miércoles, 14 de diciembre de 2011

Salta guerrilla argentina de Masseti Che Guevara Juan Castellanos Cuba asa2

 

 

 

Por Cuba con emisiones periódicas le lleva la información del acontecer internacional relacionado con nuestro país y las batallas que libra por su pueblo y su soberanía; contiene espacios noticiosos y de opinión, seleccionados de medios de prensa internacional o generados desde nuestro país.  ISSN 1819-4044

 

 

 

Año 9 Número 99 | Fecha 2011-12-13

TITULARES

Opinión

LAS SONRISAS EN ESTOS PARQUES por Vladia Rubio y Daynerys Machado Vento

UN ACERTIJO CUBANO por Peter Kornbluh y William M. Leogrande

JUAN CASTELLANOS, GUERRILLERO EN CUBA CON EL CHE Y EN ARGENTINA CON MASSETI por Adrián Pérez

Opinión

LAS SONRISAS EN ESTOS PARQUES

por Vladia Rubio y Daynerys Machado Vento

Habla el entrevistado, sentado, en camisa y corbata José Juan Ortiz, representante de Unicef en Cuba, elogia los esfuerzos de esta Isla por incrementar la protección a la infancia y la adolescencia aún en tiempos difíciles.


Un niño despreocupado y feliz, jugando a la pelota en un parque mientras atardece, es el recuerdo de esta tierra que le tomará la memoria por asalto cuando se encuentre lejos, cumplida su misión, confiesa a BOHEMIA José Juan Ortiz, representante en Cuba del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Para cubanas y cubanos la imagen es tan común que suele pasar inadvertida. Como sucede, por cotidianas, con algunas de las políticas sociales que aquí propician la felicidad de la infancia y adolescencia.

“Si tuviera a mi nieto conmigo, la puerta de mi casa estaría siempre abierta”, comenta el español, al frente de la oficina de cooperación internacional donde ha estado por más de un quinquenio. “Me iría al trabajo y lo dejaría jugando en el parque.

Pero un niño no puede estar hoy en las calles de Madrid, España, como en las de Cuba, porque su entorno no es igual de favorecedor”.

-¿Sobre qué aspectos de nuestra infancia y adolescencia haría Unicef un subrayado, para llamar la atención de los propios cubanos acerca de lo que nos distingue?

-Es indudable que en estos 20 años de implementación en Cuba de la Convención sobre los Derechos del Niño, desde que fue aprobada el 20 de septiembre de 1991, ha existido la voluntad política de asumir como ley un convenio internacional.

“En aquel entonces, el país ya estaba muy adelantado en cuanto a los indicadores que mide Unicef, como son los de escolarización plena y la salud materno infantil. Es decir, se hallaban en práctica políticas públicas anteriores a la aplicación obligatoria de la Convención.

“Durante el período especial, los niños y las niñas no se vieron imposibilitados de tener acceso a esos derechos sociales, económicos y políticos, indudablemente afectados por la capacidad de inversión que tenía el Gobierno cubano. No se cerró ninguna escuela, ningún centro de salud infantil, ni se suprimieron ámbitos de desarrollo. En aquellos tiempos difíciles, dar más protección a la infancia resultó un hecho verdaderamente inaudito.

“Con la crisis que tenemos en Europa, vemos lo mismo que sucedió con el famoso consenso de Washington: lo primero que se reducen son las políticas sociales. Sin embargo, en este país, lo que se hizo fue garantizarlas. Ha sido así por 50 años. La infancia de esta Isla es proporcionalmente la más privilegiada del planeta, porque es una nación de economía pobre, con derechos de sociedad muy rica. Algo de lo que su pueblo debería ser más consciente”.

-¿Qué realidades y prácticas cubanas serían de interés para Unicef, a favor de difundir la Convención de los Derechos del Niño?

-La práctica más destacada es que en Cuba jamás hemos tenido un solo impedimento por parte del Gobierno para realizar nuestra colaboración en el desarrollo de las políticas públicas. Trabajo desde 1977 en la cooperación internacional, y nunca antes me había sido tan fácil. Nuestra relación de trabajo es absolutamente horizontal y cualquier discrepancia que podamos tener en algún punto, es tratada con total respeto.

“La responsabilidad con la infancia cubana no la tiene Unicef, sino el Gobierno, que como regencia soberana decide qué políticas aplicar. Nunca hablamos de fondos, sino de qué es mejor para las niñas y los niños. Solo al final nos preguntamos de cuánto disponemos, porque la cooperación internacional como acto de solidaridad es mínima, comparada con los presupuestos de los Estados. Nuestra ayuda ronda los cuatro millones de dólares, y ¿cuánto invierte el Gobierno cubano comparado con eso?”.

-La Encuesta de Indicadores Múltiples por Conglomerados (MIC) repasa aspectos que inciden en el desarrollo infantil, como salud, nutrición, lactancia materna. ¿Qué tuvo de particular su aplicación en Cuba?

-Por la aplicación de las MIC, el caso cubano ha sido puesto de ejemplo en varias reuniones internacionales. Sentimos satisfacción por la calidad técnica de los cubanos.

“No es por menospreciar a ninguna otra nación en desarrollo, pero los propios indicadores lo dicen: Cuba es el país del mundo donde hay más licenciados universitarios per cápita. La capacidad es verdaderamente increíble, y cuando tienes que establecer criterios técnicos el interlocutor cubano siempre es muy cualificado, lo cual genera también una mayor eficacia en las aplicaciones de los programas de cooperación.

“Hay retos en los que tenemos que seguir trabajando, incluyendo lo logístico y la agilidad en la toma de decisiones. Muchas veces la decisión técnica se pasa a la decisión política, y esta última normalmente tarda más. También, atendiendo a la complejidad de la situación económica del mundo y de Cuba en particular, las inversiones deben ser muy medidas para que resulten lo más rentables posible de acuerdo con las prioridades”.

-¿Cuál es su criterio sobre la proyección de la familia cubana con respecto a sus hijos?, ¿qué apoyos institucionales sería conveniente reforzar en ese sentido?

-El machismo ha generado una ideología y una forma de vida, donde la mujer se ha supeditado al proceso de creación. Aunque no voy a citar a (Federico) Engels, queda claro que la estructura familiar está sometida a esferas de poder. De ahí que la protección que ofrece la familia con respecto a sus hijos tiene que ser fundamentalmente promovida por políticas públicas.

 “Un ejemplo de lo que entiende el Estado cubano por protección a la infancia es el período postmaterno, infinitamente más amplio comparado con cualquier otro país. Se muestra también una periódica salvaguardia de la infancia y de los derechos de la mujer.

“Sin embargo, en el mundo actual la visión acerca de la protección de la infancia desde la familia es muy contradictoria entre el nivel legal de los derechos de la mujer y cómo puede realmente disfrutarlos.

“Hoy en países desarrollados del planeta todavía el nivel salarial de la mujer, en igualdad de profesión, es menor que el de un hombre. Y la protección a niñas y niños no será completa hasta que las féminas tengan garantía plena de sus derechos. Por lo tanto, hay que acabar con el machismo mental y estructural”.

-¿No cree, sin embargo, que la familia cubana suele ser excesivamente protectora, a riesgo de la autonomía de los más pequeños?

-El latino y el africano son muy familiares. Eso genera carácter, el carácter genera cultura, y la cultura, desarrollo. Aquí la familia es machista y diría que excesivamente protectora, mima demasiado a sus hijos. Como antropólogo, entiendo que este comportamiento es multicausal.

“Por otro lado, los ámbitos de desarrollo están condicionando hoy en el mundo menos tiempo para dedicar a la familia. El estrés que significa ganarnos la vida, implica que demandemos más recreación individual. Y en cuanto a los hijos, en oportunidades se facilita una autoeducación de los niños a través de las nuevas tecnologías.

“Esta atención a la infancia, menos personificada y más a través de los objetos, también aquí se da por parte de algunos padres. Si el niño quiere unas zapatillas de marca, se hacen esfuerzos sobrehumanos para comprarlas. Es una mala educación; es como decir: no le presto más atención, pero lo compenso cumpliendo su demanda.

“Creo que en Cuba, al igual que en otras latitudes, la recreación en familia ha bajado mucho en calidad. Es mayor la de tipo individual, de cada uno como quiere. Sin embargo, en el caso de los adolescentes, cuando los adultos los vemos jugando, o en la calle G charlando tranquilamente con la novia, lo primero que cuestionamos es si no podrían hacer alguna cosa útil. Pero precisamente están haciendo lo más útil para ellos: intentar ser felices en la relación con otros.

"Marshall McLuhan hablaba en los años 50 de la aldea global; ahora más que aldea, el mundo es una baldosa. Hoy un chaval cubano está en contacto con muchachos de otras nacionalidades a través de internet, y de repente está hablando de reguetón con un niño indio, porque allí también escuchan y les gusta el reguetón."

“Esa aldea global está generando una interculturalidad cada vez mayor, y el riesgo de las uniformidades. Se está creando una estandarización donde se cree que los muchachos son todos iguales. No. Cada uno es como es, y se relaciona y tiene modas diferentes”.

-A 20 años de aprobada la Convención sobre los Derechos de los Niños, ¿podría hablar entonces de temas pendientes?

-La Convención fue un acuerdo, un mínimo común denominador entre todos los países del mundo con sistemas políticos, económicos y sociales diferentes; religiones y culturas, diversas. El desarrollo económico y el tecnológico están generando nuevas formas de relaciones. La calidad del disfrute de los derechos de la infancia de los años 90, no es igual que en los 2000.

“La sociedad infantil y juvenil dentro de 20 años también será diferente a la nuestra, entre otras cosas porque deberá brindar atención a sus mayores, que aumentarán en número. Ya eso les toca a los que nacen hoy, y por tanto, habrá que adaptar la Convención, como las leyes tienen que acoplarse a las realidades sociales.

“En mi época, ser rocanrolero era poco menos que un delito. Hoy es cultura de viejos. A mí me detenía la policía por llevar el pelo largo, pendientes y pulseras; ahora, los íconos de la adolescencia van tatuados desde las uñas hasta el pelo. Eso también es entender la realidad de nuestros adolescentes, y sobre todo su derecho a la participación. Lo cual no quiere decir que los adultos tengamos que hacer lo que ellos quieran, pero sí, en igualdad de discusiones, han de plantear los temas que les afecten.

“Si la Convención dice que los niños tienen el derecho de opinión y participación sobre todos los aspectos que les incumben, entonces ese derecho debe hacerse también extensivo a las políticas públicas y las de inversiones”.

-Entonces, ¿por qué, si a los niños les atañen todas las esferas de la vida, hay Estados que se empeñan en enajenarlos de los temas políticos?

-La Convención otorga derechos políticos. Los niños poseen el derecho a opinar al respecto. Somos humanos y racionales porque nos caracteriza la capacidad de negociación, de aplicación, de consenso, porque tenemos cualificación política. Pero hay ciertas estructuras de poder que, mientras menos política sea la gente, más posibilidad de maniobra turbia tienen.
 
 “Al niño hay que enseñarle a vivir y a usar todas las herramientas. Lo que no puedes pensar es que un menor con seis años decida la política económica cuando no posee ni idea de lo que es la macroeconomía. Ah, pero en el ámbito familiar debe aprender a negociar sus prioridades vitales. Son pequeños, no son idiotas, y si les consultáramos serían más responsables.

“Con respecto a la Convención, algunos Estados priorizan los derechos de convivencia de la infancia, y en una segunda instancia los sociales; pero no facilitan pronunciarse sobre los de tipo político y económico, aunque los más pequeños sean también ciudadanos con plenos derechos.

“En cambio, esa es otra de las controversias que se generan en torno a Cuba, pues se le acusa de la ideologización de la infancia. ¿Y los niños españoles y franceses no son ideologizados? Todos. Unos la llaman educación para la ciudadanía, otros de diferente modo, pero ¿cómo no vas a explicar a tus hijos cuál es la constitución del país, los valores sociales en los que se basa el desarrollo?

“Este es un Estado socialista con una serie de valores representados por lo héroes de la Patria, exactamente igual que en Estados Unidos, Nigeria, Polonia o España”.

-Pero cuando se refieren a Cuba, llaman adoctrinamiento a ese proceso de aprendizaje.

-Así son los medios de comunicación masiva actuales. No tienen libertad de prensa, sino libertad de empresa. El dueño de una línea editorial hace adoctrinamiento: crea opinión pública en función de sus intereses.

“La prensa que políticamente es enemiga de Cuba tiene una línea editorial siempre contraria a los postulados de este país.

Entonces, llama adoctrinamiento a lo que se hace aquí, que es lo normal en los demás sitios, porque el Estado tiene la obligación de educar a sus ciudadanos de manera integral”.

-…Justamente cumpliendo con la Convención.


 
“Es tanto el desconocimiento, que expertos en teoría me han preguntado sobre la situación de la infancia y por qué no trabajamos con los niños en la calle. Respondo que no hacemos nada con ellos porque todos los niños están donde tienen que estar: en la escuela; y en temas como la supervivencia y los derechos fundamentales no necesitamos invertir ni un minuto, porque aquí se han garantizado. Trabajamos en el ámbito cultural y a otros niveles del desarrollo.

“Unicef tiene que decir que la implementación de la Convención de los Derechos del Niño en Cuba es modélica, y los informes al respecto son públicos. Los que disfrutamos trabajar en estas condiciones no podemos mostrar más que satisfacción.

“En otras latitudes, me he pasado la vida entera enterrando niños, y en Cuba paso el tiempo jugando con los niños. Mi calidad de vida profesional ha experimentado un aprendizaje fabuloso porque estamos ante elementos que fomentan la cultura y el desarrollo”.

-¿Qué criterios tiene sobre proyectos de participación comunitaria como La Colmenita, una experiencia multiplicada cada vez más fuera y dentro de Cuba?

-Imaginen si somos devotos del proyecto La Colmenita, del proceso comunitario de participación y elaboración de sus trabajos, que desde 2007 decidimos nombrarles Embajadores de Buena Voluntad de Unicef.

“Se adecuan perfectamente a lo que Unicef recomienda como participación real de niños y niñas en un proyecto cultural y recreativo. Tanto ellos como X Alfonso, Raúl Paz y Hernán López Nussa son los embajadores culturales más antiguos que tenemos en el país.
 
“El proyecto logra reconocimiento internacional por donde pasa y es una experiencia que se está implementando ya en seis países, incluido en uno rico como España. Es decir, que no es una producción tercermundista, sino de desarrollo social en el ámbito de la cultura y la educación.

“Todas las obras que hemos visto son realizadas por los niños, elaboradas por ellos, obviamente con monitores adultos. Me parece fabulosa la enseñanza que transmiten de que hay que resolver con amor hasta el más complejo de los conflictos políticos. No conozco a ningún adulto al que le preguntes sobre un tema político y te diga que su solución está en el amor”.

-Podría hablarse entonces de logros sostenidos del país en el cuidado de la infancia y la adolescencia.


-A veces es difícil hablar sobre Cuba, porque como representante de Unicef no tengo más que decir que enhorabuena. Por supuesto, hay retos, todo es mejorable, pero analizando el país desde que lo conozco en el año 92, el nivel de aplicación de la Convención sobre los Derechos del Niño es excelente.

Fuente: El Blog de Vladia

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UN ACERTIJO CUBANO

por Peter Kornbluh y William M. Leogrande

 Hace dos años, oficiales de la contrainteligencia cubana detuvieron a Alan P. Gross, un subcontratista de la Agencia para el Desarrollo Internacional de EE.UU., cuando iba a abordar un avión en La Habana con destino a EE.UU. Luego, condenado en un juicio a puerta cerrada de crímenes contra el Estado por pasar de contrabando equipos sofisticados de telecomunicaciones a Cuba, Gross cumple una sanción de 15 años de privación de libertad. Los funcionarios de la Administración Obama han declarado que las relaciones con Cuba permanecerán congeladas hasta tanto Gross sea puesto en libertad, pero la Administración no está en disposición de dar los pasos enérgicos necesarios para obtener su liberación. El destino de Gross, al igual que la política de Cuba de forma general, ahora están sacrificadas por la política electoral de la Florida.

Irónicamente, si Gross fuera un oficial de la CIA, quizás ya estuviera libre. En el 2010, Washington intercambió 10 agentes rusos “sleeper” por cuatro espías rusos de Occidente presos en Moscú. En 1979, el presidente Carter se las ingenió para realizar un trato informal mediante el cual Cuba liberaba a cuatro agentes de la CIA presos desde los años ‘60, a cambio de un indulto para cuatro nacionalistas puertorriqueños condenados por intentar asesinar a funcionarios del Gobierno de EE.UU. en la década del 50. La historia de la guerra fría está repleta de intercambios como estos. La CIA cuida a los suyos.

Pero Gross no trabajaba para la CIA. Trabajaba –dicho por él mismo, como “tonto confiado”- para una empresa contratista de la USAID que participaba en un programa para el fomento de la democracia financiado por el gobierno estadounidense. Viajó varias veces a Cuba con visa de turista y con él llevaba computadoras, teléfonos celulares y tecnología de comunicación por satélite para organizaciones independientes no gubernamentales y particulares en la comunidad judía cubana.

El Gobierno cubano considera el programa para la promoción de la democracia de la USAID subversivo, engranado para el fomento de un cambio de régimen. Arrestó a Gross, una pequeña pieza en este gran drama diplomático, para trasmitir a Washington el mensaje de que Cuba no tolerará tales acciones. Los funcionarios estadounidenses esperaban que una vez que los cubanos hubieran puesto los puntos sobre las íes, liberarían a Gross sobre bases humanitarias. Pero no fue así. En calidad de ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez declaró al New York Times, en septiembre, que cualquier liberación humanitaria tendría que ser sobre la base de la “reciprocidad”.

Con eso, La Habana quiere decir la liberación de los llamados Cinco de Cuba –cinco oficiales de la inteligencia enviados a EE.UU. en los ‘90 para espiar a los grupos militantes anti Castro de la comunidad cubanoamericana y presos aquí desde 1998. Su prologado encarcelamiento es una causa célebre en Cuba, y solo se puede suponer que los oficiales de la seguridad cubana nada más intentaban velar por lo suyo como lo hacen las agencias de inteligencia dondequiera.

Cuando Jimmy Carter estuvo en Cuba en marzo, sus anfitriones lanzaron la idea de un trueque informal al estilo de la liberación de los agentes de la CIA y los nacionalistas puertorriqueños en 1979. Carter ha pedido públicamente la libertad de Gross y de los Cinco también, aunque sin ligar los casos.

Hasta aquí, no obstante, la Administración Obama ni ha estado dispuesta a considerar tal intercambio debido a la política inflamatoria del caso de los Cinco en la comunidad cubanoamericana de Miami. Cuando el exgobernador de Nuevo México Bill Richardson visitó La Habana en septiembre con la esperanza de negociar la libertad de Gross, el Departamento de Estado tan solo le dio para ofrecer una lista escasa de acciones recíprocas de EE.UU. Los cubanos indignados no permitieron que Richardson siquiera viera a Gross.

Si los asesores políticos de Obama piensan que negándose a intercambiar a los Cinco por Gross van a aislar al Presidente del calor político en torno al tema, no conocen el sur de la Florida. Ya los republicanos se refieren a Gross como “rehén” y critican mordazmente a Obama por no obligar a Cuba (de alguna manera) a liberarlo. Desde un cálculo estrictamente político, Obama estaría mejor si garantizara la liberación de Gross y sacara el tema de la agenda política.

Pero la verdadera preocupación ha de ser la protección del bienestar de Gross mediante la búsqueda de una vía expedita para lograr su libertad. En estos momentos, la Administración se ha autocolocado en un Catch-22[1]: No tomará más ninguna iniciativa para mejorar las relaciones mientras Gross continúe preso, pero el desfavorable estado de las relaciones con Cuba es el obstáculo principal para su liberación. Sobre la base de las lecciones de liberación de prisioneros anteriores y las exitosas negociaciones con Cuba, la Administración necesita tener un acercamiento más proactivo.

Los primeros pasos hay que dirigirlos a mejorar la atmósfera ponzoñosa bilateral entre los dos países. La Administración debe permitir que René González, uno de los miembros de los Cinco que ha concluido su condena en prisión, regrese a casa y no obligarlo a permanecer en la Florida bajo libertad condicional otros tres años más. Obama también debe eliminar a Cuba de la lista del Departamento de Estado de países patrocinadores del terrorismo, donde aparece desde 1982 solo como vestigio del apoyo de La Habana a los revolucionarios latinoamericanos durante la guerra fría.

Luego el escenario diplomático se prepararía para un serio diálogo con los cubanos acerca de los pasos que cada parte puede dar hacia la libertad, tanto de Gross como de los Cinco. Como ficha principal del trato, la Administración debe estar lista para remendar el programa que llevó a Gross a prisión en primer lugar, redefinirlo en pos del fomento de los vínculos genuinos de persona a persona, no de la creación de una oposición interna potencial. La negociación exitosa de la liberación de Gross no solo serviría para un loable propósito humanitario, sino también para uno diplomático más amplio.

Henry Kissinger, siempre el realista, comprendió que negociar eficazmente con Cuba requeriría a veces que Washington tomara la delantera. “Es mejor tratar directamente con Castro”, aconsejó a sus asesores antes de enviarlos a comenzar las negociaciones. “Sean caballerosos, actúen con nobleza, no como leguleyos”. Si Obama quiere recibir de vuelta en el país a Gross antes que se cumpla otro aniversario de su arresto, debe seguir las máximas de Kissinger.

William M. LeoGrande es decano de la Facultad de Asuntos Públicos de la Universidad Americana de Washington. Peter Kornbluh es analista del Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington. Ambos son coautores del próximo libro: “Conversación con Castro: La historia no contada del diálogo entre EE.UU. y Cuba”.

Nota

1 A menudo se habla de Catch-22 cuando nos referimos a reglas, regulaciones, procedimientos o situaciones en las que uno sabe que es o se está convirtiendo en una víctima pero no tiene el control de lo que está ocurriendo.

Traducción: Inalvys Campo Lazo

Fuente: Los Angeles Times

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JUAN CASTELLANOS, GUERRILLERO EN CUBA CON EL CHE Y EN ARGENTINA CON MASSETI

por Adrián Pérez

¿Qué recuerdos tiene de su infancia en Cuba?


–Mi papá era peón agrícola; apenas ganaba para comer. Mi mamá era ama de casa; lavaba y planchaba para la calle, “despalillaba” tabaco y hacía el dulce de leche que yo vendía a los ocho años. Todos los días comíamos “sota, caballo y rey”. Eramos cinco hermanos, y aunque sólo los dos más chicos íbamos a la escuela pública, ella no podía comprarnos el uniforme. Un día me dijo: “No quiero que tu hermana sea prostituta ni criada”. A los 11 años tuve que dejar de estudiar, pero me gradué en la universidad de la calle. Fui comerciante y cuentapropista hasta que me fui para la Sierra Maestra.

–¿Qué fue lo que cambió en usted al leer “La Historia me absolverá”, texto donde Fidel Castro emprende su propia defensa mientras es juzgado por el asalto al cuartel Moncada?

–La Guardia Rural y la policía les pegaban a los trabajadores y a los campesinos. Nunca me gustaron las injusticias, aunque en realidad era un analfabeto político. Pero el asalto de Fidel al Moncada me golpeó. En ese histórico alegato Fidel hizo un recuento de lo que sucedía en Cuba. Y me metí de lleno en el Movimiento 26 de Julio.

–¿Cómo llegó a reunirse con el M-26?

–Viviendo en Camagüey me fui por mi cuenta a la sierra. Pero cuando llegué me viraron para atrás porque no llevaba armas. Entonces regresé a buscar dos fusiles 22. Cuando iba a subir me mandaron para Santiago de Cuba, donde estuve en la clandestinidad hasta el 2 de febrero de 1958. Como premio por unos trabajos que hice en una habitación secreta y soterrada donde se guardaban las armas, me mandaron para la Sierra Maestra, donde estaban las tropas de Fidel. Ahí conocí al Che.

–Aunque se había encontrado con el hombre que acompañaría en la victoria, la primera impresión del Che lo decepcionó.

–En Cuba conocíamos a Hugo del Carril, Carlos Gardel o Luis Sandrini, porteños que en las películas decían: “¿De qué te la das?”. Esa era la impresión que teníamos de los argentinos.

–¿No encajaba en esa imagen? ¿Qué pensó al verlo?


–¿Cómo era posible que hablara pausado y bajito cuando los argentinos lo hacían fuerte y claro? Además, era delgadito. Aunque lo hacía más alto, teníamos la misma estatura. Tuvimos varios choques, porque, cuando creo tener la razón, no me callo. Pero él sabía escuchar. Me dejaba protestar, y cuando no convenía lo que uno pensaba, me decía “cállate”.

–Más allá de las jerarquías (y los choques) trabaron una profunda amistad.

—(Alberto) Granados pensaba que yo era uno de los cubanos que más lo habían interpretado como persona. Parece que el Che vio en mí alguna madera. Aunque trabajaba, me gustaba el ron, era mujeriego y jugador. Cuando lo conocí dejé todas esas cosas, menos las mujeres y el ron (risas).

–¿Cómo comenzó en la guerrilla?

–Pertenecía a una escuadra que más tarde pasó a ser la columna invasora del Che. Las fuerzas de Batista habían comenzado una gran ofensiva con diez mil efectivos. Nosotros seríamos 300. El problema de la guerrilla no es combatir sino sobreponerse al frío, al hambre, a las largas caminatas, al peso de las mochilas. Si uno era cobardón, cuando empezaban los tiros se te quitaba el miedo.

–En cierta ocasión, el Che lo castigó por abandonar su escuadra sin permiso.

–“¿Qué hacés acá? ¡Mandé a tu escuadra a una misión y vos estás aquí!”, me dijo. Esperó a que regresaran mis compañeros y me hizo un juicio. De la Sierra Maestra salí desarmado y como enfermero, porque sabía aplicar inyecciones. Le pregunté: “¿Che, usted cree que pueda ganarme nuevamente el fusil?”. Yo no había ido a la Sierra a cargar mochilas, lo haría si volvía a ganarme el fusil. Entonces dijo: “Quédate ahí que sos útil”. Y ahí me quedé. Empecé de chofer del Che en Cabaiguán. En Santa Clara me puso como jefe de la Comandancia. Camilo (Cienfuegos) estaba atacando Yaguajay. Regresábamos de allí cuando el Che me preguntó: “Si quedás vivo, ¿qué pensás hacer?”. “Irme para el carajo porque no me gusta que me manden tanto”, contesté. Pero me la guardó.

–¿Por qué dice que “se la guardó”?

–Cuando terminó la guerra, vivíamos con el Che en La Habana, en la misma casa. Un día me dice: “¡Por fin te vas para el carajo!”. “Si usted cree que soy útil me quedo, si no, me voy”, respondí. Como no contestó, me quedé.

–¿Recuerda el día que entraron a La Habana?

–La escolta del Che éramos (Harry Villegas Tamayo) “Pombo”, sobreviviente de Bolivia; Hermes Peña, que murió en Salta; (Jorge) Argudín, quien actualmente está en La Habana; y yo. Nos acompañaba Aleida (March). Llegamos en un Chevrolet que tomamos a los servicios de inteligencia de Santa Clara. Durante el viaje a La Habana el Che nos había nombrado jefes de escuadra. A Villegas lo puso de jefe de pelotón (el jefe de escuadra era primer teniente, el de pelotón era capitán y el de columna era comandante: los tres grados militares que había en la guerrilla). No nos advirtió que ya éramos oficiales.

–¿Y cómo tomaron la ciudad?

–Aunque Batista se había ido, el 1º de enero combatimos en Santa Clara. Fidel había hablado con el Che para que le avisara a Camilo que se adelantara a tomar Columbia (N. d. R: Fulgencio Batista residía en esa ciudad y desde allí escapó hacia República Dominicana en avión). Al Che le dijo que fuera a tomar La Cabaña, segunda fortaleza en importancia de la capital. Camilo entró a la ciudad en la madrugada del 2 de enero y nosotros en la madrugada del 3. El 8 llega Fidel a Columbia (hoy ciudad Libertad), que ya había caído. Así fue como nos apoderamos de La Habana.

–¿La visita a Tropicana existió realmente o fue parte de un cuento que el mito de la Revolución Cubana echó a rodar?

–Yo fui el de la idea de visitar Tropicana. Cuando el Che se dormía, le robaba el carro y nos íbamos al cabaret. A Pombo y a mí nos metió cinco días presos por robarnos el carro. A Hermes y a Argudín tres. Un día le pregunté a Pombo por qué nos metía cinco días, y a los otros, tres. “¡Mira que sos bruto, Alberto! Tú y yo tenemos séptimo grado y somos del pueblo. Ellos son semianalfabetos y de la Sierra Maestra”, respondió.

–Luego el Che le dio a usted una casa en La Cabaña, donde se celebró una boda.

–Me preguntó si podía casarse allí. Le dije que cómo no iba a poder hacerlo si me había asignado la casa. En la boda estaban Raúl (Castro), Fidel y Camilo y todos los comandantes que viajaron en el “Granma”. Yo era primer teniente, nada más. Me llaman a la hora de firmar; estaba por fuera del grupo. El Che había elegido como testigos del casamiento a Fidel, Raúl y a mí.

–Por lo que comenta, fue una reunión íntima. ¿Cómo fue la ceremonia?

–Muy sencilla. Me quedé con todo lo que sobró (risas). Una vez, registrando una casa, encontré dos cajas de sidra. A Aleida, que iba con nosotros, le digo: “Vamos a hacer un negocio. Agarro una caja, porque me voy a casar, y te guardo otra para cuando tú te cases”. El día de la ceremonia Camilo me preguntó qué tenía para la boda. “Una caja de sidra que me robé, si el Che se entera caigo preso”, dije (risas). Camilo pidió a los otros comandantes que llevaran cerveza. La fiesta se celebró con esas bebidas y una torta.

–¿Qué tareas desempeñó cuando la Revolución empezaba a consolidarse?

–El Che comenzó a dirigir el Banco Nacional y tuvo que dedicarse más a la burocracia que a la acción. Lo único que hacía yo era joder. Un día le dije: “Doy la vida por usted, pero estar todo el día aquí sentado no me gusta”. Le conté que había sido comerciante y le pedí que me pusiera en una fábrica. Terminé como administrador de la Fábrica Cubana de Tejido. Luego me envió a estudiar a la Escuela de Administradores del Ministerio de Industria, que él había creado. En el ’62, estando en la escuela, le cuento a Villegas que iba a ver al Che porque me parecía que se iba. Villegas me dice: “Le avisas que también me voy”. Le pregunté al Che: “¿Cuándo se va?”. “¿Por qué me preguntás eso?”, quiso saber. Insistí: “Hermes está desaparecido y usted es el único que sabe dónde está. Vengo a decirle que me voy con usted a cualquier lado”. “Vamos a tenerlo en cuenta”, contestó.

–Cumplió con su palabra cuando lo mandó a llamar un año más tarde.

–En agosto del ’63 estaba de guardia en la Escuela de Oficiales de Matanza. Era domingo. A las doce de la noche llegó un telefonema. Tenía que ver al Che en el Ministerio de Industria. “¡Coño, si no me he emborrachado el fin de semana ni me he escapado con nadie! ¿Para qué carajo me manda a buscar?”, pensé. Llegué asustado. Le pregunté a (José Manuel) Manresa, jefe de despacho, si había algún problema. “Que yo sepa, ninguno”, dijo. Lo primero que me preguntó al entrar fue: “¿Recordás hace un tiempo lo que me prometiste? Recordá”, insistió. Enseguida le pregunté cuándo nos íbamos; me cortó diciendo: “Párate, que son veinte años peleando y vos estás recién casado y embollado (enamorado)”. Al rato lo convencí y me indicó: “Vas a ir a un lugar y vas a encontrar gente conocida. No te vayas a disfrazar de indio porque no lo sos. Inventa un cuento bastante verosímil para que te le pierdas un tiempo a la familia y no estén jodiendo por aquí. Y vas a ser el jefe hasta que llegue”. Me adelantó que Villegas no me acompañaría porque adonde iba no había negros. En el entrenamiento tuve que imitar la firma del pasaporte de Raúl Dávila Sueyro, un muchacho peruano que estaba estudiando en Cuba.

–¿Qué itinerario siguió hasta llegar a Argentina?

–Viajé hasta Praga donde agarré el pasaporte de Dávila. Luego fui a Roma, Lisboa, Dakar, Río de Janeiro, San Pablo, Curumbá, Santa Cruz de La Sierra, La Paz y Cochabamba. En Tarija contacté a (Jorge Ricardo) Masetti, a quien conocía de La Habana. El y Hermes eran los únicos que sabían quién era yo. Aunque fui segundo jefe y jefe de la escolta, me incorporé al EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo) como aspirante a combatiente. Mi misión era esperar al Che en Bolivia. El venía en el ’63 para pasar a Argentina.

–¿Cree que hubo un exceso de confianza en el desembarco del EGP en Salta?

–Cometimos el error de mantenernos siempre en una zona. Eso le permitió a la Gendarmería detectarnos y prácticamente aniquilarnos. Reconocíamos el terreno y hacíamos cuevas para guardar alimentos. Sabíamos que una vez que comenzáramos a operar, íbamos a tener que andar escondiéndonos y huyendo hasta que pudiéramos dominar un territorio libre, para conectarnos con la retaguardia.

–Pero fueron detenidos sin poder afianzarse del todo en una zona determinada.

–Esperábamos a un grupo de compañeros cuando Henry Lerner me dice: “Vamos a La Toma”. Enrique Bollini manejaba el rastrojero. Al salir de unos árboles, en el camino chocamos con una patrulla que iba de civil. “Me jodí”, pensé. Querían saber dónde estaban los demás. Les explicamos que andábamos solos, cazando. El río estaba crecido. “Nos van a fusilar”, le dije a Henry. Nos ordenaron que nos sentáramos. Cuando observé que nos iban a montar en los camiones, le pedí a Henry una dirección en Córdoba que no comprometiera a nadie. “Sol de Mayo 125”, susurró. Nunca lo anoté. Eso fue el 4 de marzo de 1964, sobre las seis y media de la tarde.

–¿Sólo con esa dirección justificó su presencia en Argentina?

–Cada vez que me daban una paliza, daba una nacionalidad distinta. Primero era español, después mexicano, hasta que dije que era peruano. Les di la dirección de Córdoba, donde funcionaba un albergue de estudiantes universitarios. Con el nombre que di Interpol confirmó la existencia de Raúl Moisés Dávila Sueyro.

–En el penal de Villa Las Rosas, usted protagonizó una huelga de hambre porque fue encarcelado sin haber sido acusado de ningún delito.

–El fiscal Alberto Velarde no quería acusarnos y le metimos una huelga de hambre de ocho días. (Arturo Humberto) Illia estaba de presidente. La prensa comenzaba a hablar de los guerrilleros en huelga de hambre. Hasta que Velarde nos acusó. El general (Julio Argentino) Alsogaray nos entrevistó y nos dijo: “Ustedes se salvaron porque el jefe del Regimiento los presentó ante la prensa”. Al llegar a Orán, el jefe del Regimiento llamó a los periodistas. Fotografiaron a (Oscar) del Hoyo, a Fernando (Alvarez), que acaba de incorporarse, a dos “pungas” que nos infiltraron, y a mí. Uno de los prisioneros era Federico Frontini, hijo de un abogado y periodista de Buenos Aires. Henry Lerner era hijo de un comerciante de Cosquín. Uno de los muchachos infiltrados dijo: “Les presento al primer cubano”. “Yo no soy cubano, soy latinoamericano”, me salió.

–Habrá pensado que había llegado al final.

–En los interrogatorios me enseñaron una foto de Fidel, me preguntaron si lo conocía. Dije que no. Después me enseñaron una foto del Che. “No lo conozco, sé que es el Che Guevara pero nunca lo he visto.” Así me mantuve siempre. Hubiera sido un buen boxeador. Mira que me pegaban y no me tiraban al piso. Salí fortalecido porque a golpes no hablo. Me podrían haber ofrecido dinero para que los traicionara pero no tengo precio. Son momentos en los que se prueban las bases de los principios; te das cuenta de que eres capaz de morir por una idea.

–¿Cuándo supo que Hermes Peña había muerto?

–Me dan una paliza grande. Al amanecer me llevan ante su cadáver y me obligan a meterlo en el cajón. Tenía el brazo izquierdo completamente partido. Cuando lo levanté estaba rígido. Su cuerpo estaba acribillado a balazos pero no se veían las heridas por la ropa que llevaba puesta. Cuando leí la noticia sobre el asesinato del Che en El Tribuno de Salta, no lo podía creer.

–Con motivo de su muerte se publicaron fotos de la boda del Che donde usted estaba.

–Un preso salteño me reconoció en una foto donde estaba con barba y uniforme: “Este sos vos”, dijo. Yo estaba cagado. “Si fuera ese tipo, el alcalde tendría que pedirme audiencia”, contesté. Al tipo le decían “el Indio”; se calló la boca. Lo recordé en la entrevista que me hicieron en Salta (N. d. R: durante el rodaje de Alberto Castellanos, la vanguardia del Che en Orán). Si está vivo, sabe que lo estoy mentando y reconociendo que no me delató.

–Finalmente, lo liberaron el 14 de diciembre de 1968.

–Salí en libertad condicional a las dos de la tarde. Me llevaron a la policía, a Inmigración. Querían deportarme a Perú. Como no tenía documentos, mis abogados lograron un permiso para presentarme al día siguiente. El abogado Farat Salim organizó un “motivito” allí y salimos con el doctor Gustavo Roca y el doctor Horacio Lonati. Llegamos a Córdoba al amanecer. Al día siguiente ya estaba en manos del Partido Comunista Argentino. Con una cámara fotográfica que habíamos logrado meter en la cárcel me sacaron una foto y me hicieron la cartilla de colimba. Salí con ese documento para Buenos Aires el 17 de diciembre, escoltado por un agente del PC. Antes de llegar a la Terminal de Buenos Aires nos bajamos. Fuimos a una cafetería, el agente llamó por teléfono, vino un auto con un chofer y una muchacha y me llevaron a otro lugar. Volvieron a llamar, vino otro auto con otro chofer y otra muchacha y me metieron en una casa de familia. El 24 de diciembre del ’68 cruzamos el Río de la Plata.

–...Y su familia se enteró de la misión en Argentina diez años después.

–Una de mis hijas había empezado a estudiar ruso en los Camilitos. Un día me dice: “Papi, ¿cómo se dice ‘jugar’ en ruso?”. Le dije que no sabía ruso. “¡Papi, mira que eres bruto! ¡Cinco años en la Unión Soviética y no sabes hablar ruso!”, respondió. Aquello me hirió tanto... Entonces senté a las mellizas y a la madre. Les dije que no podían contar nada de lo que iba a decirles porque, hasta que no lo dijeran oficialmente, era secreto. Terminada la historia sobre Argentina salimos llorando los cuatro.

–Hay quienes señalan que haber llevado la guerrilla a Salta fue, al menos, una utopía del Che.

–¡Ninguna utopía! Estábamos creando las condiciones para cuando él llegara. Teníamos órdenes de tratar de no combatir, explorar el terreno y no incorporar a ningún campesino mientras no estuviéramos combatiendo. Si el Che hubiera llegado a Argentina, o nos mataban a todos o terminábamos haciendo una gran revolución aquí. El tenía una gran confianza en la juventud. Ustedes estaban muy politizados y lo hubieran seguido sin dudar.

–¿Cuáles fueron sus sensaciones durante este regreso a Argentina?

–Sentí una emoción muy grande. Conocía Argentina por dentro pero no por fuera. Fui a la Quebrada (de Humahuaca) en Jujuy y a Chaco. Conocí el Paraná. La ciudad de Salta y la de Jujuy se parecen a Las Tunas, donde nací. La Habana se parece a Buenos Aires, con su bullicio y su gente en las calles. Los caribeños y los sudamericanos tenemos características similares, no somos europeos. Regresé a la cárcel y recordé cómo era la celda, la comida. En Orán me acordé cuando pasé por el río Bermejo, con el agua hasta la cintura y el fusil en la mano. Me emocioné en la selva cuando entramos por un terraplén hacia un sitio boscoso parecido al lugar donde había estado. ¡Figúrate, a tantos años! La otra vez había llegado como guerrillero, escondido. Ahora llego filmando, como artista.

Fuente: Página 12

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Cubarte, 2008.

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