domingo, 6 de mayo de 2018

Marx pensador del mercado mundial Laclau robotico Hegel Juan Chaneton museo Che Guevara Buenos Aires devuelvan Guantanamo a Cuba

Marx, pensador del mercado mundial

Juan Chaneton

Si el caso fuera que está naciendo una época, evocar a Marx, hoy, es interrogarse por su vigencia. Pero, en este punto, debemos saber que la cuestión central es, apenas y nada menos, que aprehender la naturaleza del capitalismo tardío mundial y de precisar el lugar que el marxismo ocupa en él. Y ese programa intelectual no se lleva bien con facilismos de ningún tipo.

Las tasas de retorno que empiezan a prevalecer en el mercado global están ligadas a la revolución tecnológica, es decir, a la robótica y la inteligencia artificial. Esto significa que junto a la modernidad ha desaparecido también el rol de punta de la producción industrial clásica como espacio privilegiado para la realización de la ganancia. ¿Qué pasará, entonces, con esa industria que es la base material sobre la que desplegaban sus tensiones aquellos burgueses y proletarios del Manifiesto Comunista de 1848? La crítica vulgar da por difunto a Marx en este punto.

Y eso no es todo. Hay nuevas y más sutiles impugnaciones. Exhiben un aire de familia con aquellas cibernarrativas con base ideológica en el altermundismo de Naomí Klein. Es el caso de autores como Paul Mason y su PostCapitalism: A guide to our future (hay edición castellana: Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro; Paidos, Bs. As., 2016).  El valor ya no se mide por el coste de los insumos -dice-, pues la informática impone la tendencia hacia el coste marginal cero. La sociedad hiperconectada más el “internet de las cosas” ya están para jugar en primera y producir el milagro: una sociedad no capitalista sin necesidad de luchar por el poder político del Estado y otras antiguallas del siglo XX. La información, en la era digital, es abundante, vertiginosa y gratuita. Comienza a crecer, por fuera de la lógica del mercado y en contra de éste, una nueva manera de producción, circulación y consumo. Una suerte de mundo feliz, a lo Huxley, nos espera.

Pero, sea como fuere, al parecer ha variado poco, en lo estructural, la dinámica sistémica. Ésta reposa en la fórmula c + v + p = Co, donde c es capital constante, v es capital variable, p es plusvalía y Co es composición orgánica del capital. Si agregando maquinaria (capital constante) al proceso productivo descendía la tasa de ganancia, hoy el esquema modélico da cuenta del mismo fenómeno: la ganancia tiende a la baja cuando se incorpora capital constante, sólo que éste, ahora, es una máquina herramienta de nuevo tipo, el robot y la inteligencia artificial, el software y los sensores laser, informática mediante. La antedicha fórmula es un descubrimiento de Marx.

Y el sistema global, como Saturno, devora, así, a sus propios hacedores. Organizar la empresa en torno a valores vinculados al bien común, a la solidaridad social y al principio de la producción es propio de una modernidad obsoleta. Sólo queda hacerlo privilegiando la eficiencia y la productividad. Quien no hace esto último, perece. Quien lo hace, dilata un poco más el arribo de la crisis. Mientras tanto, los espacios nacionales marginales en los que cobra vida esta tragedia sobreviven entrando en una dinámica alocada y temeraria de deuda y consumo. Se trata, entonces, de una tensión estructural en la base del sistema mundial que tiende a resolverse pero siempre de un modo que nunca garantiza su superación definitiva. El desempleo estructural asoma, aquí, como  epifenómeno de este funcionamiento sistémico.

Pero la relación de Marx y el marxismo con el capitalismo vesperal tiene también su costado más específicamente político. Otro tributo que la modernidad parece estar obligada a rendirle a la globalización cultural de hoy es la amputación de Lenín del corpus teórico del marxismo, a quien el siglo XX vio erguirse rutilante, junto al pensador de Treveris, en el significante “marxismo-leninismo”. Hoy se trata de marxismo, a secas, y ello está implicando, con toda evidencia, un tácito cuestionamiento y, en simultáneo, una propuesta de acción. Se cuestiona aquel acontecer del siglo XX atravesado, de cabo a rabo, por conceptos duros como partido, poder y clase, y lo que se propone en su lugar es una especie de aglomeración movimientista (la “multitud” en el relato de Hardt y Negri) que define sus objetivos por la negativa (“no capitalismo”, “antisistema”), donde nadie tendría, en principio, derecho a reclamar preeminencias ni conducciones.

Sin embargo, a juzgar por la suerte que están corriendo los procesos soberanistas en América Latina pareciera que son las imprecisiones populistas las que entran en zona de turbulencia. Por caso, es el género y la raza, no la “clase”, dirá Laclau, y adjetivará a esta última de “significante vacío”. Pero los conceptos de raza y género evocan sendas contradicciones, ambas armonizables con legislación avanzada. Con la clase no ocurre lo mismo porque ese concepto duro remite a la contradicción capital-trabajo y no hay legislación, por más avanzada que sea, que pueda resolver esta contradicción. Por eso, el deseo del género o el de la raza constituye un punto del programa progresista, en cambio el de la clase sólo se satisface en la revolución. Los movimientos sociales, al contrario de lo que postula el populismo, no están, por lo menos en América Latina, llamados a suplantar a la clase obrera.

De modo que si la tasa de ganancia sigue tendiendo a la baja (a pesar de las contratendencias, que también existen); y si ello dinamiza la fuga del capital desde la producción hacia la especulación financiera (ésta es, precisamente, una contratendencia);  y si, por  otra parte, la “clase” ha superado una situación difícil y el rubor de la vida gana otra vez, poco a poco, su semblante; y si la política y el poder mantienen su vigencia como conceptos inescindibles; y si estos conceptos no se han precipitado al despeñadero junto con el deslizamiento de la modernidad hacia la actual globalización posmoderna, todo ello estaría habilitando la conclusión de que la resurrección de la carne ya ha tenido lugar. Marx vive y no anda ninguna mosca por su carne quieta, no tanto porque ya alumbren sedicentes olimpos proletarios sino más bien porque la maquinaria global vive al límite, se atasca cíclicamente (crisis) y, encima, las realizaciones de los reformadores no marxistas (neoliberales o progresistas)  están culminando en laberintos y aporías sin salidas a la vista. Es Laclau el que muere, no Marx.

Pero también otras corrientes de pensamiento sufren las consecuencias de sus propias insuficiencias. Ni las ideas conservadoras ni las progresistas mantienen  -como sí lo hace el marxismo-  una relación constitutiva con la Historia o, lo que es lo mismo, con una visión mejorada del futuro. Y sin esta última, el marxismo  -y, con él, la política-  no tiene sentido ni como práctica social ni como campo de investigación científica. Destella aquí, por otra parte, el embrionario chispazo de unos valores, de una ética.

También operamos con otras implicancias. Por caso, que el marxismo demótico ha sido devorado por la propia rueda dentada de su mecanicismo; y que los progresismos al uso (incluso los de raíz religiosa en clave de teologías liberadoras) han fracasado en su encuentro con el capitalismo tardío en la medida en que no han sabido captar la esencia de un dato central de éste: el consumo. El consumo generalizado no es una falta moral. El consumo  -aun el superfluo y desenfrenado de las sociedades opulentas-   es un componente estructural y necesario del funcionamiento del sistema: vacía los circuitos de capital excedentario; en este sentido, juega como el excesivo gasto militar.

Por ende, ni la retórica moralizante de marxismos anquilosados,  ni la de progresismos religiosos o laicos. Tampoco la cínica y frívola celebración en que prorrumpen  entusiastas de la tecnología que no advierten (o que, advirtiéndolo, lo festejan) que la seda y el oro pueden, a veces, ocultar que se camina hacia el cráter del infierno.

En cambio, se impone pensar los rasgos contradictorios del capitalismo siglo XXI para ir más allá de éste y sin proponer regresiones a etapas ya sancionadas por la perención (capitalismo “en serio” o America First podrían ser una buena síntesis de esta pretensión contrahistórica) y postulando un futuro que ya vive en este presente en estado de latencia.  La era digital recrea, repone y transfiere al seno de la sociedad el problema de aprehender las posibilidades y el significado de un “intelecto general” que ahora es posible por la circulación masiva de una información abundante y gratuita y que, por ello, opera al margen del mercado. Es un tema de centralidad absoluta en el Fragmento sobre las máquinas que Marx desarrollara en los Grundrisse de 1858. Hasta los más frenéticos antimarxistas de hoy (Frederic Lordon, Franco Bifo Berardi) certifican su actualidad:   homenaje no deseado a una clarividencia que sólo un cerebro privilegiado pudo exhibir.

Marx supo ser discípulo de Hegel. La escisión de izquierda en la escuela lo tuvo como su miembro más lúcido, superando por mucho a Bruno Bauer, el líder iniciático de la llamada izquierda hegeliana.  Advirtió, el hombre cuyo espíritu pareciera inspirar hoy algunas claves para comprender la globalización, que se imponía una puntual rectificación de Hegel, es decir, de la dialéctica idealista. Lo hizo, y el búho de Minerva ya no esperó el crepúsculo para levantar vuelo. La filosofía  -dijo-  se ha ocupado de interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. El pensamiento humano conquistó, así, una colina clave para decidir el curso de la guerra (nuestro mundo vive en guerra), una guerra de posiciones que aún no ha concluido y cuyo curso y desenlace, en suma, no están escritos en ningún lado. 

Se trata del logro (uno de ellos) más imperecedero de aquel joven que, un 15 de abril de 1841, a sus 22 años, se doctoró por la Universidad de Jena, postulando, tan tempranamente, una tesis que, a la postre, resultaría una herejía que se impondría al tiempo, a todo tiempo: es Epicuro quien porta la verdad en sus alforjas, que no Demócrito, porque el primero huye de todo determinismo y es el camino hacia la libertad y, con ella, hacia el placer y la felicidad, que sólo en esa búsqueda se justifica la política. Eso es Marx. Y eso debería ser el marxismo.