domingo, 10 de octubre de 2010

La Victoria Estratégica Cap15 Fidel Castro en acción

La victoria estratégica - Fidel Castro Ruz<http://www.granma.cubaweb.cu/secciones/la_victoria_estrategica/la_victoria_estrategica_1.jpg>

La retaguardia rebelde

(Capítulo 15)

Resulta obligado dedicar, en este recuento de la gran ofensiva enemiga, un capítulo al funcionamiento del dispositivo de retaguardia de nuestra acción militar, pues su actividad fue, sin duda alguna, una de las razones de nuestra victoria.

<http://www.granma.cubaweb.cu/secciones/la_victoria_estrategica/el-vaquerito.jpg> El destacado guerrillero El Vaquerito.

Ya dije antes que en la labor de retaguardia fue decisivo el papel desempeñado por Celia. Gracias a ella y a sus colaboradores, yo pude despreocuparme muchas veces de esos miles de detalles que coadyuvaban al mejor desempeño de nuestras unidades en el plano militar, y concentrar mi atención en los aspectos estratégicos y tácticos de la operación.

Un problema esencial que debía resolver nuestro aparato de retaguardia, quizás el más importante, era el de garantizar los suministros necesarios para apoyar, tanto la acción militar —armas, balas y otros pertrechos de guerra—, como los alimentos y otros bienes —ropa, calzado y equipos.

En el caso de las armas, no era tanta mi preocupación. La vida y la experiencia de la lucha en la Sierra habían demostrado, y lo hacían todavía de manera más clara durante la ofensiva, que el principal suministrador de armas de todo tipo era el enemigo, al que se las arrancábamos en combate.

Después de las acciones de la primera Batalla de Santo Domingo, incrementamos de manera considerable nuestro arsenal, de nuevo aumentado sustancialmente tras la victoria en Jigüe y en las acciones finales de nuestra contraofensiva. No era, por tanto, la obtención de armas un asunto de prioridad para nuestra retaguardia.

No obstante, como nunca estaba de más cualquier ayuda en ese sentido, no dejé de insistir a nuestras organizaciones en el exterior para que continuaran los esfuerzos por conseguir armas y pertrechos. Pensando en recepcionar las que nos llegaran por esa vía, habíamos habilitado la pista aérea llamada Alfa en el río La Plata. Incluso, llegué a advertirles que, en el caso de que Alfa fuese tomada por el Ejército de la tiranía, siempre cabía la posibilidad de continuar los envíos de armas por paracaídas sobre algún punto de la montaña no dominado por el enemigo. La realidad, sin embargo, fue que durante toda la ofensiva no recibimos ningún otro envío de armas del exterior. Fue suficiente con las que conquistamos en combate.

En sentido general, tampoco era de gran preocupación obtener balas, pues también nuestro suministrador principal era el enemigo. Sin embargo, para mí, sí era fundamental la cuestión del ahorro de esas balas. A lo largo de estas páginas hemos visto la importancia que yo concedía al tema del ahorro del parque, y la gran irritación que me producía el gasto excesivo e inútil de balas que, en ocasiones, realizaban algunos combatientes.

El 5 de junio, por ejemplo, le escribí a Celia:

Creo que los planes de defensa han sido adelantados bastante. El problema que me preocupa mayormente hoy por hoy es que la gente no acabe de darse cuenta [de] y que en un plan de resistencia continua y escalonada, no se puede tirar en dos horas las balas que deben durar un mes. Lo único que me queda por hacer es guardar bien las que me quedan y no dar una bala más a nadie, hasta que no sea ya cuestión de vida o muerte porque realmente no le quede a nadie una bala. ¿Recuerdas el día que íbamos a ver a Horacio [Rodríguez] el segundo día de combate en las Mercedes, que escuchamos fuego de fusiles? Pues bien: en esos 15 minutos solamente, Raúl Castro [Mercader] tiró 80 balas con su fusil.

Yo no me canso de insistir en ese problema que es realmente nuestro talón de Aquiles.

A tal punto llegaba mi obsesiva atención al asunto, que determiné crear en La Plata una reserva central de balas manejada personalmente por mí. Una de las funciones que cumplió Ramiro durante buena parte de la ofensiva fue la de ser el administrador de esta reserva, con instrucciones expresas de no entregar nada sin mi autorización. Esta tacañería mía no era comprendida por todos los jefes subalternos, pero muchos otros, como el Che, estaban conscientes de que esta extrema austeridad en el caso del uso del parque era una política necesaria.

En estas páginas he citado la preocupación que al respecto manifestaba, por ejemplo, Braulio Curuneaux, quien con frecuencia me daba parte de la cantidad exacta de balas utilizadas en un combate y, con mucha precisión, de las que le quedaban. Y eso que Curuneaux, magnífico combatiente y maestro en el uso racional y efectivo de la ametralladora calibre 50 —nuestra única "artillería" hasta que no conseguimos morteros y bazucas— en muy contadas ocasiones no fue ejemplo de ahorro estricto del parque de su arma.

Donde debía lucirse nuestra retaguardia era en garantizar otros suministros, sobre todo, alimentarios.

Ya dije que, en previsión de la ofensiva, creamos en el barrio de Jiménez, cerca de La Plata, en la finca del colaborador Radamés Charruf, una fábrica de carne salada. La tasajera de Jiménez, bajo la dirección del combatiente Gello Argelís, funcionó durante toda la ofensiva, incluso cuando la penetración desde el Sur, del Batallón 18, condujo al enemigo muy cerca de Jiménez. Mediante una constante selección y transportación de ganado bajo los bombardeos y la metralla de la aviación enemiga, la producción y el suministro de carne salada a nuestras fuerzas en las primeras líneas de combate nunca faltó.

Otro tanto puede decirse de la producción de queso, organizada por Celia en diversos puntos del territorio, y su distribución entre nuestros combatientes. Un ejemplo de la flamante producción láctea queda de manifiesto en este mensaje que le cursó Celia el 12 de julio, desde el alto de Cahuara, a Ramón Paz, quien en ese momento estaba posicionado en Purialón, en espera de la llegada de los refuerzos que debían ir a socorrer a la tropa enemiga sitiada desde el día anterior en Jigüe:

Ahí le manda el Comandante ese queso y cigarros para usted y Orestes [Guerra]. Aunque sabemos que se abastecen por allá y malamente, igual aquí, pero así la vamos pasando. Queremos que participen del primer queso de la quesería nuestra.

También de los días de la Batalla de Jigüe, e igualmente referido a la leche, es este otro ilustrativo mensaje de Celia a Curuneaux, quien en ese momento estaba en la primera línea de combate del cerco a la tropa sitiada en ese lugar:

A usted y al guardia herido les mandé leche, para usted dos [latas]. [...] Aquí me quedan tres latas que las he guardado, una suya mañana y dos de los heridos; esto para asegurar porque yo mandé a buscar y me debe llegar leche esta tarde, entonces mañana le mandaría más. Pero si no llega le tengo aunque sea una separada.

Gracias a la administración de Celia y a su manejo riguroso y organizado de los suministros, nuestros escasísimos recursos fueron distribuidos de acuerdo con las prioridades de cada momento.

Y ya que he mencionado las latas de leche condensada, debo decir que dentro de nuestros limitados abastecimientos alimentarios este era uno de los artículos que recibían un tratamiento especial. La leche condensada, por su valor energético y su gusto tan apreciado, era para nosotros un producto de lujo, y su distribución estaba sujeta a mis indicaciones personales. Un ejemplo: en previsión de la dura caminata que tendrían que realizar los hombres de Lalo Sardiñas desde los alrededores de Santo Domingo —cuando le ordené a Lalo trasladarse sin pérdida de tiempo a Meriño para completar el cerco a la tropa que había penetrado en ese lugar—, le envié a Celia la indicación expresa de que entregara a cada uno de los hombres del pelotón de Lalo dos latas de leche condensada. Sin esta indicación personal mía, cero leche condensada para los abnegados combatientes del pelotón de Lalo.

Otro producto estratégico que nuestra retaguardia debía asegurar era la sal. La necesitábamos, no solo para el consumo normal de nuestras tropas, sino también para el funcionamiento de la tasajera e, incluso, para la actividad de una fabriquita de cuero que también llegamos a instalar. Como se recordará, en previsión a la ofensiva, Celia había organizado una producción suficiente de sal en varios puntos de la costa. Algunas de estas salinas artesanales, cercanas a las desembocaduras de los ríos La Plata y Palma Mocha, tuvieron que ser abandonadas tras el desembarco del Batallón 18 en esa zona, pero otras, como las de Ocujal, La Magdalena, El Macho y El Macío, se mantuvieron funcionando durante toda la ofensiva, y cubrieron nuestras necesidades básicas. Fue otra proeza de la retaguardia.

Sin embargo, no siempre las cosas funcionaron como deseábamos. La movilidad requerida para poder atender cabalmente el desarrollo de las operaciones o dirigirlas, como en el caso de la Batalla de Jigüe, supuso para nosotros, desde el punto de vista de las condiciones materiales que rodeaban al dispositivo de la Comandancia rebelde, el regreso, en ocasiones, a situaciones características de los primeros meses de la guerra. Nunca fue esto más evidente que durante los 11 días que permanecí en el alto de Cahuara, conduciendo la operación de Jigüe. Allí hubo que improvisar un puesto de mando más o menos permanente dentro del monte; crear condiciones mínimas para el funcionamiento de la Comandancia y para el abastecimiento de su cocina y del personal que participaba en el cerco del Batallón 18. Una muestra de los pequeños y grandes problemas cotidianos durante esos días la ofrece Celia en este mensaje que envió desde Cahuara a Delsa Puebla, Teté para nosotros, en Mompié, el primer día de la Batalla de Jigüe:

Llama por teléfono a Camilo [a La Plata] y dile que me mande una de las cajas de tabacos que hay allí de Fidel, que trate de ver a Gello [Argelís] que viene para acá para que la traiga. Aquí no tiene tabacos Fidel ni el Ché. Al Ché lo llamas [a Minas de Frío] y dile que Fidel solo se quedó con un tabaco y dos le mandé a él, que mando a buscar a Camilo y cuando me lleguen yo le mandaré.

En ese mismo mensaje, Celia se refiere también a otros problemas más serios que este de los tabacos:

[¼ ] anoche nos mojamos todos y la mercancía y las balas también. Estamos acampados en el monte y llueve desde la tarde hasta la salida de la luna. Pedí los nylon y los zapatos desde el día antes de salir de la Mina; cuéntale a Camilo la necesidad que tenemos para que se apure y los mande. Hemos pasado dos días sin comer, por aquí no teníamos nada; recordando tiempos que no han pasado, se alejan pero vuelven. He cogido el gran catarro.

Esa noche el agua le cayó encima a la Comandancia.

Una de las consecuencias del estricto bloqueo impuesto a la Sierra Maestra por el enemigo, como parte de su ofensiva, fue el hecho de que dejamos de recibir las contribuciones monetarias que nos enviaban desde el llano, recopiladas a partir de donaciones de hacendados, empresarios, comerciantes u otras fuentes, así como de los propios militantes clandestinos del Movimiento. Era este dinero el que se utilizaba para pagar escrupulosamente toda la mercancía que se adquiría de los campesinos, sobre todo, viandas y otros productos alimenticios. Sin embargo, a pesar de las entregas gratuitas espontáneas que realizaron muchos de los pobladores del teatro de operaciones, pronto encontramos algunas alternativas para suplir esa carencia de dinero. Un ejemplo de ello queda de manifiesto en este mensaje que me envió Ramiro el 28 de mayo desde la Columna 4:

He autorizado a un hombre responsable y serio para hablar con los caficultores de una extensa zona para recabar fondos. El ejército amenaza por esa zona y es propicio el momento para la gestión, pues ellos esperan protección. Le he dado instrucciones al enviado para que los caficultores no vayan a pensar que sus aportes económicos sean un canje con nuestra protección. Si tienes algún plan para la próxima cosecha de café házmelo saber para ponerlo en práctica.

Ya recibí la contesta a una de mis gestiones: $2.000 de crédito en un almacén de Bayamo; ya salió el primer envío de mercancías para ésta.

Factor de gran importancia, y muchas veces determinante de nuestro desempeño exitoso en las acciones emprendidas por las fuerzas rebeldes durante la ofensiva, fue el papel de los mensajeros rebeldes. A lo largo de estas páginas hemos visto y seguiremos viendo numerosas ocasiones en que fue posible tomar a tiempo decisiones cruciales para garantizar el éxito de una operación determinada, gracias a la celeridad y eficiencia con que nuestros mensajeros trasmitían las órdenes o indicaciones pertinentes, o me hacían llegar las informaciones enviadas por los jefes en los frentes de combate.

Ya expliqué en el capítulo referido a los preparativos para la defensa de nuestro territorio que, en previsión de la ofensiva, habíamos logrado establecer comunicación telefónica entre La Plata, la tiendecita de la Maestra y Mompié; que ya durante plena ofensiva pudo extenderse hasta Minas de Frío, gracias al bravo esfuerzo del grupo encargado de ello. Ese era todo el alcance de nuestra red telefónica, la cual, a pesar de su limitación, fue muy útil en varias ocasiones. En cambio, el enemigo tenía a su disposición todos los medios de comunicación inalámbrica existentes en aquel momento, sobre todo, equipos de microonda, lo cual le aseguraba una comunicación inmediata entre sus diferentes unidades, y entre estas y el puesto de mando de Bayamo o los puestos avanzados en Estrada Palma, Cerro Pelado, Cienaguilla y otros puntos. Nosotros, sin embargo, teníamos que depender de la habilidad, la astucia y la resistencia física de nuestros mensajeros, capaces de recorrer largas distancias en las montañas, casi siempre a pie, en un tiempo asombrosamente corto.

Muchas veces los mensajes eran llevados por algún combatiente escogido por el jefe de una de nuestras escuadras o pelotones, con estas características que acabo de mencionar. Pero por lo general, en el caso de los mensajes que yo enviaba desde donde tuviera instalado en un momento determinado mi puesto de mando transitorio o sencillamente desde donde me encontrara en esa ocasión, nuestro intercambio de mensajes era realizado por un grupo selecto de combatientes cuya función era la de actuar como mensajeros. De todos ellos, quizás el más confiable por su rapidez y responsabilidad fue el ocurrente Juan Pescao, ya mencionado en estas páginas. Otros nombres que no puedo dejar de registrar son los de Edilberto González Rojas y Eliécer Tejeda Peña, ambos subordinados a Remigio Álvarez Figueredo, quien fungía como jefe de este pequeño grupo de mensajeros al servicio de la Comandancia.

Con ellos y con otros, nuestro Ejército Rebelde tiene una enorme deuda de gratitud. Quizás muchos no hayan disparado jamás un solo tiro ni hayan estado presentes en algún combate, pero todos se merecen con creces el reconocimiento de su condición de combatientes, pues también contribuyeron decisivamente a nuestra victoria.

No debe olvidarse tampoco la labor desarrollada por nuestros arrieros, responsables de trasladar con sus mulos todo tipo de suministros, incluidos, en ocasiones, armas, municiones y otros pertrechos de guerra. Era un trabajo de gran responsabilidad y plagado de peligros, pues en cualquier momento estas arrias, generalmente acompañadas por arrieros desarmados, podían caer en una emboscada enemiga o ser blanco de un ataque aéreo. Recuerdo ahora el nombre de Eduardo Rodríguez Vargas, Pipe, arriero de confianza de Celia, quien por su íntimo conocimiento de todos los rincones de la montaña prestó después del triunfo de la Revolución, durante muchos años, un inapreciable servicio como práctico del equipo de investigadores históricos que con su trabajo minucioso contribuyeron a reconstruir la historia de la Sierra, y en los que me he apoyado para la redacción de estas páginas.

Mención especial en este recuento merecen los médicos rebeldes. En condiciones sumamente precarias, a veces sin los recursos mínimos necesarios, realizaron verdaderas proezas. Los heridos, tanto los rebeldes como los guardias enemigos capturados tras un combate, y también niños y otros pobladores de la montaña, deben sus vidas, en muchas ocasiones, al empeño abnegado y eficiente de los médicos que prestaban servicios en nuestras filas.

Doctores como René Vallejo, Manuel Piti Fajardo, Julio Martínez Páez, Bernabé Ordaz, Vicente de la O, Sergio del Valle, Fabio Vázquez, Raúl Trillo y el dentista Luis Borges Alducín, entre otros, no pueden dejar de ser mencionados en estas páginas. Varios de ellos, como Vallejo, Piti Fajardo y De la O, realizaron, en varias oportunidades, funciones de apoyo a nuestra acción, ajenas a su profesión médica.

Dentro del teatro de operaciones de la ofensiva en el Primer Frente funcionaban solamente dos instalaciones que pudieran ser consideradas como hospitales sedentarios de campaña: el de Pozo Azul, atendido por el doctor Vallejo, que en un momento determinado fue preciso mudar a la zona de Limones ante la amenaza de que fuese ocupado por una tropa enemiga que llegó hasta Aguacate, a unos cinco kilómetros de distancia; y el de La Plata, establecido primero en Camaroncito, al cuidado del doctor Martínez Páez, junto al río La Plata, que debió cambiarse de lugar después que una crecida del río lo afectó severamente, entonces fue ubicado en Rincón Caliente, a media distancia entre la Comandancia y el barrio de Jiménez. A partir del mes de junio, este hospitalito fue trasladado a la propia Comandancia, donde funcionó durante la ofensiva, en instalaciones provisionales, y en el que prestaron servicios, entre otros, aparte de Martínez Páez, los doctores Ordaz, Fajardo, De la O y Trillo. En la Comandancia de La Plata se conserva todavía el hermoso hospital construido después de la ofensiva como instalación permanente, y el rústico vara en tierra que sirvió como gabinete dental del doctor Borges Alduncín. Salvo estos hospitales, la labor de nuestros médicos se realizó principalmente en el mismo campo de batalla.

Dentro de la actividad de retaguardia, mención aparte merecen también las mujeres. En esta época no había surgido aún la idea de la creación de un pelotón femenino, que cuajó en el mes de septiembre, después de la ofensiva, al constituirse por iniciativa mía, en contra de la opinión de algunos, el Pelotón Mariana Grajales. Las mujeres presentes en nuestras filas durante la ofensiva, muchas de las cuales integraron más tarde el pelotón de las Marianas, desempeñaron en esta época funciones de apoyo de todo tipo, como asistentes de los médicos, mensajeras, cocineras, ayudantes en tareas de suministro, reparadoras de uniformes y calzado, centinelas; en fin, prestaron valiosísimos y variados servicios.

Ejemplar fue la labor de asistente de Celia realizada por Teté Puebla, quien, además, como veremos en su momento, desempeñó con eficacia la delicada misión de ser la emisaria enviada por el Che al campamento enemigo en las Vegas de Jibacoa para negociar los detalles de la entrega de prisioneros y heridos enemigos, efectuada el 23 de julio, aún en plena batalla contra la ofensiva.

Otras mujeres destacadas en esta etapa fueron Rita García y Eva Palma, sobrevivientes milagrosas del morterazo que mató a Geonel Rodríguez; Orosia Soto y Juana Peña, ayudantes de los médicos; Olga Guevara, Angelina Antolín y Ada Bella Pompa.

Papel decisivo, como parte de nuestra retaguardia durante la ofensiva, correspondió a Radio Rebelde. La emisora que, como se recordará, fue trasladada a finales de abril desde Pata de la Mesa, en la zona del Che, hacia La Plata, funcionó durante los 74 días de combate como vehículo de información a otros frentes rebeldes, a los combatientes de la clandestinidad en el llano y a todo el pueblo, de lo que estaba ocurriendo día a día en las montañas de la Sierra.

Casi a diario, Radio Rebelde trasmitía un parte de guerra, muchas veces redactado por mí, acerca del desarrollo y los resultados de las acciones combativas. Por esta vía sus oyentes, dentro y fuera de Cuba, recibían una información absolutamente veraz de lo que ocurría, y podían hacer caso omiso de las falsedades, exageraciones, omisiones y desinformaciones divulgadas por los medios de propaganda del Ejército enemigo.

En esta labor de Radio Rebelde participaron, de manera decisiva: Luis Orlando Rodríguez, director titular de la emisora; el técnico principal Eduardo Fernández, asistido por Orlando Payret, Luis González y Otto Suárez, quienes fueron capaces de mantener la emisora funcionando con regularidad a pesar de todas las dificultades; la asistente Alicia Santacoloma, mecanógrafa y editora; los locutores Jorge Enrique Mendoza, Orestes Valera, Ricardo Martínez y Violeta Casals, quienes con sus voces llegaron a convertirse en exponentes emblemáticos de la lucha rebelde.

A propósito de los locutores, entre los papeles se conserva esta nota mía a Orestes Valera, que incluyo en estas páginas para mostrar la atención minuciosa con que yo seguía la labor de Radio Rebelde, precisamente por la importancia que le concedía, a pesar de que ya teníamos un futuro traidor, Carlos Franqui, que después de desertar del Partido Comunista —entonces PSP— fue erróneamente captado por el Movimiento 26 de Julio, y resultó ser, en realidad, un tránsfuga y ambicioso que trataba de sembrar la cizaña del anticomunismo en nuestra filas:

Orestes: Vas adquiriendo un tono y un énfasis por radio parecido a los locutores de Díaz Balart [Rafael Díaz Balart, principal vocero del régimen batistiano]. No te vayas a ofender por eso. Solo quiero que trates de superarlo. Tú sabes que la de clamación es un arte. Tú tienes voz sonora y dicción buena, pero das énfasis de gente fascinerosa a las frases. Ricardo [Martínez] le da un

énfasis más amable aunque menos enérgico. Me luce que lo perfecto para nuestras trasmisiones es el tono amable y el énfasis

enérgico. ¿Podremos conseguirlo? Ayer me gustó más la lectura de Ricardo.

¡Esfuérzate! Cuando hay condiciones todo es cuestión de voluntad.

Otra función crucial de Radio Rebelde fue la de servir de enlace con el exterior, especialmente con los núcleos del exilio revolucionario en los Estados Unidos, Venezuela y otros países americanos. Por esta vía conocíamos, entre otras informaciones de importancia, sobre la próxima llegada de algún cargamento de armas y pertrechos, como el que arribó en el avión que aterrizó el 10 de mayo en nuestra improvisada pista aérea del río La Plata, en la desembocadura del arroyo de Manacas, a la que habíamos bautizado con el nombre en clave de Alfa. Ya desde el día anterior yo tenía la sospecha de que estaba próximo a llegar un avión, pues me habían mandado a preguntar a través de Radio Rebelde si Alfa estaba lista, y yo había contestado afirmativamente.

En los primeros días de la ofensiva enemiga tuvimos problemas con la comunicación mediante clave por Radio Rebelde. Ocurrió lo que yo siempre había temido y sobre lo que había advertido en varias ocasiones, y es que a la hora de descifrar algunos mensajes no contamos con la clave adecuada. Nos pasó con un mensaje importante que debía descodificarse mediante dos libros y una pluma que llegarían de Santiago de Cuba. Nadie me pudo dar una explicación del paradero de los libros, y tuve que contestar que el mensaje era imposible de descifrar por falta de los elementos necesarios. Otro mensaje llegado de Miami, cifrado en una clave numérica que dominaba el Che, tuve que enviárselo a Minas de Frío para que él lo hiciera y pedirle que mandara a alguien de regreso a explicarme el funcionamiento de esa clave.

Pero, salvo estos tropiezos ocasionales, la comunicación con el exterior funcionó bastante bien durante la ofensiva, gracias a Radio Rebelde y a su dedicado personal.

Un buen ejemplo de ello fue la entrevista de más de una hora de duración que concedí a principios de julio a un grupo de periodistas venezolanos. Recuérdese que el pueblo de Venezuela acababa de librarse de la brutal dictadura de Marcos Pérez Jiménez. De esta larga entrevista me parece oportuno citar el siguiente fragmento:

Los venezolanos y los cubanos nos comprendemos bien, porque ambos conocemos el dolor de la opresión y el precio de la libertad. Después del cubano el pueblo que más me emociona en estos instantes es el de Venezuela.

La profunda admiración que sentí hacia ese país, donde nació el más grande hombre de este Continente, se acrecentó con el extraordinario ejemplo de civismo que acaba de dar al mundo, cuando muchos creían lejano el día de su hermoso despertar.

A la admiración se une la gratitud por la hospitalidad que allí encuentran los perseguidos políticos cubanos, la atención que reciben en la prensa ya libre de Venezuela, las noticias que no puede publicar la prensa amordazada de Cuba y el dolor conque ese pueblo hermano siente como si fueran propios los sufrimientos nuestros.

Y a la gratitud se une la esperanza: la esperanza de que Venezuela siga adelante por el camino que se ha trazado, y la esperanza de que nos ayude con el mismo espíritu conque Bolívar ayudó a otros pueblos oprimidos, para buscar en la unión de las naciones libres de América Latina, la solidaridad y la fuerza que nos preservasen de los graves peligros de la debilidad, la desunión, la tiranía y el coloniaje.

En esa misma entrevista, por cierto, dije lo siguiente con relación al intento de huelga del 9 de abril de ese año:

La movilización del pueblo para la huelga tiene una técnica propia a la cual hay que ajustarse, y que está reñida con el secreto, el rigor y la sorpresa que exigen las acciones armadas. Mientras el éxito de una acción armada puede depender de muchos factores imponderables, la movilización del pueblo, cuando hay conciencia revolucionaria, llevada a cabo con métodos correctos es infalible y no depende de eventualidades.

El paro general tenía extraordinario ambiente pero el Comité de Huelga cometió el error fundamental de supeditar la movilización de las masas a la acción sorpresiva de milicias armadas. A la seguridad de estas acciones de carácter sorpresivo se sacrificó la movilización del pueblo. [¼ ]

La huelga es el arma más formidable del pueblo en la lucha revolucionaria y la lucha armada debe supeditarse a ella. No se puede llevar al pueblo a una batalla, como no se puede llevar a un Ejército si no se le moviliza adecuadamente para el instante de la acción. Y eso ocurrió el 9 de abril. [¼ ] El error no volverá a repetirse.

A la huelga general no hemos renunciado como arma decisiva de lucha contra la tiranía.

Uno de los entrevistadores venezolanos me preguntó, refiriéndose a la ofensiva enemiga en pleno desarrollo, si "ante el brusco giro de los acontecimientos ¿es cierto que pensó abandonar la Sierra Maestra?". He aquí mi respuesta:

El Ejército Rebelde no abandonará jamás sus posiciones de la Sierra Maestra como no sea para avanzar sobre el resto del territorio nacional. La muerte o la victoria es la única alternativa que aceptamos. Sin libertad y sin patria ninguno de nosotros quiere la vida. La idea de abandonar la Sierra Maestra no llegó a tentarme siquiera cuando me vi con tres hombres y dos fusiles.

En ese espíritu se ha forjado la conciencia de nuestros combatientes. Hemos aprendido a luchar contra lo imposible. Aquí caerá gloriosamente si es necesario desde el primero hasta el último rebelde. La patria no se abandona para salvar la vida. Un ejemplo vale siempre más que un hombre.

Muchos otros temas de interés abordaron con apetito insaciable los entrevistadores venezolanos, entre ellos, el crucial tema de la unidad y los planes de un futuro gobierno revolucionario, pero no quiero alargar excesivamente este capítulo dedicado al papel de la retaguardia rebelde durante la ofensiva.

Solo me queda apuntar, por último, que también en plena ofensiva comenzaron a sentarse las bases del aparato administrativo que, al cabo, a partir del mes de septiembre, quedó constituido en la Comandancia de La Plata con el nombre de Administración Civil del Territorio Libre (ACTL), al frente de la cual estuvo Faustino Pérez hasta el final de la guerra. Esta administración se dedicó al necesario manejo de la vida económica y social de la montaña rebelde, vasto territorio definitivamente liberado, cuya población carecía casi en lo absoluto de todo, y llegó a estar integrada por ocho departamentos encargados, de asuntos agrarios y campesinos, educación, salubridad y asistencia social, justicia, promoción, industrias, obras públicas, suministros y finanzas. Aspectos relevantes de su labor fueron la asistencia médica, la escolarización, la alfabetización, el desarrollo de infraestructuras para producir alimentos y la creación de no menos de 35 cooperativas campesinas.

Al igual que las instituciones creadas por Raúl en el Segundo Frente, la organización civil desarrollada en la Sierra Maestra en los meses finales de la guerra elevó a un plano superior las relaciones existentes, desde el inicio de la lucha en la montaña, entre el Ejército Rebelde y los campesinos, y constituyó la semilla del nuevo Estado que surgiría tras el triunfo revolucionario, fiel al espíritu democrático y popular de la Revolución.


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