martes, 10 de julio de 2007

España tal Escuela, tal sociedad. Dime como aprendes y te diré quien eres Europa Mercado Común violento


















La escuela en conflicto como escenario de socialización

Amparo Caballero CEPRID 18 - VI -07

Los de arriba dicen: la Paz y la Guerra
son de naturaleza distinta.
Pero su paz y su guerra
son como viento y tormenta.
La guerra nace de su paz
como el hijo de la madre.
Tiene sus mismos rasgos terribles.
Su guerra mata lo que sobrevive a su paz.

Bertolt Brecht

La escuela como reflejo de la sociedad

Si tuviéramos que elegir un contexto en el que se reflejen como en un crisol las diferentes características de una sociedad, probablemente éste sería la escuela. Nuestras escuelas son, en gran medida, fiel reflejo de nuestras sociedades, por eso resulta realmente sorprendente observar cómo en la mayoría de nuestras escuelas e institutos se tratan los conflictos que en ellas surgen. Parecería como si los niños, niñas y adolescentes que las habitan fueran seres de otro planeta, que siguieran otras reglas a las del resto de los habitantes de éste, si nos atenemos al modo en que los adultos se explican lo que a aquellos les pasa. Como si el hecho de que nuestros chavales respondan, a veces, de modo conflictivo e incluso violento fuera una especie de epidemia vírica, ajena al contexto en el que se desarrollan.

Se disocia el mundo escolar de la vida social general, de manera que los conflictos que ocurren en el interior de nuestros centros escolares nos escandalizan y preocupan, y convertimos a sus protagonistas en seres temibles, adolescentes peligrosos, poco menos que figuras patológicas, mientras que otros conflictos “extraescolares” son asumidos muchas veces como las consecuencias inevitables de un orden dado.

Desde ahí, rara es la semana que no saltan a las páginas de los diarios sucesos o anécdotas relacionadas con situaciones conflictivas en nuestras aulas. Entre líneas se escurren concepciones de tales hechos en las que no quedan dudas de quienes son los culpables: los chavales protagonistas de las mismas o (a veces “y”) sus familias que no han sabido educarles convenientemente para que regulen su comportamiento.

Abordar, pues, el conflicto en nuestras escuelas e institutos requiere plantearse previamente algunas cuestiones que consideramos fundamentales, ya que dependiendo de donde se coloquen las causas y los responsables de los problemas, las soluciones que se adopten serán de una u otra naturaleza.

En primer lugar, el modo en que se decida abordar el conflicto dependerá de la concepción que se tenga del mismo y de la función social que se le atribuya a la misma escuela.

Sin intención de agotar el tema, recogemos algunas preguntas que podrían guiarnos en tal reflexión: ¿pueden entenderse los problemas de la institución escolar al margen de la estructura social de la que forma parte?, ¿para quién está pensado este sistema escolar?, ¿los profesores deben ser educadores o instructores?, ¿cómo conjugar el derecho universal a la educación con la escolarización obligatoria?, ¿cuál es la función social de la educación y en concreto, de la actual enseñanza secundaria?, ¿para qué la escuela?

Si se entiende que la escuela está para formar a los que desean aprender, a los que se comportan bien y aprovechan las oportunidades que la institución ofrece para convertirse en hombres y mujeres bien preparados para insertarse en el mercado laboral, entonces, se considerará que nada se puede hacer con los alumnos rebeldes y por tanto se tratará de “neutralizarles”, apartarles, para que con su comportamiento no interrumpan el “normal” ritmo de aprendizaje de sus compañeros. Si, por el contrario, consideramos que la escuela es un espacio privilegiado de convivencia cuya finalidad prioritaria es atender en sus necesidades de desarrollo y aprendizaje a todos y todas los estudiantes, con independencia de su actitud y motivación, y que precisamente con aquellos que se muestran díscolos y poco motivados es con los que hay que poner especial empeño, entonces se planificarán y pondrán en marcha todos los mecanismos al alcance con la intención de tratar de compensar las diferencias de partida, al menos hasta donde la institución escolar puede, que no es poco.

En segundo lugar, el modo en que se atienda el conflicto también dependerá, como decíamos, de la concepción que del conflicto mismo se tenga. Si el conflicto es asociado con una situación temible y siempre desastrosa, en la que el profesor pierde el control y se pone en entredicho su “poder”, que tiene su origen en unos alumnos irreductibles, que son los propios alumnos o sus familias los culpables de su comportamiento, y que la escuela no tiene nada que hacer porque en absoluto contribuye a que el problema surja, la “solución” pasa por “más control”, expedientar a los alumnos “causantes” de los conflictos y expulsarles de la escuela, y si la cosa se pone peor, los educadores y los responsables políticos de educación no tendrían problema en delegar parte de sus funciones en agentes de seguridad, en ocasiones privados, para intentar sostener un clima de tranquilidad en los centros escolares.

Si se considera que el objetivo de la escuela es atender a todo el alumnado, que la igualdad de oportunidades educativas va más allá de la escolarización obligatoria porque no todos los alumnos y alumnas parten de iguales condiciones cuando llegan a la escuela y que el sistema educativo está obligado a poner todos sus recursos para poder atender las necesidades de quienes parten de una situación de desigualdad, sea ésta del tipo que sea, si se entiende que cuando surge un conflicto podemos tener ante nosotros una oportunidad privilegiada para aprender cuestiones que de otro modo sería difícil aprender; que siempre hay al menos dos partes involucradas y que no se trata de buscar al culpable y penalizarle, sino de resolver el problema, entonces tendrá pleno sentido poner en marcha todos los mecanismos educativos disponibles para hacer posible una educación que facilite y promueva la convivencia en nuestros centros escolares.

A estas alturas, creemos que no sorprenderá que digamos que la interpretación del conflicto que frecuenta nuestras escuelas es la primera, no la segunda, salvando honrosas excepciones.

Si a esto añadimos el contexto cada vez más mestizo, multicultural y diverso de nuestras aulas, el asunto se complejiza un poco más y también será necesario saber qué entendemos por diversidad para comprender cómo se actúa. Si la diversidad se entiende como heterogeneidad, como riqueza de lo diverso, será una oportunidad para encontrarme con nuevas experiencias, nuevos puntos de vista, una oportunidad para aprender mucho más de lo que cuenta el libro. Si por el contrario es entendida como problema, como dificultad para homogeneizar, para tratar al grupo como a uno sólo, la diversidad se convierte en una pesadilla, porque si tuviéramos aulas de clones, todos similares, no habría que atender a diferencias de motivación, conocimiento o capacidad y la cosa sería más fácil... para el profe, claro. También sería, además de imposible, mucho más pobre, aburrida e inhumana, desde luego.


La violencia escolar como síntoma, como indicador de que algo no funciona en nuestro mundo, no de que algo no funciona en nuestros niños y niñas.

El modelo de socialización

Nos sorprendemos de las dificultades de relación con y entre nuestros estudiantes y, sin embargo, podríamos pensar que parte de los motivos de tales comportamientos están en los modelos de relación interpersonal y de solución de problemas a los que están expuestos. Nuestros escolares viven en esa contradicción: se les ofrece un modelo, pero se les exige otro de comportamiento; y cuando surgen los conflictos, difícilmente encuentran una forma de resolverlos que no sea agresiva, simplemente, no han sido educados efectivamente para hacerlo.

Si planteo como modo de conseguir mis objetivos prioritariamente el individualismo o la competitividad (y eso es lo legítimo en este sistema social, económico, de socialización, de relación...), el resultado “lógico” (dentro de la lógica del mercado) es la confrontación competitiva, violenta. Si el otro no me importa, si sólo es un medio para que “mis” necesidades y deseos se cubran, cualquier cosa vale, todo es posible, todo es legítimo. En definitiva, se genera el deseo (de poder, de consumir, de poseer…) en los individuos y nos escandalizamos de lo que quieran cumplir. Éstas, y no otras, son las reglas del juego que definen las formas de relación entre las personas, colectivos y comunidades del mundo del capitalismo global, de nuestro mundo.

Si eso vale para el mundo de los adultos, el del trabajo, el de las relaciones vecinales, el de las relaciones personales, el de las relaciones entre los estados... los chavales se pueden preguntar: ¿por qué para mi no vale?
Nos escandalizan las reacciones de nuestros chavales, pero aceptamos la de las invasiones bárbaras como efectos colaterales e inevitables de nuestro modo de vivir. Paradójicamente, las mismas instituciones que públicamente proponen la necesidad de una educación igualitaria, no discriminatoria, justa, democrática, plural, en la que se fomenten actitudes favorables a la paz y la convivencia entre pueblos y personas, son las que con sus decisiones políticas, sociales y económicas transmiten modelos de actuación opuestos, injustos, discriminatorios, bélicos... (tan sólo a título de ilustrativo ejemplo, recordemos como a raíz de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, el presidente de Estados Unidos, G. Bush, instaba a los escolares de su país a escribir cartas para promover la paz con los niños árabes, mientras su ejército se armaba y se embarcaba en una de las aventuras bélicas de mayor calado de los últimos tiempos).

Por tanto, los chavales “conflictivos” quizá tendríamos que verlos como sobreadaptados más que como inadaptados. Han aprendido magníficamente las leyes del mercado y las aplican a su cotidianidad.

Pero si importante es el marco general, el de la sociedad en que viven, en el que se desarrollan nuestros niños y adolescentes, no lo es menos el contexto concreto en el que se manejan cada día: la escuela. Nos preguntamos por tanto: ¿qué fomentan nuestras escuelas?

Con sus métodos, sus didácticas, su forma de evaluación, de relacionarse con padres y alumnos, de formar a sus profesores..., las instituciones educativas mayoritariamente promueven, reeditan, transmiten, casi sin que nos demos cuenta, el mismo modelo: individualismo y competitividad, que con el tiempo y el cuidado necesario, derivarán fácilmente en conflicto, por qué no, violento. La educación a la que estamos acostumbrados transmite implícitamente la idea de que es mejor preocuparse sólo de uno mismo y que ayudar a los demás reduce nuestras posibilidades de éxito, ya que nos desvía del objetivo a conseguir, e incluso los demás podrían entender que al ayudar a un compañero estamos haciendo trampas, como bien indicaba Slavin (1983).

Por ejemplo, las calificaciones son individuales, se prima casi exclusivamente el trabajo individual, se premia con buenas (y cuantitativas) notas al que fue más dócil y reprodujo mejor (casi siempre en un examen) lo que decía el libro y con malas al que no lo hizo; para aprender hay que consumir… libros de texto, casi siempre; la estructura de relaciones dentro de las escuelas está basada en el “poder formal” de los profesores, se trata de una organización con estructura vertical en la que cada uno tiene que jugar bien su papel si quiere salir bien parado; la participación de los padres y madres y de los alumnos en las decisiones del centro son meramente residuales, siendo la mayoría de la comunidad educativa, tienen un papel extraordinariamente minoritario en los órganos formales de decisión de los centros educativos, los consejos escolares. También tenemos magníficas excepciones de que se puede hacer escuela de otra manera, pero es bien cierto que pagan, y a veces muy caro, su “rebeldía”.


El papel de los medios de comunicación

Tampoco es novedad recordar el papel que siguen cumpliendo los medios de información (o desinformación) en este asunto. Por una parte, la violencia se cuela por todas las rendijas de nuestra vida cotidiana (cine, viodeojuegos, televisión…) se trivializa la violencia, aparece como un uso normal, habitual, lógico, cotidiano, de conseguir saciar mis deseos. Sólo hay que pasarse por el parque o por el patio de los institutos para ver como esto ha calado en nuestros chavales, no ya en las situaciones de posible conflicto sino en el trato con los colegas, con los amigos, los términos que se intercambian, las formas de relación, la comunicación no verbal…, resultan tremendamente llamativas, bruscas, incluso hostiles a veces.

Por otra, los expertos en comunicación saben muy bien que si deseas que algo penetre, que algo quede, que persuada a los sujetos objetivos de tu mensaje no se puede decir sólo una vez. Así, la repetición machacona, terca, de que tenemos un problema en nuestros centros de enseñanza, ha sido una clave fundamental para crear, primero interés, y después, alarma social, miedo a estos adolescentes tan temibles. A la vista de estos mensajes, nuestros colegios e institutos se han convertido en lugares peligrosos, y los profesores en víctimas de tal desatino. Como tales víctimas, la posición mayoritaria ha sido buscar los responsables fuera: “las familias no se ocupan de los chicos como antes, nos faltan medios y formación para abordar estos problemas, estos chicos son imposibles…” Aumenta el número de niños y niñas diagnosticados de síndrome de déficit atencional (SDA) -con o sin hiperactividad-, trastornos de conducta, trastornos de personalidad…, problemas todos ellos que ponen el énfasis en el individuo, psicologizando el problema, psiquiatrizando a nuestros niños y adolescentes, que aprenderán muy bien el papel que se les ha asignado: el rebelde, el difícil, el irreductible, el malo, el enfermo (o el tonto).


¿Cómo actúa nuestra escuela ante el conflicto?

Suelo utilizar un símil que la primera vez que lo leí me resultó tremendamente estimulante: ¿Qué haríamos, qué pensaríamos si en un hospital ante un enfermo muy problemático, por ejemplo diagnosticado como contagioso, se lo quitaran de encima enviándolo a la calle o a su casa porque puede infectar a otros enfermos?, ¿lo toleraríamos?, ¿respetaría sus derechos? ¿respetaría los derechos de los demás?, ¿lo entenderíamos?

Pues eso, muchas veces exactamente eso, es lo que están haciendo de modo mayoritario nuestras escuelas con los chavales que les dan problemas, con los disruptivos, los conflictivos, los agresivos, los violentos...

En primer lugar, se les clasifica, se les etiqueta, se les psiquiatriza. El mensaje es “el problema es tuyo, chaval, porque eres… hiperactivo, agresivo, desmotivado, conflictivo, disrupto, asocial...” (elíjase la que más convenga). Se produce un fenómeno de gran violencia psicológica y se adoptan medidas individuales. Se considera al chico o la chica, como problema, no el sistema social como contexto problematizador.

Segundo paso, se les expedienta, organizándose todo un sistema judicializado de gestión del conflicto, pero sin garantías legales, me refiero obviamente a la apertura de expedientes disciplinarios. La actuación del centro se legitima a través de la ejecución de un protocolo con apariencia de democrático, formalizado y reglamentado por la administración educativa. Observamos aquí un episodio de enorme violencia institucional, simbólica.

En tercer lugar, si la cosa prospera como es habitual, se les expulsa. El muchacho recibe claramente el mensaje “no puedes estar entre nosotros, impedimos tu convivencia con nosotros”, y aquí la violencia toma un carácter más físico, puesto que se impide efectivamente la convivencia. La expulsión, además, explicita una contradicción latente en el sistema escolar entre el derecho a la educación y la obligación de estar escolarizado, ¿cómo es esto compatible con la expulsión que impide que cumpla la obligación que se me impone de estar escolarizado para supuestamente disfrutar mi derecho a ser educado?

Una salida a este galimatías es que en realidad, la escolarización obligatoria no está cumpliendo necesariamente con el derecho a la educación (educar: hacer salir) sobre todo con estos chavales “disruptos”. Tendríamos que darle la vuelta a esto: el derecho a ser educados es de las personas, la obligación de dar una adecuada y suficiente educación, que atienda a las necesidades de cada uno, de los estados que regulan la escolarización como obligatoria.

Como vemos, las “soluciones” mayoritariamente están siendo más punitivas y estigmatizadoras que educativas, acercándonos en los peores casos a un modelo policial de escuela. En los mejores, las propuestas de intervención más interesantes, basadas en la representación de conflictos, la mediación escolar o el aprendizaje cooperativo, están dejando de lado muchas veces una interpretación global, integrada en el contexto, del problema, dado que se suelen limitar a ofrecer estrategias alternativas al uso de la violencia para resolver los conflictos, sin preocuparse en profundizar en un análisis de la violencia social, estructural que los promueve. No es que desde aquí queramos criticar todas estas intervenciones bienintencionadas (algunas de ellas realmente podrían ser adecuadas e interesantes, otras simplemente están sirviendo para que un tropel de expertos, habitualmente universitarios, entren en los centros escolares impartiendo teoría, incrementando sus curriculums personales, cuando no consiguiendo cuantiosos beneficios), pero sí nos parece necesario llamar la atención sobre la necesidad de hacer una lectura social y política del problema y de las soluciones que se están ofreciendo, sin ello, serán una tirita, hermosa y bienpensante tirita en algunas ocasiones, para una hemorragia.

Desde luego, no creemos que sea lícito exigir a la escuela que resuelva por sí sola los problemas de toda una sociedad, pero sí puede, y entendemos que debe, responder de forma adecuada cuando tales problemas afectan a los chicos y chicas que son su razón de ser. Frente a escurrir el bulto, reivindicamos la necesidad de asumir la responsabilidad que nos toca.


Nuestra propuesta

Conscientes de que el análisis necesitaría mucho más tiempo y espacio del que disponemos en este artículo, nos parece importante terminar de modo propositivo. Se puede hacer, y mucho, desde una concepción de la escuela como un espacio privilegiado para la convivencia, avanzamos aquí sólo algunas claves que consideramos necesarias para ir abriendo brecha:

No temer el conflicto.
Las palabras las carga el diablo: desde la reiteración de que nuestras aulas son espacios de violencia e indisciplina, no es extraño que para muchos educadores el conflicto en sus clases sea sinónimo de desastre, de situación incontrolada ante la que no saben como reaccionar y que, por tanto, temen. Si esto es así, mejor será rehuirlo e ignorarlo o, si esto ya no es posible, reprimirlo a cualquier coste. Sin embargo, el ser humano se construye en conflicto, aprende desde el conflicto, de hecho cualquier aprendizaje supone un conflicto cognitivo entre lo nuevo y lo antiguo, entre mi seguridad y el desconcierto de lo incierto. Los conflictos interpersonales o intergrupales en nuestras aulas pueden ser, si se abordan sin miedo y con las herramientas adecuadas, una extraordinaria oportunidad de aprendizaje. Preferimos hablar del conflicto como una consecuencia natural de la interacción humana. Los conflictos son inevitables, porque inevitable es que en ocasiones nuestros intereses resulten incompatibles con los de otras personas. Por eso, entre otras razones, preferimos también hablar de comisiones de convivencia, y no se disciplina, porque no se trata de poner orden y castigar al díscolo, sino de regular juntos la forma en que compartimos el tiempo y el espacio común de convivencia. Lo que resulta preocupante no es por tanto el que puedan surgir conflictos, sino las posibles consecuencias negativas de los mismos, la agresión, la pérdida de derechos o el desprecio de las necesidades de los otros. Y sabemos que tales consecuencias dependen, en gran medida, de la forma en que tal conflicto se maneje. El conflicto es necesario, lo complicado es gestionarlo de modo creativo, creador, liberador.

Fomentar la participación.
Una participación real y efectiva de los chavales y sus familias en la vida del centro, en las decisiones, desde la reflexión conjunta sobre las normas que queremos que nos guíen para una convivencia que respeta las necesidades de los otros tanto como las propias.

Puesta en práctica de metodologías que fomenten la cooperación como instrumento para aprender.
Tomar conciencia de que dependemos unos de otros, nos necesitamos, todo está relacionado, nada me es ajeno, mi modo de vida afecta la vida de los otros, y esto en lo macro y en lo micro, en definitiva: o nos salvamos juntos o no se salva nadie. Por supuesto, esto es toda una lección de pedagogía política y va mucho más allá de la aplicación de tecnologías educativas más o menos progresistas.

La clave del uso de la cooperación para aprender está en la propia definición de cooperación: “las metas de los individuos separados van tan unidas que existe una correlación positiva entre las consecuencias o logros de sus objetivos de tal forma que un individuo alcanza su objetivo si y sólo si también los otros participantes alcanzan el suyo” (Deutsch,1949).

Dotarnos de herramientas de gestión creativa de los conflictos, o el conflicto como oportunidad para aprender.
Negociación, mediación... diálogo, reflexión colectiva sobre el conflicto, representación de conflictos... Aprovechar los conflictos que surjan como oportunidades privilegiadas para aprender porque:


1 Los alumnos aprenden a no temer el conflicto (lo cual no es lo mismo obviamente que desearlo, justificarlo o alimentarlo), a enfrentarse a las situaciones de conflicto, a mantener una actitud menos negativa ante la discrepancia. Frente a eludir, expulsar o ignorar el conflicto, la consigna en este caso será: afrontarlo.
2 Ante el conflicto, los alumnos aprenden a conocerse mejor a sí mismos y a su grupo, se ponen de manifiesto los puntos que comparten y los que no, la importancia que cada uno de ellos le otorga a determinadas cuestiones u opiniones.
3 Aprender a gestionar los conflictos les ayudará a reconocer que somos diversos, que las necesidades del otro son tan importantes como las propias, también ayudará a resolver las tensiones y a estabilizar e integrar las relaciones entre los miembros del grupo, lo cual redundará en un más saludable desarrollo social y emocional.
4 Aprenderán y tendrán oportunidad de probar las habilidades básicas necesarias para negociar la resolución de los conflictos.
5 Ayudará a entender que los conflictos pueden solucionarse de forma dialogada, sin usar necesariamente la agresión.


Entender la violencia escolar dentro del contexto social en que se da, como consecuencia, como síntoma, no como un hecho aislado.
Además, se hace necesario que la intervención escolar trascienda las paredes del aula y promueva espacios en los que se pongan en relación lo que ocurre en su interior y las repercusiones que para la vida de las personas y los pueblos tiene el diseño de los sistemas sociales, políticos y económicos en los que estamos inmersos. Porque, como bien dijera Galtung, llamar paz a una situación en la que imperan la pobreza, la represión y la alienación es una parodia del concepto de paz. También en nuestras aulas. Sólo desde aquí se entenderá la convivencia en armonía como irremediablemente unida al concepto de justicia social, y podrá aportarse coherencia y perspectiva a las intervenciones educativas concretas que se diseñen.

Amparo Caballero pertenece al Departamento de Psicología Social y Metodología de la UAM y a la Asociación Cultural Candela, Madrid.

Subcomandante Marcos Insurgencia Mexicana Zapatismo Viva Emiliano Zapato Carajo auditorio Che Guevara Universidad UNAM











From: Alfredo Viloria
RED INFORMATIVA VIRTIN
Conferencia en el auditorio Che Guevara, UNAM


Dos políticas y una ética


Subcomandante Marcos

Rebelión

Queremos agradecer a los compañeros y compañeras de los grupos y colectivos que se agrupan en el “OkupaChe”, el apoyo que nos han brindado para la realización de esta mesa redonda.

Allá arriba nos ofrecieron otros lugares, “mejor acondicionados”, dijeron, “más cómodos”. Como si la ética y la política fueran una cuestión de comodidad, y como si para los zapatistas fuera lo primordial el espacio y no el oído que, generoso, nos dan ahora ustedes.

Y esto lo escribo antes de decirlo, suponiendo que alguien acudió a esta mesa redonda que, para estar a la moda, ocupa ya el primer lugar de deslindes. Ya sólo faltaba que la propia mesa se deslindara.

Ética y Política. Fue a nosotros que se nos ocurrió este tema. En el vaivén mediático que ofrece píldoras somníferas a quien no quiera velar, desvelar y develar la realidad, hay varias cosas que están quedando como ausentes. El Poder parafrasea a Pablo Neruda y nos canta, con estridencia, “Me gusta cuando callas porque estás como pendiente”… de lo que digo, y estás como distante… esperando la próxima venta de temporada, es decir, las próximas elecciones”.

Fue entonces nuestra idea de que hay que nombrar lo ausente, lo que ahora aparece no sólo como que se excluye mutuamente, la ética y la política en este caso, sino que también se presenta como si fuera lógico, razonable, comprensible, justificable, aplaudible… y los “ibles” que se les ocurran.

Nombrar lo ausente, es uno de los modos de avivar la memoria que se dirige también hacia delante. Y elegimos precisamente el tema de la ética, no sólo para señalar su destierro y ausencia de la política de arriba, a más de su acorralamiento en el espacio de la academia; también para señalar o apuntar algunas pistas para que, en el abajo que estamos levantando, se abracen al fin la ética y la política en la única forma que pueden hacerlo, es decir, siendo “otras”.

Cuando sólo de palabras se trata, no pareciera haber ningún problema en hablar de ética y política. Se pueden escribir libros, dar clases, hacer investigaciones y, a veces, hasta participar en mesas redondas. Claro, siempre y cuando no sean en el Ché Guevara de Filosofía y Letras de la UNAM.

Pero ¿llevarla a un lugar rector del quehacer político propio? Vamos, eso es de ingenuos, puristas o de candorosos idealistas enfermos por el calendario de la juventud. Ya vendrá la realidad a cantar los versos que dicen: “Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver, cuando quiero un puesto (o una beca) lloro, y a veces lloro sin querer”

Pero, si vamos a nombrar lo ausente, entonces preguntemos que se fizo de ello:

¿Cuándo y cómo fue que la ética y la política tomaron esos caminos?

La ética, el camino aséptico y mediocre de la academia.

La política, el camino del cinismo y la desvergüenza “realistas”.

¿Cuándo fue que la intelectualidad progresista renunció al análisis crítico y se convirtió en triste plañidera de las derrotas y fracasos de una parte de la clase política que ya lleva varios años muerta?

¿Cuándo se operó esa mágica alquimia que hizo de los intelectuales progresistas los justificadores, y no pocas veces los aduladores, del quehacer de una “izquierda” tan entre comillas y tan a la derecha, que tienen que hacer malabares para sacarla de su ubicación real en el espectro político?

¿Cuándo fue que la ética dejó de ser un referente y fue sustituida por las encuestas, el rating, las aglomeraciones de masas o de votos, y llegar a comparar, así, el plantón contra el fraude electoral del 2006 con el reciente concierto de Shakira en el zócalo?

“Hay que estar donde está la gente”, dijeron entonces. Así que seguramente estuvieron ahí, cuando la Shakira demostraba lo que yo, humildemente y con mis modestas habilidades, le enseñé. Sí, eso fue hace mucho tiempo. Ahora, ya con trabajos muevo las caderas cada tanto que me acomodo en el asiento, en los largos viajes de nuestro recorrido por el Otro México, el de abajo, el de la izquierda sin comillas, sin presupuestos y sin corresponsales asignados.

Pero ya me estoy yendo por otro lado, cuando lo mejor sería estarse viniendo. Bueno, ya, basta de albures. Estamos hablando de cosas serias y debemos ponernos serios, formales, aburridos.

Volvamos pues a las preguntas:

¿Cuándo fue que la corte parásita de la clase política mexicana, y analistas y locutores que la acompañan, se convirtió en un desordenado equipo de bufones sin público y sin comedia?

¿Cuándo fue que las noticias sobre los avatares de la clase política desplazaron, a la baja en el rating por supuesto, a la barra cómica en los medios electrónicos?

¿Cuándo fue que el reiterado proceso de suplantación de identidades empezó a ser aclamado, si era (o es), como en esta universidad, la Nacional Autónoma de México, una imposición en donde cada quien busca no quedarse fuera, y a cambio le ofrece el aliño a una “izquierda” tan bien portada que no sólo “luce” en las fotos, también contrasta con esta generación de jóvenes (es decir, nosotros, nosotras, la banda, la raza, los fachosos, los otros, los sucios, los feos, los malos, y, bueno, ya que estamos en lo de la equidad de género, pues también las sucias, las feas, las malas –y que lo digas-); nosotras, nosotros, las jirafas y jirafos que encontramos, no el análisis crítico, sino el desprecio, la burla y la persecución de quienes se autodenominan “la clase pensante”?

Mire joven, la diferencia fundamental entre la Torre de Rectoría y el auditorio Che Guevara es el presupuesto. A mí qué me importa lo que se haga ahí abajo si no puedo anunciarlo en la gaceta universitaria y cobrarlo en facturas “all included”. Por favor, joven, sea usted realista: la comunidad universitaria está aquí arriba. Allá afuera están los clientes, sí, los clientes a la hora de los laboratorios, las becas, los cursos, las inscripciones, los puestos y… los cambios en las direcciones y la rectoría. ¿La ética? Mmh… me suena. ¿En cuánto se cotiza?

¿Y qué se fizo de la “izquierda” (ya llevo tantas comillas para “izquierda” que temo que se le acaben al teclado) que caminó lo electoral (algo comprensible y valedero) y a su paso fue dejando los principios, es decir, la identidad, como si fuerab no sólo un montón de escombros, sino también un lastre?

En un extraño razonamiento, los fracasos evidentes no llevaron a replantear el lugar de los principios de un quehacer político que se reclamaba, y reclama, como una lucha por la justicia, ésa eterna ausente en el México de Abajo –y del mundo, dicho sea de paso-.

No, si perdieron o les robaron (la diferencia está en la cantidad de publicidad pagada por cada bando) es porque les faltó “estrategia de medios”, que es como ahora se dice a la claudicación en los principios, al sometimiento al Rey Midas del poder que todo lo que toca lo convierte en mierda.

Y falló la “política de alianzas”, que es como ahora se llama al servil cortejo a una clase dominante que, es cierto, es coqueta, pero siempre fiel a sus intereses.

Y fallaron los acuerdos y la “unidad” a todo precio, a cualquier costo, por cualquier puesto. “Unámonos”, dijeron, pero en realidad pensaban: “subordínense”, “olviden”, “ríndanse”.

Y quien dijo y dice “¡NO!” es “sectario”, “infantil”, “juguete de la derecha”. Y arrancaron de sus paredes las fotos de los zapatistas, y en su lugar pusieron las de los calumniadores, perseguidores y asesinos de indígenas zapatistas: Gustavo Iruegas, Arturo Nuñez, Ricardo Monreal, y el autodenominado rector de la UNAM, el señorito Juan Ramón De La Fuente, entre otros.

Y prendieron sus veladoras… mientras los del otro bando prendían los reflectores mediáticos.

En México, allá arriba pueden decir, sin sonrojarse siquiera, que está bien que se golpee y encarcele a gente de abajo, gente que se la raja cada día para sacar honestamente algo qué llevar a su familia, que se le despoje de su casa, su pequeño comercio, su mercancía, su medio de vida pues, que se aplauda (o se calle, que es una forma más ruin de aplaudir) que, como en una guerra de conquista, se despoje –allá arriba dicen “se expropie”- de territorios enteros a una ciudad, para entregarlos luego a los grandes inversionistas que, basta un poco de memoria, son los héroes y aliados de hoy… y los traidores de mañana.

El caso de Carlos Slim, el aliado anteayer, el traidor ayer, el amigo hoy, el aliado mañana, el traidor pasado mañana, es el botón de lujo de la muestra oculta del Poder. Y estoy hablando de la Ciudad de México, del barrio de Tepito y de su gente, de Iztapalapa y de su gente, de Santa María La Rivera y de su gente.

Sin ningún proceso judicial de por medio, se ataca y se despoja. Y los medios suplen las órdenes de cateo, y se convierten en jueces y verdugos: “se dedicaban al narco menudeo”, señalan. Y ninguno de quienes hacen del pensamiento su trabajo, dice nada. Ni siquiera para preguntar lo elemental, es decir, “si eran narcotraficantes, ¿por qué vivían donde vivían?” En lugar de preguntas, evidencias: “Por algo será”, “se lo merecen”, “algo habrán hecho”, y entonces voltear a ver a otro lado, a un concierto en el zócalo, a una plaza llena para unas fotos donde las personas son sólo piezas en una ordenada exposición de pieles desnudas, a todo lo que no reclame compromiso, cuestionamiento, ética.

Parece que, con el embate neoliberal, no sólo se derrumbaron las reglas no escritas de la política en México y los referentes al político como “hombre de Estado”. También yacen, entre los restos del naufragio de la clase política mexicana toda: la dignidad, la decencia… y la vergüenza.

Pareciera ser que los márgenes de la honestidad y la vergüenza se han ampliado bastante, hasta tal punto que no parece haber ninguna limitante. Un extraño razonamiento que reza: “según las encuestas electorales, mis enemigos pueden ser mis amigos”, al rato Elba Esther Gordillo dejará de ser una bruja cuando se “moche” con el Frente Amplio Opositor, y será entonces una gran luchadora social y un ejemplo para el magisterio… a quien ha explotado, perseguido, traicionado y asesinado. Y los políticos son basura reciclable: ahora los nuevos “héroes” y “progresistas” son Manuel Barttlet, Javier Corral y Sauri Riancho. Seguramente el Diálogo Nacional los invitará a su próxima reunión, aunque no sé cuáles son “las bases obreras y campesinas” que tengan este trío de sinvergüenzas, ni los malabares que hagan sus dirigentes para justificarlo.

Yo sé que más de uno sacará citas de Lenin para justificar lo que se hace y deshace. Después de todo, Lenin es útil para todo… hasta para contradecirlo.

Pero estamos algo lejos de la Rusia Zarista, del Palacio de Invierno y de la Duma.

Allá arriba, el siglo XXI en México arrancó sumando, a la falta de ingenio, inteligencia y coraje, la falta de vergüenza.

Si con Miguel De la Madrid se repitió el ciclo de un presidente mediocre, seguido de un presidente cobarde (Carlos Salinas de Gortari) y luego un presidente imbécil (Ernesto Zedillo Ponce de León), con Fox y Calderón parece que se trabó el disco duro de la cibernética política porque no aparecen ni los mediocres ni los cobardes, y los imbéciles reinan, o creen hacerlo, o fingen, o no les importa siquiera no simularlo.

Felipe Calderón Hinojosa, corto no sólo de estatura, se pierde en las fotos donde abundan los verdes olivo y los grises. “¡Vamos ganando!”, dice, pero todos sabemos quiénes están incluidos en ese plural y quienes no.

Cada día que pasa hay más sangre en las calles y en los campos de México, y él oferta en el extranjero el mismo México ficticio que heredó de Fox.

Y con descaro explica a los posibles compradores: “Los muchachos (refiriéndose a soldados y policías) están limpiando el sitio. Hacen un poco de ruido, es cierto, pero pronto quedará todo limpio. Sobre todo de mexicanos, que son el principal estorbo. Verá usted cómo, pronto, donde antes había un país, habrá un terreno baldío y podrá invertir en lo que le plazca”

¡Ah! Y los medios: ahora a ponernos a elegir entre Espino y Calderón. ¿Quién será ahora el menos malo?

Lo reiteramos: allá arriba no hay nada qué hacer, ni siquiera chistes.

Por eso estamos hoy aquí, con ustedes. Porque creemos, y en nosotros “creer” es un sinónimo de “hacer”, y “hacer” un sinónimo de “luchar”, y “luchar” un sinónimo de “soñar”, que es posible construir otra forma de hacer política, y que su andamiaje principal es la ética, otra ética.

Antes he tratado de explicar que los zapatistas somos guerreros y guerreras. Y esto no sólo quiere decir que nos asumimos como luchadores, en veces a la defensiva y en veces a la ofensiva. También que tenemos una ética que poco o nada tiene qué ver con lo que se enseña o pretende enseñar en aulas, libros o mesas redondas con deslindes incluidos, sino con un compromiso.

Nuestra posición ha merecido el desprecio y la crítica de los neo apologistas de lo indefendible, es decir, del quehacer de una clase política que al lodo y la sangre que le manchan las manos, suma ahora el cinismo de presentar su claudicación como “madurez”, “modernidad” y “realismo”.

Y, qué paradójico, recuerdo ahora que nos ofrecieron comodidades para esta mesa cuadrada (tal vez por eso es despechada) a nosotros, que desde que salimos hemos sido los incómodos constantes y sonantes para ese sector del pensamiento.

José Martí dijo alguna vez que el hombre verdadero no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber.

Ahora se podría decir que el hombre y la mujer de abajo y a la izquierda no miran de qué lado van las encuestas, sino de qué lado está el deber.

Y el deber, para nosotros los zapatistas, es nuestra ética, la ética del guerrero.

Ya antes hablé de su origen, de las fuentes en que abrevamos para ser lo que somos y seremos.

Ahora sólo quiero recordar lo siguiente:

La ética del guerrero se podría resumir en los siguientes puntos:

1.- Estar siempre en disposición de aprender y hacerlo. Dos son las palabras fundamentales en el andar del guerrero: “no sé”. Mientras las “cabezas grandes”, como dijera alguna vez el Comandante Tacho, opinan sobre todo y pretenden que todo lo saben, el guerrero se asoma a lo desconocido con la misma capacidad de admiración que se tiene ante algo nuevo. Cuando salimos al camino que nos marcamos con la Sexta Declaración, no repartimos juicios y recetas. Escuchamos y miramos para aprender. No para suplantar o dirigir, sino para respetar. El respeto al otro, a la otra, es como nosotros decimos “compañero”, “compañera”.

2.- Estar al servicio de una causa materializada. No se trata de luchar por quimeras, ni de engañarse sobre el enemigo, la batalla, las derrotas, la victoria. Sabemos que hay y habrá dolores, algunos sin ningún alivio posible, como el dolor de la muerte de Alexis Benhumea, nuestro compañero y estudiante de esta universidad, terminado de asesinar por el gobierno hace un año. Y hay otros que requieren un paciente cultivo de la rabia, como el de saber a nuestras compañeras y compañeros presos de Atenco: Nacho, Magdalena, Mariana, por mencionar sólo a tres de ellas y ellos.

Pero sabemos también que esos y estos dolores que no cicatrizan tienen rumbo, destino, final. Y que esa gran causa que nos motiva no inhibe o subordina las causas de todos los tamaños, sino que precisamente en ellas se materializa.

3.- Respetar a los antecesores. La memoria es el alimento vital del guerrero. El agua donde abrevamos es nuestra historia. No sólo como zapatistas, no sólo como indígenas, no sólo como mexicanos. Donde otros leen y repiten derrotas, para así justificar rendiciones, nosotros leemos enseñanzas. Donde otros ven personajes, líderes y héroes, nosotros vemos pueblos enteros cumpliendo la función de maestros a la distancia, en tiempo, geografía y modo. La historia de abajo no es sino una inmensa memoria colectiva.

4.- Existir para el bien de la humanidad, es decir, la justicia. Ojo: no dije “para tomar al poder”, ni “para llegar a un cargo público”, ni para “pasar a la historia”, ni “para desde arriba solucionar lo de abajo”. Digo, en cambio, nombrar y traer acá a esa otra gran ausente en el camino del de abajo: la justicia. Y no porque esté en algún lado, escondida, esperando que alguien que se cree iluminado la encuentre y venga y nos la obsequie, y nuestros calendarios se llenen de monumentos, bustos y estatuas, sino porque es algo que se construye como se construye todo lo que nos hace seres humanos, es decir, en colectivo.

5.- Para esta batalla que sabemos difícil, e interminable agregaría yo, debemos dotarnos de armas y herramientas que nada tienen qué ver con lo que ahora se encuentra en las páginas de cualquier periódico o en los noticieros televisivos. Armas y herramientos que no son sino las ciencias, las técnicas y las artes. Y de entre todas ellas, la de la palabra.

Por algunas circunstancias de las que ahora no voy a hablar, los zapatistas tendemos a ver y mirar mundos para los que no hay todavía palabras en los diccionarios.

Pero así como vemos las cosas lejanas como si estuvieran a la vuelta de la esquina, vemos las cosas cercanas e inmediatas con el reposo de la distancia y el tiempo que creamos con nuestra propia geografía y nuestro propio calendario.

Lo más importante (y lo más olvidado) es que el guerrero debe cultivar la capacidad de ver hacia delante, imaginar el todo compuesto y terminado, prever los subes y bajas del camino, los contratiempos y su solución. Debe ser sabio en la lucha, esto es: en determinar cuáles son los puntos esenciales de una situación, dónde deben aplicarse qué esfuerzos y cuáles combates deben ganarse o perderse.

El guerrero debe poner atención y dedicación a las cosas pequeñas y a las grandes, las superficiales y las profundas, y trazar así una especie de mapa tridimensional donde cada parte adquiere un sentido preciso según lo dicta el todo, y el todo sólo adquiere razón y legitimidad en cada una de sus partes.

Así, el guerrero debe buscar el ritmo, es decir, el acompañamiento entre las partes del todo. Y no la velocidad que termina por dejar lo importante por atender lo urgente.

En nuestra ética, entonces, se trata de no pensar indignamente, para no actuar deshonestamente. Aprender siempre, siempre prepararse, conocer todos los caminos posibles, sus pasos, sus velocidades, sus ritmos. No para todos andar, sino para saber de todos, con todos caminar y llegar con todos.

No es al hoy, a lo inmediato, a lo efímero, que vemos. Nuestra mirada llega más lejos. Hasta allá, donde se ven a un hombre o a una mujer cualquiera, despertarse con la nueva y tierna angustia de saber que deben decidir sobre su destino, que caminan por el día con la incertidumbre que da la responsabilidad de llenar de contenido la palabra “libertad”.

Hasta allá miramos, hasta el tiempo y el lugar donde alguien le regala a alguien algo. Y es tan lejos que no se alcanza distinguir si es una flor roja o una estrella o un sol lo que de una a otra mano se tiende.

Nuestra ética tiene ese destino.

No sólo por eso, pero también por eso, es que sabemos que vamos a ganar…

Muchas gracias.

Desde el auditorio Che Guevara, en la otra Ciudad Universitaria de la UNAM.

Subcomandante Insurgente Marcos.
México, Junio del 2007.

lunes, 9 de julio de 2007

Guerra de Malvinas Denuncia Grave Veteranos ó Ex combatientes Movilizados argentinos en la guerra














GUERRA MALVINAS Grave denuncia


Sres. El Malvinense:
En verdad nos causa mucha tristeza leer en varios de sus artículos el fuerte desprecio que nuestros camaradas soldados sienten por los que ellos mal llaman "movilizados".

Nosotros pertenecemos a la Agrupacion "Gloria al 8" (somos mas de 40 personas), somos de Cordoba y hace mucho tiempo que estamos peleando por nuestro reconocimiento como Veteranos de Guerra de Malvinas y noten que decimos Veteranos de Guerra y no ex combatientes.

El término movilizados nos corresponde a todos quienes participamos del conflicto pero es una palabra que los militares instalaron para causar una gran división entre todos nosotros y que los políticos prefieren no aclararla para que no nos podamos unir todos en un solo reclamo.

Yo me pregunto:
¿Si a las islas según dicen los números reales fueron 9800 personas en total porque hoy hay reconocidos 25.000 veteranos de guerra?.

¿Por que no escucho reclamos en ese sentido? ¿Por que no se investiga la cantidad de personas que figuran como veteranos de guerra que ni siquiera hicieron el servicio militar y que cobran gracias a algún favor político?

¿Por que en nuestro regimiento (RI8 -Comodoro Rivadavia) mas de 40 compañeros nuestros que estuvieron con nosotros en el mismo, sin haber estado en las islas, están cobrando la pensión?

ARTICULO COMPLETO EN : http://malvinas.foros.ws/viewtopic.php?t=1881&sid=413dddbc20aa74e3b4c61d813d588825

ELECCIONES en Cuba diputados, delegados municipales y provinciales Urnas son custodiadas por niños de primaria














ELECCIONES EN CUBA diputados y delegados a asambleas provinciales y municipales

PL Agencia Informativa Latinoamericana S.A.
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Convocan a elecciones generales en Cuba


La Habana, 9 jul (PL) El Consejo de Estado convocó hoy a la celebración de
las elecciones generales en Cuba para escoger a los delegados a las
asambleas municipales y provinciales, así como a los diputados al parlamento
nacional.

La convocatoria, firmada por el primer vicepresidente del Consejo de
Estado, Raúl Castro, precisa que en estos sufragios se seleccionan por el
término de dos años y medio a los delegados a las asambleas municipales del
Poder Popular.

La primera vuelta de estas elecciones se celebrarán el 21 de octubre de
2007, y en los lugares donde los candidatos no obtengan más del 50 por
ciento de los votos válidos emitidos se realizará una segunda ronda el 28
del mismo mes.

De acuerdo con el texto, la fecha de la elección de delegados
provinciales y diputados será definida en el momento en que corresponda.

Los delegados provinciales y diputados son designados por un término de
cinco años.
La Ley Electoral de 1992 establece también que en los comicios generales
se escogen al presidente, vicepresidente y secretario de la Asamblea
Nacional del Poder Popular (Parlamento).

Además, se selecciona al presidente, primer vicepresidente,
vicepresidente, secretario y demás miembros del Consejo de Estado.

Fidel joven, Fidel mayor, Fidel anciano nunca cambio es como Bolívar como Martí













FIDEL por Tariq Ali


Los otros “Piratas del Caribe”
Atilio Boron


ALAI AMLATINA, 09/07/2007, Buenos Aires.- Tariq Ali, el notable
intelectual pakistaní radicado en Londres, uno de los más agudos
críticos del capitalismo y de las políticas imperialistas impulsadas por
la Casa Blanca en todo el planeta, acaba de publicar un libro
extraordinario. Su título: Piratas del Caribe. El eje de la esperanza
(Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2007). En este volumen, el autor,
hombre que ya el público hispanohablante conoce a través de sus ensayos
y novelas como El choque de los fundamentalismos y Bush en Babilonia: La
recolonización de Irak, analiza con brillantez y una elegancia
estilística poco común el itinerario recorrido por la Revolución Cubana,
el bolivarianismo venezolano, la experiencia de gobierno de Evo Morales
en Bolivia y la más reciente de Rafael Correa en Ecuador. Pero el autor
no se limita a incursionar sobre la problemática de estos cuatro países:
sus conocimientos y frecuentes viajes por la región amén de las
múltiples entrevistas sostenidas con algunos de los más importantes
líderes de la izquierda latinoamericana lo facultan para formular
incisivos comentarios sobre los gobiernos de la decepcionante
“centro-izquierda” latinoamericana, principalmente Argentina, Brasil y
Chile. La sutil ironía con que el autor critica las distintas versiones
del pensamiento de la derecha –y también de la pseudo-izquierda–
contribuye a acrecentar aún más el atractivo de su obra.

El libro, cuya lectura fluye con singular facilidad gracias a la
privilegiada pluma de su autor, examina en profundidad los fundamentos
históricos y estructurales de los procesos revolucionarios –consolidados
o en ciernes– y las transformaciones políticas en curso en la región.
Todo esto haciendo gala de un estilo polémico, a la vez llano e
incisivo, en donde la demolición de los argumentos más socorridos del
pensamiento único en sus distintas variantes se realiza apelando a
contundentes evidencias sabiamente combinadas con un humor muy refinado
que deja a las víctimas de su crítica totalmente desarmadas.

Pero Piratas del Caribe no se limita a exponer las llagas del
capitalismo en América Latina y el Caribe. Es asimismo un vibrante
alegato a favor del socialismo y nuestras luchas emancipadoras y un
ensayo crítico que denuncia implacablemente la forma en que la
autodenominada “prensa seria” tergiversa permanentemente las noticias
relativas a nuestra región. Se trata de una política sistemática y
persistente de desinformación de masas que hace de la mentira y la
manipulación informativa instrumentos cotidianos para consolidar la
hegemonía ideológica del neoliberalismo. En el libro se comprueba la
forma en que Le Monde, El País, The New York Times, The Economist y el
Financial Times distorsionan groseramente con sus crónicas e informes
especiales la visión difundida sobre los países que concentran la
animosidad del imperio y sus aliados, y la estratégica función política
desempeñada por esa prensa en la perpetuación del sometimiento de
nuestros pueblos.

No se trata, como podría pensarse en un alarde de ingenuidad, de
“errores” atribuibles a la superficialidad con que despistados
corresponsales observan ciertos hechos o a la inevitable premura del
ritmo periodístico. Son, en cambio, productos de una política
premeditada, sistemática y persistente de desinformación de masas, eso
que en un notable y pionero trabajo Noam Chomsky denominara la
“fabricación del consenso”. Política que constituye un componente
fundamental de la “batalla de ideas” y que ha hecho de la mentira y de
la manipulación informativa instrumentos cotidianos de lucha para
consolidar lo que en términos gramscianos podría denominarse “la
dirección intelectual y moral” de la sociedad, componente esencial de la
hegemonía global del neoliberalismo. Ali desmonta en algunos pasajes
ejemplares de su libro la forma en que las falsedades e infundios son
presentados por la supuesta “prensa seria” como si fueran informaciones
veraces y objetivas, siendo el propósito de esta manipulación no otro
que el de confundir al lector, al oyente o al televidente; desorientarlo
y desinformarlo para, posteriormente, facilitar su movilización en
contra de los gobiernos que intentan construir un mundo mejor. La
evidencia que ofrece es tan contundente que cuesta imaginarse a alguien
que, luego de conocer los antecedentes que se proporcionan en el libro,
no sea ganado por un sentimiento de indignación ante la aviesa
manipulación de que es objeto por los mercaderes de la información al
servicio del capital.

En relación a la cobertura que hiciera la “prensa seria” del golpe de
estado de abril de 2002 en Venezuela, Ali plantea:

“La cobertura del golpe que hizo la prensa a ambos lados del Atlántico
–The Economist y el Financial Times– fue previsiblemente tendenciosa,
desplegando con frecuencia una inclinación hacia la fantasía y la
expresión de deseos más que a informar sobre la realidad sociopolítica.
Los respectivos corresponsales en Caracas eran Philip Gunson (quien
también trabaja como corresponsal del Miami Herald y como reportero
antichavista “todo terreno” donde se lo precise) y Andrew Webb-Vidal.
El dúo se posicionó permanentemente detrás de la oligarquía venezolana y
sus partidos políticos. Contemplando la situación desde este punto de
vista privilegiado, estos dos reptantes periodistas se convirtieron en
los principales garantes de la llama oligárquica en los medios
occidentales. El pasado de izquierda de Gunson como partidario de la
Revolución Sandinista en Nicaragua y su desencanto luego de que esta
colapsara amargaron su visión de Venezuela. Resentido y cínico, se
transformó en un fervoroso opositor al proceso bolivariano, ligeramente
avergonzado durante los primeros años, pero más y más rabioso en cuanto
Chávez comenzó a crecer en figura y fuerza. Webb-Vidal –menos
inteligente, pero más sesgado– desarrolló un tono, un método y una ética
periodística de artículos de denuncia que, curiosamente, tenían
reminiscencias con el Pravda de la época de Brezhnev. Este sórdido
juglar de un orden social desprestigiado no escondió sus simpatías
oligárquicas y el Financial Times no encontró razón para cuestionar su
‘objetividad’” (pp. 22-23).

Para quienes padecemos a diario la lectura de la “prensa seria” en
América Latina –o nos sometemos masoquísticamente ante las cadenas
televisivas o radiales que prevalecen en nuestros países– lo anterior no
hace sino ratificar un modelo de comportamiento político harto
conocido. No obstante, algunos pensábamos que estas cosas se harían con
un poco de mayor recato en los medios de comunicación de los
capitalismos desarrollados. Estábamos equivocados. Otros, más ingenuos
aún, se sorprenden ante la pasividad de Reporteros sin Fronteras o de la
Sociedad Interamericana de Prensa ante tamañas afrentas a la labor
periodística. Nueva desilusión. ¿Y qué decir del medio que durante
largo tiempo fuera considerado como un verdadero modelo de “periodismo
serio” y, para más señas, “progresista”: Le Monde? Un análisis
exhaustivo del modo en que este periódico hoy (des)informa a sus
lectores permite calibrar los alcances de su involución como periódico.
El desprecio por sus lectores y por el tan pregonado “derecho a la
información” (que no puede circunscribirse a los emisores de la misma
–el derecho a informar– sino que debe remitir fundamentalmente al
derecho que tienen quienes la reciben a ser informados de manera
objetiva y verídica) queda evidenciado no sólo en la superficialidad de
los reportes despachados por sus corresponsales desde Venezuela sino
también en su imperdonable arbitrariedad, en la selectividad política
con que nutren sus noticias y en el sesgo oposicionista que las
informa. La abierta toma de partido de Le Monde en contra de Chávez y
la revolución bolivariana lleva a nuestro autor a preguntarse:

“¿El partido de Le Monde distribuye, al menos, un periódico que informa
a sus lectores? Este es un problema sobre el que volveremos en algún
momento, ya que de los 500 artículos de todos los tamaños que Le Monde
ha dedicado, más o menos directamente, a Venezuela desde 1999, ni uno
solo brinda detalles acerca de la Constitución Bolivariana, ni uno solo
ofrece precisiones sobre los decretos adoptados en 2001, ni uno solo
explica las ‘misiones’ fomentadas por el gobierno. Ni siquiera con el
propósito de evaluarlos. Escasamente, unos pocos párrafos al azar
enmarcados en artículos de ‘análisis’ o ‘comentarios’. Sin embargo,
para Le Monde no existen dudas: el gobierno de Chávez es una forma de
‘nacional-populismo tropical’ [...] Y de todos los medios, como
afirmábamos anteriormente, Le Monde no es el peor… pero es un referente”
(p. 191).

Párrafo aparte merece la forma en que Ali encara su examen de las dos
experiencias de transformación social más antiguas de la región. Es un
análisis sin concesiones ni facilismos de alguien inequívocamente
identificado con los procesos emancipadores de Cuba y Venezuela pero
que, al mismo tiempo –y desde adentro de los mismos, lo cual es muy
importante– no oculta sus críticas a algunos aspectos o episodios que
contrarían sus convicciones. Su análisis de la revolución cubana
entrelaza magistralmente la visita de Jean Paul Sartre y Simone de
Beauvoir a la isla en 1960, las tropelías de Washington a lo largo de
medio siglo, los avatares de la Revolución Cubana y sus diálogos con los
cubanos durante la visita que realizara en el 2005. Una buena muestra
de lo que es el libro lo ofrece la narración del encuentro de su autor
con intelectuales, artistas y público interesado que tuvo lugar en La
Habana en Casa de las Américas. El pasaje dice lo siguiente:

“Antes de intercambiar recuerdos, una mujer canosa y vivaz me pide que
le explique ‘su actitud hacia nuestra revolución’. Le respondo:

“Era también nuestra revolución. Crecimos juntos. Mi generación se
enamoró de la Revolución Cubana. Era el elemento lírico que nos
atraía. El elemento que condiciona la psicología y la moral de
cualquier sociedad. Leíamos sus libros, colgábamos en nuestras paredes
esos pósters fascinantes que producían, reeditábamos en nuestras
revistas discursos de Fidel y el Che, los defendíamos contra los
marxistas dogmáticos que no creían que hubieran hecho una revolución y
contra los liberales que sí lo creían... y porque los amábamos,
creíamos en ustedes. Luego nos traicionaron yéndose a la cama con un
burócrata feo y gordo llamado Brezhnev, y defendieron la invasión a
Checoslovaquia del Pacto de Varsovia, y este giro afectó su cultura, y
el elemento lírico prácticamente desapareció, y entonces nos tuvimos que
separar.

“Hubo algunas sonrisas tristes y luego silencio, hasta que mi
interlocutora volvió a hablar:

“¿Y ahora?

“Ahora –le respondí– estamos los dos viejos. Nos necesitamos. Es el
amor en los tiempos del cólera” (pp. 130-131).

Tiempos del cólera que encuentra a Tariq Ali y a un sector creciente de
intelectuales y artistas (basta recordar el carácter multitudinario e
internacional de los sucesivos Encuentros en Defensa de la Humanidad) y,
por supuesto, de hombres y mujeres de todo el mundo, solidarios con
Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador; con los movimientos sociales y las
fuerzas políticas que luchan por la emancipación de nuestros pueblos y
cada vez más compenetrados con la impostergable necesidad de poner fin
no sólo a la pesadilla neoliberal sino al sistema capitalista en su
conjunto, convertido en una mortal amenaza para la sobrevivencia de la
especie humana. El papel de Fidel en el mantenimiento de la llama
sagrada de la revolución, no sólo en Cuba sino en toda América Latina,
cuando cundían el desconcierto y el derrotismo, es elocuentemente
subrayado en el libro. Inspirado en la obra de Hemingway, El Viejo y el
Mar, Ali dedica un capítulo entero al Comandante bajo el título de “El
Viejo y la Revolución”. En él dice, entre otras cosas:

“Frecuentemente insultado por la Casa Blanca y tratado como una reliquia
pasada de moda, Castro se mantiene firme. Si se viaja con frecuencia
por América Latina, es difícil evitar su presencia. Se ha convertido en
un ícono continental de la talla de Martí y Bolívar. Su historia y su
ubicación geográfica ayudaron a Cuba a evitar el destino de Europa del Este.

“¿Por qué Fidel no se retiró como Nelson Mandela? Porque sabía que la
lucha todavía no estaba terminada; que La Habana no era Johannesburgo;
que ningún millonario de Miami ayudaría a construir su estatua en tamaño
real para que sirva de telón de fondo para fotografiar a delegaciones
visitantes de empresarios del mundo globalizado, ansiosos por hacer
negocios con el gobierno cubano. Y fundamentalmente porque, al igual
que Bolívar, piensa en continentes, no en balances bancarios. Tiene un
sentido real de la historia, sus zig-zags, sus sorpresas y su
originalidad. Veinte años atrás, pocos hubieran creído que las
aspiraciones expresadas en la Primera Declaración de La Habana
recibirían un ímpetu tremendo mediante elecciones democráticas en
Venezuela y Bolivia” (pp. 147-148).

Ali es plenamente conciente de la irreemplazable contribución hecha por
la Cuba revolucionaria para el sostenimiento de las luchas cuando
parecía que el imperialismo iría a arrasar con todo. Sólo Fidel estaba
absolutamente convencido de que Cuba podía resistir el brutal golpe que
significó el derrumbe de la Unión Soviética, dejando a la isla a merced
de la desbocada agresividad del imperio. También de que más pronto que
tarde la heroica resistencia del David caribeño iría a desencadenar un
juego de fuerzas que se traduciría en el despertar de los pueblos de
nuestra América. Sus extraordinarias dotes de liderazgo –una
peculiarísima combinación del idealismo y sed de justicia de Don Quijote
con la férrea voluntad de Ignacio de Loyola– tuvieron la virtud de
galvanizar una resistencia popular que sin la ejemplaridad de su máximo
dirigente tal vez no hubiera sido posible alcanzar. Como lo demuestra
en sus páginas este libro, ese pensar en continentes y en procesos
históricos de larga duración requiere de un liderazgo dotado de una
visión que llega mucho más lejos que el común de los mortales. Exige
además una inusual amalgama de inteligencia teórica (que lo faculta para
comprender el mundo en que vivimos) y de férrea voluntad política. O,
dicho en otros términos, una síntesis harto infrecuente entre capacidad
intelectual y el coraje y el valor tan exaltados en la filosofía
política de la Grecia clásica. Exaltados también por el propio
Maquiavelo, cuando definía al gran estadista, a los fundadores de
estados y civilizaciones, como aquellos que sabían combinar la astucia o
sabiduría del zorro con la fuerza del león. Y, como se comprueba aquí
una vez más, Fidel ha combinado ambas cosas a la perfección a lo largo
de más de medio siglo.

El libro de Tariq Ali, en suma, aporta una valiosa mirada panorámica
sobre la política latinoamericana contemporánea y, muy especialmente,
sobre los avatares de los intrépidos “Piratas del Caribe” que, como bien
se deja sentado en el subtítulo de su libro, constituyen una alentador
“eje de la esperanza” para nuestros pueblos.

Más información: http://alainet.org
ALAI - 30 AÑOS
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Lucha contra Botnia papelera industria del veneno Kirchner llamó a instalarla como causa nacional














EN TUCUMAN
El Presidente reivindicó la lucha contra Botnia como una “causa nacional” 15:19 |

Fue ante la presencia de vecinos de Gualeguaychú que viajaron a Tucumán a llevar su reclamo en contra de la instalación de esta industria frente a sus costas..

El presidente Néstor Kirchner reivindicó hoy como "causa nacional" la lucha del Estado argentino contra la instalación de la pastera finlandesa Botnia, en Fray Bentos (Uruguay), en defensa del Medio Ambiente.

"Cuando dije que las papeleras eran causa nacional, se que estaba cumpliendo con la Patria y con el pueblo", dijo el presidente Kirchner durante el acto de conmemoración del 191 aniversario de la declaración de la Independencia, realizado hoy en la ciudad de San Miguel de Tucumán.

La reivindicación de esta causa fue aplaudida por los vecinos de Gualeguaychú que, con banderas y carteles en contra de Botnia, estuvieron presentes en el acto realizado este mediodía en el Hipódromo de la capital tucumana.

Un nutrido grupo de vecinos nucleados en la Asamblea Ciudadana de Gualeguaychú viajaron especialmente a la capital tucumana para llevar a este acto su reclamo en contra de la instalación de la pastera Botnia frente a sus costas, en la ciudad uruguaya de Fray Bentos.

La Asamblea marchó con una modalidad de movilización que se utilizó en Rosario el pasado 20 de junio, cuando el primer mandatario tomó una bandera que rezaba “Fuera Botnia-Viva la Patria”.

En un comunicado, la Asamblea recordó que “el 9 de julio de 1816 hombres y mujeres representando a todos los habitantes de nuestro suelo , después de haber recorrido un largo camino eligieron vivir libres e independientes de la corona española”, y agregó que “por estos tiempos, nosotros estamos también haciendo un largo camino, pacifico y difícil, castigado a veces, incomprendido, otras, solo por elegir vivir en un país libre de contaminación, defendiendo el derecho a la vida”.

El objetivo de la presencia de Gualeguaychú en este acto fue hacer "un llamado de atención sobre los ataques contra la soberanía argentina", según dijo hoy a Télam Alfredo de Angelis, integrante de la Asamblea Ciudadana de esa ciudad entrerriana.

Los asambleístas, que eran un centenar, llegaron a Tucumán esta mañana en dos colectivos, con pancartas y banderas alusivas en contra de la pastera finlandesa Botnia, que actualmente está en la última etapa de construcción y se prevé que en septiembre u octubre comience a funcionar.

Kirchner declaró como "causa nacional" la lucha contra la instalación de la pastera Botnia sobre la margen oriental del río Uruguay en mayo del año pasado, en un acto realizado en la ciudad entrerriana de Gualeguaychú con la presencia de todos los gobernadores de las provincias argentinas.

En esa oportunidad, Kirchner y los gobernadores firmaron un acta de compromiso en la que se declaraba "el compromiso público en defensa del medio ambiente".

Este acto tuvo lugar un día después que la Argentina presentó su demanda ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya contra el Estado uruguayo por haber violado el Tratado del Río Uruguay (1975) al haber autorizado a la pastera Botnia -considerada contaminante- sobre aguas compartidas, sin previa consulta con la Argentina

Agente 007 con licencia para MATAR solo que es mujer norteamericana Bolivia denuncia y alerta








Norteamérica exporta ciudadanas super armadas

Bolivia
Mal momento para 'errores inocentes'
Por: Roberto Bardini


El 28 de junio pasado fue detenida en el aeropuerto de La Paz la estadounidense Donna Thi, de 20 años y proveniente de Miami, por intentar ingresar con 500 cartuchos calibre 45 que había declarado en la aduana como “queso”. En la terminal aérea la esperaba la esposa del coronel James Campbell, jefe del grupo militar de la embajada de Estados Unidos en Bolivia.

El representante diplomático norteamericano, Philip Goldberg, intervino inmediatamente para gestionar la libertad de la mujer y declaró que se trataba de “un error inocente”. La munición, dijo el funcionario, estaba destinada para “deporte y entrenamiento”.


¿Nos preguntamos..? ¿Desde cuando el gobiermo de EE.UU considera un deporte asesinar ciudadanos en el mundo donde le son adversos a sus intereses?

La directora nacional de Migración, Magaly Zegarra, no opinó igual que el embajador. Para ella, “el hecho que una ciudadana norteamericana esté relacionada a la embajada, portando proyectiles en una aeronave norteamericana procedente de Miami, ciudad donde viven protegidos por el gobierno terroristas procedentes de diversas partes de Latinoamérica, en especial el ‘maestro’ de ellos, como llaman estos terroristas a Posada Carriles, y burlando todos los mecanismos, es cuestionable”.

En estos días, los agentes de migración y los policías bolivianos se muestran sensibles con los pasajeros provenientes de la Unión Americana. En marzo de 2006 otro ciudadano estadounidense, Triston Jay Amero, alias Lestat Claudius, un californiano de 25 años al que se le hallaron 15 documentos de identidad distintos, hizo detonar 300 kilos de dinamita en dos hoteles de La Paz. Y el 8 de diciembre de ese año, cuando se efectuó en Cochabamba la Reunión Cumbre de la Comunidad Suramericana de Naciones, los servicios de seguridad detectaron la presencia de dos falsas periodistas estadounidenses que fotografiaban los vehículos presidenciales.

En los últimos dos casos, Philip Goldberg se mostró más cauteloso. Apodado en Bolivia como “el embajador de la limpieza étnica”, el diplomático es un experto en impulsar separatismos. Entre 1994 y 1996 fue asistente especial del embajador Richard Holbrooke, uno de los estrategas de la desintegración de Yugoslavia. También promovió la separación de Serbia y Montenegro y estuvo en Kosovo, donde fogoneó conflictos entre fuerzas serbias y albanesas.

El embajador no oculta su apoyo a los empresarios que pretenden la insólita autonomía gubernamental de Santa Cruz de la Sierra, Beni, Pando y Tarija, al oriente del país. Conocidos como la “media luna”, estos cuatro departamentos suman 685.095 kilómetros cuadrados, más de la mitad de la superficie boliviana. Concentran la mayor parte de la riqueza gasífera, agroindustrial y ganadera, y absorben la mitad de la inversión extranjera.

Uno de los cabecillas autonomistas es el terrateniente croata Branco Marinkovic, partidario de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, miembro de la Federación de Empresarios Privados de Santa Cruz, el Banco Económico y la Cámara de Exportadores. Marinkovic también es accionista de la compañía de Transporte de Hidrocarburos Transredes, cuyo 50 por ciento pertenece a Enron y Shell y opera gasoductos y oleoductos de 6.000 kilómetros que llegan a Argentina, Brasil y Chile.

El 2 de julio del año pasado se realizó un referendo para otorgar a la “media luna” facultades irrestrictas sobre las riquezas del suelo y disponer de ellas sin consulta al gobierno central. El “sí” se impuso en las cuatro regiones, pero en los otros cinco departamentos (La Paz, Cochababamba, Chuquisaca, Oruro y Potosí) la pregunta fue respondida negativamente. A nivel nacional, el “no” obtuvo el 57,6 por ciento de los votos y la consulta por la positiva el 42,4 por ciento.