jueves, 12 de diciembre de 2013

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ISLA DISTINGUIDA MUNDIALMENTE POR LOGROS SOCIALES Y CULTURALES
Un pigmeo, el PRO de Macri, chicanea a Cuba, potencia mundial

El presidente de Cuba fue orador en las honras fúnebres de Nelson Mandela. En paralelo un enviado del PRO a La Habana tuiteaba que la población de Cuba no había sido informada de ese fallecimiento. Las mentiras de Mauricio Macri.
EMILIO MARÍN

El prestigio internacional de Cuba levanta cada día más vuelo. Sus logros médicos, culturales, sociales, educacionales y en derechos humanos son más reconocidos. Ayer el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) informó que Cuba, Chile y Uruguay están entre los pocos países del mundo que tienen un registro universal de nacimientos. Lograron el cien por ciento de inscripción de los nacidos, “cuando en el planeta hay lamentablemente 230 millones de menores de cinco años nunca fueron registrados, un tercio de todos los de esa edad”.
La salud tiene logros impresionantes, por ejemplo un bajísimo índice de mortalidad infantil, que resaltan más teniendo en cuenta el cruel y prolongado bloqueo estadounidense que la 68° Asamblea General de la ONU condenó por vigésimo segunda vez consecutiva.
Unicef admite que EE UU tiene peor indicador de mortalidad infantil que la isla, con 6,7 por mil nacidos vivos mientras su víctima, bloqueada, ostenta 4,2 por mil.
La patria de José Martí es solidaria con muchísimos países del Tercer Mundo, e incluso con clases no pudientes del Primero, su prestigio se empina como su monte Turquino. Eso se notó con la llegada de Raúl Castro a Sudáfrica, para participar de los actos de despedida al legendario Nelson Mandela. Cuando el mandatario isleño habló fue muy aplaudido por la concurrencia en el estadio de Johannesburgo. Las crónicas informaron que, en cambio, al local, Jacob Gedleyihlekisa Zuma, lo recibieron con algunos abucheos. Para el cubano fue todo fiesta cuando dijo: “Cuba, que lleva en sus venas sangre africana, surgió en la lucha por la independencia y por la abolición de la esclavitud y, posteriormente, ha tenido el privilegio de combatir y construir junto a las naciones africanas”. Estaba recordando con cierta diplomacia que su país combatió junto a los africanos contra el apartheid y ayudó a derrotarlo.
Luego agregó, por si algún despistado no se había dado cuenta de la referencia histórica: “jamás olvidaremos el emocionado homenaje de Mandela a nuestra lucha común, cuando nos visitó, el 26 de julio de 1991, y dijo: 'el pueblo cubano ocupa un lugar especial en el corazón de los pueblos de África'”.

Chico de los mandados
La estrella de Cuba subía al firmamento, en una ceremonia seguida por atención por millones de personas, y algo debían hacer los servicios imperiales para opacarla, tapando el cielo con las manos.
Y algún servicio pidió colaboración a Mauricio Macri, de la derecha anticomunista que gobierna la ciudad de Buenos Aires. Aclaración: Barack Obama estaba en Johannesburgo y saludó cordialmente a su colega cubano, por lo que los servicios a que se hace referencia pertenecerían a lo más reaccionario de EE UU. Por caso, los ligados a la mafia cubano-americana, como la que expresa la legisladora Ileana Ros-Lehtinen, quien deploró públicamente el saludo de los dos mandatarios. Para la gusanería de Miami, Obama -quien carga con centenares de miles de muertos en Irak, Afganistán, Libia y Siria- no debía darle la mano a Castro porque éste la tendría “manchadas con sangre”.
Así fue que dos enviados del PRO, Pedro Robledo y Valentina Aragona, partieron con visas de turistas a la capital cubana, con el cometido de participar en una “reunión de Derechos Humanos”, según Macri. Un mercenario, Antonio Rodiles, ligado a la Sección de Intereses de Norteamérica (SINA), había convocado al “I° Encuentro Internacional sobre Derechos Humanos y Pactos de la ONU”.
Robledo entró a la isla mintiendo. En sus tuits del 6 de diciembre decía que la población cubana no había sido informada de la muerte de Mandela. Textual: “@Piter_Robledo. Acá en CUBA, la gente no se puede enterar que murió Mandela. 12:00 AM - 6 Dec 2013”.
Falso. El 5 de diciembre a la noche Raúl Castro había dirigido una nota oficial al sudafricano Zuma donde le decía: “Excelencia: Con profundo dolor, le trasmito las más sentidas condolencias por el fallecimiento del querido compañero Nelson Mandela, en nombre del pueblo y el Gobierno cubanos, que hago extensivas a sus familiares, al Congreso Nacional Africano y a toda la Nación”.
Los medios cubanos dieron rápida difusión a esa nota oficial y Granma la publicó al día siguiente. Robledo estaba mirando otro canal o en la playa, lo que es su derecho. No es su derecho mentir, porque podía generar inconvenientes entre los dos países.

El PRO y el PP
Y así fue: para Cuba esos dos turistas no tenían derecho a participar de una reunión de gente pagada por la SINA. Fueron detenidos en averiguaciones por unas pocas horas, tras lo cual fueron puestos en vuelo de TACA de retorno a las oficinas de Macri. Hicieron perder tiempo a la embajada de Argentina en La Habana y a la cancillería, porque Macri pidió su intervención y la de la Secretaría de DD HH.
El petit alboroto hizo decir al jefe del PRO que en la isla no existen los derechos humanos. El tipo tiene la cara de cemento armado con bolsas de Loma Negra y fierros de Techint-Acindar, sus empresarios amigos. Él tiene doble procesamiento en la causa por espionaje ilegal que lleva el juez Norberto Oyarbide, ratificado por la Cámara Federal. Esa red la integraban también el comisario Jorge “Fino” Palacios, nominado por el PRO como jefe de la Policía Metropolitana, y Ciro James, plantado en el ministerio de Educación. ¿Y él habla de los derechos humanos?
Esa Metropolitana reprimió -a solicitud de Macri- a los empleados, médicos, pacientes y periodistas del Hospital Borda, con cincuenta heridos, el 26 de abril pasado. Tiraron abajo un Taller Protegido para construir un Centro Cívico y generar negocios inmobiliarios, favoreciendo a empresarios amigos. ¿Y el represor del Borda se considera con autoridad para cuestionar a la Mayor de las Antillas? Este es el mundo del revés.
No es la primera incursión de Macri en las campañas anticubanas. Su Fundación Libertad (FL), junto con la FAES del español José María Aznar, han organizado varias conferencias contra Cuba y respaldando los modelos neoliberales de ajuste. La última fue en abril de este año, al festejar los 25 años de la FL en Rosario y Buenos Aires, donde habían invitado como figura estelar a la bloguera anticubana Yoani Sánchez, designada por la SIP como vicepresidenta regional para el Caribe y América Central. Sánchez desistió de viajar pero sí lo hicieron la alcaldesa de Madrid, Esperanza Aguirre, los dos Vargas Llosa, que compartieron con Macri y la entonces embajadora de EE UU, Vilma Martínez.
Vargas Llosa afirmó: “las políticas liberales y democráticas traen el progreso y la prosperidad; si Argentina hubiese elegido esas políticas, tendría los más altos niveles del mundo, como Suecia o Suiza que tienen menos recursos”.
Un connotado terrorista de origen cubano, Carlos Alberto Montaner, en el sitio de la Fundación Libertad, escribió: “Néstor y Cristina Kirchner, flor de pareja, como los llamó Mario Vargas Llosa, que comenzaron la reestatización del país en sintonía con los disparates chavistas del Socialismo del Siglo XXI. Una extraña amalgama”.
La derecha mundial sigue metiendo la pata en el Caribe. El PP envió en julio del año pasado al dirigente juvenil Ángel Carromero, que terminó detenido por un accidente de tránsito donde murieron los contrarrevolucionarios cubanos Oswaldo Payá y Harold Cepero (obvio, los ligados al imperio dijeron que habían sido asesinados “por el régimen”). Y ahora el socio del PP, o sea el PRO, mandó a Robledo y Aragona. ¿Quién será el tercero? ¿Acaso los neonazis griegos de Amanecer Dorado o sus colegas franceses del Frente Nacional? Apuesten señores.

Mejor el Qom
Mientras esa Internacional del neoliberalismo demoniza a Cuba, el 10 de diciembre el ministerio de Relaciones Exteriores reunió en su sede un panel de expertos para conmemorar el aniversario 65 de la Declaración de los Derechos Humanos. Allí el Dr. José Luis Toledo Santander, presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular, explicó ante periodistas cubanos y extranjeros cómo se garantizan los derechos civiles y la participación popular reconocidos en la Constitución. Ejemplificó con el amplio proceso de consulta en los centros laborales, en torno al nuevo Código de Trabajo.
En mérito a esos antecedentes humanitarios, la Asamblea General de la ONU reeligió a Cuba como uno de los 47 miembros del Consejo de Derechos Humanos, con mandato de tres años a partir del 1 de enero de 2014.
Justo el 1 de enero tenía que ser, cuando se conmemorarán 55 años de revolución. Debe ser por eso que los agentes que sintonizan la onda del Departamento de Estado andan tan nerviosos, inventando lo que no hay para poder atacar a un país mirado con respeto por la mayoría del mundo, aún por muchos que no comulgan con su sistema político socialista.
Para Cristina Fernández de Kirchner una reflexión final. Habría sido mejor recibir al líder Qom, Félix Díaz, que regalarle dos horas de su valioso tiempo a Robledo. Su condición de homosexual no lo descalifica en lo más mínimo; ser enemigo de Cuba, sí.


Sergio Ortiz
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twitter: @Sergioortizpl

miércoles, 11 de diciembre de 2013

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Marita Verón: a un año del fallo judicial que avergonzó al país

  11 de diciembre de 2013 (infobae-derf)  Hora: 10:00  

En su libro "La Red, la trama oculta del Caso Marita Verón", Sibila Camps echa luz sobre lo que hay detrás de la sentencia que absolvió a todos los imputados por el secuestro de la joven tucumana
En diálogo con Infobae, la autora reconoce que la resolución generó un "repudio social al consumo de prostitución".

"Quería creer en la Justicia", dijo con la desilusión a cuestas una incansable Susana Trimarco al conocer el inexplicable fallo judicial que el 11 de diciembre de 2012 absolvió a los 13 imputados en la causa que investigaba el secuestro y la desaparición de su hija, María de los Ángeles Verón.
En varias ciudades del país brotaba la bronca y las calles albergaban el masivo repudio a los jueces de la Sala II de la Cámara Penal de Tucumán: Alberto Piedrabuena, Emilio Herrera Molina y Eduardo Romero Lascano. En Buenos Aires, la indignación de decenas de manifestantes se volcaba sobre la fachada de la Casa de Tucumán. Hubo gritos, palos, piedras, llanto y fuego. El resultado no fue otro que cientos de heridos y otros tantos detenidos. La inexplicable decisión era irreversible.
La periodista Sibila Camps trabajó como cronista del diario Clarín y cubrió cada una de las audiencias del juicio. Si bien no se podía grabar ni filmar en la sala, ella tomó detallados apuntes de todo lo que ocurrió, de todo lo que se dijo, y  también de lo que se calló.
Las mafias, los barras, la policía y el poder político y judicial de la provincia ya habían sido objeto de estudio cuando durante los años 90 la docente de periodismo se encargó de investigar las extrañas relaciones de poder que rodeaban al ex comisario represor Mario "Malevo" Ferreyra, información que publicaría luego en su libro "El Sheriff".
En "La Red, la trama oculta del caso Marita Verón", su nuevo trabajo, Sibila Camps retoma la oscuridad de una provincia que conoce para echar luz sobre uno de los casos más emblemáticos de la impunidad de nuestro país, el de María de los Ángeles Verón, la joven de 23 años que en abril de 2002 le daba pelea a una crisis económica devastadora junto a su marido y su pequeña hija de dos años, hasta que fue secuestrada por una mafia de proxenetas. Marita, su familia, y toda una sociedad siguen esperando justicia.
-¿Nota algún cambio en Tucumán o sigue prevaleciendo la matriz de miedo que usted menciona en el libro?
Creo que sigue prevaleciendo y que es una patología social incluso. En Tucumán, la mayor parte de las mujeres en situación de prostitución mayores de 30 años han pasado por los prostíbulos de Liliana Medina y sus hijos -José "Chenga" y Gonzalo "Chenguita" Gómez- incluso travestis. He tenido la oportunidad de hablar con ellas en Tucumán. Todas tenían algo para contar, pero el miedo sigue estando y lo noto en las pocas denuncias que hay ante situaciones reales.
-¿Cómo se entiende que después de un juicio tan largo, con tantas pruebas, tantos testigos y tantos acusados nadie haya pagado por lo que le hicieron a María de los Ángeles Verón?
El de Marita Verón es un fallo absolutamente amañado, hace agua por donde lo mires. Es como si durante todo el año estuviese viendo un elefante y de repente vienen tres biólogos y me dicen, "no, esto es una grulla". No se puede creer, pero las explicaciones están en lo que se dijo y en lo que no se dijo, en lo que se ocultó y lo que no se quiso ver. Lo que más me interesaba era mostrar eso, poner todas las fichas en la mesa y relacionar todos los hilos y lo que estaba detrás, el revés de la trama.

-Una chica secuestrada, amenazada, golpeada, drogada y ultrajada sexualmente varias veces por distintos hombres durante mucho tiempo, es posible que no quiera hablar. ¿Eso complicó la búsqueda de Marita?

Sí, muchísimo. Las testigos que declararon haberla visto han sido relativamente pocas si pensamos en que ella estuvo durante casi un año y medio en el ambiente prostibulario, donde permanentemente había en cada uno de los prostíbulos entre 15 y 30 chicas por lo menos. Es decir, fueron pocas las que se animaron a declarar. Y casi todas las que hablaron fueron las rescatadas. Yo encontré una chica que me contaba que estaba en situación de prostitución y me decía que cuando estuvo secuestrada, como reventaban los prostíbulos de Tucumán, la mandaron a uno de los prostíbulos de Liliana Medina en La Rioja. Todos sabían que había una chica encerrada, de la que no se podía hablar y a la que ella no podía ver. Pudo haber sido Marita Verón o cualquier otra, pero en ese momento ella estaba siendo buscada.  

-¿Por qué los jueces no creyeron en las compañeras de cautiverio de Marita?

Dijeron que no les creían. No les creen para ciertas cosas y sí les creen para otras. Es una contradicción que no se sostiene para nada. Tengamos en cuenta que el juicio se hizo diez años después. Y las chicas que declaran hicieron durante esos diez años lo imposible por olvidar lo que vivieron. Aún así les piden que recuerden nombres, detalles. Luego hacen un recorte, toman lo que les sirve y omiten lo que complica a los imputados.

-Usted deja en claro que durante las audiencias el tribunal es muy permisivo con los artilugios de la defensa, pero no accede a los pedidos de la querella. ¿Notó falta de imparcialidad durante el juicio?

A la luz del resultado hay que pensar que sí. Si una analiza qué hicieron en cada una de las audiencias, había por lo menos una complacencia, una permisividad o exceso de tolerancia. De ahí el juicio político, que no es por el resultado sino por la conducta de los jueces, que llevó a ese resultado.

-¿En qué lo notaba?

Los jueces no tuvieron en cuenta las secuelas psicológicas de las víctimas de trata, que son muy similares a las de las víctimas de delitos de lesa humanidad. Quizás no recuerden cosas globales, pero sí un detalle especial, un arito, el calzado. La otra cuestión es que en general están a oscuras, drogadas, alcoholizadas, amenazadas, en una situación de violencia absoluta. No pueden estar atentas a todo lo que pasa a su alrededor. En esas condiciones, bajo amenaza, pretendían que diez años después respondieran como para un examen de la facultad para el que se prepararon.

-Daniela Milhein y Liliana Medina fueron dos de las principales acusadas en el juicio. ¿Cómo se entiende que una mujer que fue sometida a la trata luego se transforme en una reclutadora?

Es bastante común. Por lo general lo terminan siendo, no por una iniciativa propia, sino por una imposición. Es común que se arrimen sentimentalmente al mandamás del prostíbulo para ser liberadas de la tortura de tener que estar sometidas tantas horas todos los días, todas las noches. De esa manera pasan a ser la "pareja" del proxeneta, pero el costo es ese, encargarse de controlar los "pases", de cobrar, de castigar a las chicas eventualmente.

-¿Cuando usted dice que las explicaciones están del fallo están en "lo que no se quiso ver", a qué se refiere específicamente?

Hay muchas cosas. Analizando el vocabulario uno se da cuenta cómo los imputados se pisan. Cuando María Jesús Rivero es careada con un testigo, Julio Mafut, él habla de "conseguir chicas" y ella se refiere a "reclutar". Ese es un término que si no estás en el negocio no lo usás. El tribunal debió haberlo advertido, pero yo creo que tenía toda la predisposición para absolver a los imputados.

-A pesar de lo que pasó con Marita, de la vergüenza y la bronca de mucha gente tras el fallo, los prostíbulos y los secuestros de mujeres jóvenes siguen sucediendo. ¿Modificó algo la ley de trata de personas?

Creo que se ha avanzado un poco. Ante todo, veo que aparece gente despegando papelitos en el microcentro. Empieza a haber un repudio social al consumo de prostitución. Sigue habiendo captación, lo que pasa es que ahora el familiar denuncia rápidamente, recurre a los medios, ya saben de qué se trata y las redes sociales ayudan muchísimo. No creo que haya más víctimas que antes, sino que son más visibles los casos. Aclaro que es lo que creo, porque no hay datos estadísticos oficiales.

-¿Y a nivel provincial qué cambió?
Lo que ha ocurrido a lo largo del año pasado y lo que va de este es que en muchas provincias o ciudades han empezado a sacar leyes y ordenanzas no para prohibir los prostíbulos, porque están prohibidos por la ley 12.331 de enero de 1937, sino para prohibir los cabarets, whiskerías, club nocturnos, etcétera, que de todas maneras son prostíbulos encubiertos o lugares de facilitación de la prostitución porque están adscrítos a un prostíbulo o a un albergue transitorio. Por ahi están habilitados como cabaret, pero al lado hay una casa particular llena de piezas que funciona como prostíbulo. 

- Además de las estadísticas oficiales, ¿qué cree que hace falta?

La modificación a la ley de trata cumplió 10 meses y todavía sigue sin reglamentarse. Hay cosas que sí se pueden aplicar y se aplican de hecho, como es el tema de que el consentimiento de la víctima no es atenuante y que no hay diferencias entre víctimas mayores y menores de edad. Pero lo demás, todo el programa nacional que tiene que armarse de contención a las víctimas, atención médica, psicológica, reinserción social, cultural y educativa no hay absolutamente nada.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Che Guevara Fidel y Raúl Castro Julio Cortazar REUNION desembarco naufragio separacion muerte y reencuentro Chaubloqueo Museo Che Guevara Irene Perpiñal


                             R E U N I Ó N 

cuenta (con nombres cambiados) la epopeya que vivieron el Che Guevara, Fidel y Raúl Castro con otros doce cubanos, mientras el ejército los perseguía y ellos conformaban dos grupos que no sabían donde estaba él otro o si siquiera existía.  
Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida.

ERNESTO “CHE” GUEVARA, en La sierra y el llano, La Habana, 1961.

Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba seco porque Luís (que no se llamaba Luís, pero habíamos jurado no acordarnos de nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni tragos de ron en esa condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga borracha, haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola viene, los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y medio mundo enfermo, doblándose para vomitar como si fueran a partirse por la mitad. Hasta Luís, la segunda noche, una bilis verde que le sacó las ganas de reírse, entre eso y el norte que no nos dejaba ver el faro de Cabo Cruz, un desastre que nadie se había imaginado; y llamarle a eso un expedición de desembarco era como para seguir vomitando pero de pura tristeza. En fin, cualquier cosa con tal de dejar atrás la lancha, cualquier cosa aunque fuera lo que nos esperaba en tierra –pero sabíamos que nos estaba esperando y por eso no importaba tanto–, el tiempo que se compone justamente en el peor momento y zas la avioneta de reconocimiento, nada que hacerle, a vadear la ciénaga o lo que fuera con el agua hasta las costillas buscando el abrigo de los sucios pastizales, de los mangles, y yo como un idiota con mi pulverizador de adrenalina para poder seguir adelante, con Roberto que me llevaba el Springfield para ayudarme a vadear mejor la ciénaga (si era una ciénaga, porque a muchos ya se nos había ocurrido que a lo mejor habíamos errado el rumbo y que en vez de tierra firme habíamos hecho la estupidez de largarnos en algún cayo fangoso dentro del mar, a veinte millas de la isla…); y todo así, mal pensado y peor dicho, en una continua confusión de actos y nociones, una mezcla de alegría inexplicable y de rabia contra la maldita vida que nos estaban dando los aviones y lo que nos esperaba del lado de la carretera si llegábamos alguna vez, si estábamos en una ciénaga de la costa y no dando vueltas como alelados en un circo de barro y de total fracaso para diversión del babuino en su Palacio.
Ya nadie se acuerda cuánto duró, el tiempo lo medíamos por los claros entre los pastizales, los tramos donde podían ametrallarnos en picada, el alarido que escuché a mi izquierda, lejos, y creo fue de Roque (a él le puedo dar su nombre, a su pobre esqueleto entre las lianas y los sapos), porque de los planes ya no quedaba más que la meta final, llegar a la Sierra y reunirnos con Luís si también él conseguía llegar; el resto se había hecho trizas con el norte, el desembarco improvisado, los pantanos. Pero seamos justos: algo se cumplía sincronizadamente, el ataque de los aviones enemigos. Había sido previsto y provocado: no falló. Y por eso, aunque todavía me doliera en la cara el aullido de Roque, mi maligna manera de entender el mundo me ayudaba a reírme por lo bajo (y me ahogaba todavía más, y Roberto me llevaba el Springfield para que yo pudiese inhalar adrenalina con la nariz casi al borde del agua, tragando más barro que otra cosa), porque si los aviones estaban ahí entonces no podía ser que hubiéramos equivocado la playa, a lo sumo nos habíamos desviado algunas millas, pero la carretera estaría detrás de los pastizales, y después el llano abierto y en el norte las primeras colinas. Tenía su gracia que el enemigo nos estuviera certificando desde el aire la bondad del desembarco.
Duró vaya a saber cuánto, y después fue de noche y éramos seis debajo de unos flacos árboles, por primera vez en terreno casi seco, mascando tabaco húmedo y unas pobres galletas. De Luís, de Pablo, de Lucas, ninguna noticia; desperdigados, probablemente muertos, en todo caso tan perdidos y mojados como nosotros. Pero me gustaba sentir cómo con el fin de esa jornada de batracio se me empezaban a ordenar las ideas, y cómo la muerte, más probable que nunca, no sería ya un balazo al azar en plena ciénaga, sino una operación dialéctica en seco, perfectamente orquestada por las partes en juego. El ejército debía controlar la carretera, cercando los pantanos a la espera de que apareciéramos de a dos o de a tres, liquidados por el barro y las alimañas y el hambre. Ahora todo se veía clarísimo, tenía otra vez los puntos cardinales en el bolsillo, me hacía reír sentirme tan vivo y tan despierto al borde del epílogo. Nada podía resultarme más gracioso que hacer rabiar a Roberto recitándole al oído unos versos del viejo Pancho que le parecían abominables. “Si por lo menos nos pudiéramos sacar el barro”, se quejaba el Teniente. “O fumar de verdad” (alguien, más a la izquierda, ya no sé quién, alguien que se perdió al alba). Organización de la agonía: centinelas, dormir por turnos, mascar tabaco, chupar galletas infladas como esponjas. Nadie mencionaba a Luís, el temor de que lo hubieran matado era el único enemigo real, porque su confirmación nos anularía mucho más que el acoso, la falta de armas o las llagas en los pies. Sé que dormí un rato mientras Roberto velaba, pero antes estuve pensando que todo lo que habíamos hecho en esos días era demasiado insensato para admitir así de golpe la posibilidad de que hubieran matado a Luís. De alguna manera la insensatez tendría que continuar hasta el final, que quizá fuera la victoria, y en ese juego absurdo donde se había llegado hasta el escándalo de prevenir al enemigo que desembarcaríamos, no entraba la posibilidad de perder a Luís. Creo que también pensé que si triunfábamos, que si conseguíamos reunirnos otra vez con Luís, sólo entonces empezaría el juego en serio, el rescate de tanto romanticismo necesario y desenfrenado y peligroso. Antes de dormirme tuve como una visión: Luís junto a un árbol, rodeado por todos nosotros, se llevaba lentamente la mano a la cara y se la quitaba como si fuese una máscara. Con la cara en la mano se acercaba a su hermano Pablo, a mí, al Teniente, a Roque, pidiéndonos con un gesto que la aceptáramos, que nos la pusiéramos. Pero todos se iban negando uno a uno, y yo también me negué, sonriendo hasta las lágrimas, y entonces Luís volvió a ponerse la cara y le vi un cansancio infinito mientras se encogía de hombros y sacaba un cigarro del bolsillo de la guayabera. Profesionalmente hablando, una alucinación de la duermevela y la fiebre, fácilmente interpretable. Pero si realmente habían matado a Luís durante el desembarco, ¿quién subiría ahora a la Sierra con su cara? Todos trataríamos de subir pero nadie con la cara de Luís, nadie que pudiera o quisiera asumir la cara de Luís. “Los diádocos”, pensé ya entredormido, “pero todo se fue al diablo con los diádocos, es sabido”.
Aunque esto que cuento pasó hace rato, quedan pedazos y momentos tan recortados en la memoria que sólo se pueden decir en presente, como estar tirado otra vez boca arriba en el pastizal, junto al árbol que nos protege del cielo abierto. Es la tercera noche, pero al amanecer de ese día franqueamos la carretera a pesar de los jeeps y la metralla. Ahora hay que esperar otro amanecer porque nos han matado al baqueano y seguimos perdidos, habrá que dar con algún paisano que nos lleve a donde se pueda comprar algo de comer, y cuando digo comprar casi me da risa y me ahogo de nuevo, pero en eso como en lo demás a nadie se le ocurriría desobedecer a Luís, y la comida hay que pagarla y explicarle antes a la gente quiénes somos y por qué andamos en lo que andamos. La cara de Roberto en la choza abandonada de la loma, dejando cinco pesos debajo de un plato a cambio de la poca cosa que encontramos y que sabía a cielo, a comida en el “Ritz” si es que ahí se come bien. Tengo tanta fiebre que se me va pasando el asma, no hay mal que por bien no venga, pero pienso de nuevo en la cara de Roberto dejando los cinco pesos en la choza vacía, y me da un tal ataque de risa que vuelvo a ahogarme y me maldigo. Habría que dormir, Tinti monta la guardia, los muchachos descansan unos contra otros, yo me he ido un poco más lejos porque tengo la impresión de que los fastidio con la tos y los silbidos del pecho, y además hago una cosa que no debería hacer, y es que dos o tres veces en la noche fabrico una pantalla de hojas y meto la cara por debajo y enciendo despacito el cigarro para reconciliarme un poco con la vida.
En el fondo lo único bueno del día ha sido no tener noticias de Luís, el resto es un desastre, de los ochenta nos han matado por lo menos a cincuenta o sesenta; Javier cayó entre los primeros, el Peruano perdió un ojo y agonizó tres horas sin que yo pudiera hacer nada, ni siquiera rematarlo cuando los otros no miraban. Todo el día temimos que algún enlace (hubo tres con un riesgo increíble, en las mismas narices del ejército) nos trajera la noticia de la muerte de Luís. Al final es mejor no saber nada, imaginarlo vivo, poder esperar todavía. Fríamente peso las posibilidades y concluyo que lo han matado, todos sabemos cómo es, de qué manera el gran condenado es capaz de salir al descubierto con una pistola en la mano, y el que venga atrás que arree. No, pero López lo habrá cuidado, no hay como él para engañarlo a veces, casi como a un chico, convencerlo de que tiene que hacer lo contrario de lo que le da la gana en ese momento. Pero y si López… Inútil quemarse la sangre, no hay elementos pan la menor hipótesis, y además es rara esta calma, este bienestar boca arriba como si todo estuviera bien así, como si todo se estuviera cumpliendo (casi pensé: “consumando”, hubiera sido idiota) de conformidad con los planes. Será la fiebre o el cansancio, será que nos van a liquidar a todos como a sapos antes de que salga el sol. Pero ahora vale la pena aprovechar de este respiro absurdo, dejarse ir mirando el dibujo que hacen las ramas del árbol contra el cielo más claro, con algunas estrellas, siguiendo con ojos entornados ese dibujo casual de las ramas y las hojas, esos ritmos que se encuentran, se cabalgan y se separan, y a veces cambian suavemente cuando una bocanada de aire hirviendo pasa por encima de las copas, viniendo de las ciénagas. Pienso en mi hijo pero está lejos, a miles de kilómetros, en un país donde todavía se duerme en la cama, y su imagen me parece irreal, se me adelgaza y pierde entre las hojas del árbol, y en cambio me hace tanto bien recordar un tema de Mozart que me ha acompañado desde siempre, el movimiento inicial del cuarteto La caza, la evocación del halalí en la mansa voz de los violines, esa transposición de una ceremonia salvaje a un claro goce pensativo. Lo pienso, lo repito, lo canturreo en la memoria, y siento al mismo tiempo cómo la melodía y el dibujo de la copa del árbol contra el cielo se van acercando, traban amistad, se tantean una y otra vez hasta que el dibujo se ordena de pronto en la presencia visible de la melodía, un ritmo que sale de una rama baja, casi a la altura de mi cabeza, remonta hasta cierta altura y se abre como un abanico de tallos, mientras el segundo violín es esa rama más delgada que se yuxtapone para confundir sus hojas en un punto situado a la derecha, hacia el final de la frase, y dejarla terminar para que el ojo descienda por el tronco y pueda si quiere, repetir la melodía. Y todo eso es también nuestra rebelión, es lo que estamos haciendo aunque Mozart y el árbol no puedan saberlo, también nosotros a nuestra manera hemos querido trasponer una torpe guerra a un orden que le dé sentido, la justifique y en último término la lleve a una victoria que sea como la restitución de una melodía después de tantos años de roncos cuernos de caza, que sea ese allegro final que sucede al adagio como un encuentro con la luz. Lo que se divertiría Luís si supiera que en este momento lo estoy comparando con Mozart, viéndolo ordenar poco a poco esta insensatez, alzarla hasta su razón primordial que aniquila con su evidencia y su desmesura todas las prudentes razones temporales. Pero qué amarga, qué desesperada tarea la de ser un músico de hombres, por encima del barro y la metralla y el desaliento urdir ese canto que creíamos imposible, el canto que trabará amistad con la copa de los árboles, con la tierra devuelta a sus hijos. Sí, es la fiebre. Y cómo se reiría Luís aunque también a él le guste Mozart, me consta.
Y así al final me quedaré dormido, pero antes alcanzaré a preguntarme si algún día sabremos pasar del movimiento donde todavía suena el halalí del cazador, a la conquistada plenitud del adagio y de ahí al allegro final que me canturreo con un hilo de voz, si seremos capaces de alcanzar la reconciliación con todo lo que haya quedado vivo frente a nosotros. Tendríamos que ser como Luís, no ya seguirlo, sino ser como él, dejar atrás inapelablemente el odio y la venganza, mirar al enemigo como lo mira Luís, con una implacable magnanimidad que tantas veces ha suscitado en mi memoria (pero esto, ¿cómo decírselo a nadie?) una imagen de pantocrátor, un juez que empieza por ser el acusado y el testigo y que no juzga, que simplemente separa las tierras de las aguas para que al fin, alguna vez, nazca una patria de hombres en un amanecer tembloroso, a orillas de un tiempo más limpio.
Pero otra que adagio, si con la primera luz se nos vinieron encima por todas partes, y hubo que renunciar a seguir hacia el noreste y meterse en una zona mal conocida, gastando las últimas municiones mientras el Teniente con un compañero se hacía fuerte en una loma y desde ahí les paraba un rato las patas, dándonos tiempo a Roberto y a mí para llevarnos a Tinti herido en un muslo y buscar otra altura más protegida donde resistir hasta la noche. De noche ellos no atacaban nunca, aunque tuvieran bengalas y equipos eléctricos, les entraba como un pavor de sentirse menos protegidos por el número y el derroche de armas; pero para la noche faltaba casi todo el día, y éramos apenas cinco contra esos muchachos tan valientes que nos hostigaban para quedar bien con el babuino, sin contar los aviones que a cada rato picaban en los claros del monte y estropeaban cantidad de palmas con sus ráfagas.
A la media hora el Teniente cesó el fuego y pudo reunirse con nosotros, que apenas adelantábamos camino. Como nadie pensaba en abandonar a Tinti, porque conocíamos de sobra el destino de los prisioneros, pensamos que ahí, en esa ladera y en esos matorrales íbamos a quemar los últimos cartuchos. Fue divertido descubrir que los regulares atacaban en cambio una loma bastante más al este, engañados por un error de la aviación, y ahí nomás nos largamos cerro arriba por un sendero infernal, hasta llegar en dos horas a una loma casi pelada donde un compañero tuvo el ojo de descubrir una cueva tapada por las hierbas, y nos plantamos resollando después de calcular una posible retirada directamente hacia el norte, de peñasco en peñasco, peligrosa, pero hacia el norte, hacia la Sierra donde a lo mejor ya habría llegado Luís.
Mientras yo curaba a Tinti desmayado, el Teniente me dijo que poco antes del ataque de los regulares al amanecer había oído un fuego de armas automáticas y de pistolas hacia el poniente. Podía ser Pablo con sus muchachos, o a lo mejor el mismo Luís. Teníamos la razonable convicción de que los sobrevivientes estábamos divididos en tres grupos, y quizá el de Pablo no anduviera tan lejos. El Teniente me preguntó si no valdría la pena intentar un enlace al caer la noche.
–Si vos me preguntás eso es porque te estás ofreciendo para ir –le dije. Habíamos acostado a Tinti en una cama de hierbas secas, en la parte más fresca de la cueva, y fumábamos descansando. Los otros dos compañeros montaban guardia afuera.
–Te figuras –dijo el Teniente, mirándome divertido–. A mí estos paseos me encantan, chico.
Así seguimos un rato, cambiando bromas con Tinti que empezaba a delirar, y cuando el Teniente estaba por irse entró Roberto con un serrano y un cuarto de chivito asado. No lo podíamos creer, comimos como quien se come a un fantasma, hasta que Tinti mordisqueó un pedazo que se le fue a las dos horas junto con la vida. El serrano nos traía la noticia de la muerte de Luís; no dejamos de comer por eso, pero era mucha sal para tan poca carne, él no lo había visto aunque su hijo mayor, que también se nos había pegado con una vieja escopeta de caza, formaba parte del grupo que había ayudado a Luís y a cinco compañeros a vadear un río bajo la metralla, y estaba seguro de que Luís había sido herido casi al salir del agua y antes de que pudiera ganar las primeras matas. Los serranos habían trepado al monte que conocían como nadie, y con ellos dos hombres del grupo de Luís, que llegarían por la noche con las armas sobrantes y un poco de parque.
El Teniente encendió otro cigarro y salió a organizar el campamento y a conocer mejor a los nuevos; yo me quedé al lado de Tinti que se derrumbaba lentamente, casi sin dolor. Es decir que Luís había muerto, que el chivito estaba para chuparse los dedos, que esa noche seríamos nueve o diez hombres y que tendríamos municiones para seguir peleando. Vaya novedades. Era como una especie de locura fría que por un lado reforzaba al presente con hombres y alimentos, pero todo eso para borrar de un manotazo el futuro, la razón de esa insensatez que acababa de culminar con una noticia y un gusto a chivito asado. En la oscuridad de la cueva, haciendo durar largo mi cigarro, sentí que en ese momento no podía permitirme el lujo de aceptar la muerte de Luís, que solamente podía manejarla como un dato más dentro del plan de campaña, porque si también Pablo había muerto el jefe era yo por voluntad de Luís, y eso lo sabían el Teniente y todos los compañeros, y no se podía hacer otra cosa que tomar el mando y llegar a la Sierra y seguir adelante como si no hubiera pasado nada. Creo que cerré los ojos, y el recuerdo de mi visión fue otra vez la visión misma, y por un segundo me pareció que Luís se separaba de su cara y me la tendía, y yo defendí mi cara con las dos manos diciendo: “No, no, por favor no, Luís”, y cuando abrí los ojos el Teniente estaba de vuelta mirando a Tinti que respiraba resollando, y le oí decir que acababan de agregársenos dos muchachos del monte, una buena noticia tras otra, parque y boniatos fritos, un botiquín, los regulares perdidos en las colinas del este, un manantial estupendo a cincuenta metros. Pero no me miraba en los ojos, mascaba el cigarro y parecía esperar que yo dijera algo, que fuera yo el primero en volver a mencionar a Luís.
Después hay como un hueco confuso, la sangre se fue de Tinti y él de nosotros, los serranos se ofrecieron para enterrarlo, yo me quedé en la cueva descansando aunque olía a vómito y a sudor frío, y curiosamente me dio por pensar en mi mejor amigo de otros tiempos, de antes de esa cesura en mi vida que me había arrancado a mi país para lanzarme a miles de kilómetros, a Luís, al desembarco en la isla, a esa cueva. Calculando la diferencia de hora imaginé que en ese momento, miércoles, estaría llegando a su consultorio, colgando el sombrero en la percha, echando una ojeada al correo. No era una alucinación, me bastaba pensar en esos años en que habíamos vivido tan cerca uno de otro en la ciudad, compartiendo la política, las mujeres y los libros, encontrándonos diariamente en el hospital; cada uno de sus gestos me era tan familiar, y esos gestos no eran solamente los suyos sino que abarcaban todo mi mundo de entonces, a mí mismo, a mi mujer, a mi padre, abarcaban mi periódico con sus editoriales inflados, mi café a mediodía con los médicos de guardia, mis lecturas y mis películas y mis ideales. Me pregunté qué estaría pensando mi amigo de todo esto, de Luís o de mí, y fue como si viera dibujarse la respuesta en su cara (pero entonces era la fiebre, habría que tomar quinina), una cara pagada de sí misma, empastada por la buena vida y las buenas ediciones y la eficacia del bisturí acreditado. Ni siquiera hacía falta que abriera la boca para decirme yo pienso que tu revolución no es más que… No era en absoluto necesario, tenía que ser así, esas gentes no podían aceptar una mutación que ponía en descubierto las verdaderas razones de su misericordia fácil y a horario, de su caridad reglamentada y a escote, de su bonhomía entre iguales, de su antirracismo de salón pero cómo la nena se va a casar con ese mulato, che, de su catolicismo con dividendo anual y efemérides en las plazas embanderadas, de su literatura de tapioca, de su folklorismo en ejemplares numerados y mate con virola de plata, de sus reuniones de cancilleres genuflexos, de su estúpida agonía inevitable a corto o largo plazo (quinina, quinina, y de nuevo el asma). Pobre amigo, me daba lástima imaginarlo defendiendo como un idiota precisamente los falsos valores que iban a acabar con él o en el mejor de los casos con sus hijos; defendiendo el derecho feudal a la propiedad y a la riqueza ilimitadas, él que no tenía más que su consultorio y una casa bien puesta, defendiendo los principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su mujer no había servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes, defendiendo una supuesta libertad individual cuando la policía cerraba las universidades y censuraba las publicaciones, y defendiendo por miedo, por el horror al cambio, por el escepticismo y la desconfianza que eran los únicos dioses vivos en su pobre país perdido. Y en eso estaba cuando entró el Teniente a la carrera y me gritó que Luís vivía, que acababan de cerrar un enlace con el norte, que Luís estaba más vivo que la madre de la chingada, que había llegado a lo alto de la Sierra con cincuenta guajiros y todas las armas que les habían sacado a un batallón de regulares copado en una hondonada, y nos abrazamos como idiotas y dijimos esas cosas que después, por largo rato, dan rabia y vergüenza y perfume, porque eso y comer chivito asado y echar para adelante era lo único que tenía sentido, lo único que contaba y crecía mientras no nos animábamos a mirarnos en los ojos y encendíamos cigarros con el mismo tizón, con los ojos clavados atentamente en el tizón y secándonos las lágrimas que el humo nos arrancaba de acuerdo con sus conocidas propiedades lacrimógenas.
Ya no hay mucho que contar, al amanecer uno de nuestros serranos llevó al Teniente y a Roberto hasta donde estaban Pablo y tres compañeros, y el Teniente subió a Pablo en brazos porque tenía los pies destrozados por las ciénagas. Ya éramos veinte, me acuerdo de Pablo abrazándome con su manera rápida y expeditiva, y diciéndome sin sacarse el cigarrillo de la boca: “Si Luís está vivo, todavía podemos vencer”, y yo vendándole los pies que era una belleza, y los muchachos tomándole el pelo porque parecía que estrenaba zapatos blancos y diciéndole que su hermano lo iba a regañar por ese lujo intempestivo. “Que me regañe”, bromeaba Pablo fumando como un loco, “para regañar a alguien hay que estar vivo, compañero, y ya oíste que está vivo, vivito, está más vivo que un caimán, y vamos arriba ya mismo, mira que me has puesto vendas, vaya lujo…”. Pero no podía durar, con el sol vino el plomo de arriba y abajo, ahí me tocó un balazo en la oreja que si acierta dos centímetros más cerca, vos, hijo, que a lo mejor leés todo esto, te quedás sin saber en las que anduvo tu viejo. Con la sangre y el dolor y el susto las cosas se me pusieron estereoscópicas, cada imagen seca y en relieve, con unos colores que debían ser mis ganas de vivir y además no me pasaba nada, un pañuelo bien atado y a seguir subiendo; pero atrás se quedaron dos serranos, y el segundo de Pablo con la cara hecha un embudo por una bala cuarenta y cinco. En esos momentos hay tonterías que se fijan para siempre; me acuerdo de un gordo, creo que también del grupo de Pablo, que en lo peor de la pelea quería refugiarse detrás de una caña, se ponía de perfil, se arrodillaba detrás de la caña, y sobre todo me acuerdo de ese que se puso a gritar que había que rendirse, y de la voz que le contestó entre dos ráfagas de Thompson, la voz del Teniente, un bramido por encima de los tiros, un: “¡Aquí no se rinde nadie, carajo!”, hasta que el más chico de los serranos, tan callado y tímido hasta entonces, me avisó que había una senda a cien metros de ahí, torciendo hacia arriba y a la izquierda, y yo se lo grité al Teniente y me puse a hacer punta con los serranos siguiéndome y tirando como demonios, en pleno bautismo de fuego y saboreándolo que era un gusto verlos, y al final nos fuimos juntando al pie de la ceiba donde nacía el sendero y el serranito trepó y nosotros atrás, yo con un asma que no me dejaba andar y el pescuezo con más sangre que un chancho degollado, pero seguro de que también ese día íbamos a escapar y no sé por qué, pero era evidente como un teorema que esa misma noche nos reuniríamos con Luís.
Uno nunca se explica cómo deja atrás a sus perseguidores, poco a poco ralea el fuego, hay las consabidas maldiciones y “cobardes, se rajan en vez de pelear”, entonces de golpe es el silencio, los árboles que vuelven a aparecer como cosas vivas y amigas, los accidentes del terreno, los heridos que hay que cuidar, la cantimplora de agua con un poco de ron que corre de boca en boca, los suspiros, alguna queja, el descanso y el cigarro, seguir adelante, trepar siempre aunque se me salgan los pulmones por las orejas, y Pablo diciéndome oye, me los hiciste del cuarenta y dos y yo calzo del cuarenta y tres, compadre, y la risa, lo alto de la loma, el ranchito donde un paisano tenía un poco de yuca con mojo y agua muy fresca, y Roberto, tesonero y concienzudo, sacando sus cuatro pesos para pagar el gasto y todo el mundo, empezando por el paisano, riéndose hasta herniarse, y el mediodía imitando a esa siesta que había que rechazar como si dejáramos irse a una muchacha preciosa mirándole las piernas hasta lo último.
Al caer la noche el sendero se empinó y se puso más que difícil, pero nos relamíamos pensando en la posición que había elegido Luís para esperarnos, por ahí no iba a subir ni un gamo. “Vamos a estar como en la iglesia”, decía Pablo a mi lado, “hasta tenemos el armonio”, y me miraba zumbón mientras yo jadeaba una especie de pasacaglia que solamente a él le hacía gracia. No me acuerdo muy bien de esas horas, anochecía cuando llegamos al último centinela y pasamos uno tras otro, dándonos a conocer y respondiendo por los serranos, hasta salir por fin al claro entre los árboles donde estaba Luís apoyado en un tronco, naturalmente con su gorra de interminable visera y el cigarro en la boca. Me costó el alma quedarme atrás, dejarlo a Pablo que corriera y se abrazara con su hermano, y entonces esperé que el Teniente y los otros fueran también y lo abrazaran, y después puse en el suelo el botiquín y el Springfield y con las manos en los bolsillos me acerqué y me quedé mirándolo, sabiendo lo que iba a decirme, la broma de siempre:
–Mira que usar esos anteojos –dijo Luís.
–Y vos esos espejuelos –le contesté, y nos doblamos de risa, y su quijada contra mi cara me hizo doler el balazo como el demonio, pero era un dolor que yo hubiera querido prolongar más allá de la vida.
–Así que llegaste, che –dijo Luís.
Naturalmente, decía “che” muy mal.
––¿Qué tú crees? –le contesté, igualmente mal. Y volvimos a doblarnos como idiotas, y medio mundo se reía sin saber por qué. Trajeron agua y las noticias, hicimos la rueda mirando a Luís, y sólo entonces nos dimos cuenta de cómo había enflaquecido y cómo le brillaban los ojos detrás de los jodidos espejuelos.
Más abajo volvían a pelear, pero el campamento estaba momentáneamente a cubierto. Se pudo curar a los heridos, bañarse en el manantial, dormir, sobre todo dormir, hasta Pablo que tanto quería hablar con su hermano. Pero como el asma es mi amante y me ha enseñado a aprovechar la noche, me quedé con Luís apoyado en el tronco de un árbol, fumando y mirando los dibujos de las hojas contra el cielo, y nos contamos de a ratos lo que nos había pasado desde el desembarco, pero sobre todo hablamos del futuro, de lo que iba a empezar cuando llegara el día en que tuviéramos que pasar del fusil al despacho con teléfonos, de la Sierra a la ciudad, y yo me acordé de los cuernos de caza y estuve a punto de decirle a Luís lo que había pensado aquella noche, nada más que para hacerlo reír. Al final no le dije nada, pero sentía que estábamos entrando en el adagio del cuarteto, en una precaria plenitud de pocas horas que sin embargo era una certidumbre, un signo que no olvidaríamos. Cuántos cuernos de caza esperaban todavía, cuántos de nosotros dejaríamos los huesos como Roque, como Tinti, como el Peruano. Pero bastaba mirar la copa del árbol para sentir que la voluntad ordenaba otra vez su caos, le imponía el dibujo del adagio que alguna vez ingresaría en el allegro final, accedería a una realidad digna de ese nombre. Y mientras Luís me iba poniendo el tanto de las noticias internacionales y de lo que pasaba en la capital y en las provincias, yo veía cómo las hojas y las ramas se plegaban poco a poco a mi deseo, eran mi melodía, la melodía de Luís que seguía hablando ajeno a mi fantaseo, y después vi inscribirse una estrella en el centro del dibujo, y era una estrella pequeña y muy azul, y aunque no sé nada de astronomía y no hubiera podido decir si era una estrella o un planeta, en cambio me sentí seguro de que no era Marte ni Mercurio, brillaba demasiado en el centro del adagio, demasiado en el centro de las palabras de Luís como para que alguien pudiera confundirla con Marte o con Mercurio.