sábado, 18 de octubre de 2008

Che Guevara y su fraternal e incondicional amor con Fidel Castro Cuba y Argentina un alma que brilla entera NicolásGuillén Chaubloqueo Orlando Borrego


















Che y Fidel

Por Gabriel Molina, especial para Nuestra Propuesta

El año pasado, en ocasión del 40º aniversario de la muerte de Che Guevara, a pesar de que como director editorial del semanario Granma Internacional no me quedaba mucho tiempo para escribir, logré realizar un antiguo deseo de entrevistar a mi amigo Orlando Borrego, ex ministro de la Industria Azucarera, quien fue una de las personas más cercanas al héroe argentino-cubano.

Borrego me contó que cuando organizaban la totalidad de la industria cubana, vino de un viaje a la URSS con un portafolio de cuero, muy bueno, que le regaló Anastas Mikoyan, entonces viceprimer ministro soviético, y pensó regalárselo a Che, ³para que no pierda los papeles²

En esos momentos el comandante Guevara se desempeñaba como presidente del Banco Nacional. Voy a verlo al Banco ‹añade Borrego‹ y al final le doy el regalito y me dice: Yo no sabía que tú eras tan guatacón. Agarré el portafolio y me fui pensando: ¡Más nunca le regalo nada!².

³Es que Che tenía un peculiar sentido del humor, muy irónico. Cuando veía a alguien aguantándose la cabeza y pensando, le preguntaba: ¿Estás pensando?, y agregaba: Te va a doler la cabeza...¹ Me decía a veces por el intercomunicador: ¿Ogro, estás ahí? Otras veces, por mis reacciones a veces malhumoradas, me decía vinagre. Esos son rasgos del humor argentino.

Lo comprendí perfectamente, pues tenía vivencias parecidas, sobre las características del comandante Ernesto Che Guevara, desde que lo conocí en La Cabaña, a principios de 1959, donde unos días después le hice una entrevista para el diario Combate, en mi segundo encuentro con él, a principio de 1959. Poco después estaba yo sentado revisando un despacho en Prensa Latina, donde también trabajaba, y un ominoso silencio invadió la amplia redacción cuando se abrió la puerta que comunicaba con la dirección de esa agencia cubana de noticias. Las máquinas callaron al oírse la tronante voz de Che que dominó el ruido ambiente. Junto al director fundador de PL, Jorge Ricardo Masetti, me amenazaba con ¡Entrarme a tiros!

Todos los presentes se quedaron expectantes mientras yo permanecía atónito, de frente a él en el otro extremo de la sala. Me levanté preocupado y avancé hacia el Che, que también caminaba hacia mí enfundado en su eterno uniforme verde olivo.

Le pregunté por qué quería matarme y respondió, con la misma aparente indignación:

‹ Por lo que publicaste en el periódico.

Todos estábamos impresionados al ver así al legendario comandante. Ambos nos fuimos acercando mientras sentía aumentar la tensión, casi dramáticamente.

‹ ¿Dije algo falso?

Respondió que no y suavizando algo su rostro, añadió:

‹ Es que lo pusiste en un gran cintillo a todo lo ancho de la primera plana.

Para entonces ya estábamos frente a frente, uno junto al otro. Bajó la voz para que no lo oyeran, me puso una mano en el hombro y sonriendo expresó:

‹ Son cosas que el Jefe piensa, pero no puede decir ahora. Y alguien podría suponer que pienso distinto de él.

Respiré aliviado entonces. Era una forma humorística, a lo Che Guevara, de ratificar que cuando hablaba en la entrevista de unidad sin exclusiones, que fue mi titular, se refería bien a que no se podía excluir a los comunistas de la Revolución triunfante, como exigían algunos. Y que era ese también el criterio del jefe, de Fidel, como el tiempo demostró aunque, por razones tácticas, no podía expresarlo en esos polémicos primeros días de la Revolución.

³En efecto, él pensaba así, era así ‹comentó Borrego cuando se lo conté‹. Pero hay gente como ese Castañeda que se puso a hablar de que Che discrepaba con Fidel. Ciertamente, Che tenía un respeto absoluto por Fidel. Ten la seguridad. No sé cómo puede decirse otra cosa de un hombre tan sincero como el Che, quien aseguró que el último pensamiento de su vida sería para Fidel²

Después, cada vez que lo encontraba, casi invariablemente me decía algún chascarrillo y se iba. Tal vez el más significativo fue en el año 63 cuando llegaba de Argelia y en la pista del aeropuerto, al verme, me dijo con un tono entre airado e irónico:

‹ Te vas para Argelia.

Parece que mi rostro reflejó alguna perplejidad, porque el comandante Manuel Piñeiro, que venía a su lado, me espetó en su acostumbrado estilo:

‹ ¡¿Qué, estás apendejado?!

Mi estancia en Argelia como corresponsal, a partir de más o menos un mes después de esa tarde, fue una de las más interesantes, instructivas y plenas de mi vida. Entre otras cosas me convirtió en el primer corresponsal de guerra de la Revolución cubana en el exterior.