miércoles, 29 de octubre de 2008

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La inmoralidad de los anarquistas

El Estado siempre tuvo razón. No se puede vivir sin Estado. Se puede vivir sin baño y sin comida, se puede vivir con hambre. Se puede vivir sin saber leer o con frío. Se puede estar sin trabajo o en la cárcel.

Pero nunca vivir sin Estado. Recuerdo mi infancia, los libros escolares, los colores de la bandera, de la patria, del cielo. La escarapela y el himno. Los rizos de la maestra, los bronces de las plazas, los desfiles militares, el policía de la esquina cuidando el barrio.

Y los patriotas. Los patriotas eran inmensos, inalcanzables. Eran serios, hermosos, inteligentes. Como en los cuentos de hadas. El príncipe despertaba con un beso a la bella durmiente y eran felices para toda la vida. Los colores de los libros, las figuritas, los jugadores de fútbol. Los chinos eran viciosos, los rusos impenetrables. Los masones odiaban el decoro y conspiraban.

Nosotros, no. Nosotros creíamos en Jesús, en el patio del fondo, en la tía y los primos. Éramos blancos, libres, trabajadores. Los textos que sabíamos de memoria decían: “Amo a papá y a mamá. Perón y Evita me aman.”

Los gobiernos nos educan para ser mejores, para ser más nobles. Los políticos luchan contra la corrupción, contra la ola de violencia.

Se esfuerzan por nosotros, se sacrifican por nosotros. El pueblo nunca se equivoca, el ser humano es el supremo hacedor del futuro, el futuro se construye con sacrificio. Se indignan cuando aparecen las drogas y los negociados. Los políticos, los sindicalistas y los sacerdotes hacen todo lo posible para que seamos felices.

Ellos desean la dignidad del pueblo. Nos aman. Gracias a ellos (y a Dios) mejoramos, poco a poco, en la vida. Trabajan en el uso pacífico de la energía nuclear y empeñan su palabra. En todo el mundo el Estado es y será la guía. Si las Bolsas mundiales no tienen paz no es responsabilidad de los economistas. Ni de los grandes gobernantes. Si la OTAN mata por error es un accidente. Debemos pensar que todos nos equivocamos. Menos Dios. Lo que sufrimos hoy será recompensado mañana.


Los campos de concentración no es responsabilidad de una sociedad. Fue un loco, un loco suelto. Lo mismo que las guerras, las fábricas de armas, la prostitución, el narcotráfico, el sistema bancario, la educación, los medios, el maquillaje y la peluquería de los soberanos. Antes era el rey, ahora es el presidente. Es distinto, las naciones tienen pactos, convenios, organizaciones, compromisos éticos.

Los anarquistas están en contra de todo, son inmorales.


No me canso de repetirlo siempre que puedo. No creen en los bancos, en los sindicatos, en los emblemas, en las fábricas de armas, en la fidelidad, en la infidelidad, en la tecnología, en la ciencia, en la salud, en los hospitales, en la educación, en las amas de casa, en los cocodrilos, en los diplomáticos, en los hombres de fe, en los burdeles, en el alcohol, en las drogas, en los cumpleaños de quince, en los mausoleos, en los dividendos, en los odontólogos, en los boticarios, en los jueces, en los mercados financieros, en los financieros, en los ejércitos, en los museos, en la propiedad privada, en el pueblo, en los césares, en las revoluciones, en los comunistas, en los liberales, en los libros sagrados, en las constituciones, en los intendentes, en los alcaldes, en Superman o Batman, en las agencias de información, en los loros, en las palanganas, en los policías, en los empresarios, en los terratenientes, en los cartoneros, en los lúmpenes, en los socialdemócratas, en la democracia, en los héroes, en los santos, en las proclamas, en las cruzadas, en las visiones del hombre visionario, en los mártires, en el individualismo, en el existencialismo, en el ismo del ismo. Tampoco creen en las flores, en el día de la madre, en la familia, en el matrimonio, en los hijos de los asesinos, en los asesinos internacionales, en los estudiantes, en los abogados, en los contadores, en los astronautas, en los astilleros, en los carniceros, en los sepultureros, en las academias, en las tablas de multiplicar, en la física cuántica, en el pensamiento de Platón. Ni en los servicios de inteligencia ni el en fascismo o el comunismo o el nazismo o el liberalismo. No creen en las cárceles ni en los torturadores ni en las celebraciones ni en los retratos ni en las siliconas ni en la carne de vaca o de cerdo ni en pan con manteca ni en la manteca ni en el sexo oral ni en la homosexualidad ni en la heterosexualidad ni en las butacas ni en las marchas ni en los podólogos.

No creen en los grandes hombres ni en los pequeños, no creen en las pirámides ni en los guardines de plaza. Ni en los porteros ni en los encargados de despachar las encomiendas ni en los edificios públicos ni en las universidades.

Curiosamente son amigos de poetas, de actores, de titiriteros, de artesanos. Y de músicos, cantantes, pintores. Y de los niños que dicen no.

Reflexiono, los anarquistas son amorales.

Carlos Penelas

Buenos Aires, octubre de 2008