sábado, 30 de junio de 2007

CIA asesinar a Fidel Castro Estados Unidos desde Rusia Vladimir dice la verdad Simonov













Desde Rusia
La CIA: El presente también merece reflexión


Por: Vladimir Símonov (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS.info)
Fecha publicación: 29/06/2007


Resulta que en 1960 la cabeza de Fidel Castro costaba 150 mil dólares, precio que propuso el servicio de inteligencia norteamericano por la vida del líder cubano a asesinos de confianza quienes generalmente no fallan, es decir, a la mafia de Chicago.

Por encargo de la CIA, uno de sus capitostes, Johnny Roselli, encontró a dos matones: 'Sam Gold' y 'Joe' capaces de cumplir esa delicada misión. En realidad, bajo estos apodos se ocultaban los individuos tristemente célebres que figuraban en la lista de los 10 más peligrosos gángsters de EEUU.: Sam Giancana, sucesor de Al Capone en Chicago y su secuaz Santos Trafficante.

A lo largo de varios meses los matones intentaban, ayudados por sus contactos cubanos, echar furtivamente 6 comprimidos con veneno, recibidos de la CIA, en la comida de Castro. Pero los intentos no tuvieron éxito por motivos diversos. El nefasto maratón de atentados cesó solamente después de fracasada la incursión de la CIA en la Bahía de Cochinos.

Esa lúgubre odisea de cómo, a despecho de todas las normas y cartas el servicio secreto de EEUU encargó a la mafia el asesinato de un líder extranjero, figura entre los 695 folios de los documentos de uso interno de la CIA hechos públicos esta semana.

Naturalmente, sólo un reducido círculo de legisladores norteamericanos tuvieron acceso a todos estos hechos. A mediados de los 70 los documentos, hechos públicos hoy, fueron objeto de estudios de tres órganos encargados de investigar los abusos cometidos por el servicio de inteligencia norteamericano: la Comisión Rockefeller creada por el presidente Ford, el Comité del senador F. Church y el Comité de la Cámara de Representantes del Congreso. Entonces los resultados de las investigaciones efectuadas provocaron un gran escándalo.

Pero a veces los ecos producen más efecto que la explosión. Por primera vez se nos presentó la posibilidad de echar un vistazo a los documentos rigurosamente redactados por la censura, pero auténticos procedentes de las cajas fuertes de Langley. Y esa farsa asombra por su menoscabo de las leyes, la profanación de los derechos civiles y la inmoralidad cínica.

Dicen que precisamente por esto los profesionales de la comunidad de espionaje de EEUU han bautizado irónicamente de 'joyas familiares' dicha colección de documentos de la CIA que asombra por su diversidad.

Las operaciones secretas de la CIA no se limitaban a los atentados a la vida de Castro, ni a los asesinatos de Lumumba, Trujillo y otros líderes extranjeros. Entre ellas figuran los experimentos con preparados secretos practicados en ciudadanos norteamericanos inocentes de lo que eran objeto, capaces de manipular su conducta; la vigilancia, escucha de conferencias telefónicas y registros secretos en casa de defensores de derechos, activistas del movimiento contra la guerra en Vietnam y relevantes periodistas; la intervención de la correspondencia procedente de la Unión Soviética y China. Y hasta la contratación de extremistas norteamericanos por agentes de la CIA y su envío al extranjero en calidad de agentes a sueldo, lo que sólo puede ser calificado de prólogo del terrorismo internacional. Al fin y al cabo ¿quién era Bin Laden si no agente de la CIA?

La envergadura de operaciones de este tipo mencionadas en los documentos hechos públicos hasta infunde cierto respeto a Langley. Allí la gente se mata trabajando. He aquí varias cifras: resulta que de 1940 a 1973 en EEUU funcionaron 12 programas de la CIA y el FBI relativos a la censura de la correspondencia privada. Un solo programa de la CIA condujo a la apertura de 240 mil paquetes postales y a la creación de la base de datos sobre 1,5 millones de destinatarios.

Mención aparte merece el proyecto orientado a utilizar a extremistas codificado en documentos de la CIA como CHAOS. En los ordenadores de CHAOS se venían acumulando datos secretos sobre 300 mil personas, entre ellas 7200 norteamericanos y 100 grupos locales de defensores de derechos y activistas de los movimientos antibélicos.

¿A qué se deberá la inesperada publicación actual de tan anticuados materiales compromisorios, por supuesto con el visto bueno de la dirección de Langley? A mi modo de ver, este acto de confesión pública está llamado a decir tanto a los norteamericanos como a la comunidad mundial más o menos lo siguiente: Sí, hemos pecado. Sí, lo confesamos en público, lo que atestigua que se puso cruz y raya al pasado. Que Dios nos perdone y con él todos los demás.

Pero en realidad la CIA lanza un nuevo programa de desinformación mediante el cual la Agencia Central de Inteligencia de EEUU busca distraer la atención de sus numerosos pecados instantáneos que datan de hoy: los campos en Guantánamo donde a los presos se les aplican métodos brutales de interrogatorio, entre ellos la 'postura de feto', la exposición a las altas temperaturas y simulacros de ahogo bajo el agua (tortura submarina). En Guantánamo fueron registradas 34 tentativas de suicidio; la red de prisiones secretas creadas por la CIA en Afganistán, Tailandia, Polonia y Rumania donde los presos están despojados de todos los derechos; el ensayo escrito el 25 de junio del corriente por Fidel Castro inculpando por enésima vez a George Bush de 'haber autorizado y ordenado' su asesinato; muchos otros actos de arbitrariedad, violencia y flagrante menoscabo de los derechos humanos, los que un buen día también saldrán a flote en centenares de documentos redactados por la censura.

En este sentido, la actual confesión pública de la CIA no es más que la reflexión sobre el presente.