrotados los racistas sudafricanos. Unicamente entonces regresó el último soldado cubano. Era mayo del año 1991.
POR primera vez en una declaración oficial Estados Unidos reveló la presencia de tropas cubanas en Angola en noviembre de 1975. Calculaba entonces que el envío había sido de 15 mil hombres. Tres meses después, durante una breve visita a Caracas, Henry Kissinger le dijo en privado al presidente Carlos Andrés Pérez: "Cómo estarán de deteriorados nuestros servicios de información, que no nos enteramos de que los cubanos iban para Angola sino cuando ya estaban allí". En esa ocasión, sin embargo, corrigió que los hombres enviados por Cuba eran sólo 12 mil. Aunque nunca explicó el motivo de aquel cambio de cifras, la verdad es que ninguna de las dos era correcta. En aquel momento había en Angola muchos hombres de tropa y especialistas militares y técnicos civiles cubanos, y eran más de cuantos Henry Kissinger pretendía suponer. Había tantos barcos cubanos anclados en la bahía de Luanda, que el presidente Agostinho Neto, contándolos desde su ventana, sintió un estremecimiento de pudor muy propio de su carácter, "No es justo", le dijo a un funcionario amigo. "A este paso, Cuba se va a arruinar". Es probable que ni los mismos cubanos hubieran previsto que la ayuda solidaria al pueblo de Angola había de alcanzar semejantes proporciones. Lo que sí tuvieron claro desde el primer momento es que la acción tenía que ser terminante y rápida, y que de ningún modo se podía perder.

Los contactos entre la Revolución cubana y el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) se habían establecido por primera vez y habían sido muy intensos desde agosto de 1965, cuando el Che Guevara participaba en las guerrillas del Congo. El año siguiente estuvo en Cuba el propio Agostihno Neto acompañado por Endo, el comandante en jefe del MPLA que había de morir en la guerra, y ambos se entrevistaron entonces con Fidel Castro. Luego, y por las propias condiciones de la lucha en Angola, aquellos contactos se habían vuelto eventuales. Sólo en mayo de 1975, cuando los portugueses se preparaban para retirarse de sus colonias de Africa, el comandante cubano Flavio Bravo se encontró en Brazzaville con Agostinho Neto, y éste le solicitó una ayuda para transportar un cargamento de armas, y además le consultó la posibilidad de una asistencia más amplia y específica. En consecuencia, el comandante Raúl Díaz Argüelles se trasladó tres meses después a Luanda al frente de una delegación civil de cubanos, y Agostinho Neto fue entonces más preciso aunque no más ambicioso: solicitó el envío de un grupo de instructores para fundar y dirigir cuatro centros de entrenamiento militar.
Bastaba un conocimiento superficial de la situación de Angola para comprender que el pedido de Neto era también típico de su modestia. Aunque el MPLA, fundado en 1956, era el movimiento de liberación más antiguo de Angola, y aunque era el único que estaba implantado con una base popular muy amplia y ofrecía un programa social, político y económico acorde con las condiciones propias del país, era sin embargo el que se encontraba en una situación militar menos ventajosa. Disponía de armamento soviético, pero carecía de personal preparado para manejarlo. En cambio, las tropas regulares de Zaire, bien entrenadas y abastecidas, habían penetrado en Angola desde el 25 de marzo y habían proclamado en Carmona un Gobierno de hecho presidido por Holden Roberto, dirigente del FNLA, y cuñado de Mobutu, y cuyas vinculaciones con la CIA eran del dominio público. En el Oeste, bajo el amparo de Zambia, se encontraba la UNITA, al mando de Jonas Savimbi, un aventurero sin principios que había estado en colaboración constante con los militares portugueses y las compañías extranjeras de explotación. Por último Ias tropas regulares de Africa del Sur, a través del territorio ocupado de Namibia, habían cruzado la frontera meridional de Angola el 5 de agosto, con el pretexto de proteger las presas del complejo hidroeléctrico de Raucana-Caluaqua. Todas esas fuerzas con sus enormes recursos económicos y militares estaban listas para cerrar en torno a Luanda un círculo irresistible en las vísperas del 11 de noviembre, cuando el ejército portugués abandonara aquel vasto, rico y hermoso territorio donde había sido feliz durante quinientos años. De modo que cuando los dirigentes cubanos recibieron el pedido de Neto, no se atuvieron a sus términos estrictos, sino que decidieron mandar de inmediato un contingente de 480 especialistas que en un plazo de 6 meses debían instalar cuatro centros de entrenamiento y organizar 16 batallones de infantería, así como 25 baterías de mortero y ametralladoras antiaéreas. Como complemento mandaron una brigada de médicos, 115 vehículos y un equipo adecuado de comunicaciones. Aquel primer contingente se transportó en tres barcos improvisados.
El "Vietnam Heroico", que era el único de pasajeros, había sido comprado por el dictador Fulgencio Batista a una compañía holandesa en 1956, y convertido en buque escuela. Los otros dos, el "Coral Island" y "La Plata", eran buques mercantes acondicionados de urgencia. Sin embargo, la forma en que fueron cargados ilustra muy bien sobre el sentido de previsión y la audacia con que los cubanos habían de afrontar el compromiso de Angola.
Parece insólito que llevaran desde Cuba el combustible para los vehículos. En realidad, Angola es productor de petróleo, y en cambio los cubanos deben llevar el suyo a través de medio mundo desde la Unión Soviética. Sin embargo, los cubanos preferían actuar sobre seguro, y desde aquel primer viaje se llevaron mil toneles de gasolina repartida en los tres barcos "El Vietnam Heroico" llevó 200 toneladas en tanques de 55 galones cada uno, y viajó con las bodegas abiertas para permitir la eliminación de los gases.
"La Plata" transportó la gasolina en cubierta. La noche en que acabaron de estibarlos coincidió con una fiesta popular cubana y se reventaron cohetes y se hicieron prodigios de pirotecnia hasta en los muelles de La Habana, donde una chispa perdida hubiera convertido en polvo aquellos tres arsenales flotantes. El propio Fidel Castro fue a despedirlos, como había de hacerlo con todos los contingentes que fueron a Angola, y después de ver las condiciones en que viajaban soltó una frase muy suya que sin embargo parecía casual: "De todos modos —dijo— van más cómodos que en el Granma".
No había ninguna certeza de que los militares portugueses fueran a permitir el desembarco de los instructores cubanos. El 26 de julio de ese año, cuando ya Cuba había recibido la primera solicitud de ayuda del MPLA, Fidel Castro le pidió al coronel Otelo Saraiva de Carvalho en La Habana que gestionara la autorización del Gobierno de Portugal para mandar recursos a Angola, y Saraiva de Carvalho prometió conseguirlo, pero su respuesta todavía no ha llegado. De modo que el "Vietnam Heroico" llegó a Puerto Amboim el 4 de octubre a las 6:30 de la mañana; el "Coral Island" llegó el día 7 y "La Plata" llegó el 11 a Punta Negra. Llegaron sin permiso de nadie, pero también sin la oposición de nadie.
Como estaba previsto, los instructores cubanos fueron recibidos por el MPLA, y pusieron a funcionar de inmediato las cuatro escuelas de instructores. Una en Delatando, que los portugueses llamaban Salazar, a 300 kilómetros al Este de Luanda; otra en el puerto atlántico de Benguela; otra en Saurino, antiguo Enrique de Carvalho, en la remota y desierta provincia oriental de Lunda, donde los portugueses habían tenido una base militar que destruyeron antes de abandonarla, y la cuarta en el enclave de Cabinda. Para entonces estaban las tropas de Holden Roberto tan cerca de Luanda, que un instructor de artillería cubana les estaba dando las primeras lecciones a sus alumnos de Delantando, y desde el sitio en que se encontraba veía avanzar los carros blindados de los mercenarios. El 23 de octubre, las tropas regulares de Africa del Sur penetraron desde Namibia con una brigada mecanizada, y tres días después habían ocupado sin resistencia las ciudades de Sa da Bandeira y Moçamedes.
Era un paseo dominical. Los sudafricanos llevaban equipos de casettes con música de fiesta instalados en los tanques. En el Norte, el jefe de una columna mercenaria dirigía las operaciones a bordo de un Honda deportivo, junto a una rubia de cine. Avanzaba con un aire de vacaciones, sin columna de exploración, y ni siquiera debió darse cuenta de dónde salió el cohete que hizo volar el coche en pedazos. En el maletín de la mujer sólo se encontró un traje de gala, un bikini y una tarjeta de invitación para la fiesta de la victoria que Holden Roberto tenía ya preparada en Luanda.
A fines de esa semana los sudafricanos habían penetrado más de 600 kilómetros en territorio de Angola, y avanzaban hacia Luanda a unos 70 kilómetros diarios. El 3 de noviembre habían agredido al escaso personal del centro de instrucción para reclutas de Benguela. Así que los instructores cubanos tuvieron que abandonar las escuelas para enfrentarse a los invasores con sus aprendices de soldados, a los cuales impartían instrucciones en las pausas de las batallas. Hasta los médicos revivieron sus prácticas de milicianos y se fueron a las trincheras. Los dirigentes del MPLA, preparados para la lucha de guerrillas pero no para una guerra masiva, comprendieron entonces que aquella confabulación de vecinos, sustentada por los recursos más rapaces y devastadores del imperialismo, no podía ser derrotada sin una apelación urgente a la solidaridad internacional.
El espíritu internacionalista de los cubanos es una virtud histórica. Aunque la Revolución lo ha defendido y magnificado de acuerdo con Ios principios del marxismo, su esencia se encontraba muy bien establecida en la conducta y la obra de José Martí. Esa vocación ha sido evidente —y conflictiva— en América Latina, Africa y Asia. En Argelia, aún antes de que la Revolución cubana proclamara su carácter socialista, ya Cuba había prestado una ayuda considerable a los combatientes del FLN en su guerra contra el colonialismo francés. Tanto, que el Gobierno del general De Gaulle prohibió como represalia, los vuelos de Cubana de Aviación por los cielos de Francia. Más tarde, mientras Cuba era devastada por el ciclón Flora, un batallón de combatientes internacionalistas cubanos se fue a defender a Argelia contra Marruecos. Puede decirse que no ha habido en estos tiempos un movimiento de liberación africano que no haya contado con la solidaridad de Cuba, ya fuera con material y armamentos, o con la formación de técnicos y especialistas militares y civiles. Mozambique desde 1963, Guinea Bisao desde 1965, el Camerún y Sierra Leona, han solicitado en algún momento y obtenido de alguna forma la ayuda solidaria de los cubanos. El presidente de la República de Guinea, Sekou Touré, rechazó un desembarco de mercenarios con la asistencia de una unidad de cubanos. El comandante Pedro Rodríguez Peralta, ahora miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, fue capturado y encarcelado varios años por los portugueses en Guinea Bisao. Cuando Agostinho Neto hizo un llamado a los estudiantes angolanos en Portugal para que se fueran a estudiar a países socialistas, muchos de ellos fueron acogidos por Cuba. En la actualidad, todos están vinculados a la construcción del socialismo en Angola, y algunos en posiciones muy destacadas. Es el caso de Minga, economista y actual ministro de Finanzas de Angola; Enrique Dos Santos, ingeniero geólogo, comandante y miembro del Comité Central del MPLA, y casado con una cubana; Mantos, ingeniero agrónomo y actual jefe de la Academia Militar, y N'Dalo, quien en sus tiempos de estudiante se destacó como el mejor futbolista de Cuba, y en la actualidad es el segundo jefe de la Primera Brigada de Angola.
Sin embargo, nada de eso ilustra tanto sobre la antigüedad y la intensidad de la presencia de Cuba en Africa, como el hecho de que el propio Che Guevara, en el apogeo de su estrella y de su edad, se fue a pelear en las guerrillas del Congo. Se fue el 25 de abril de 1965, que es la misma fecha de su carta de despedida a Fidel Castro, y en la cual renunciaba a su grado de Comandante y a todo cuanto lo vinculaba legalmente al Gobierno de Cuba. Se fue solo, en avión de línea comercial, con el nombre cambiado y un pasaporte falso, con la fisonomía apenas alterada por dos toques maestros y un maletín de negocios con libros literarios y muchos inhaladores para su asma insaciable, y distrayendo las horas muertas en los cuartos de los hoteles con interminables solitarios de ajedrez. Tres meses después se le unieron en el Congo 200 cubanos de tropa que viajaron desde La Habana en un barco cargado de armamentos. La misión específica del Che era entrenar guerrilleros para el Consejo Nacional de la Revolución del Congo, que peleaban contra Moisés Chombé, pelele de los antiguos colonos belgas y de las compañías mineras internacionales, Lumumba había sido asesinado.
El jefe titular del Consejo Nacional de la Revolución era Gastón Soumaliot, pero quien dirigía las operaciones era Laurent Cavila desde su escondite en Kigona, en la margen opuesta del lago Tanganika. Aquella situación contribuyó sin duda a preservar la verdadera identidad del Che Guevara, y él mismo, para mayor seguridad, no figuró como jefe principal de la misión. Por eso se Ie conocía con el seudónimo de Tatú, que es el hombre del número 2 en lengua swahili.
El Che Guevara permaneció en el Congo desde abril hasta diciembre de 1965. No sólo entrenaba guerrilleros sino que los dirigía en el combate y peleaba junto con ellos. Sus vínculos personales con Fidel Castro, sobre los cuales se ha especulado tanto, no se debilitaron en ningún momento. Sus contactos fueron permanentes y cordiales mediante sistemas de comunicación muy eficaces.
Cuando Moisés Chombé fue derribado, los congoleses pidieron el retiro de los cubanos como una medida para facilitar el armisticio.
El Che Guevara se fue como había llegado: sin hacer ruido. Se fue por el aeropuerto de Dar es-Salam, capital de Tanzania, en un avión comercial y leyendo al derecho y al revés un libro de problemas de ajedrez, para taparse la cara durante las seis horas del vuelo, mientras en el asiento vecino un ayudante cubano trataba de entretener al comisario político del Ejército de Zanzíbar, que era su viejo admirador del Che Guevara y habló de él sin descanso durante todo el viaje, tratando de tener noticias suyas y reiterando sin cesar los deseos que tenía de volver a verlo.
Aquel paso fugaz y anónimo del Che Guevara por el Africa dejó sembrada la semilla que nadie había de erradicar. Algunos de sus hombres se trasladaron a Brazzaville, y allí instruyeron unidades de guerrillas para el PAIGC, que dirigía Amilcar Cabral, y en especial para el MPLA. Una de las columnas entrenadas por ellos entró clandestinamente en Angola a través de Kinshasa y se incorporó a la lucha contra los portugueses con el nombre de "Columna Camilo Cienfuegos". Otra se infiltró en Cabinda, y más tarde cruzó el río Congo y se implantó en la zona de Dembo, donde nació Agostinho Neto y donde se luchó contra los portugueses durante cinco siglos. De modo que la acción solidaria de Cuba en Angola no fue un acto impulsivo y casual, sino una consecuencia de la política continua de la Revolución cubana en Africa. Sólo que había un elemento nuevo y dramático en esa delicada decisión. Esta vez no se trataba simplemente de mandar una ayuda posible, sino de emprender una guerra regular de gran escala a 10 mil kilómetros de su territorio, con un costo económico y humano incalculable y unas consecuencias políticas imprevisibles.
La posibilidad de que Estados Unidos interviniera de un modo abierto, y no a través de mercenarios y de Africa del Sur, como lo había hecho hasta entonces, era sin duda uno de los enigmas más inquietantes. Sin embargo, un rápido análisis permitía prever que por lo menos lo pensaría más de tres veces cuando acababa de salir del pantano de Vietnam y del escándalo de Watergate, con un presidente que nadie había elegido, con la CIA hostigada por el Congreso y desprestigiada ante la opinión pública, con la necesidad de cuidarse para no aparecer como aliado de la racista, Africa del Sur, no sólo ante la mayoría de los países africanos, sino ante la propia población negra de Estados Unidos, y además en plena campaña electoral y en el flamante año del bicentenario. Por otra parte, los cubanos estaban seguros de contar con la solidaridad y la ayuda material de Ia Unión Soviética y otros países socialistas, pero también eran conscientes de las implicaciones que su acción podría tener para la política de la coexistencia pacífica y la distensión internacional. Era una decisión de consecuencias irreversibles, y un problema demasiado grande y complejo para resolverlo en 24 horas. En todo caso, la dirección del Partido Comunista de Cuba no tuvo más de 24 horas para decidir y decidió sin vacilar, el 5 de noviembre, en una reunión larga y serena. Al contrario de lo que tanto se ha dicho, fue un acto independiente y soberano de Cuba, y fue después y no antes de decidirlo que se hizo la notificación correspondiente a la Unión Soviética. Otro 5 de noviembre como aquél, en 1843, una esclava del ingenio Triunvirato de la región de Matanzas, a quien llamaban la Negra Carlota, se había alzado machete en mano al frente de una partida de "esclavos, y había muerto en la rebelión. Como homenaje a ella, la acción solidaria en Angola llevó su nombre: Operación Carlota.
La Operación Carlota se inició con el envío de un batallón reforzado de tropas especiales, compuesto por 650 hombres. Fueron transportados por avión en vuelos sucesivos durante 13 días desde la sección militar del aeropuerto José Martí, en La Habana, hasta el propio aeropuerto de Luanda, todavía ocupado por tropas portuguesas. Su misión específica era detener la ofensiva para que la capital de Angola no cayera en poder de las fuerzas enemigas antes de que se fueran los portugueses y luego sostener la resistencia hasta que llegaran refuerzos por mar. Pero los hombres que salieron en los dos vuelos iniciales iban ya convencidos de llegar demasiado tarde, y sólo abrigaban la esperanza final de salvar Cabinda.

El primer contingente salió el 7 de noviembre a las 4 de la tarde en un vuelo especial de Cubana de Aviación, a bordo de uno de los legendarios Bristol Britannia BB 218 de turbohélice, que ya habían sido descontinuados por sus fabricantes ingleses y jubilados en el mundo entero. Los pasajeros, que recuerdan muy bien haber sido 82 porque era el mismo número de los hombres del Granma, tenían un saludable aspecto de turistas tostados por el sol del Caribe. Todos iban vestidos de verano, sin ninguna insignia militar, con maletines de negocio y pasaportes regulares con sus nombres propios y su identidad real. Los miembros del batallón de tropas especiales, que no dependen de las Fuerzas Armadas Revolucionarias sino del Ministerio del Interior, son guerreros muy diestros, de un nivel ideológico y político elevado, y algunos tienen un grado académico, son lectores habituales y revelan una preocupación permanente por la superación intelectual. De manera que aquella ficción de civiles dominicales no debió parecerles ninguna novedad.
Pero en Ios maletines llevaban metralletas, y en el departamento de carga del avión, en vez de equipaje, había un buen cargamento de artillería ligera, las armas individuales de guerra, tres cañones de 75 milímetros y tres morteros 82.
El único cambio que se había hecho en el avión atendido por dos azafatas regulares, era una compuerta en el piso para sacar las armas desde la cabina de pasajeros en caso de emergencia.
El vuelo de La Habana a Luanda se hizo con una escala en Barbados para cargar combustible, en medio de una tormenta tropical, y otra escala de cinco horas en Guinea Bisao, cuya finalidad principal era esperar la noche para volar en secreto hasta Brazzaville. Los cubanos aprovecharon aquellas cinco horas para dormir, y ése fue el sueño más espantoso del viaje, pues en las bodegas del aeropuerto había tantos mosquitos que las sábanas de los catres quedaron ensangrentadas.
Mobutu, con su arrogancia proverbial, ha dicho que Brazzaville se Ilumina con el resplandor de Kinshasa, la moderna y fulgurante capital de Zaire. En eso no le falta razón. Las dos ciudades están situadas una frente a la otra con el río Congo de por medio, y los respectivos aeropuertos se encuentran tan cerca que los primeros pilotos cubanos tuvieron que estudiarlos muy bien para no aterrizar en la pista enemiga. Lo hicieron sin contratiempos, con las luces apagadas para no ser vistos desde la otra orilla, y permanecieron en Brazzaville apenas el tiempo suficiente para informarse por radio sobre la situación en Angola. El comandante angolano Xieto, que mantenía buenas relaciones con el comisionado portugués, había conseguido de éste la autorización para que los cubanos aterrizaran en Luanda. Así lo hicieron, a las 10 de la noche del 8 de noviembre, sin auxilio de torre y bajo un aguacero torrencial. Quince minutos después llegó un segundo avión. En aquel momento apenas estaban saliendo de Cuba tres barcos cargados con un regimiento de artillería, un batallón de tropas motorizadas y el personal de la artillería a reacción, que empezarían a desembarcar en Angola desde el 27 de noviembre. En cambio, las columnas de Holden Roberto estaban tan cerca, que horas antes habían matado a cañonazos a una anciana nativa, tratando de alcanzar el cuartel del Gran Farni donde fueron concentrados los cubanos. Así que éstos no tuvieron ni siquiera tiempo de descansar. Se pusieron el uniforme verde oliva, se incorporaron a las filas del MPLA, y se fueron al combate. La prensa cubana, por normas de seguridad, no había publicado la noticia de la participación en Angola. Pero como suele ocurrir en Cuba aun con asuntos militares tan delicados como ése, la operación era un secreto guardado celosamente entre 8 millones de personas. El Primer Congreso del Partido Comunista, que había de realizarse pocas semanas después y que fue una especie de obsesión nacional durante todo el año, adquirió entonces una dimensión nueva.
El procedimiento empleado para formar las unidades de voluntarios fue una citación privada a los miembros de la primera reserva que comprende a todos los varones entre los 17 y los 25 años, y a los que han sido miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Se le citaba por telegrama al Comité Militar correspondiente sin mencionar el motivo de la convocatoria, pero el motivo era tan evidente que todo el que se creyó con capacidad militar se precipitó sin telegramas previos ante su comité respectivo, y mucho trabajo costó impedir que aquella solicitud masiva se convirtiera en un desorden nacional.
Hasta donde lo permitió la urgencia de la situación, el criterio selectivo fue bastante estricto. No sólo se tomaron en cuenta la calificación militar y las condiciones físicas y morales, sino también los antecedentes de trabajo y la formación política. A pesar de ese rigor, son incontables los casos de voluntarios que lograron burlar los filtros de selección. Se sabe de un ingeniero calificado que se hizo pasar por chofer de camión, de un alto funcionario que logró pasar como mecánico, de una mujer que estuvo a punto de ser admitida como soldado raso. Se sabe de un muchacho que se fue sin permiso de su padre, y que más tarde se encontró con él en Angola, porque también su padre se había ido a escondidas de la familia. En cambio, un sargento de 20 años no consiguió que lo mandaran por ningún medio, y sin embargo tuvo que soportar con el machismo herido, que mandaran a su madre, que es periodista, y a su novia, que es médico. Algunos delincuentes comunes, desde la cárcel, pidieron ser admitidos, pero ninguno de esos casos fue contemplado.

La primera mujer que se fue, a principios de diciembre, había sido rechazada varias veces con el argumento de que "aquello era muy pesado para una mujer". Estaba lista para irse de polizón en un barco, y ya había metido su ropa en las bodegas con la complicidad de un compañero fotógrafo, cuando supo que había sido escogida para irse legalmente y por avión. Su nombre es Esther Lilia Díaz Rodríguez, una antigua maestra de 23 años que ingresó en las Fuerzas Armadas en 1969, y tiene una buena marca en tiro de infantería. Con ella se fueron, cada uno por un lado, tres hermanos más, César, Rubén y Erineldo. Cada uno por su lado, y sin ponerse de acuerdo, los cuatro le contaron el mismo cuento a su madre: que se iban para las maniobras militares de Camagüey con motivo del Congreso del Partido. Todos regresaron sanos y salvos, y su madre está orgullosa de que hayan estado en Angola, pero no les ha perdonado la mentira de las maniobras de Camagüey.

Las conversaciones con los que regresaron permiten establecer que algunos cubanos querían irse para Angola por motivos personales muy diversos. Por lo menos uno se filtró con el propósito simple de desertar, y luego secuestró un avión portugués y pidió asilo en Lisboa. Ninguno se fue a la fuerza: antes de irse todos tuvieron que firmar su hoja de voluntarios. Algunos se negaron a ir después de escogidos y fueron víctimas de toda clase de burlas públicas y desprecios privados. Pero no hay duda de que la inmensa mayoría se fue a Angola con la convicción plena de cumplir un acto de solidaridad política, con la misma conciencia y el mismo coraje con que 15 años antes habían rechazado el desembarco en Playa Girón, y por eso mismo la Operación Carlota no fue una simple expedición de guerreros profesionales, sino una guerra popular.

Durante nueve meses, la movilización de recursos humanos y materiales fue toda una epopeya de temeridad. Los decrépitos Britannia remendados con frenos del Illushin 18 soviético mantuvieron un tráfico constante y casi inverosímil. Aunque su peso de despegue normal es 185 mil libras, llegaron a volar muchas veces con 194 mil, lo cual se sale de todas las tablas. Los pilotos, cuyas horas normales de vuelo deben ser 75 al mes, alcanzaron a volar más de 200. En general, cada uno de los tres Britannia en servicio llevaba dos tripulaciones completas que se turnaban durante el vuelo. Pero un solo piloto recuerda haber estado en su asiento hasta 50 horas en un viaje de ida y vuelta, con 43 horas de vuelo efectivo. "Hay momentos en que uno está tan cansado que ya no se puede cansar más", ha dicho sin pretensiones de heroísmo. En aquellas condiciones debido a las diferencias de horas, los pilotos y las azafatas habían perdido la cuenta del tiempo, y su única orientación eran las solicitudes del cuerpo: comían sólo cuando tenían hambre y dormían sólo cuando tenían sueño.
La ruta de La Habana a Luanda es desamparada y desierta. A la altura de crucero de Ios Britannia, que es entre 18 mil y 20 mil pies, la información sobre vientos es inexistente en estos tiempos del Jet. Los pilotos salían en cualquier sentido sin saber cuál era el estado de la ruta, volando a alturas indebidas para economizar combustible, y sin la menor idea de cuáles serían las condiciones al llegar. Entre Brazzaville y Luanda, que era el tramo más peligroso, no tenían aeropuerto alterno. Además los militares viajaban con las armas cargadas, y se transportaban explosivos sin cajas y proyectiles sin thermos para reducir la carga. Estados Unidos apuntó al flanco más débil de los Britannia: su escasa autonomía de vuelo. Cuando consiguieron que el Gobierno de Barbados impidiera la escala de abastecimiento, los cubanos establecieron una ruta trasatlántica desde Holguín, en el extremo oriental de Cuba, hasta Ia Isla de Sal, en Cabo Verde. Era una operación de trapecistas sin redes, porque en el viaje de ida los aviones llegaban apenas con el combustible para dos horas de vuelo, y en el vuelo de regreso, debido a los vientos contrarios, llegaban con reservas para solo una hora. Sin embargo, también aquella ruta de circo fue interrumpida para evitar perjuicios al indefenso Cabo Verde. Entonces se adaptaron en la cabina de los aviones cuatro tanques suplementarios de gasolina que les permitieron volar sin escala, pero con 30 pasajeros menos, desde Holguín hasta Brazzaville. La solución intermedia de hacer una escala en Guyana no resultó adecuada, en primer término porque la pista era muy corta, y en segundo término porque la Texaco, que es la explotadora del petróleo en Guyana, se negó a vender el combustible.
Cuba trató de resolverlo con el envío a Guyana de un barco cargado de gasolina, pero por un accidente incomprensible se contaminó con tierra y agua. En medio de tantos y tan amargos inconvenientes, el Gobierno de Guyana se mantuvo firme en su solidaridad con los cubanos, a pesar de que el embajador de Estados Unidos en persona lo amenazó con bombardear y destruir el aeropuerto de Georgetown. El mantenimiento se hacía en menos de la mitad del tiempo normal, y un piloto recuerda haber volado varias veces sin radar, pero ninguno recuerda una falla en sus instrumentos. En aquellas condiciones inconcebibles, hicieron 101 vuelos hasta el término de la guerra. El transporte marítimo no fue menos dramático. En los dos últimos barcos para pasajeros, de 4 mil toneladas cada uno, se adaptaron como dormitorios todos los espacios libres, y se improvisaron letrinas en el cabaret, los bares y los corredores. Su cupo normal de 226 pasajeros se triplicó en algunos viajes. Los buques de carga para 800 personas llegaron a transportar más de mil pasajeros con carros blindados, armamentos y explosivos. Fue necesario adaptar cocinas de campaña en las bodegas de carga y en los alones. Para economizar agua se usaban platos desechables y en vez de vasos se utilizaron recipientes de yogurt. Los tanques de lastre se usaban para el aseo y se adaptaron en cubierta unas 50 letrinas que se descargaban por la borda. Las máquinas cansadas de los barcos más viejos empezaban a resistirse al cabo de seis meses de rendimiento excepcional. Ese fue el único motivo de exasperación para los primeros repatriados, cuyo ansiado regreso se retrasó varios días porque al Vietnam Heroico se le tupían los filtros. Las otras unidades del convoy se veían forzadas a esperarlo, y alguno de sus pasajeros comprendió entonces al Che Guevara cuando afirmó que la marcha de una guerrilla está determinada por el hombre que menos avanza. Aquellos obstáculos parecían más angustiosos en esa época, porque los barcos cubanos eran objeto de toda clase de provocaciones por destructores norteamericanas que los asediaban durante días enteros, y los aviones de guerra los fotografiaban y hostigaban con vuelos rasantes.
A pesar de las duras condiciones de aquellos viajes de casi veinte días, no se presentó ningún problema sanitario grave. En los 42 viajes que se hicieron durante los seis meses de la guerra, los servicios médicos de a bordo no tuvieron que hacer sino una operación de apendicitis y otra de hernia, y sólo tuvieron que combatir un brote diarreico provocado por una carne enlatada. En cambio, hubo que controlar una epidemia más difícil, que era la de los tripulantes que a toda costa querían quedarse peleando en Angola. Uno de ellos, oficial de la reserva, se procuró como pudo un uniforme verde oliva, desembarcó confundido con la tropa, y consiguió quedarse de contrabando. Fue uno de los buenos oficiales de información que se destacaron en la guerra. Por otra parte, la ayuda material soviética, que entraba por distintos canales requería la llegada constante de personal calificado para manejar y enseñar a manejar armas nuevas y equipos complejos que todavía eran desconocidos para los angolanos. El jefe del Estado Mayor cubano en persona se trasladó a Angola a fines de noviembre. Todo parecía entonces admisible, menos perder la guerra.
Sin embargo, la verdad histórica es que estaba a punto de perderse. En la primera semana de diciembre la situación era tan desesperada, que se pensó en la posibilidad de fortalecerse en Cabinda y salvar una cabeza de playa en torno a Luanda para iniciar la evacuación. Para colmo de angustias, aquella perspectiva sombría se presentaba en el peor momento, tanto para los cubanos como para los angolanos. Los cubanos se preparaban para el Primer Congreso del Partido, entre el 17 y el 22 de diciembre, y sus dirigentes eran conscientes de que un revés militar en Angola era un golpe político mortal. Por su parte, los angolanos se preparaban para la inminente conferencia de la OUA, y hubieran querido asistir con una posición militar más propicia para inclinar a su favor a la mayoría de los países africanos.
Las adversidades de diciembre se debían en primer lugar al tremendo poder de fuego del enemigo, que para esa fecha había recibido ya de Estados Unidos más de 50 millones de dólares de ayuda militar. Se debía en segundo lugar al retraso con que Angola pidió la ayuda cubana, y a la lentitud forzosa en el transporte de los recursos. Y se debía en último término a las condiciones de miseria y retraso cultural que dejó en Angola medio milenio de colonialismo sin alma. Más que los dos primeros, fue este último punto el que creó las dificultades mayores para la integración decisiva entre los combatientes cubanos y el pueblo armado de Angola.
En realidad, los cubanos encontraron el mismo clima, la misma vegetación, los mismos aguaceros, los mismos atardeceres apocalípticos y fragorosos con olor de maleza y caimán. Algunos eran tan parecidos a los angolanos, que muy pronto prosperó la versión festiva de que sólo era posible distinguirlos tocándoles la punta de la nariz, porque los africanos tienen el cartílago blando por la forma en que las madres cargan a los bebés con la cara aplastada contra su espalda.
Los colonos portugueses, tal vez los más voraces y mezquinos de la historia, construyeron ciudades modernas y hermosas para vivir toda la vida, con edificios de vidrios refrigerados y tiendas abigarradas con enormes letreros de luz. Pero eran ciudades para blancos, como las que estaban construyendo los gringos al derredor de La Habana Vieja, y que los guajiros vieron asombrados cuando bajaron por primera vez de la Sierra, con el fusil al hombro. Debajo de aquella cáscara de civilización yacía un vasto y rico país de miserias. El nivel de vida de la población nativa era uno de Ios más bajos del mundo, el índice de analfabetismo era superior al 90%, y las condiciones culturales eran todavía muy próximas a la edad de piedra. Aun en las ciudades del interior, los únicos que hablaban el portugués eran los hombres, y éstos convivían hasta con siete esposas en una misma casa. Las supersticiones atávicas no sólo eran un inconveniente para la vida diaria, sino también para la guerra.
Los angolanos estaban convencidos desde siempre que a los blancos no les entraban las balas, tenían un miedo mágico de los aviones y se negaban a pelear dentro de las trincheras porque decían que las tumbas eran sólo para los muertos. Ya el Che Guevara había visto en el Congo que los guerreros se ponían un collar contra los cañonazos y una pulsera contra la metralla, y que se quemaban la cara con tizones para afrontar los riesgos de la guerra. Tanto se interesó por estos absurdos culturales, que estudió a fondo la idiosincracia africana y aprendió a hablar la lengua swahili para tratar de modificarlos desde dentro, consciente de que hay una fuerza perniciosa y profunda que se siembra en el corazón de los hombres y que no es posible derrotar a bala: la colonización mental.
Las condiciones sanitarias, por supuesto, eran atroces. En San Pedro de Cota los cubanos se llevaron a curar casi a la fuerza a un niño que se había quemado todo el cuerpo con agua hirviendo y cuya familia lo estaba velando vivo porque lo creía insalvable.
Los médicos cubanos se encontraron con enfermedades que ni siquiera conocían. Bajo el dominio portugués había en Angola sólo 90 médicos para 6 millones de habitantes, y la mayoría estaba concentrada en la capital. Cuando los portugueses se fueron sólo quedaron 30 médicos. El mismo día en que llegó a Puerto Amboim, un pediatra cubano vio morir a cinco niños sin poder hacer nada por falta de recursos. Para un médico de 35 años, formado en un país con uno de los índices de mortalidad infantil más bajos del mundo, aquélla fue una experiencia insoportable.
El MPLA había hecho grandes progresos contra el primitivismo en sus largos y silenciosos años de lucha contra el dominio portugués, y de ese modo creó las condiciones para la victoria final. En los territorios liberados se elevaba el nivel político y cultural de la población, se combatía el tribalismo y el racismo, y se fomentaba la educación gratuita y la salud pública. Era la simiente de una nueva sociedad.
Sin embargo, esos esfuerzos meritorios y descomunales resultaron minúsculos cuando la guerra de guerrillas se convirtió en una guerra grande y moderna y fue preciso apelar no sólo a la gente con formación militar y política, sino a todo el pueblo de Angola.
Era una guerra atroz, en la cual había que cuidarse tanto de los mercenarios como de las serpientes, y tanto de los cañones como de los caníbales. Un comandante cubano en pleno combate, cayó en una trampa de elefantes. Los africanos negros, condicionados por su rencor atávico contra los portugueses, fueron hostiles en un principio a los cubanos blancos. Muchas veces, sobre todo en Cabinda, los exploradores cubanos se sentían delatados por al telégrafo primitivo de los tambores de comunicación, cuyo tam tam se escuchaba hasta 35 kilómetros a la redonda. Por su parte, los militares blancos de Africa del Sur, que disparaban contra las ambulancias con cañones 140, echaban cortinas de humo en el campo de batalla para recoger a sus muertos blancos, pero dejaban a los negros a disposición de los buitres. En la casa de un ministro de la UNITA que vivía con el confort propio de su rango, los hombres del MPLA encontraron dentro de un refrigerador las vísceras sobrantes y varios frascos con la sangre congelada de los prisioneros de guerra que se habían comido.
A Cuba no llegaban sino malas noticias. El 11 de diciembre, en Hengo, donde se estaba lanzando una fuerte ofensiva de las FAPLA contra los invasores de Africa del Sur, un carro blindado de Cuba con cuatro comandantes a bordo se aventuró por un sendero donde ya los zapadores habían detectado algunas minas. A pesar de que antes habían pasado cuatro carros ilesos, los zapadores advirtieron al blindado que no tomara esa ruta cuya única ventaja era ganar unos minutos que por lo demás no parecían necesarios. Apenas entró en el sendero el carro fue lanzado al aire por una explosión. Dos comandantes del batallón de tropas especiales quedaron heridos de gravedad. El comandante Raúl Díaz Argüelles, comandante general de las operaciones internacionalistas en Angola, héroe de la lucha contra Batista y un hombre muy querido en Cuba, quedó muerto en el acto. Fue una de las noticias más amargas para los cubanos, pero no había de ser la última de aquella mala racha. Al día siguiente ocurrió el desastre de Catofe, tal vez el más grande revés de toda la guerra. Ocurrió así: una columna sudafricana había logrado reparar un puente sobre el río Nhia con una rapidez impresionable, había atravesado el río amparada por la niebla del amanecer, y había sorprendido a los cubanos en la retaguardia táctica. El análisis de ese revés demostró que se debió a un error de los cubanos. Un militar europeo con mucha experiencia en la Segunda Guerra Mundial, consideró que aquel análisis era demasiado severo, manifestó más tarde a un alto dirigente cubano: "Ustedes no saben lo que es un error de guerra". Pero para los cubanos lo era, y muy grave, a sólo cinco días del Congreso del Partido.
Fidel Castro en persona estaba al corriente hasta de los detalles más simples de la guerra. Había asistido al despacho de todos los barcos, y antes de la partida había arengado a las unidades de combatientes en el teatro de La Cabaña. Había ido a buscar él mismo a los comandantes del batallón de tropas especiales que se fueron en el primer vuelo, y los había llevado hasta la escalerilla del avión manejando su propio jeep soviético. Es probable que entonces, como en cada una de las despedidas, Fidel Castro tuvo que reprimir un recóndito sentimiento de envidia por los que se iban para una guerra que él no podía vivir. Ya en aquel momento no había un punto en el mapa de Angola que no pudiera identificar, ni un accidente del terreno que no conociera de memoria. Su concentración en la guerra era tan intensa y meticulosa, que podía citar cualquier cifra de Angola como si fuera de Cuba, y hablaba de sus ciudades, de sus costumbres y sus gentes como si hubiera vivido allí toda la vida.
Al principio de la guerra, cuando la situación era apremiante, Fidel Castro permaneció hasta 14 horas continuas en la sala de mando del Estado Mayor, y a veces sin comer ni dormir, como si estuviera en campaña. Seguía los incidentes de las batallas con los alfileres de colores de los mapas minuciosos y tan grandes como las paredes, y en comunicación constante con los altos mandos del MPLA en un campo de batalla donde eran seis horas más tarde. Algunas de sus reacciones en esos días inciertos revelaban su certidumbre de victoria. Una unidad de combate del MPLA se vio forzada a dinamitar un puente para demorar el avance de las columnas blindadas de Africa del Sur. Fidel Castro les sugirió en un mensaje: "No vuelen más puentes que después no tendrán cómo perseguirlos". Tuvo razón. Apenas unas semanas más tarde, las brigadas de ingenieros angolanos y cubanos tuvieron que reparar 13 puentes en 20 días para alcanzar a los invasores en desbandada.
El 22 de diciembre, en el acto de clausura del Congreso del Partido, Cuba reconoció por primera vez de manera oficial que había tropas cubanas luchando en Angola. La situación de la guerra continuaba siendo incierta. Fidel Castro, en el discurso final, reveló que los invasores de Cabinda habían sido aplastados en 72 horas, que en el Frente Norte, las tropas de Holden Roberto, que se encontraban a 25 kilómetros de Luanda el 10 de noviembre, habían tenido que retroceder a más de 100 kilómetros, y que las columnas blindadas de Africa del Sur, que en menos de 20 días habían avanzado 700 kilómetros fueron frenadas a más de 200 kilómetros de Luanda y no habían podido avanzar más. Fue una información reconfortante y rigurosa, pero todavía estaba muy lejos de la victoria. Mejor suerte tuvieron los angolanos el 12 de enero en la conferencia de la OUA, reunida en Addis Abeba. Unos días antes, las tropas al mando del comandante cubano Víctor Schueg Colás, un negro enorme y cordial que antes de la Revolución había sido mecánico de automóviles, expulsaron a Holden Roberto de su ilustre capital de Carmona, ocuparon la ciudad, y pocas horas después tomaron la base militar de Negage. La ayuda de Cuba llegó entonces a ser tan intensa, que a principios de enero había 15 barcos cubanos navegando al mismo tiempo hacia Luanda. La ofensiva incontenible del MPLA en todos los frentes, volteó para siempre la situación a su favor. Tanto, que a mediados de enero adelantó en el Frente Sur las operaciones de ofensiva que estaban previstas para abril. Africa del Sur disponía de aviones Camberra, y Zaire operaba con Mirages y Fiat. Angola carecía de aviación, porque los portugueses destruyeron las bases antes de retirarse. Apenas si podía servirse de unos viejos DC-3 que los pilotos cubanos habían puesto en servicio, y que a veces tenían que aterrizar de noche cargados de heridos en pistas apenas alumbradas con mechones improvisados, y llegaban al lugar de destino con bejucos y guirnaldas de flores de la selva enredadas en las ruedas. En cierto momento, Angola dispuso de una escuadrilla de Migs 17 con su respectiva donación de pilotos cubanos, pero fueron considerados como reserva del alto mando militar y sólo habrían sido usados en la defensa de Luanda.
A principios de marzo, el Frente Norte quedó liberado con la derrota de los mercenarios ingleses y gringos que la CIA reclutó de trasmano a última hora en una operación desesperada. Todas las tropas, con su estado mayor en pleno, fueron concentradas en el Sur.
El ferrocarril de Benguela había sido liberado, y la UNITA se desintegraba en tal estado de desorden que un cohete del MPLA, en Gago Cutinho desbarató la casa que Jonas Savimbi había ocupado hasta una hora antes.
Desde mediados de marzo las tropas de Africa del Sur iniciaron la desbandada. Debió ser una orden suprema, por temor de que la persecución del MPLA continuara a través de la sometida Namibia y llevara la guerra hasta el mismo territorio de Africa del Sur.
Aquella posibilidad habría contado sin duda con el apoyo de toda el Africa negra y de la gran mayoría de los países de las Naciones Unidas contrarios a la discriminación racial. Los combatientes cubanos no lo pusieron en duda cuando se les ordenó trasladarse en masa al Frente Sur. Pero el 27 de marzo, cuando los sudafricanos en fuga atravesaron la frontera y se refugiaron en Namibia, la única orden que recibió el MPLA fue ocupar las presas abandonas y garantizar el bienestar de los obreros de cualquier nacionalidad.
El primero de abril, a las 9:15 de la mañana, la avanzada del MPLA al mando del comandante cubano Leopoldo Cintras Frías, llegó hasta la presa de Raucana, aI borde mismo de la cerca de alambre de gallinero de la frontera. Una hora y cuarto después el gobernador sudafricano de Namibia, general Ewefp, acompañado por otros dos oficiales de su ejército, pidió autorización para atravesar la frontera e iniciar las conversaciones con el MPLA. El comandante Cintras Frías los recibió en una barraca de madera construida en la franja neutral de 10 metros que separa los dos países, los delegados de ambos bandos con sus respectivos intérpretes se sentaron a discutir en torno a una larga mesa de comedor. El general Ewefp, un cincuentón rechoncho y calvo, representó lo mejor que pudo una imagen de hombre simpático y de mucho mundo, y aceptó sin reservas las condiciones del MPLA. El acuerdo demoró dos horas. Pero la reunión demoró más, porque el general Ewefp hizo traer para todos un almuerzo suculento preparado del lado de Namibia, y mientras almorzaban hizo varios brindis con cerveza y contó a sus adversarios cómo había perdido el meñique de la mano derecha en un accidente de tránsito.
A fines de mayo Henry Kissinger visitó en Estocolmo al primer ministro sueco Olof Palme, y al salir de la visita declaró jubiloso para la prensa mundial que las tropas cubanas estaban evacuando a Angola. La noticia, según se dijo, estaba en una carta personal que Fidel Castro le había escrito a Olof Palme. El júbilo de Kissinger era comprensible, porque el retiro de las tropas cubanas le quitaba un peso de encima ante la opinión de Estados Unidos, agitada por la campaña electoral.
La verdad es que en esa ocasión Fidel Castro no le había mandado ninguna carta a Olof Palme. Sin embargo, la información de éste era correcta aunque incompleta. En realidad, el programa del retiro de las tropas cubanas de Angola había sido acordado por Fidel Castro y Agostinho Neto en su entrevista del 14 de marzo en Conakry, cuando ya la victoria era un hecho. Decidieron que el retiro sería gradual, pero que en Angola permanecerían cuantos cubanos fueran necesarios y por el tiempo que fuera indispensable para organizar un ejército moderno y fuerte, capaz de garantizar en el futuro la seguridad interna y la independencia del país sin ayuda de nadie.
De modo que cuando Henry Kissinger cometió la infidencia de Estocolmo ya habían regresado a Cuba más de 3 mil combatientes de Angola, y muchos otros estaban en camino. También el retorno trató de mantenerse en secreto por razones de seguridad. Pero Esther Lilia Díaz Rodríguez, la primera muchacha que se fue y una de las primeras que volvieron por avión, tuvo una prueba más del ingenio de los cubanos para saberlo todo. Esther había sido concentrada para el chequeo médico de rigor en el Hospital Naval de La Habana antes de informar a la familia de su regreso. Al cabo de 48 horas fue autorizada para salir y tomó un taxi en la esquina que la llevó a su casa sin ningún comentario, pero el chofer no quiso cobrarle el servicio porque sabía que ella regresaba de Angola. "¿Cómo lo supiste?", le preguntó Esther, perpleja. El chofer contestó: "Porque ayer te vi en la terraza del Hospital Naval, y ahí sólo están los que regresan de Angola".
Yo llegué a La Habana por esos días y desde el aeropuerto tuve la impresión definida de que algo muy profundo había ocurrido en la vida cubana desde que estuve allí la última vez, un año antes.
Había un cambio indefinible pero demasiado notable no sólo en el espíritu de la gente sino también en la naturaleza de las cosas, de los animales y del mar, y en la propia esencia de la vida cubana. Había una nueva moda masculina de vestidos enteros de tela ligera con chaquetas de manga corta. Había novedades de palabras portuguesas en la lengua callejera. Había nuevos acentos en los viejos acentos africanos de la música popular. Había discusiones más ruidosas que de costumbre en las colas de las tiendas y en los autobuses atestados, entre quienes habían sido partidarios resueltos de la acción en Angola y quienes apenas entonces empezaban a comprenderla. Sin embargo, la experiencia más interesante, y rara, era que los repatriados parecían conscientes de haber contribuido a cambiar la historia del mundo, pero se comportaban con la naturalidad y la decencia de quienes simplemente habían cumplido con su deber.
En cambio, tal vez ellos mismos no eran conscientes de que en otro nivel, tal vez menos generoso pero también más humano, hasta los cubanos sin demasiadas pasiones se sentían compensados por la vida al cabo de muchos años de reveses injustos. En 1970, cuando falló la zafra de los 10 millones, Fidel Castro pidió al pueblo convertir la derrota en victoria. Pero en realidad, los cubanos estaban haciendo eso desde hacía demasiado tiempo con una conciencia política tenaz y una fortaleza moral a toda prueba. Desde la victoria de Girón, hacía más de 15 años, habían tenido que asimilar con los dientes apretados el asesinato del Che Guevara en Bolivia y el del presidente Salvador Allende en medio de la catástrofe de Chile, y habían padecido el exterminio de las guerrillas en América Latina y la noche interminable del bloqueo, y la polilla recóndita e implacable de tantos errores internos del pasado que en algún momento los mantuvieron al borde del desastre. Todo eso, al margen de las victorias irreversibles pero lentas y arduas de la Revolución, debió crear en los cubanos una sensación acumulada de penitencias inmerecidas. Angola les dio por fin la gratificación de la victoria grande que tanto estaban necesitando.

Fuente: Diario GRANMA INTERNACIONAL, noviembre del 2005.
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