lunes, 14 de noviembre de 2011

Golpe de puño termino con el golpe del campo Elisa Carrio Cleto Cobos Mariano Grondona Hugo Biolcatti Luis D´Elia a15

Por la democracia, con audacia, con coraje 

 

Estos días, en que el compañero Luis D’Elía ha sido juzgado y condenado por acomodarle una trompada, de frente, a un provocador reaccionario que venía insultándolo soezmente durante largos cien metros en pleno conflicto con las patronales del campo, son una buena ocasión para repasar lo que ocurría en nuestro país, inmerso en la crisis de las retenciones móviles.

 

Ese martes 25 de marzo de 2008, tenía un destino sedicioso. Casi se podría decir que estaba escrito. En todo caso, sí, planificado.

 

Dos semanas antes, el jueves 13, un sector de productores agropecuarios, liderado por sus cuatro principales cámaras empresariales, daba inicio a una protesta que se extendería varios meses  hasta el voto no positivo, en el Senado, del vicepresidente de la Nación, Cleto Cobos, que traicionaba así tanto programa como electores.

 

Durante 127 días, la protesta de las patronales rurales puso en jaque al país y al gobierno. Y lo hizo con inusual violencia. Propietarios agrícolas, en algunos casos armados y en actitud singularmente agresiva, protagonizaron centenares de piquetes que cortaron las principales rutas del país y cercaron literalmente a las ciudades. Provocaron un serio desabastecimiento de alimentos a la población y de insumos a la industria, dando pié a una suba generalizada de precios que acentuó particularmente el costo de la canasta básica popular.

 

Nacida del reclamo contra el aumento del gravamen a las exportaciones de soja (“una medida de neto corte fiscal”, según explicaban los agricultores, mientras Elisa Carrió exclamaba: “El gobierno le roba al campo”), la protesta lanzada en un comienzo por dos días, fue prolongada luego a ocho y, el 25 de marzo, horas antes incluso del anunciado discurso presidencial, se convirtió en un ultimátum por tiempo indeterminado, exigiendo al gobierno “el cambio de la política económica”.

 

Pronto, “el plan de lucha de las cámaras patronales agropecuarias asumía sin disimulo su carácter político”. Sus demandas no solo expresaban una estrategia sectorial sino que se convertían en un “desestabilizador político, económico y social”.

 

De manera aún velada, pero haciéndose cada vez mas evidente, la protesta de los productores agropecuarios más beneficiados, fogoneada por unos pocos grandes grupos del agronegocio (monopolios exportadores, grandes financistas y la corporación mediática), expresaba tanto una poderosa pugna por obtener mayores tajadas en la distribución del ingreso nacional como el decidido intento de instalar en la sociedad un clima político “destituyente” (que sería señalado a mediados de mayo por más de un millar de intelectuales signatarios de la Carta Abierta Uno y que luego quedaría claramente explicitado en aquel imperdible diálogo televisivo, de fines de abril, entre Mariano Grondona y Hugo Biolcatti).

 

Intento destituyente que, con la aquiescencia de Cobos (asumiría en remplazo de la presidenta) y liderado por el bloque oligárquico sojero, buscaba imponerle al país el modo de acumulación basado en la mono producción primaria. Nuevamente, la oligarquía contra el pueblo.

 

En este sentido, la jornada del 25 de marzo, por lo que fue, pero sobre todo por lo que no alcanzó a ser, puede considerarse como un momento clave en el curso de la crisis.

 

Repasemos, entonces, lo ocurrido. En un clima de agitación social, estimulado activamente por los principales medios de comunicación y como producto de una masiva campaña de correos electrónicos y mensajes de texto en los días previos, sectores de derecha de las capas medias urbanas y partidos de la oposición protagonizaron cacerolazos en algunas esquinas de la Capital (y otras ciudades del país), en apoyo a los patrones del campo y llamando directamente a la destitución del gobierno. En Buenos Aires, la consigna era ocupar la Plaza de Mayo. Fecha emblemática para los nostálgicos de la dictadura militar, que todos los años en número de 3 a 4 mil asistentes suelen congregarse en la Plaza San Martín, ese día en cambio llamaron a hacerlo en la de Mayo, “junto al campo” y por el regreso de los Videla.

Por momentos, a juzgar por las transmisiones televisivas y radiales que incitaban frenéticamente a sumarse a la protesta, y por los planos cerrados, desde abajo, que ofrecían las imágenes de los grupos de caceroleros, parecía que decenas de miles de personas se sumaban y confluían hacia la plaza del pueblo. Y bien pudo haber sido así. Basta recordar que con menos apoyo mediático y sin contar con el formidable marco de la agitación rural, Blumberg y compañía lograron congregar fuerzas de la derecha en un número tal que no solo llenaron la emblemática Plaza sino que ultimaron a las instituciones y las obligaron a ceder, hasta lograr en gran medida su cometido.

 

El gobierno de Cristina Fernández estuvo a un paso de encontrarse con la foto sediciosa de una Plaza de Mayo repleta de clase media y representantes y agitadores de todo el abanico de la derecha, apoyados, cierto, por algunos sectores de una mal llamada izquierda, exigiéndole su salida del gobierno o un retroceso en sus políticas para cederle espacio a una nueva ofensiva neoliberal (y todo transmitido en esa cadena nacional privada de diarios, revistas, radio y televisión, conducida por apenas un puñado de “generales mediáticos”).

 

Pero algo falló, ese día, en los planes de la derecha. Grupos muy pequeños de militantes del FTV, de Octubres, del Evita, de la Martín Fierro, se acercaron desde temprano, en la tarde, a la Plaza, y por allí se quedaron, atentos. Algo intuían, sin saber exactamente qué. Cecilia Pando arengaba, megáfono en mano, en las inmediaciones de las rejas de la Casa Rosada. Y medios, muchos medios la cubrían. No eran momentos para titubeos. Gastón Harispe, Luis D’Elía, Emilio Pérsico, Juan Carlos Daffunchio, Quito Aragón y otros, teléfono en mano, intercambiaban datos y pareceres. Ya entrada la noche, a eso de las 22 horas, con la Plaza ocupada por 7 u 8 mil personas que clamaban por la destitución de “la yegua”, y antes que llegaran otros miles, los kirchneristas, que no eran más de 150, decidieron avanzar. Había que desalojar a los reaccionarios. La feroz estigmatización que la derecha y los medios venían haciendo de los movimientos piqueteros jugó, en las circunstancias, un rol inesperado. Ante el avance a paso firme, codo con codo, de ese pequeño grupo de militantes populares, (“se nos viene encima la negrada”) los oligarcas de macetero, que eran miles, escaparon a la desbandada.

 

Por cierto, los demócratas, los progresistas, los revolucionarios, todos los que nos identificamos con los intereses de las mayorías ciudadanas, el pueblo todo, estamos en deuda con esos poquitos compañeros que el 25 de marzo, movidos por una sensibilidad social y un olfato político dignos del respeto popular, reaccionaron con rapidez, le pusieron el cuerpo a la incipiente manifestación de la derecha y desbarataron la maniobra tendiente a que la foto reaccionaria se hiciera realidad.

 

Ahora bien. Está claro que cuando el adversario puso en marcha el operativo de la reacción resultó imprescindible apretar filas y actuar en sólida unidad, por la democracia, con audacia y con coraje. ¿Pero es adecuado esperar a que se produzca el peligro, para llevar a cabo la necesaria y estratégica construcción de la unidad de acción del movimiento popular?

 

No descansemos en construir organización popular para Cristina, para el proyecto nacional y para el pueblo. Porque la oligarquía y las corporaciones económicas y mediáticas no quieren que haya una mayor democracia, no quieren que se redistribuya la riqueza a favor de las mayorías. “No hay lógica ni ideología capaces de arrancarle a un sector privilegiado algo de lo que tiene –escribía Sandra Russo, el 26 de marzo de 2008, en Página12-. A la democracia y a la redistribución de la riqueza hay que acompañarla y sostenerla y defenderla de la reacción que provoca. Porque para acompañar un proceso de redistribución de recursos hay que hablar claro, tener coraje y poner el cuerpo y la cabeza a favor de ese cambio”.

 

 

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2011.

 

Reynaldo Sarraute / Miembro del Secretariado Nacional de Octubres.