martes, 30 de septiembre de 2014

Che Guevara en Holguín Cuba Loma de la Cruz Calixto Garcia Yate Granma yate Corintia William Galvez

CON   EL CHE   EN EL RECUERDO      por  Merceditas Sánchez Dotres      

 

   LA LOMA DE LA CRUZ

 

Soy la nieta de Mercedes Crespo Ponte y don José García Portelles. Mi abuela, a su vez, era nieta de don Marcos Ponte, quien trató de rebelarse contra el colonialismo español, en la época en que a los presos los mataban a palos. Mi familia contaba que don Marcos (mi tatarabuelo) había estado preso en la Isla de Ceuta; pero que sobornó a los carceleros y regresó a Cuba con nuevas ideas en la cabeza, para alzarse en armas con nueve de sus esclavos, y ser perseguido y apresado. Le dieron garrote vil en 1860.

Abuela era maestra. Una maestra que sabía darle instrucción a sus alumnos. Los enseñaba como amar a la Patria, y cómo se debía amar a José Martí. Era una mujer de ideas muy avanzadas; y al mismo tiempo muy religiosa, y muchos de sus alumnos defendieron las ideas socialistas.

Abuela era una mujer muy respetada. En ocasiones ella solía decir que decendíamos de una familia que había sido despojada de todo. Primero por los españoles y por los norteamericanos después. Decía, además, que nuestra familia era cubana desde hacía más de doscientos años; y que ni los Capitanes Generales, ni los Presidentes de Cuba, habían mortificado tanto al pueblo cubano como lo estaba haciendo ahora el general Batista.

Decía también que Batista era un tramposo, y que era el gobernante que más daño le había hecho a Cuba, alentando todos los vicios, sobre todo el juego. En todo el país se habían abierto casas de juego, vallas de jugar gallos al dinero, y muchos burdeles y vallas; y que Batista hacía esto y hacía lo otro; y que para colmo, estaba incitando al bandolerismo. Que ya no se podía andar solo por los campos de Cuba. Que ni en 1898, cuando los cubanos no alcanzaron el mando (a pesar de la miseria que existía por entonces en todo el país, no proliferaron tantos bandoleros como ahora.

Por esa época la comarca de Holguín se encontraba dominada por el analfabetismo. Abuela resultaba un caso raro de mujer culta, ya que las mujeres no tenían mucho acceso a los conocimientos. Ella sabía mucha historia de Cuba. Sabía historia de América, y conocía de geografía, español y hablaba en latín. Cada vez que se enojaba se ponía a hablar en latín.

Don Pepe, mi bisabuelo, era también un hombre de cultura, aunque no poseía una cultura tan profunda como la de mi abuela. Don Pepe conocía de política, de economía y de filosofía. Él fue quien trajo a Holguín los primeros libros de Marx, Engels y Lenin; y siempre se dedicó a proteger y ayudar a los jóvenes que mostraban interés por el estudio. Durante mucho tiempo, en su casa vivió y fue protegido el joven revolucionario Floro Pérez, al que después, en la década del treinta, asesinaron.

Mi abuelo don José García Portelles peleó con el mambisado, en la guerra de independencia que organizó José Martí, pero su nombre no aparece en las crónicas de Miró Argenter, ya que don José, cuando se produjo la intervención norteamericana, se negó a entregar las armas. Se negó a recibir los $ 75.00 dólares que el gobierno de los Estados Unidos le otorgaba a los mambises que entregaban sus armas. Por esa razón no fue incluido en el listado, y tampoco recibió su pensión de veterano.

El padre de mi bisabuelo don Pepe se llamaba don Ramón, y era primo del general Calixto García, uno de los proceres de la independencia cubana. La familia de los Calixto García, que incluía también a los integrantes de mi familia, se mantuvieron treinta años peleando por la independencia de Cuba, y muchos de los descendientes de estos hombres, han acompañado a los cubanos en sus luchas revolucionarias hasta hoy.

La tradición revolucionaria en nuestra familia se trasmitía de manera verbal, de una generación a otra; y el pensamiento que primaba era el de que, cuando uno llegaba a la edad requerida, tenía que hacer algo por defender a Cuba.

Recuerdo que cuando cumplí los siete años, una mañana se apareció mi bisabuelo don Pepe, sobre un caballo enorme. Paró el caballo frente al portal de la casa y sin bajarse de la cabalgadura le dijo a mi abuela que venía a recogerme para llevarme a pasear.

 

La ciudad de Holguín fue fundada en el centro de un fertil valle rodeado de elevaciones y colinas; y don Pepe le pidió a mi abuela Mercedes que me vistiera con la ropa más elegante, por que deseaba llevarme a pasear, y deseaba también hacerme un regalo.

Abuela me vistió corriendo. Me puso un vestido de pique azul con muchos encajes, zapatos de charol, y medias blancas, y me ajustó en la cabeza un gran lazo azulado para sujetarme los treinta y ocho bucles que yo poseía.

Fue así. Alguien me alzó, y me sentí por los aires, y pasé a ocupar un sitio en el caballo de don Pepe, que me sentó en la delantera de su montura, a la mujeriega; sentado en su muslo derecho, me sujetó las paticas con su brazo izquierdo, casi sobre el moño de la montura, y sentí los brazos fuertes de don Pepe, y mis piernitas que no sobresalían de la montura, y mi abuela que le decía a don Pepe:

-!Sujétela bien, don José!

Arrió su caballo mi bisabuelo con esa elegancia suya, y aqua enorme caballo cogió por la calle Libertad hacia arriba, y don Pepe, y yo, observando como iba saludando a todas las personas con las que se iba topando por el camino. Los saludaba con la cabeza, por que me llevaba sujeta con sus manos, y no podía quitarse el sombrero.

Lo cierto es que en algún momento yo le dije a mi bisabuelo don Pepe: abuelito, ¿y el regalo dónde está?

Él no respondió de momento, sino que continuó sobre aqua enorme caballo, hasta llegar al pie de una loma, de las rodean a Holguín. Se trataba de esa loma que se veía desde todas partes. La loma que era un símbolo en nuestro pueblo, y a la que todos conocían como La Loma de la Cruz.

Fue entonces que mi bisabuelo don Pepe dijo:

-Llegamos.

Lo miré, me imagino que con una mirada cargada de interrogación; pero el bisabuelo don Pepe no me dejó siquiera hablar una palabra. Comenzó diciendo que ese era el regalo, que ya me pertenecía. Esta loma -dijo-, perteneció, y ha pertenecido siempre a nuestra familia, y ya te pertenece a tí, y le pertenece a todos los cubanos. !Nunca te la dejes arrebatar, Merceditas!

Era yo la primera biznieta de don Pepe, y en raras ocasiones él venía por la casa de mi abuela. Don Pepe era de mediana estatura, con el pelo canoso, y una gran barba, intensamente blanca, y unos grandes ojos, fulgurantes, inteligentes, que en ocasiones parecían dos brazas de fuego. Los únicos ojos que en toda mi vida tuvieron un parecido a los ojos de mi bisabuelo don Pepe fueron los ojos del Che.

-La loma -continuó diciendo don Pepe-, te la regalo, pero cuídala mucho, y no te la dejes quitar.

Aquella fue la última vez que lo ví; aunque nunca he olvidado sus ojos, ni su rostro. Era un hombre extraordinariamente hermoso, varonil, lleno de sosiego y bondad. La esposa de don Pepe, mi bisabuela, doña Agueda, era una mujer bajita, chiquita, arrugadita, que estuvo alzada también durante la guerra que se inició en 1895, y murió en 1960.

 

 

   El llano: el clandestinaje

 

Comencé mis actividades dentro del movimiento estudiantil holguinero desde muy jovencita. Luego, cuando ingresé en el Movimiento 26 de Julio, ya se habían producido en Cuba importantes acontecimientos: el 30 de noviembre de 1956 la ciudad de Santiago de Cuba se levantó en armas, para apoyar el desembarco del Comandante en Jefe Fidel Castro y sus compañeros en el yate Granma.

Unos pocos días después, el ejército de la tiranía batistiana sorprendía a los expedicionarios en un lugar conocido como Alegría de Pío; y los combatientes revolucionarios fueron dispersados, perseguidos, y muchos asesinados. Incluso Batista anunció la muerte de Fidel.

Por entonces la tiranía ya había instalado en el regimiento de Holguín a uno de los oficiales más asesino del régimen: al coronel Fermín Cowley Gallego.

El coronel Cowley se caracterizaba por ser un hombre extraordinariamente sanguinario. Bastaban sospechas de que una persona no simpatizara con la dictadura, para que Cowley pudiera ordenar su muerte. En muchas ocasiones él ejecutaba personalmente a las víctimas.

De igual modo, cuando sus servicios de inteligencia le informaba los nombres de militantes revolucionarios o comunistas, esto significaba para ellos la muerte. Así ocurrió con la gran matanza que Cowley ordenó realizar en la noche del 25 de diciembre de 1956, día que ha pasado a la historia de nuestro país como las Pascuas Sangrientas.

En esta ocasión, Cowley ordenó el asesinato de casi tres decenas de militantes revolucionarios del 26 de Julio y del Partido Socialita Popular. En unas pocas horas estos patriotas cubanos fueron detenidos, salvajemente torturados y asesinados, enpueblos y ciudades de todo el norte de Oriente.

Algunos meses más tarde, Cowley también procedió al asesinato colectivo de los expedicionarios del yate Corintia. Estos expedicionarios, no lejos de la bahía de Nipe, se habían rendido a las fuerzas represivas. Les habían prometido que sus vidas serían respetadas, para ser juzgados por los tribunales. De esta masacre, sólo se salvó el compañero Virelles, quien puso en duda aquella promesa, y logró escapar.

La represión en la ciudad de Holguín era terrible; ya por entonces yo militaba en las filas clandestina del Movimiento 26 de Julio, y mi nombre de guerra era "Carmencita!

Fue entonces que la dirección del movimiento revolucionario 26 de Julio de Holguín, al mando del joven William Galvez Rodríguez, y con la autorización del jefe del movimiento clandestino en Santiago de Cuba, Frank País, procedió a juzgar y a ajusticiar al asesino Cowley.

En esa época, una de mis funciones dentro del movimiento clandestino era acompañar en sus viajes por el norte de Oriente a dos de los cinco compañeros que integraban la dirección del movimiento 26 de Julio en Holguín: a los compañeros Oscar Lucero y a Manuel Angulo.

En consecuencia, el movimiento revolucionario de Holguín procedió de inmediato a los preparativos para la ejecución del coronel Cowley, para lo que se integró un comando, con cinco compañeros, bajo las órdenes de William Galvez. Este comando sería el encargado de llevar a cabo esta riesgosa misión. También se designaron a dos mujeres para que fueran a vivir a la casa desde donde se iba a realizar la operación. Estas mujeres fueron Fredesvinda Pérez y María Mercedes Sánchez.

En realidad, el coronel Cowley, que tenía una deuda de sangre muy grande con el pueblo, se mostraba extraordinariamente desconfiado, y fue necesario que el comando saliera diecinueve veces hasta lograr su objetivo. Para esta ejecución fue necesario movilizar a todo el poderoso movimiento clandestino de Holguín. Decenas de revolucionarios se dedicaron a vigilar y a recoger información sobre los hábitos y costumbres del coronel Cowley; y después de quedar establecida una gran vigilancia y control sobre este coronel, se creó un sistema de avisos y señales que, desde todas partes de la ciudad, fluía hacia la casa donde se mantenía acuartelado el grupo revolucionario. Toda esta historia está recogida en el libro ¬Salida 19¬, del escritor William Galvez Rodriguez.

Efectuada la ejecución del coronel Cowley (uno de los pilares que sostenía a la dictadura batistiana) se desató sobre el norte de Oriente una feroz represión; pero el comando revolucionario, de manera escalonada, logró abandonar la ciudad de Holguín.

Manuel Angulo me había ordenado que si la represión lo exigía me dirigiera hacia la Sierra Maestra, para que me incorporara a la guerrilla de Fidel Castro. Después del ajusticiamiento de Cowley permanecí casi un mes escondida en varias casas de seguridad, dentro de la ciudad de Holguín; pero los servicios secretos de la tiranía apresaron al compañero Manuel Angulo, y a otros compañeros.

A Manuel Angulo lo torturaron salvajemente. Angulo conocía a todo el movimiento clandestino del norte de Oriente. Angulo conocía el sitio donde yo estaba escondida; pero no pudieron arrancarle una sola palabra; y me mantuve allí, en ese mismo lugar, sabiendo que Angulo no hablaría. Tenía la esperanza de que algo ocurriera; pero sólo ocurrió las más terribles torturas para Angulo y su asesinato.

No salí de Holguín hasta que no apareció el cadáver de Angulo. Angulo y sus compañeros fueron asesinados, cuando ya el comando que había ajusticiado a Cowley había logrado llegar a la Sierra Maestra, para integrar las filas del Ejército Rebelde.

Antes de ser detenido, Angulo me había explicado qué debía hacer para llegar a la Sierra; y cuando me vi en la necesidad de tomar el camino de la Sierra (pues yo comprendí que mi presencia en cualquier casa, implicaba la muerte para todo aquel que me rodeara) lo hice todo tal y como él me lo había orientado: mandé a Pachuco a comprar un pasaje en un omnibús especial, pasaje hasta La Habana, y me bajé con todo el equipaje en Las Tunas. Me bajé del omnibús con toda naturalidad, y salí caminando, tranquilamente, en busca del bufete de un abogado que me era conocido, miembro del movimiento clandestino en esa ciudad; yo dominaba el movimiento clandestino de Las Tunas, porque era la acompañante permanente de Angulo, y había visitado esa ciudad con él muchas veces; y como Angulo, cuando fue torturado no habló, el movimiento clandestino de Las Tunas continuaba funcionando igual que siempre.

Angulo, con aquel gesto tan heroico, había cambiado su vida por la seguridad de todo el movimiento clandestino del norte de Oriente.

La estación de omnibús de Las Tunas se encontraba muy cerca del bufete de aquel abogado; y yo eché a andar con aquella maletica que había llenado de ropa de noche. Eran ropas muy finas y caras; perfumes franceses, bisuterías de lujo; toda una cajita preciosa con doce clase de perfumes franceses; y una buena cantidad de bisutería plateada y dorada, con mucha piedrería, todo de oro y plata, por si los guardias me registraban, tuvieran al alcance todo aquello y se lo pudieran robar.

Puse en aquella maletica todo objeto que pudiera ser robable. Si se producía un registro, por alguna razón, y comenzaban a registrar, no iban a poner mucha atención en mi persona, sino en el contenido de la maleta; y desde luego, yo iba lujosamente vestida de invierno. Me puse una blusa bordada a mano por las monjas españolas. Me puse una falda negra de pana inglesa; y un fino sueter americano. Un reloj de oro. Aretes de oro y pulsas de oro; y todo lo dorado que pude y encontré a la hora de partir; y como siempre, como era mi costumbre, fui a sentarme al lado de un hombre joven.

Dejé la maleta así, al descuido, por si los guardias, cada vez que paraban los omnibus a las entradas de los pueblos, querían robar. Lo general era que cuando se producía un registro, o un control por parte del ejército, y registraban, siempre se robaban algo.

Me puse muy elegante, para tratar de borrar con el aspecto de la ropa, con el vestuario, lo sufrida que yo andaba, por el asesinato de Angulo y sus compañeros; sabiendo cómo los torturadores habían destrozado al pobrecito Angulo; y por ese otro sufrimiento que traía en el alma, por el hecho de no saber ciertamente qué era lo que había pasado con William. No sabía si William había logrado salir de Holguín. Si había logrado despitar los controles del ejército; ni en qué lugar estaba, ni en qué circunstancias estaba, ni los peligros que los amenazaban. Todos estos pensamientos, agolpados todo el tiempo, en mi cabeza.

  El bufete del abogado se encontraba como a cuatro o cinco cuadras de la estación de omnibus; pero como Las Tunas era un pueblo de mucho tránsito, no resultaba extraño que una muchacha elegante caminara varias cuadras, con una elegante cartera, y una pequeña maletica de lujo; y para no llamar mucho la atención, con aquel pelo castaño rojo de leona que yo poseía, lo que hice fue recogerme el pelo y ponerme un discreto pañuelo de cabeza.

Paré el omnibús en Las Tunas después que había pasado la emisora de radio, ya que por entonces los omnibus paraban donde el pasajero lo solicitaba; y me bajé con aquel pañuelo en la cabeza y abrí una sombrilla, que me tapaba la cabeza, la cara, la mitad de mi cuerpo, pues yo sólo pesaba cuarenta kilos.

Para salir de Holguín, había tomado muchas precauciones. Como tenía que estar cerca de la estación de omnibus, atenta a la hora en que partía del omnibús donde tenía reservación, fui y me situé casi enfrente de la estación, y mientras esperaba la hora de salida, lo que hice fue entrar en la iglesia de San Isidoro (que para mí esta iglesia siempre está llena de recuerdos); las iglesias, en Holguín, siempre fueron para mí un lugar de reposo, de descanso, de protección. El padre Lence, que era el presidente del patronato para maestros de Holguín, me conocía; y cuando me vio entrar, seguro que pensó que yo entraba ahí para rezar.

En la cartera yo siempre traía un pañuelito bordado, con el que me cubría siempre la cabeza, cada vez que entraba en alguna iglesia; y traía también en la cartera un abanico.

El bufete del abogado de Las Tunas se encontraba en una casa muy antigua. Estaba la sala, y había un primer cuarto, donde funcionaba el bufete, y detrás toda la edificación que servía de vivienda para la familia.

El abogado me conocía, y me recibió sin miedo; y enseguida mandó a buscar a dos muchachas bautistas. Las bautistas (que eran muy excelentes muchachas) me llevaron de inmediato para la casa de los dueños de una imprenta. La casa de Chichi, la esposa del dueño de la imprenta, que era la tía de Ramos.

Con el abogado no dije nada. En la clandestinidad nunca se decía nada; y al estar muerto Angulo, y ser yo la acompañante de Angulo, no tenía que hablar nada. Nadie preguntaba nada. Todo el movimiento clandestino me conocía. La dirección del movimiento de Las Tunas, digo, porque ya estaban acostumbrada a que yo fuera allí, como compañía de Angulo.

Luego me trasladaron para otra casa. Para la casa de los Concepción. A casa de Raúl Concepción y de su mujer Nelly; y fue a través de todos ellos, que logré contactar con Jorge García Cartaya.

Jorge estaba en Las Tunas; yo sabía que él estaba allí, y conocía también que él debía regresar a la Sierra, porque el Che lo había enviado a una misión a Las Tunas y a otros sitios del norte de Oriente, y concluidas las misiones que el Che le había encomendado, Jorge regresaría a la Sierra Maestra.

Cartaya conocía muy bien el camino que había que seguir para burlar el cerco del ejército y llegar hasta las montañas de la Sierra Maestra.

A Jorge le conté todo lo que había pasado. Lo que sabía; y le pedí que, por favor, me llevara con él. Jorge era muy joven. Era alto, con unos ojos muy negros; y era una persona muy sensible, que le gustaba la poesía de Martí y de Neruda. Jorge era muy sagaz, inteligente, astuto; y enseguida planeó cómo nos iríamos hacia la Sierra. Todo lo que se tenía que hacer, y cómo lo tendríamos que hacer.

Salimos de Las Tunas en tren, directo hacia Bayamo. Salimos vestidos discretamente, y yo con un poquito de ropa en el equipaje, como si estuviéramos por realizar un viaje, a casa de un familiar cercano; y se tratara de una pareja matrimonial.

No llevabamos armas; y por lo tanto, decidimos comportarnos muy coherentemente. Habíamos hablando de cómo debíamos conducirnos. Algunas de las cosas cotidianas en nuestra conducta. Los gustos en el comer, etc, para no entrar en ninguna contradicción que pudiera levantar alguna sospecha de alguien que, por el camino, pudiera observarnos. Como era usual en la provincia de Oriente, siempre sería Jorge el que iba a hablar, a decidir, qué era lo que se hacía, qué era lo que se comía, cuánto y cuándo se debía comer. Eso era lo común en una pareja de jóvenes orientales que se desplazara por carreteras, ferrocarriles, de una a otra ciudad oriental.

Debo decir además que Jorge era un joven muy valiente. Había cumplido importantes misiones, que le había encomendado el Che; la quema de cañaverales, sabotajes, contactos clandestinos; había estado en Holguín y nos habíamos conocido de manera clandestina, en la casa del comando; y yo sabía que él regresaba a la Sierra a incorporarse a la Columna guerrillera del comandante Guevara. Realmente Jorge era muy decidido y valeroso, no importaba que trajera el aparato represivo del ejército oriental detrás.

Holguín era una ciudad de cien mil habitantes; y el ejército de la tiranía, con su regimiento, y otras fuerzas que habían llegado de La Habana y Santiago de Cuba, estuvieron registrando casa por casa, comercio por comercio, calle por calle, institución por institución; sólo no fueron registradas las iglesias católicas, los asilos católicos, y los colegios católicos, que estaban atendidos por monjas. Todo lo demás fue registrado. Los omnibus, los camiones, los autos; y desde luego, las personas. Pero Jorge no tenía miedo, y por primera vez en un mes de intensa persecusión, me sentí segura y viajé hacia la Sierra Maestra tranquila.

En Las Tunas yo estaba en una casa situada a la entrada de la ciudad. De una finca, en los alrededores de Las Tunas, me llevaron para esta casa, en las afueras del pueblo. Era una casa de tabla y techo de guano, casa también de gente bautista, gente muy pobre; pero a pesar de estar en una absoluta pobreza, nos dieron comida. A esta casa vino la madre de Jorge Cartaya, una señora muy agradable, de una tierna sonrisa. Se le notaba el amor que profesaba por su hijo. Vino a despedirnos. A despedirse de su hijo, que regresaba de nueva a la Sierra. Recuerdo que esta señora, en la grata conversación que tuvimos, me pidió que le trasmitiera sus saludos a Fidel.

Allí, en aquella casa, en las afueras de Las Tunas, me volví a encontrar con Jorge Cartaya. En esa casa estuve todo un día; y yo no sé todavía de dónde aquella familia sacó los recursos para atenderme, de tan pobres de eran: hicieron un arroz con frijoles deliciosos (congrí oriental), y me frieron platanos y un bictec.

Esa noche dormí allí, en aquella casa; y al otro día, salimos para la terminal de trenes, para tomar el que nos iba a conducir hasta la ciudad de Bayamo. Llegamos a Bayamo de tardecita. Aquel tren se demoró como cuatro o cinco horas en llegar. Parecía que nunca iba a llegar. Se trataba de uno de esos trenes a los que nosotros los cubanos llamamos trenes lecheros, que paraban en cualquier paraderito, en cada y uno de los pueblecitos, en los caseríos, en las fincas por las que pasaba el ferrocarril; y cada vez que este tren hacía una parada, subía un montón de guardias; eran más y más militares, y Jorge me decía a cada rato que no me intranquilizara. En realidad, yo nunca me había, ni cuando varios batallones del ejército sitiaron a Holguín, y comenzaron aquel registro, calle por calle, casa por casa; pero ahora, por primera vez, en aquel dichoso tren, comencé a sentir mucho miedo: me entró miedo, de pensar que, con todos aquellos militares en el tren, yo no pudiera llegar a la Sierra. Al llegar a Bayamo nos dirigimos hacia un hotelito de tercera categoría. Jorge alquiló dos habitaciones. Habíamos decidimos dormir en cuartos diferentes, para evitar que nos fueran a coger a los dos. De esa manera, si trataban de apresar a uno, el otro quizá podía escapar. Todo eso del hotel se hizo con nombres falsos. Allí, en aquel hotelito de Bayamo, usé el nombre de "Carmencita".

Este nombre, el de Carmen González, ya lo había utilizado, cuando empecé a vender productos Abón; desde hacía largos meses yo tenía una especie de agencia de perfumes y cosmetería, y todo lo relacionado con la venta de estos productos, lo despachaba con el nombre de Carmen González. El nombre lo había tomado de una de mis tías, Carmen Rosa González.

Ese nombre, el de Carmen Gonzalez, aparecía en todos los documentos de los perfumes; y de esa manera me hice de una documentación con la casa matriz de Abón, de La Habana; era ya mi nombre clandestino; es por eso que cuando entró en Las Tunas y comienzo a rodar por la cadena clandestina de aquella ciudad, ya yo era Carmencita.

Dormimos esa noche en Bayamo; y tengo la impresión de que al empleado del hotel que nos atendió, le llamó mucho la atención de que alquiláramos dos habitaciones. Eran dos habitaciones, en el primer piso. Habitaciones interiores.

Dormí como un lirón. Jorge fue el que me despertó al amanecer. No desayunamos en el hotel; me tomé sólo un vaso con café con leche, que Jorge me trajo. Recuerdo que ya a esa hora los jeeps del ejército estaban patrullando las calles de Bayamo. Pasaban cargados de guardias, con ametralladoras y granadas; cuatro o cinco guardias en cada jeep, muy agresivos estos guardias.

Jorge fue hasta el comedor y regresó con el vaso con café y leche que ya dije, y como ambos teníamos conciencia de que la más buscada era yo, nos dispusimos a salir del hotel de inmediato.

Si la salida de Las Tunas, y aquel viaje en el tren y la llegada hasta el hotel de Bayamo, se hizo como si fuéramos gente sencilla, de pueblo, como campesinos; ahora yo abandonaba aqua hotel a todo lujo.

Me puse un vestido de paño gris y rojo, con una cartera carmelita, un par de zapatos carmelitas, y unos espejuelos oscuros, aunque las prendas de oro y plata las había dejado en la finca de Los Concepción, en las afueras de Las Tunas.

Salimos del hotel, y casi al instante encontramos un auto de alquiler que salía para El Dorado.

Del Dorado yo sólo tenía algunas referencias; sabía que era una zona de pequeños campesinos, que comenzaba en la misma orilla de la carretera de Bayamo a Manzanillo; y que allí se daban muy buenas peleas de gallos, y que en El Dorado existía además un afamado centro espiritista; pero sobre todo, que este Dorado era un lugar de conspiración, que había mucha clandestinidad entre los campesinos, y que era uno de los puntos más importantes para entrar y salir de La Sierra, si uno quería alcanzar con rapidez las primeras patrullas de avanzada situadas por el Che.

Al llegar el auto al Dorado, nos bajamos en el portón de una finquita que estaba sembrada de tabaco. En la casa de la finca nos recibió una dulce señora, con su esposo y tres niños. Vivían en una casa de yagua y guano. Era gente muy humilde, y era contrastante que yo me apareciera así, tan elegante, con Jorge, y un paquete donde traía un abrigo, dos sueters, un pantalón, dos mudas de ropa interior, y el cepillo de diente. Yo sólo cargaba con la cartera. Jorge traía el paquete.

Recuerdo que arribamos a la casa de campo de esta dulce señora a la hora del almuerzo. La máquina nos había dejado en la carretera, y tuvimos que avanzar por un camino, cosa de media hora, por entre todas aquellas finquitas, guardarrayas, con sus cerquitas de maya, y sus callejones y vías de tierra, hasta llegar a la casa de la señora de dulce rostro.

Resultábamos, sin dudas, una pareja algo extraña. Jorge y yo, tan elegante; pero es que como los ricos no se metían en política ni en los asuntos de la revolución, era muy difícil que alguien pudiera imaginarse en lo que andábamos. Lo que todo el mundo pensaría, seguramente, es que íbamos hacia ese lugar para una consulta espiritual.

Luego fue que llegamos a la casa de la espiritista. La que tenía aquel afamado y sonado centro espiritista, del cual se hablaba en toda la región.

El que parecía ser el hijo de la espiritista, conocido ya de Jorge, fue el que vino a saludarnos. Se mostró muy gentil, en el mismo ranchón donde la señora (su madre) solía efectuar las sesiones espirituales.

Recuerdo que la espiritista era una señora mulata, que enseguida me dijo tres: primero: que yo me quedaría en la casa de su hija; segundo: que Jorge se iba a quedar en su casa; y tercero: que esa noche iba a dar una sesión espiritista especialmente para mí; y que no me olvidara de que era para eso para lo que yo había ido hasta allí, para recibir una ayuda espiritual. La señora concluyó diciéndome que también me podía olvidar que por el camino real pasaban los carros del ejército, cargados de guardias, y que por favor, no me asomara ni a la puerta.

Jorge, mientras, dispuso que uno de los hijos de esta señora espiritista, saliera de urgencia hacia Bayamo, para comprar un par de botas tejanas, dos hamacas y dos frazadas.

El emisario volvió con el encargo antes de caer la noche; y esa fue la primera noche de mi vida que dormí en hamaca; en la que sería mi hamaca por mucho tiempo; y me tapé con aquella frazada, la que sería mi frazada de guerra.

El pasaje en auto, de El Dorado a la ciudad de Bayamo, costaba solamente veinte centavos. Eso fue lo que le entregó Jorge al emisario; y como estaba previsto, esa misma noche se efectuó aquella misa espiritual, con los vecinos de los alrededores; misa a la que asistí sólo un instante, por si pasaban los guardias no me fueran a ver.

Recuerdo que a esa misa asistió una familia entera, que vivía en la finca que estaba detrás del centro espiritual. Eran unos campesinos que poseían una bonita vega, y donde todos se dedicaban también a torcer los tabacos.

Toda esa gente me llenó de mucha ternura. Me llenaron de amor; y me dieron también muy buena comida; me hicieron una buena y sustanciosa sopa de pollo, con fufu de platanos, algo que mi abuela solía hacerme.

La misa espiritual era realmente interesante; se haló lo que se dice el cordón oriental, y se cantó y se convocaron a los muertos; y esa noche, en la casa de la dulce señora, me dio una fuerte crisis de asma y no pude dormir; me pasé toda la noche orinando en una lata; y como yo dormía en refajo, la dulce señora, que era una campesina de verdad, se maravilló con el lujo de aquel refajo de seda que yo traía. Ella nunca había visto un refajo así; y como yo al otro día, partí con Jorge, a campo traviesa, en busca de las estribaciones de la Sierra, lo que hice fue dejarle de regalo a la dulce señora toda aquella ropa de lujo, incluso el refajo; y ella, que nunca había visto una ropa así, la guardó de recuerdo.

Tomamos café y nos fuimos. Salimos del sitio de la dulce señora a caballo, por los trillos interiores que unían todas aquellas fincas, con cercas de mayas y taranquelas, entre sitio y sitio.

Echamos casi tres horas largas a caballo, yo a la zanca de Jorge. Era un caballo con un tono carmelita; y casi a la media mañana fue que alcanzamos las primeras elevaciones. Dejamos el caballo entonces en la casa de una señora negra. La casa era de piso de cemento y techo de zinc; y allí nos vino a buscar un hombre, que nos llevó a pie, hacia las estribaciones de la Sierra, hasta que, ya de noche, encontramos al primer grupo de alzados.

Se trataba de una escuadra (siete, quizá ocho hombres) de rebeldes, dirigidos por el teniente Alcibeades Bermudez; y cual no sería mi sorpresa, cuando Alcibeades vino a saludarnos y yo observé que aquel hombre que respiraba con dificultad, tenía un profundo parecido físico con Fidel. Luego me enteré que hacía meses que andaba alzado; que formaba parte de las avanzadas de las tropas del Che; y que era un hombre que estaba muy enfermo del corazón, y las alturas le hacían mucho daño, a pesar de lo cual resultaba para la guerra un hombre muy valeroso y útil.

Allí, con los seis o siete hombres del teniente Aldibeades Burmudez se encontraban tres civiles; estaban recién llegados: Agustín, un habanero, de oficio carpintero; y dos campesinos, uno de apellido Oliva y otro nombrado Nando Chacón.

Nos quedamos allí, en las estribaciones, en una cueva, en espera de la llegada de otra persona; los tres civiles, Jorge y yo, y la escuadra de Alcibeades.

Fue al cabo de un cierto tiempo que apareció la persona esperada, que resultó una mujer mayor, hermosa, sobre lo grueso, de grandes ojos, que miraba con mucha ternura. Cuando esta señora llegó me dio la impresión de que se trataba de una dama muy importante, pues todo el mundo la saludó con mucho respeto y cariño; pero como yo no me moví del lugar donde estaba, a la entrada de la cueva, fue ella la que vino a saludarme.

Me preguntó mi nombre, y yo le dije que me llamaba Carmen; y ella se presentó como Lidia. La señora había traído un poco de queso, galletas, y dulce de guayaba que alcanzaba para todos; y después que ingerimos aquellos alimentos, ya de noche, dejamos la cueva y nos internamos por los trillos de la Sierra.

La señora Lidia, dada su gordura, se desplazaba muy despacio, en medio de la noche; y yo casi todo el tiempo a su lado. A Lidia le resultaba muy fatigoso caminar; y en la primera oportunidad, cuando le pregunté qué era lo que le pasaba, por que caminaba tan lentamente, me dijo que nada, que eran ya sus cuarenta y seis años; pero yo pensé que no, que se trataba de su gordura, y le hice la segunda pregunta:

-Entonces ¿por qué te alzas?

Ella movió su cabeza, y me miró y me dijo:

-No, yo no me alzo; yo estoy alzada, y voy a ver al Che.

Como en la clandestinidad y en una tropa no se pregunta nada, fue así cómo me enteré cuál sería mi destino.

 

     En la Sierra Maestra

 

La escuadra del teniente Aldibeades Bermudez estaba integrada por gente muy joven. Bien uniformada. Bien calzada. Bien armada; y esto me hizo pensar que todo el ejército guerrillero de Fidel Castro poseía la misma estampa. Todos bien provistos de todo.

De los tres civiles, Nando Chacón era el más grueso, y también caminaba con mucha dificultad. Todo aquel grupo de Alcibeades Bermudez estaba compuesto esencialmente por campesinos; y todos iban muy cargados, con fusiles y cananas y balas y cantimploras y enormes mochilas en las espaldas.

Desde el primer momento, Alcibeades me pareció un hombre muy inteligente, muy educado, y muy cortés. Alcibeades no me hizo ninguna o casi ninguna pregunta; y no sé si con los otros se comportó también de esa manera.

Ibamos caminando por el monte, ya de tardecita, en ese horario del oscurecer, atravesando cafetales, ascendiendo la montaña. En los dos primeros días de andar con la tropa de Alcibeades, yo no comprendía bien por qué avanzábamos tan lentamente. Luego me dí cuenta de que esto lo hacía Alcibeades en atención a lo lento que caminaban Nando Chacón y la señora Lidia. Alcibeades acompasaban el paso de su escuadra al avance nuestro.

Caminamos toda esa noche; y al amanecer hicimos un alto y nos acostamos a dormir, dentro de un cafetal. Esta caminata por las montañas, con la tropita de Alcibeades, duró tres o cuatro días. Caminábamos de noche y dormíamos de día. No cocinábamos. Lo que se comía era queso, galletas y sardinas y leche condensada; y al tercer día acampamos también dentro de un cafetal; y fue allí que nos trajeron la primera comida cocinada. La trajeron de la casa de un campesino: puerco asado, arroz y viada. Fue la primera vez que comí chopo (una variedad de malanga) y platanos marteños, a los que le dicen fongos.

Pasamos la noche allí, en aquel cafetal; y a la mañana siguiente salimos a caminar a pleno día. Le pregunté a Alcibeades que por qué caminábamos ahora por el día, y él respondió que ya estábamos en un territorio dominado por los rebeldes.

Era el 24 de diciembre de 1957, y de tardecita llegamos a una casa campesina donde estaban celebrando la Noche Buena. La casa, de madera y cinc, con el piso cementado; y a mí me resultó muy interesante el recibimiento que nos hicieron no sólo los dueños de la casa, sino todas las personas que estaban en aquel lugar. Nadie nos preguntó nada; ni el nombre, ni de dónde veniamos, ni hacia dónde íbamos.

Estábamos ya en plena Sierra Maestra; y ninguno de nosotros dijo cómo se llamaba, ni si teníamos parentesco con aquella familia, o con algún vecino; pero todos nos tratamos como si fuéramos viejos amigos. En aquella casa nos brindaron una excelente comida: congris oriental, una abundante ración de puerco, chopo hervido y café.

Allí todos nos trataron con gran cariño, como si nos conociéramos de toda la vida; aunque realmente, nadie sabía nada de los otros. Era como si algo muy profundo, muy grande, nos uniera. Era como si yo hubiera llegado a mi casa. Como si hubiera llegado al mejor sitio de la tierra, al sitio más lindo, y una eterna amistad nos uniera a todos.

Al que conocían era a Alcibeades. Le decían teniente. De todas maneras, nosotros no rompimos el grupo. Fue algo casi instintivo; no nos diluimos entre los que estaban en la casa, aunque esto nadie lo había ordenado.

Después de comer, bailamos dos o tres piezas, entre nosotros, con la música de un radio de pilas, en aquella sala que estaba iluminada por un par de candiles, y nos despedimos, y nos internamos con rapidez en los cafetales cercanos.

En la casa también se encontraba un guitarrero; gentes con maracas y claves; una especie de pequeño grupo de músicos campesinos, y tan pronto como abandonamos la casa, aquel conjunto comenzó a tocar. Estuvimos oyendo aquella música un buen rato, quizá más de dos horas, mientras caminábamos, alejándonos cada vez más, hasta que la música dejó de oirse en la distancia, y Alcibeades ordenó hacer un alto.

Mientras permanecimos en aquella casa, todos nos mantuvimos muy cerca de la puerta de entrada y de las ventanas, agrupados; y al salir de la casa nadie fue hasta el portal a despedirnos, pienso que para no husmear hacia l rumbo tomaba la tropita del teniente Alcibeades Burmudez. En aquella casa, fue la primera vez que vi platos de loza en la Sierra. No volvería a ver los platos de loza hasta meses después, cuando iniciamos la invasión hacia la zona cafetalera de lo que sería el III Frente Rebelde, bajo la órdenes del comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque.

La música tocaba y nosotros sin dejar de caminar; sucede que en las noches las voces o una música pueden oírse a grandes distancias, cuando uno avanza entre las montañas.

Al otro día, casi al atardecer, llegamos a un campamento rebelde conocido como la 34. Aquel también era un sitio de tránsito; un paraje donde se recibían y almacenaban los abastecimientos; todo lo que tuviera que ver con la logística del Ejército Rebelde. Eso ya en plena Sierra Maestra. A dos pasos de El Hombrito, donde se encontraba por entonces el campamento del Che.

El dueño de la finca, donde se encontraba la 34, se nombraba Orestes, y me dio la impresión de que no era un campesino realmente, sino un intermediario. Uno de esos comerciantes que suelen comprarle los productos a los campesinos para comerciar con ellos; y por además, me dio también la impresión de que se trataba de una mala persona.

Estuve alojada tres o cuatro días en aquella casa del dueño de la 34, hasta que llegó el Che. Fueron estos días muy importantes para mí, ya que tuve el honor de conocer y de ser conocida por una de las más excepcionales mujeres que haya conocido en toda vida. Ese extraordinario y maravillo ser que era Lidia Doce.

Lidia era una de las más importantes mensajeras de la Columna No. 4 del Che. Entre sus responsabilidades estaba el conocer todo el movimiento del ejército de la dictadura en la zona montañosa de San Pablo del Yao, en los llanos de El Dorado, y en los alrededores de Bayamo, donde operaba el puesto de mando de las tropas de Batista en la Sierra Maestra.

Lidia se valía de una casi red clandestina que había organizado; poseía (y las dos pensábamos de esa manera) redes que dentro del movimiento clandestino sólo trabajaban para ella. Lo mismo que yo había organizado dentro del movimiento clandestino de Holguín.

Le dije que esto daba un excelente resultado; que en Holguín yo había organizado este sistema en tres grupos: uno estaba formado por estudiantes universitarios, otro por mujeres que eran amas de casa; y un tercero por mujeres que trabajaban en distintos puntos de la ciudad. Una valiosa colaboradora lo fue la maestra Josefina del Toro, que yo había reclutado en la Escuela para Maestros Normales de Holguín.

Entre las amas de casas, estaba mi modista Marina Tanda Oliva; y Ramona Docampo, quien trabajaba en la bodega de su esposo; y la casa de Gloria, donde yo a veces me quedaba a dormir; y Leonor Antuño, entre otras valiosas compañeras.

La actividad común de cada uno de estos tres grupos era vender bonos para recaudar fondos y recursos económicos; y recoger información de todo lo que sucedía en el pueblo, y en el barrio. La información primera era: Conocer quiénes eran los agentes secretos de la dictadura, es decir los delatores. (2) Qué familias o personas apoyaban al régimen de Batista, sin que esto fuera conocido publicamente. 3. Cuáles eran las familias que simpatizaban con la oposición a Batista y con la Revolución; y cuáles simpatizaban con el pensamiento de los comunistas; y sobre todo, con el movimiento revolucionario que había desencadenado Fidel Castro, que ya estaba alzado en la Sierra Maestra. Por último, saber quiénes eran las personas que estaban presas.

Eso era lo fundamental. Además, la célula de las mujeres que trabajaban en la calle, eran las encargadas de llevar los recados, mensajes y encargos. Había otro número infinito de tareas, pero se ponía mucho énfasis en lo relacionado a la recogida de información.

Estas señoras también solían guardar avituallamientos, propaganda; y apoyaban todo lo relacionado a resguardar o esconder a los revolucionarios perseguidos o que anduvieran de tránsito por la ciudad de Holguín.

La vigilancia revolucionaria en esa época sobre el enemigo, educó mucho al pueblo para que más tarde se agrupara en las distintas organizaciones de masas, después del triunfo de la Revolución. Fue realmente encomiable la participación de las mujeres en el movimiento clandestino de Holguín.

De todo esto hablé con Lidia Doce, sin precisar nombres, sin precisar sitios. Hablamos de la estructura del movimiento clandestino; y no le hablé de William Galvez, ya que por entonces no sabía si el había logrado llegar a la Sierra.

Lidia, en cambio, me contó su vida. La vida de sus hijos; y dijo que ella siempre había sido un ser desdichado, hasta el día feliz en que se encontró con el Che. Me dijo también que el Che era la persona que ella más quería en el mundo; aunque, claro, era muy notorio, cualquiera podía darse cuenta que sus simpatías personales, femeninas, pertenecían por entero a Alcibeades Bermudez; y comprendí de inmediato que el amor de Lidia por el Che era de otro naturaleza, algo parecido a lo que yo sentía por Fidel.

Le pregunté que por qué sentía ese amor tan excepcional por el Che, y me contestó que al Che le debía la vida de su hijo. Le pregunté entonces, con esa especie de inocencia que podría tener una jovencita como yo, que si quería más al Che que a Cuba, y me respondió que ambos amores eran una misma cosa.

Luego, meses después, en medio del proceso insurreccional, se supo que los servicios policiacos de la tiranía la hicieron prisionera, al otro lado de la bahía habanera, en la zona de Regla, mientras cumplía una importante misión que le había encomendado el Che. Lidia fue capturada y salvajemente torturada, y después desaparecieron su cadáver. Nunca se ha sabido dónde está.

Lidia, la que tanto conocía sobre el movimiento clandestino cubano, no le pudieron arrancar una sola palabra. A ella, y a Cloromira Ferrals. El primer biógrafo de estas dos grandes heroinas del movimiento revolucionario cubano, fue el comandante Ernesto Che Guevara, en su libro ¬Pasajes de la guerra revolucionaria¬.

De este primer encuentro con Lidia, entre otros inborrables recuerdos: quedaron dos fotografías que nos hicimos en la Sierra Maestra con el Che. Estas fotos las encontré en los primeros días del triunfo revolucionario, en los archivos del BRAC (Buro de Represiones Anticomunistas), en La Habana.

Recuerdo que en la Sierra, en algún momento, le pregunté a Lidia que si estábamos tan cerca del campamento del Che, por qué no seguiamos la marcha hasta donde él se encontraba; y Lidia me dijo que no, que el Che venía a reunirse con ella; porque ella, ya, físicamente, no podía continuar con aquella recia caminata; yo pienso que no, que no se trataba de eso; que era justamente por el teniente Alcibeades Burmudez, que estaba muy enfermo del corazón, y que continuar hasta La Mesa, donde estaba el Che, era en realidad un esfuerzo demasiado enorme para su delicado corazón, por lo difícil del paraje y la altura, donde Che tenía instalada su jefatura.

El sitio de la 34 estaba situado en la cima de una loma, desde donde uno podía contemplar el más hermoso de los paisajes serranos. Desde aquel lugar se podían observar todos los verdes posibles; todos los verdes capaces de producir la naturaleza, en estas bellas islas caribeñas.

Las nubes pasaban muy cerca de nuestras manos; y los valles estaban a nuestros pies. Uno sentía allí una sensación de unidad entre el cielo y la tierra. Esa fue la sensación primaria que me dio aquel lugar. Nunca más he sentido algo parecido, en cualquier otro sitio. Nunca más he sentido esa sensación de profunda placidez, a la vista de hermosos ríos y arroyos, de los verdores de los cafetales, entre los intensos verdes de las arboledas, y el verdor de las montañas, con sus banqueos, sus trillos, de un lado a otro de la abrupta montaña, por donde solían transitar hombres y arrias de mulos.

En la 34 había tres casas; eran casas algo distantes entre sí; tres viviendas y tres secaderos de café. Los secaderos en forma de terrazas. Una de aquellas viviendas estaba habitada por una familia campesina. Las otras dos estaban a disposición de Orestes; viviendas que habíamos ocupado nosotros; aunque, de noche, la tropita de Alcibeades Burmudez se alejaba un poco de aquel sitio, y para dormir hacían campamento dentro del cafetal; tendían las hamacas entre los árboles, a excepción de Lidia y yo, que permanecimos las tres noches en la casa vivienda.

Al tercer día, estaba yo parada en uno de los secaderos, en el que se encontraba en el sitio más alto de la finca, cuando noté que por una ladera de la montaña comenzaba a bajar un mulo, un hombre y un niño. El hombre traía una gorra; y el que parecía un niño, una boina.

El mulo venía a paso lento. De inmediato dí el aviso; y de todos, en la tropita de Alcibeades, Lidia fue la que dijo:

-¡ Ahí viene el Che !

El Che era el que venía montado en el mulo. El muchacho caminaba delante. En la distancia, daba la impresión de que el muchacho traía al mulo por las riendas. El muchacho caminaba tan rápido como el mulo; y daba la sensación de que poseía la misma agilidad del animal.

Debo decir que cuando observé al muchacho me dio mucha envidia, caminaba sin mirar para el trillo, sin mirar para el suelo; como si conociera de memoria cada escollo del camino, cada tronco, cada piedra, cada risco, cada pequeña hondonada, por aquel sendero de montaña; aquel muchacho no tenía que hacer como yo ni como otros compañeros, él avanzaba con rapidez, con la mirada siempre puesta en la distancia.

Los dos, el hombre y el muchacho, traían fusiles y pistolas al cinto; y avanzaba por aquel trillo con tal armonía, que uno podía sentir envidia.

El camino por el que venía el Che pasaba como a cincuenta metros por debajo del secadero de café; pero el Che no llegó hasta el secadero, donde se encontraba nuestro grupo, sino que se bajó del mulo antes de llegar; se bajó lentamente, tal parecía que pusiera sumo cuidado en hacerlo, mientras el muchacho agarraba al mulo por las riendas, y Alcibeades Burmudez y otro compañero salía a su encuentro.

Se saludaron. El Che le dio la mano a Alcibeades. Del mulo se hizo cargo el otro, el que iba con Alcibeades.

El Garand que traía el muchacho (muchacho que más tarde supe que se nombraba Guile Pardo; uno de los varios hermanos Pardo que ya estaban alzados en la Sierra Maestra) daba la impresión de ser más grande que él.

Guile enseguida se alejó del Che. Lo hizo como si fuera a explorar la zona; y sólo apareció al otro día, cuando ya el Che estaba por marcharse de la 34.

Lo cierto es que después, cuando pude observar el rostro del Che, no me pareció en absoluto que fuera el hombre de la foto que meses atrás yo había visto publicada en la revista Life.

El Che no llegó a donde estaba el grupo. Venía vestido de uniforme verdeolivo completo, con botas y todo, pero sin mochila; y traía los bolsillos repletos de papeles y cosas.

A la primera persona que el Che recibió fue a Lidia Doce. La recibió debajo de los árboles, entre el cafetal. A Lidia le pusieron un asiento (un taburete). Lidia sentada en un taburete.  El Che sobre un tronco. La entrevista que el Che sostuvo con Lidia fue la más extensa de todas las que tendría esa tarde. Hablaron como a cien metros de donde estábamos nosotros, entre los árboles y los cafetos; y al concluir la entrevista que el Che sostenía con Lidia, le tocó el turno al teniente Alcibeades Bermudez.

Cuando Lidia terminó de hablar con el Che, dejó el taburete y vino para la casavivienda. Entró en la cocina como si fuera un bólido. Nunca pensé que una señora tan gruesa pudiera mostrarse tan ágil.

Recuerdo que me dijo:

-         ¡ Popa ! -antes de que llegara el Che a la 34, ya Lidia había comenzado a llamarme Popa-.  ¡ Vamos a cocinar !

Le dije:   -¡ Eh !  ¡ Eh !  Es que yo nunca he cocinado.   Entonces Lidia comenzó a preparar un arroz con pollo, pero como se trataba de preparar comida para unas quince personas, me dio la impresión de que Lidia era un bólido, con aquel enorme caldero de arroz con pollo que estuvo en un santiamén, acompañado con empanadillas.

El arroz con pollo estuvo justamente en el instante en que me tocaba a mí conversar con el comandante Guevara.

Me acerqué lentamente al Che. Me detuve como a un metro de distancia, antes de llegar a él; yo esperaba que él se pusiera de pie, que abandonara el tronco donde había permanecido sentado, primero conversando con Lidia y después con el teniente Burmudez; y me saludara, no sé, que me estrechara la mano, y me dijera algo, y me invitara a sentarme en aquel taburete que antes habían ocupado otros compañeros; pero para mi sorpresa, el Che lo que hizo fue mirarme con aquellos grandes ojos que poseía, y desde el tronco donde permanecía sentado, comenzó a recitar:

 

        ...FUE ALGO FORMIDABLE

           QUE VIO LA VIEJA RAZA

           INMENSO TRONCO DE ARBOL

           AL HOMBRO DE UN CAMPEON...

 

Luego guardó silencio, y yo, de manera casi instintiva, continué:

 

        ...!EL TOQUI! !EL TOQUI!

           GRITO LA NUEVA RAZA

           Y ANDUVO ANDUVO ANDUVO

           TRES DIAS CON TRES NOCHES

            EL GRAN CAOPOLICAN...!

 

Después, sus primeras palabras fueron para preguntarme qué libros había llevado conmigo para la Sierra. Le dije que dos. Mis favoritos: José Martí y Pablo Neruda.

-¿Y qué otro poeta te gusta a vos?

Le respondí que también me gustaba la poesía de Rubén Dario, pero que los dos poemas que más impresión me habían causado en la vida era el "Jicotencal" de Placido; y la "Oda al Niagara", de José María Heredia, afamados poetas cubanos del siglo XIX.

Entonces me preguntó que si conocía la poesía de Nicolás Guillén; y cuando le dije que no, que nunca había leído a Guillén, me dijo:

-Pues vos te has perdido casi toda la vida.

Me quedé así, algo desconcertada; y fue entonces que tuve la certeza que algo le ocurría, que era como si le costara trabajo respirar, aunque tratara de disimularlo. Respiraba despacio, profundo, como hondo; y sus palabras resultaban lentas, despaciosas, eran parte de todo eso que le pasaba, aunque no se le sentía el pito de su asma.

-Bueno -dijo, despaciosamente, como antes-, conoces alguno de los comunistas de tu pueblo?

Le dije que sí, que conocía a varios; y que eran excelentes personas, que eran muy perseguidos, y que eran gente muy sufrida, a causa de la represión que los servicios secretos de la tiranía ejercía sobre ellos.

Le dí nombres, lugares, sitios donde se encontraban algunos de los comunistas que yo conocía...!

Luego de este primer intercambio, Lidia nos interrumpió. Llegó con aquellos dos platos de un suculento arroz con pollo, y empezamos a comer. Entre los comentarios de la comida, el Che se interesó en saber qué era lo que yo había estudiado. Le informé que había estudiado en la Escuela Normal para Maestro de Holguín, y que pensaba ser maestra cuando concluyera la guerra. Que conocía un poquito de inglés y de francés.

También me preguntó si había sufrido algunas enfermedades, y le dije que la varicela y varias pulmonías cuando era una niña, y un poco de paperas; y acto seguido él me dijo ¿vos te has casado alguna vez? ¿tienes hijos?

Le dije que no, que yo era una señorita de mi casa.

Y él, que me dice  ¿y vos qué queres decir con eso?

-Que soy una señorita, Che.  Que nunca me he casado!

Fue entonces cuando me dijo que la actividad fundamental que yo iba a realizar en la Sierra Maestra sería la de ser maestra. Dar clases. Que era necesario que ayudara a alfabetizar a todos los muchachos. La tropa rebelde, que en su mayoría eran de origen campesino; jóvenes serranos analfabetos, y que yo debía arreglármelas para que aprendieran a leer y a escribir. Que en especial, él me recomendaba la atención de Joel Iglesias; aunque en ese momento Joel se encontraba muy enfermo. Había sido herido de mucha gravedad en uno de los recientes combates. También debía de encargarme de alfabetizar a un campesino llamado Polo Torres, a quien Che apreciaba mucho; y que no me olvidara de ninguno de esos nombres, incluyendo a Juanita, la mujer de Polo.

No sabría precisar cuánto tiempo transcurrió en aquella conversación que sostuve a solas con el Che. Recuerdo que él se interesó por mis familiares; y yo, en reciprocidad con aquella gentileza, le pregunté por los suyos; y cuál no sería de nuevo mi sorpresa, cuando, de la manera más natural del mundo, Che empezó a hablar detalladamente de toda su familia: de la que estaba en la Argentina; y dijo que era un hombre casado, y que tenía una hermosa hija, y que su papa y su mama estaban vivos, y que Él los adoraba, y que poseía varios hermanos, y cuatro tías, etc, etc.

Luego de todo esto, de lo que yo había provocado con aquella pregunta, decidí no hacer ninguna otra pregunta de cortesía.

En la medida en que Che iba hablando de toda su familia, se notaba que lo hacía con mucho amor; y entre una y otra palabra, llegó el momento en que pregunté cuando íbamos a salir para su campamento, el que se decía que estaba en El Hombrito; y Él me dijo que dentro de unos pocos días nos mandaría a buscar. Que por ahora debíamos quedarnos allí, en la 34.

Esa vez, entre otras cosas, le pedí permiso para darle a Lidia Doce la dirección de mi familia en La Habana. Le dije que si Lidia, en algún momento, pasaba por La Habana, yo tenía interés de que fuera a ver a mi mama, para que me enviara un radio de pilas, dinero y una linterna y algunas otras cosas que yo deseaba o pensaba que iba a necesitar durante mi vida de guerrillera.

En todo el tiempo en que estuve en el campamento de la

Columna No. 4, que dirigía el Che, esta fue la única vez que hablé con el comandante a solas. En lo adelante, por circunstancias propias de la misma de la guerra, en los encuentros y conversaciones, siempre concurrieron otras personas.

Esa noche el Che se quedó a dormir en la 34; y como el Che no traía su mochila, le presté mi hamaca y mi frazada, y dormí en una cama de la casavivienda.

De aquel primer encuentro con el Che, guardo un imborrable recuerdo. Esa noche, desde la habitación contigua, donde Che había tendido su hamaca, en aquella casa del cafetal, empecé a oír aquel pito de su asma, que en ocasiones no le dejaba ni un minuto de sosiego; y yo, por mi parte, comencé a respirar muy fuerte, muy hondo, para que a través del tabique no se fuera a sentir también el pito del asma mía; y antes de dormirme, pensé que había estado bien que no le dijera al comandante que yo también era asmática, y que a mí la crisis de asma sólo se me quitaba cuando tomaba aceite caliente.

En realidad, mi asma sólo se producía en los medios muy húmedos o muy perfumados, y era un asma leve, que a veces tenía poca significación.

A la mañana siguiente, poco antes del amanecer, sentí que ya el Che estaba despierto. De todos, creo que Él fue el primero en levantarse. Lo ví, todavía muy temprano, sentado ya en la hamaca. Estaba leyendo, y a poco Lidia Doce fue hasta donde Él estaba y le llevó un jarro con café fuerte y caliente. Después, Lidia vino y me trajo a mí un café fuerte y caliente, pero con azúcar.

Terminado de tomar este café, nos fuimos hacia uno de los secaderos de la finca donde nos tiramos varias fotos. Había una foto en la que estaba el Che y yo, solos; pero esa foto yo se la entregué a mi tía Olga Dotres, cosa que lamenté profundamente, porque nunca he sabido más de ella.

Luego de sacarnos las fotos, Che se despidió. Lo vimos partir, montado en el mulo. Con Él se fueron Guile Pardo y Jorge Cartaya. Los demás nos quedamos allí, en aquel cafetal de la 34, en espera de sus órdenes.

 

 

informó el Museo “ ERNESTO CHE GUEVARA ” de Caballito, CABA

calle Rojas 129, esq. Yerbal, Buenos Aires  (cod. AAC 1405) 

Visitar lunes a viernes de 10 a 19 hs. (corrido) – entrada libre y gratuita

Escuela de Solidaridad con Cuba “ CHAUBLOQUEO ”

Registro donantes voluntarios de Células Madre  (INCUCAI)

Coordinador Mesa Vecinal Participativa en Seguridad de Caballito

Telef.   4 903 3285   Irene Perpiñal -  Eladio González  -  Toto  

email    museocheguevara@fibertel.com.ar              

Blog    http://museocheguevaraargentina.blogspot.com/

 

 




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