viernes, 4 de julio de 2014

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El 4 de Julio una patota entró en la iglesia de San Patricio y mató a sacerdotes y seminaristas. 

Escrito por Colectivo N&P
Eran distintos el uno del otro como los dedos de una mano, pero todos tenian un compromiso total para vivir y ejemplificar el mensaje del Evangelio.

TODO SOBRE LA MASACRE DE LOS CURAS PALOTINOS

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4 de julio de 1976

"Los cinco eran distintos el uno del otro como los dedos de una mano, pero todos tenian un compromiso total para vivir y ejemplificar el mensaje del Evangelio.  Todos querian hacer del mundo un lugar mejor.  Nadie puede decir que el mundo es mejor sin ellos."

¡PRESENTES!

EL CASO

¿POR QUE LOS MATARON?

TESTIMONIOS EN EL ANIVERSARIO DE LA MASACRE EN BELGRANO

Por Laura Vales

ENTREVISTA CON EDUARDO KIMEL, AUTOR DEL LIBRO "LA MASACRE DE SAN PATRICIO"

Por Daniel Marcovecchio

LEON GIECCO EN LA IGLESIA SAN PATRICIO, DONDE MATARON A LOS CINCO CURAS PALOTINOS

Por Hugo Soriani y Luis Bruschtein-La Fogata

LA IGLESIA, CÓMPLICE DE GOLPISTAS Y ASESINOS

Por Eduardo Kimel -Argenpress/La Fogata

EL CASO KIMEL, UNA MASACRE CONTRA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Por Eduardo Rimel

"EL HONOR DE DIOS"

Por Gabriel Seisdedos

INFORME DE LA COMISIÓN INTERAMERICANA DE DERECHOS HUMANOS

DENUNCIAR A UN JUEZ PUEDE SALIR CARO

Por Carlos Alberto López De Belva

LA RESPONSABILIDAD DE LOS JUECES, LA DEMOCRACIA Y LA IMPUNIDAD

Por Carlos Alberto López De Belva

LOS SANTOS MÁRTIRES DE LA MASACRE DE SAN PATRICIO

NUESTROS MÁRTIRES DE AMÉRICA LATINA

¿MUERTOS POR CAUSAS SOCIALES Y POLÍTICAS?

Por Primo Corbelli

EL CASO DE LOS PADRES PALOTINOS

LA MASACRE DE SAN PATRICIO, OTRA VEZ LA CENSURA

Por Pablo Rodríguez Leirado

EDUARDO G. KIMEL, LA PERSECUCIÓN

TESTIMONIOS PALOTINOS

Por el Padre Cornelio Ryan

………………………..

ALFREDO LEADEN

Nacido el 23 de mayo de 1919 en Buenos Aires, Capital Federal

ALFREDO JOSÉ KELLY

Nacido el 5 de mayo de 1933 en Suipacha, Bs. As.

PEDRO EDUARDO DUFAU

Nacido el 13 de octubre de 1908 en Mercedes, Bs, As

SALVADOR BARBEITO DOVAL

Seminarista, nacido el 01/09/51 en Pontevedra, España

EMILIO JOSÉ BARLETTI

Seminarista, nacido el 22/11/52 en San Antonio de Areco, Bs. As.

PRESENTES

El domingo 4 de julio de 1976, Rolando Savino llego a la iglesia de San Patricio para tocar el organo en la misa de las 8:00 horas. 

El habitual grupo de madrugadores se habia congregado fuera de la parroquia.  

Celia Harper, la dama que usualmente ayudaba a los sacerdotes a prepararse para la ceremonia, le dijo a Rolando que no los habia visto. 

La iglesia todavia estaba cerrada. 

Habia tocado el timbre de la casa varias veces pero nadia habia bajado a abrirle. 

Rolando decido investigar por su cuenta. 

Fue a la puerta principal y la encontro cerrada, por lo que decidio trepar por una ventana de la parte trasera y buscar las llaves. 

Penso que los sacerdotes se habian dormido y los llamo en voz alta. 

Nadie respondio. 

Inca, la perra del Padre Kelly, vino a su encuentro, pero permanecio misteriosamente en silencio.  

Rolando subio las escaleras, donde vio frases escritas con tiza en la puerta de un dormitorio. 

La casa estaba en total desorden, como si la hubieran saqueado.  

Muebles, libros, papeles y ropa dispersos por los pisos y las camas. 

La puerta del living estaba entornada.  La empujo para abrirla. 

Los cuerpos sin vida de los cinco religiosos yacian en un enorme charco de sangre sobre la alfombra roja.  

Habia balas y sangre impactados en las paredes. 

Las manos del Padre Dufau estaban atadas por detras de su espalda.  Un posted de "Mafalda" habia sido depositado sobre el cuerpo de Salvador Barbeito. 

Rolando se dio media vuelta y trato de bajar las escaleras corriendo, pero sus piernas no se movieron.  Volvio al living y miro una vez mas la horrenda escena. 

"Llame a Celia y le pedi que viniera arriba conmigo porque los habian robado. 

Cuando llegamos a unos pasos del living le rogue que se detuviera y que se diera vuelta. 

Le dije que teniamos que ira a la policia y preguntar por que nadie estaba en la casa.  Tuve miedo de que se muriera de un ataque cardiaco si veia los cuerpos."  Rolando Savino tenia solo 16 años.  

Mucha gente que lo conocia asegura que desde ese dia su juvenil sonrisa desaparecio para siempre.

 

La noticia llega a San Antonio de Areco

A las 3.50 de la madrugada Elida Hernandez de Barletti se desperto sobresaltada en el dormitorio de su casa de la calle Mitre en San Antonio de Areco, unos segundos antes habia visto caer al suelo el cuerpo de su hijo Emilio, el pantalon gris, el saco azul, la bufanda blanca, todo le conferia al sueno un horroroso realismo.

Se dirigio a la cocina para tomar un poco de agua, poco despues se encontro con su hijo Gaston, quien preparaba todo lo necesario para una partida de caza junto a algunos amigos.

Nata quedo sola en la casa sin poder conciliar el sueno, cerca de las siete sus vecinos la vieron barrer obsesivamente la vereda de su casa.

A las ocho, envuelta en malos presagios llamo por telefono a San Patricio en Belgrano. Ocupado. Volvio a intentar la comunicacion sin exito.

Mas tarde a la salida de la misa de las diez de la manana, una amiga se acerco a ella, en la vereda de la parroquia de San Antonio a unos pocos metros de su casa.

-- Nata, te enteraste? Mataron a todos en San Patricio.

La pared de la casa parroquial la sostuvo evitando la caida.

El padre Kevin O'Neill a ocho cuadras de alli, terminaba de celebrar la primera misa del domingo, se dirigio a la secretaria en donde se dedico a trabajar en sus papeles y a organizar la salida hacia Campana en donde participaria junto a feligreses de Areco de los actos organizados para celebrar la creacion del Nuevo Arzobispado de Zarate-Campana.

Sin duda seria un dia de fiesta para la Iglesia Catolica de Argentina.

A las diez de la manana la voz del padre John O'Connor desde la parroquia palotina de Castelar le comunicaba atropelladamente que debia suspender el viaje a Campana, que algo terrible habia ocurrido en San Patricio, le hablo de cadaveres hallados en "nuestra parroquia de Belgrano", O'Neill intentaba comprender, penso que su interlocutor le hablaba de cadaveres arrojados en los jardines de San Patricio, pero el padre O'Connor preciso: "han matado a la comunidad, parece que a cinco personas, entre ellas los tres padres".

Hacia el mediodia otras comunicaciones telefonicas desde Belgrano confirmaban lo ocurrido y exigian su presencia. O'Neill era el sucesor del padre Alfredo Leaden en caso de ausencia de este al frente de la congregacion palotina.

El ultimo llamado confirmo la identidad de los restantes cuerpos. Salvador Barbeito y Emilio Barletti.

El padre O'Neill reconfortado por un grupo de feligreses se dirigio a la casa de una tradicional familia arequera, los Egan, alli se habia refugiado la senora de Barletti.

Al ver entrar al sacerdote, comprendio.

-- Emilio tambien?

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EL CASO

En Argentina, según los informes de CONADEP y del Servicio Fe y Solidaridad del MEDH de Chile y otros estudios, se han contabilizado 18 sacerdotes, 10 seminaristas, 2 religiosas y 39 laicos asesinados.

También un obispo, mons. Enrique Angelelli, de La Rioja, resultó asesinado en un accidente simulado y en el caso de mons. Ponce de León, de S. Nicolás existen sospechas firmes de que el accidente automovilístico que le costó la vida, también haya sido provocado (viajaba a Buenos Aires llevando una carpeta con graves denuncias de desparecidos en Villa Constitución).

Todas estas personas se jugaron en tiempos difíciles y ofrecieron su vida por amor a Cristo y a los pobres, en la línea de las opciones de la Iglesia después del Concilio y Medellín.

Estos datos son sin embargo muy limitados ya que se trata de mártires olvidados y la lista de los laicos se refiere casi sólo a Buenos Aires y muy pocas comunidades.

Se trata en general de catequistas como Mónica María Mignone, hija del autor de "Iglesia y Dictadura" secuestrada con todo el grupo pastoral que trabajaba en el Bajo Flores con el padre Orlando Iorio y el padre Francisco Jalics, o de Daniel Esquivel del Equipo de Pastoral de Paraguayos (EPPA) defendido públicamente en carta pastoral por el obispo de Lomas de Zamora mons. Desiderio Collino, o de María del Carmen Maggi, decana de Humanidades de la Universidad Católica de Mar del Plata...

En la madrugada del 4 de julio de 1976, grupos de tareas de la dictadura militar penetraron en la comunidad de los Padres Palotinos en la Parroquia San Patricio del Barrio Belgrano de Buenos Aires, maniataron a los religiosos (3 sacerdotes y 2 seminaristas) uno junto al otro, los golpearon y los fusilaron por la espalda.

Dos días antes había estallado una bomba en la Superintendencia de Seguridad Federal matando a 15 policías.

Se dijo que este asesinato y otros eran la respuesta de la fuerza de seguridad.

Pero... ¿por qué una comunidad religiosa?

Dichos religiosos se destacaban por su gran sensibilidad social y el párroco, padre Kelly, había sabido mover a la juventud hasta llegar a formalizar 9 grupos juveniles.

Los religiosos eran todos argentinos, excepto Barbeito que a los 3 años de edad había venido de España.

La predicación dominical reflejaba las ansias de justicia social y de respeto de los derechos humanos que enseñaba la Iglesia; y esto, justamente en un barrio donde se concentraba gran parte de la oligarquía porteña.

En el caso de los palotinos, el terrorismo de estado golpeó con saña a los que no tenían nada que ver con las organizaciones armadas, movido por la ideología de la seguridad nacional.

El padre Favre, en nombre de la Conferencia de Religiosos, durante la Misa de cuerpo presente concelebrada por 150 sacerdotes y presidida por el obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Guillermo Leaden, hermano de uno de las víctimas, denunció "las innumerables muertes y desapariciones de las que nadie sabe dar razón y que constituyen una injuria a Dios y a la Humanidad".

El 7 de junio de 1976 el cardenal Aramburu y el nuncio, mons. Pío Laghi visitaron la Junta Militar pidiendo explicaciones.

El gobierno, que había acusado en un primer momento a "elementos subversivos" por la masacre, llegó a admitir tan sólo que se trataba de grupos militares salidos de control.

En aquella oportunidad el cardenal y el nuncio llevaron una carta de la Conferencia Episcopal: "Nos preguntamos, o mejor dicho la gente se pregunta a veces sólo en la intimidad del hogar o del círculo de amigos, porque el temor también cunde: -qué fuerzas tan poderosas son las que con total impunidad y con todo anonimato pueden obrar así a su arbitrio? -Qué garantía, qué derecho le queda a los ciudadanos?"

Fuente: www.chasque.apc.org

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¿POR QUE LOS MATARON?

Conjetura 1:

La Bomba en el Departamento Central de Policia

El crimen podria tener relacion con otro tragico incidente ocurrido 48 horas antes.

El viernes 2 de julio de 1976, una poderosa bomba exploto en el comedor del Departamento de Seguridad Federal de Buenos Aires, matando a 18 policias e hiriendo a 66 personas.

La bomba fue colocada por un policia perteneciente al grupo terrorista "Montoneros" de apellido Salgado, posteriormente ejecutado.

Las Fuerzas Armadas respondieron con extrema dureza a traves del accionar de diversos grupos de tareas.

El Jefe de Policia, General Arturo Corbetta, trato de contenerlos proponiendo a cambio el uso de procedimientos legales.

Al dia siguiente, 15 personas desarmadas fueron ejecutadas en diversas areas de la ciudad. Entre ellas se encontraban los sacerdotes palotinos.

En el termino de 72 horas fueron ejecutadas 103 personas. Esta "vendetta" entre fuerzas represivas logro su objetivo.

La posicion del General Corbetta se volvio insostenible y fue reemplazado por un representante de la linea dura, el General Edmundo Ojeda luego de solo 11 dias en el poder.

La "guerra sucia" acumulaba asi sus 30,000 victimas, tras solo dos meses y medio de dictadura militar.

De acuerdo al Premio Nobel de la Paz, Adolfo Perez Esquivel, la masacre de los palotinos fue una operacion eficientemente planeada y ejecutada.

Matando a cinco religiosos lograron dispersar a cientos de disidentes, en lo que es, luego de 20 anos la mayor tragedia de los 400 anos de historia de la Iglesia Catolica argentina.

Conjetura 2: 

Emilio Barletti era Montonero

Emilio Barletti estaba conectado con los Montoneros, el grupo armado revolucionario que luchaba clandestinamente contra las Fuerzas Armadas.  

Emilio sabia que su afiliacion ponia en peligro a todos en San Patricio, por lo que habia decidido alejarse de la Comunidad Palotina a mediados de julio, con el fin de afianzar su compromiso politico. 

Los Palotinos no permitian a sus alumnos tener ninguna conexion politica mientras estudiaban para ser sacerdotes. 

Emilio habia participado en manifestaciones, distribuido panfletos y facilitado reuniones de algunos de los lideres de Montoneros.  Sus amigos y maestros en San Patricio no tenian ningun conocimiento de esto. 

Dentro de Montoneros, pertenecia a la Columna Sur, y su superior era Elbio Alverione, un ex-sacerdote. 

Debido a su valor estrategico, Emilio tenia asignadas funciones de propaganda. 

Era un "miliciano," no un guerrillero armado. 

Su funcion era considerada marginal, a pesar de que se lo hubiera promovido a la funcion superior de estratega debido a su capacidad.

Gabriel Seisdedos investigo a fondo la posible conexion entre la masacre y la militancia de Emilio. 

Alverione mismo guio a Seisdedos durante su investigacion y clarifico que Barletti no habia tenido asignada ninguna operacion militar.  En reuniones con ex-jefes de Montoneros de alto rango (hoy en dia hombres de negociso, ejecutivos y politicos), Seisdedos confirmo que ningun otro miembro de la comunidad de San Patricio habia estado envuelto en Montoneros o habia tenido conocimiento del rol de Emilio.  

Todos estos datos se encuentran en el libro "El Honor de Dios" y en el documental para TV del mismo nombre.

Conjetura 3: 

La participacion de los vecinos de San Patricio

Varios vecinos que vivian en un rango de 200 metros de San Patricio (aun en la misma manzana), eran oficiales de alto rango de las Fuerzas Armadas.   Desde el comienzo del plan de eliminacion sistematica que habia comenzado en marzo del '76, estos oficiales tenian ordenes de reportar actividades "sospechosas" a sus superiores.

Uno de los vecinos de la misma manzana de la iglesia tenia estrechos lazos con organismos de ultraderecha. 

Se presume que esta persona habia encabezado la solicitud de firmas para echar al Padre Kelly de la parroquia, a causa del tono de sus sermones. 

En varias ocasiones, el padre Kelly habia sido visitado por personal militar y vecinos considerados "conservadores" para que no hablara sobre los pobres, la injusticia y los desaparecidos.

Un grupo selecto de Comisarios de Policia con orientacion claramente fascista se reunian regularmente en el barrio de Belgrano. 

Se llamaban a si mismos "El grupo de las Caras Felices." 

Estos individuos tenian acceso a informacion de inteligencia y operaban en forma autonoma, a pesar de que respondian al comando del General Suarez Mason, quien controlaba los operativos en Buenos Aires.

Algunas de las "damas" que colaboraban en San Patricio en actividades de caridad estaban casadas con personal militar, ejecutivos de empresas multinacionales y politicos. 

En los meses previos a la masacre se sintieron desplazadas por la llegada de gente joven y el cambio en las actividades caritativas propuesto por estudiantes como Barletti y Barbeito. 

Mientras esto ocurria, la escuela de los Palotinos perdia dinero. 

Esta escuela, adosada a la parroquia, habia sido fundada para instruir a los hijos de las mucamas de la zona, muchas de las cuales trabajaban en las casas de las "damas de caridad." 

Otra escuela, tambien subvencionada por estas familias de clase media y clase media alta alojaba solamente a sus hijos, no los de sus mucamas. 

Esta gente se sintio agredida cuando el Padre Kelly advertia sobre la diferencia de clases en sus sermones evangelicos. 

Al poco tiempo, comenzaron las amenazas para que "hubiera cambios," o de lo contrario desapareceria la ayuda financiera. 

El dinero era la soga al cuello, sus lenguas fue el primer arma que se disparo en la parroquia. 

Conjetura 4:

Los sermones del Padre Nelly

Los palotinos son una comunidad religiosa creada por San Vicente Pallotti en Italia, que luego se extendio hacia Inglaterra, Alemania e Irlanda.

En la Argentina se establecieron en 1886 y hacia 1970 la comunidad tenia 17 casas y 50 sacerdotes en distintas ciudades. Alfredo Kelly, el parroco de San Patricio de Belgrano, habia logrado atraer una gran cantidad de jóvenes que participaban en los diversos grupos.

Luego del golpe del 24 de marzo de 1976, varios de sus sermones opusieron el mensaje del Evangelio a los abusos del poder militar. Esto provoco que algunos miembros influyentes de la parroquia lo tildaran de "comunista" y solicitaran firmas para echarlo.

La responsabilidad de estos feligreses en la masacre y su posterior difamacion de las victimas constituye uno de los aspectos mas reprochables de esta tragedia.

Desde ese momento, muchos sacerdotes pagaron con sus vidas y fueron torturados por su denuncia de la injusticia, la pobreza y crimenes como el de San Patricio.

La represion sistematica aborto toda posibilidad de protesta proveniente de la juventud catolica comprometida.

Asimismo, hizo llegar un mensaje claro y contundente a la jerarquia eclesiastica, quien prefirio guardar silencio para evitar mas muertes.

La comunidad palotina sostiene que seria una injusticia olvidar a sus martires. Fueron cinco hombres consagrados que vivieron en comunidad y murieron en comunidad, dedicados a defender la Paz y la Justicia.

Los palotinos quieren saber quienes fueron los autores intelectuales de la masacre, los ejecutantes, y por que los mataron. "Una vez que tengamos respuestas a nuestras preguntas, seremos los primeros en perdonar", afirma el Padre Tomas O'Donnell, Superior de los palotinos en la Argentina.

Fuente: http://www.fivemartyrs.org/martyrs.htm

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TESTIMONIOS EN EL ANIVERSARIO DE LA MASACRE EN BELGRANO

Una historia de palotinos

Hace 31 años una patota entró en la iglesia de San Patricio y mató a sacerdotes y seminaristas. El crimen marcó a esa comunidad y es ahora sujeto de un documental. El testimonio de Roberto Killmeatte, ex cura y compañero de las víctimas.

Por Laura Vales

¿Quién diría que ese hombre que acaba de entrar, protegido del frío por una campera gris y una bufanda, alguna vez fue sacerdote? Llega con su mujer, Ana, y apenas se acomoda en la silla cuenta que nunca le gustaron las sotanas. Lo dice y se abalanza sobre el plato de facturas en un gesto que rompe cualquier pose.

 

El entrevistado es Roberto Killmeatte, sobreviviente de la masacre de San Patricio, ocurrida el 4 de julio de 1976 cuando un grupo de tareas de la Esma entró en la parroquia de los palotinos, en el barrio de Belgrano, y asesinó a tres sacerdotes y dos seminaristas. El miércoles se cumplieron 31 años de los crímenes.

En la mesa del reportaje también están Pablo Zubizarreta y Juan Pablo Young, directores del documental 4 de Julio, que recrea aquella historia. Cuando ocurrió, ellos eran muy chicos: tenían 3 y 6 años. Todavía no se conocían, aunque los dos vivían cerca, a pocas cuadras de la iglesia de Estomba y Echeverría.

Killmeatte y otros seminaristas habían llegado allí en 1973. “Estudiábamos en Brasil, en la Universidad de Santa María –recuerda Killmeatte–, pero con la vuelta de Perón y el clima que se vivía en la Argentina quisimos terminar de estudiar dentro del país.

Aunque inicialmente pensábamos en alquilar una casa en la que instalarnos con uno de los curas, la congregación nos mandó a la iglesia de San Patricio; entonces pedimos que, ya que íbamos a instalarnos ahí, los padres (Alfredo) Kelly y (Alfredo) Leaden vinieran con nosotros, como responsables de la parroquia.”

Killmeatte y sus compañeros eran una camada novedosa dentro de la congregación palotina; un grupo que se sentía identificado con la Teología de la Liberación y la opción por los pobres. Como parte de ese proyecto, habían abierto una misión en Los Juríes, en Santiago del Estero.

Young, que junto a Zubizarreta investigó durante cinco años la historia de los palotinos, define al grupo como parte de una propuesta de cambio que entendía lo político-religioso como dos pedazos inseparables de la misión pastoral.

La mayoría de los seminaristas, cuenta, eran además estudiantes universitarios.

No es de extrañar que cuando se mudaron a Belgrano trastrocaran las costumbres de la parroquia, hasta entonces de corte tradicional.

Se negaron a tener cocinera, dejaron de cobrar los casamientos, los novicios no usaban vestimenta clerical y trabajaban fuera.

 

En el documental hay vecinos que recuerdan las homilías del padre Alfredo Kelly, de tono encendido y contenido, irritante para algunos sectores de la feligresía.

4 de julio

Ya avanzado el ’76, después del golpe, el padre Kelly daría un sermón que reflejó uno de esos picos de tensión, cuando denunció desde el púlpito que se estaban haciendo remates de los bienes robados a los desaparecidos y que feligreses de San Patricio habían participado de ellos.

La homilía quedó en la memoria como “el sermón de las cucarachas”, calificativo que Kelly usó para describir a quienes, dijo, ya no podía seguir llamando ovejas de su rebaño.

Poco después, Kelly supo que estaba circulando por el barrio una carta en la que un grupo de feligreses pedía su destitución, acusándolo de “comunista”.

El sacerdote escribió en su diario personal sobre su preocupación por el tema.

Horas antes de los asesinatos, durante la cena, también habló de estos movimientos, preocupado por las consecuencias que podrían implicar.

La noche de los crímenes, el 4 de julio de 1976, hubo testigos que vieron a un Peugeot negro estacionado frente a la iglesia, con cuatro hombres en su interior.

Entre estos testigos, jóvenes reunidos en una casa vecina, estaba el hijo de un militar, que hizo la denuncia a la comisaría, que mandó a un patrullero.

Un policía habló con los del auto y les dijo después a los denunciantes que no se preocuparan.

Antes de retirarse, desde el patrullero soltaron que iba a haber un operativo para “reventar a unos zurdos”.

A la mañana siguiente, el organista de la iglesia encontró los cinco cuerpos, acribillados en una habitación.

Los asesinados fueron Salvador Barbeito, de 29 años, profesor de filosofía y psicología y rector del Colegio San Marón; Emilio Barletti, de 23 años, también profesor, que estaba por recibirse de abogado.

Entre los sacerdotes, el padre Alfredo Leaden, de 57 años, era delegado de la congregación de los palotinos irlandeses; Alfredo Duffau, de 65 años, era director del colegio de San Vicente Paloti y Alfredo Kelly, de 40 años, era párroco de San Patricio.

Al lado de los cadáveres había escrita una leyenda: “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes”.

Killmeatte estudiaba teología en Colombia cuando ocurrió la masacre. Le mandaron un telegrama con la noticia de las muertes y la orden de no regresar a Buenos Aires. El entonces seminarista volvió a los dos meses.

–¿Por qué?

–Ya no quería estudiar más. Ellos eran la gente con la que había compartido los años más importantes de mi vida, porque desde el ’69 estábamos estudiando juntos, y de golpe estaban todos muertos.

–¿Quería saber qué les había pasado?

(Asiente.) –Pero cuando llegué me encontré con que dentro de la congregación había habido cambios importantes.

–¿En qué sentido?

–Se comienzan a tejer dudas internas, se nos ponía en duda: que Emilio (Barletti, uno de los seminaristas) era zurdo, que si teníamos armas... En el fondo, la congregación había entendido que los asesinatos habían ocurrido por nuestra culpa, la de los estudiantes.

Para Killmeatte comenzaría un vida de paria: lo mandaron a Roma a no hacer nada; consiguió volver a la Argentina pero en muy poco tiempo lo enviaron de nuevo a Irlanda.

Aunque ya había terminado de estudiar, demoraban su ordenación sin razones.

En 1978, luego de pasar por largos interrogatorios, le permitieron convertirse en sacerdote.

Pidió como destino la parroquia de Belgrano, donde lo relegaron a un lugar secundario: ocuparse de la misa de los niños.

Zubizarreta tiene una foto de esa época: es uno de los niños que aparecen rodeando al sacerdote en una suelta de globos. “Fue un día en que Roberto hizo volar una piñata con papelitos con mensajes para Dios.

Para un chico, ¿qué más simple y más gráfico que eso?

Ese tipo de cosas nos hacían participar en la iglesia desde otro lugar.

Pero más allá de Roberto, también estaba la sensación de que en esa parroquia había un peso muy fuerte, una carga.

Ahí había sucedido algo muy pesado... yo lo percibía, y también percibía el miedo. Eso fue muy importante en mi infancia.”

Mientras estuvo a cargo de la misa de los niños, Killmeatte armó un grupo de catequistas y profesionales y destinó lo recaudado en las colectas a un proyecto de autoconstrucción de viviendas para un asentamiento.

Quizás ésa haya sido la razón por la que, nuevamente, le dieron la orden de cambiar de destino, esta vez a Los Juríes, la antigua misión de la orden en Santiago del Estero.

Sin castigo

El crimen de los palotinos nunca tuvo justicia. Hubo una causa abierta durante la dictadura que quedó en la nada. En 1983, el juez federal Néstor Blondi reabrió el caso.

–¿Qué se supo de los autores de los asesinatos?

Young: –Las pruebas fueron recopiladas por el periodista Eduardo Kimel en su investigación La masacre de San Patricio.

El primer elemento fuerte es que un marino de baja graduación, Miguel Angel Balbi, se presentó en el juzgado de Blondi y manifestó que un compañero de armas, de nombre Claudio Vallejos, le había confesado que él manejó uno de los coches en el operativo, mientras otros compañeros de armas entraban. Dio nombres: Antonio Pernías como quien dirigió todo, el teniente de Fragata Aristegui y el suboficial Cubalo.

Otro elemento fue la declaración que hizo Graciela Daleo, sobreviviente de la Esma, que contó que Antonio Pernías se jactaba de haber sido el que había matado a los palotinos.

Pero la investigación no avanzaría. Vallejos, el chofer, no pudo ser ubicado por la Justicia (se fugó a Brasil).

Llamado a declarar, Pernías negó cualquier relación con el caso.

Mientras el expediente volvía a quedar congelado, Killmeatte organizaba en Los Juríes a los pequeños productores y campesinos. Y otra vez, sus superiores de la congregación le ordenaron abandonar la zona.

Ese año Killmeatte se retiró del sacerdocio. Hoy vive en Bariloche. Se casó y tiene dos chicos.

Tiene una chacra y armó una cooperativa de pequeños productores que, en cierta forma, es la continuidad de su trabajo anterior.

–¿Le costó irse?

Killmeatte se ríe: –Cuando uno deja el sacerdocio debe hacer un proceso llamado de reducción al estado laical. Yo, cabeza dura, me puse firme en que quería dejar en claro por qué me iba. “¿Y por qué se va usted?” “Me voy por cuestiones sociales”, “No, usted no puede decir eso”... No me querían dar la reducción. “Va a ser más rápido si dice otra cosa”. Diez años tardaron. Y me la dieron en latín.

La masacre de los palotinos fue un punto de inflexión dentro de los sectores de la Iglesia que buscaban un cambio.

A partir de entonces, el miedo –y en especial la complicidad de la jerarquía eclesiástica con los crímenes– paralizó cualquier acción que fuera en esa línea.

Young y Zubizarreta recuerdan que al mes siguiente mataron a Angelelli; luego a las monjas francesas, a la hija de (Emilio) Mignone, a otros cientos de laicos que trabajaban en las villas.

Su documental aborda un punto hasta ahora poco transitado del tema, el de la complicidad de los propios feligreses con la persecución a los religiosos.

Pero también refleja el trabajo de quienes sobrevivieron por defender la memoria.

Young dice: “Si no hubiera conocido la vida de Roberto, no hubiera terminado de entender lo que pasó en San Patricio”. 4 de Julio contiene las dos historias, cada una iluminando a la otra.

Fuente: Página/12, 08/07/07

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ENTREVISTA CON EDUARDO KIMEL, AUTOR DEL LIBRO "LA MASACRE DE SAN PATRICIO"

Nos llega hoy la denuncia de uno de los casos de censura más famosos del continente. Y la realiza la víctima misma de este abuso, el periodista argentino Eduardo Kimel. Su pecado fue investigar la masacre de San Patricio y acusar a un juez de negligencia al ver que las huellas de los asesinos conducían a la "entraña del poder militar". Su calvario podría acabar con la despenalización de los delitos de calumnias e injurias en Argentina, lo que significaría una victoria histórica para la libertad de prensa en nuestro hemisferio.

"Mientras los asesinos siguen en libertad, yo soy el único que recibió una condena"

El 4 de julio de 1976 fueron asesinados tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos en la Parroquia San Patricio, de Villa Urquiza. A 29 años del sangriento episodio El Barrio dialogó con el periodista Eduardo Kimel, quien en 1986 escribió un libro que revela los secretos del mayor atentado sufrido por la Iglesia Católica en la Argentina.

Por Daniel Marcovecchio

dmarcovecchio@periodicoelbarrio.com.ar

Es la hora pico de un viernes complicado. El tráfico es un infierno y las bocinas aturden sin pausa. En la jungla de cemento no existe la paz, mientras la muchedumbre corre quién sabe hacia dónde. El bar de la cita se encuentra atestado de gente. Todos hablan, gritan... Sólo una mesa en un rincón permanece en calma. Detrás del humo de cigarrillo se encuentra Eduardo Kimel,el periodista que, como si fuera un personaje ideado por Franz Kafka, se vio envuelto en una maraña judicial sin fin.

-¿Qué motivo lo llevó a investigar el caso de los curas palotinos asesinados?

-Esto fue en 1986. Yo estaba haciendo un libro sobre historia política argentina y la misma editorial me propuso buscar un tema vinculado con los derechos humanos. En ese momento se estaba produciendo el famoso juicio a las juntas militares, que era un asunto de debate nacional, y tuve una charla con un compañero de la universidad. Yo estaba estudiando Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, donde él me mencionó aquel suceso. Yo lo recordaba vagamente. Me interesó más el caso en la medida que no se había hablado demasiado del hecho. Había salido una nota en la revista El Periodista de Buenos Aires, una publicación importante de la década del 80, ya desaparecida, donde se hizo una investigación superficial pero por lo menos valiosa. Hablé con unas personas que tenían vinculación, que estaban dispuestas a hablar, a contar cosas. Entonces lo propuse en la editorial y aceptaron. Me puse a trabajar inmediatamente. Entre fines de 1986 y mediados de 1987 ya lo tenía escrito. Esas son las circunstancias objetivas. Las subjetivas eran que el tema me pareció interesante, y muy llamativo, porque el hecho se había producido en el marco del terrorismo de Estado, durante la represión de la dictadura, y tenía dos características que lo distinguían. La primera era que se trataba del ataque más importante sufrido por alguna comunidad de la Iglesia Católica en la Argentina en toda su historia. Y la segunda que en lugar de secuestrar y hacer desaparecer a las víctimas, práctica habitual de aquella época, en este caso se utilizó como forma de represión entrar al lugar y masacrarlas.

-El periodista Rodolfo Walsh marcó un antes y un después del periodismo de investigación. ¿Puede decirse que fue un modelo a seguir?

-Particularmente, no tenía en mente a nadie en especial. Pero es probable, como cualquier conocimiento que uno incorpora de forma válida. Las cosas importantes no siempre están presentes. Por tanto, supongo que el hombre y la obra de Rodolfo Walsh se encuentran en mi trabajo de forma natural, no porque pretendiera o quisiera imitarlo sino que, como otros periodistas que habían hecho buenos trabajos en aquella época, me parecía que era una forma interesante de contar una historia que podría ser apreciada por mucha gente.

-¿Tuvo problemas o amenazas de parte de las fuerzas de seguridad al escribir La masacre de San Patricio?

-No, fue un libro escrito en democracia y había un interés público muy importante en cuanto a los derechos humanos, aunque también hay que contar una pequeña historia dentro de lo que fue escribir el libro. En 1987, cuando se produjo la rebelión militar de Semana Santa contra el gobierno de Alfonsín, la editorial que me había encargado el proyecto me propuso esperar un tiempo para sacar el libro a la venta porque no se sabía cuál iba a ser el rumbo definitivo de estos planteos militares ante la evidencia de que el gobierno radical retrocedía frente a estos problemas. De común acuerdo esperamos para publicarlo más adelante. Así, el libro quedó archivado un tiempo. Yo lo presenté en un concurso, en 1989, donde pedían investigaciones sobre temas históricos vinculados con los últimos años y gané el primer premio, que consistía en su edición. De esta manera salió publicado en 1989. No hubo durante todo el proceso de investigación ningún tipo de presiones. En realidad, la principal amenaza o el riesgo producido por la publicación del libro fue el juicio que comenzó en 1991.

-¿Cómo se desarrolló el proceso judicial en su contra?

-El juicio fue un proceso largo. La querella se presentó a fines de 1991 y la inició Guillermo Rivarola, el juez que investigó el asesinato en el primer momento -julio de 1976 hasta agosto de 1977- y al cual yo le dedico una pequeña parte del libro donde cuento, de acuerdo con mi visión, cuál fue su actuación como responsable de investigar el crimen. El se sintió ofendido por lo que yo sostengo en el libro, que esencialmente habiendo cumplido con una serie de formalidades que correspondían no llevó adelante la investigación a fondo. No porque se negara, eso yo no lo juzgo, tampoco lo sé, pero tengo la certeza, y esto lo puede constatar cualquiera que lea la causa, que con los elementos a disposición en ese momento se podía haber llegado a una investigación más profunda. Si no lo hizo se debe a las mismas razones por las cuales el conjunto de la Justicia en la Argentina no investigó los crímenes de la dictadura: es decir no había investigación del Gobierno de facto al cual los jueces en general, y en particular los de orden penal, mostraron obediencia o funcionalidad. Ningún juez investigó los crímenes denunciados; más aún, se sabe que rechazaban los hábeas corpus presentados por los familiares de las víctimas de desapariciones porque sabían que el hecho de requerir al poder político, a los organismos de seguridad y a las instituciones militares la identificación del paradero de las víctimas de la represión significaba colocarse en un terreno de resistencia o de oposición al método utilizado por la dictadura.

-¿Cuál fue el resultado de la causa?

-El juez Rivarola me realizó una querella por calumnias e injurias aduciendo que el párrafo escrito en el libro tenía una acusación hacia él por no cumplir con sus funciones. En 1995 la jueza Angela Braidot, que estuvo a cargo de la primera instancia, me condenó a un año de prisión en suspenso y a pagarle una suma determinada al juez Rivarola en concepto de indemnización, ya que consideró que yo era culpable del delito de injurias. Se apeló la sentencia y en 1996 la Cámara de Apelaciones me absolvió diciendo que no había mérito para condenarme ni por injurias ni por calumnias. Luego el juez Rivarola apeló ante la Suprema Corte de Justicia en la época menemista y logró a fines de 1998 una revocatoria de aquella sentencia que me absolvía y devolvía el caso a la Cámara de Apelaciones, pero de otra sala. En 1999 esa sala me volvió a condenar. Entonces mis abogados y yo apelamos sin éxito ante la Suprema Corte.

-¿Qué hizo entonces?

-En 2001 el estudio del Centro de Estudios Legales y Sociales, que me defendía, presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cuya sede está en Washington, en la cual denunciamos este caso en primera medida por censurar a la libertad de expresión y al derecho a la información. La segunda crítica fue realizada contra los jueces que me condenaron, ya que lo hicieron en forma arbitraria y sin hacer una mínima lectura de lo que yo escribí. La Comisión mantuvo el caso dos años en estudio, en un trámite que se llama de admisión, y a principios de 2004 aceptó la denuncia que nosotros presentamos al ser avasallado nuestro derecho en las cortes de la Argentina. En marzo de este año hubo una reunión entre mis abogados y representantes de la Cancillería del gobierno argentino en Washington ante la Comisión Interamericana, donde se expusieron las posiciones de las partes y una vez más exigimos que se busque la manera de dejar sin efecto la condena penal y cualquier tipo de multa indemnizatoria por haber agraviado supuestamente al doctor Rivarola. En estos momentos es el gobierno argentino el que tendrá que contestar esos argumentos y no sabemos cuál es la posición que tomarán al respecto. Incluso ha quedado claro que desde que efectuamos el pedido a la CIDH ninguno de los tres gobiernos que hemos tenido durante esos años saben qué contestar. Esto ocurre porque el caso derivado de la masacre de San Patricio constituye una evidencia muy clara de cuáles son los intereses que defienden muchos de los magistrados argentinos y de qué manera se tratan en este país los temas vinculados con la represión ilegal durante la época de la dictadura militar. La demostración más palpable de eso es que mientras los asesinos de los palotinos siguen en libertad y jamás fueron castigados por uno de los hechos más horrendos de aquella época, el periodista que escribió un libro donde se cuenta esta historia dolorosa es el único que ha recibido algún tipo de castigo.

-Esa es la parte mala de la experiencia. ¿Qué fue lo bueno de haber escrito el libro?

-Si bien se trata de un libro breve, tiene buen material. No solamente hay elementos interesantes por sí mismos sino que la manera en la cual están organizados para contar la historia fueron producto de una elaboración que me alegra. No es un libro lineal, que ofrece al lector sólo el conocimiento de este trágico hecho, sino que también aporta un montón de otros rasgos que sirven para conocer la realidad de aquella época, el contexto y, de alguna manera, mostrar la otra cara de esta historia: la justicia, durante la dictadura y luego en plena democracia, fue incapaz -y esto es lo más terrible- de llevar a cabo una investigación que permitiera condenar a los que cometieron el quíntuple homicidio.

-¿Cómo imagina la resolución de su caso?

-Mis abogados pronostican que va a tener una resolución favorable. Esta situación significará dos cosas: una será mi reivindicación como periodista y la otra será la implementación de una sanción para el Estado argentino por no haber protegido los derechos que debería garantizar en cumplimiento de leyes fundamentales como la Constitución Nacional Argentina y el Pacto de San José de Costa Rica.

Fuente: www.periodicoelbarrio.com.ar

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LEON GIECO EN LA IGLESIA SAN PATRICIO, DONDE MATARON A LOS CINCO CURAS PALOTINOS

"Cuando callaron las iglesias y el fútbol se comió todo"

León Gieco cantó "La Memoria" en la misa por los cinco palotinos asesinados por la dictadura. Primero visitó la Iglesia de San Patricio, en Belgrano, donde habló con los curas sobre la religión, la fe y los años de plomo, conversación que se transcribe a continuación. Hoy los parroquianos deberán llevar alimentos no perecederos, ya que el recital será en beneficio de un hogar de niños discapacitados, de Capitán Bermúdez, cerca de Rosario, apadrinado por León Gieco.

Por Hugo Soriani y Luis Bruschtein

"Los alimentos que juntemos en la misa del domingo serán para el hogar de niños de Capitán Bermúdez. Los conocí porque en algunos de mis recitales venía siempre un pibe en silla de ruedas. No tenía piernas ni brazos. Un día me vino a hablar y le regalé la armónica. Ahora Panchito armó su grupo y a veces me hace de soporte en algunos recitales. El domingo van a venir. Yo soy padrino del hogar." León Gieco le habla a Adrián Francioli y John O’Connor, vicario y párroco de la Iglesia de San Patricio, donde fueron asesinados en 1976 Alfredo Kelly, Alfredo Leaden, Pedro Dufau, Salvador Barbeito y Emilio Barletti, los cinco curas palotinos.

El domingo será el aniversario de esa matanza y como Gieco menciona a los sacerdotes muertos en La Memoria, Francioli y O’Connor lo invitaron a participar.

La misa es en Estomba y Echeverría, en el barrio de Belgrano R. La charla es alrededor de una mesa y una picada, en las instalaciones donde viven los palotinos, detrás de la iglesia.

O’Connor le pregunta por qué incluyó la mención de los palotinos en su canción.

"Puse los hechos que me parecieron más fuertes –responde Gieco–, los que más me impactaron, y creo que también a la gente. También menciono a Walsh, a Mujica, a Angelelli... Fueron los hechos que hicieron reflexionar, los que terminaron de poner en claro que aquí estaban haciendo una masacre."

La pregunta disparó otros recuerdos, el comienzo de una historia, la primera relación de Gieco con la niebla de la dictadura.

"Cuando me pusieron en la lista negra –recuerda–, tenía tres temas prohibidos: Canción de amor para Francisca, el Tema del mosquito y La historia esta. Tuve que irme del país. No tenía un peso. Llegaba a Lima y daba un recital, juntaba algo de plata y entonces iba a Caracas, hacía otro recital y así, también pasé por México, Costa Rica y llegué a Los Angeles, donde vivía una amiga que me ofreció su casa.

En 1978, me llamó mi agente para decirme que las cosas se estaban ablandando, que la esposa de Videla estaba en la Fundación Genética Humana y quería hacer un recital de rock en el Luna Park.

Yo me vine, pero antes le pedí que me organice algunos recitales más chicos, medio clandestinos, además del Luna. Como sabía que allí tenía la protección, aproveché para grabar esos tres temas.

En el disco decía ‘grabado en vivo en el recital por la genética humana’. Eran las maniobras que hacíamos para que pudieran pasar.

La dictadura era algo nuevo, no sabíamos cómo reaccionar."

Sale la pregunta sobre la censura, los militares metiéndose en la vida de la gente, porque la Canción para Francisca es una canción de amor, no tiene ninguna connotación política.

"Estaba prohibido hasta Gardel –dice– y también estaban prohibidos los cuartetos cordobeses, porque eran demasiado festivos o vaya a saber qué. Bueno, después del recital, junté como diez o quince mil dólares y volví a Estados Unidos a devolver todo lo que debía. Le planteé a mi mujer la posibilidad de volver. Era el año ’78, ’79, estaba más pesado que nunca. Por suerte ella, intuyendo todo, me dijo que no."

De la mesa van desapareciendo el queso, el salame y las papas fritas mientras Gieco recuerda. Francioni y O’Connor escuchan, intervienen en la conversación, que en un punto es casi un monólogo.

En la iglesia el ambiente es cómodo, las palabras surgen sin dificultad.

"En esa época, en los recitales, la gente se sentaba y escuchaba, aplaudía y nada más, no participaba. Esa vez, en el Luna Park, que estaba lleno, también fue así. Bueno, el asunto es que gracias a la intuición de mi mujer no volvimos y nos fuimos a Europa.

Terminamos en la casa de unos amigos en Roma. A mi amigo de Roma lo habían torturado porque buscaban al hermano. Cuando estaba en Italia me empecé a reunir con grupos de argentinos exiliados y ellos hablaban.

Contaban que estaban haciendo desaparecer gente, que la tiraban al mar desde aviones, que habían aparecido cadáveres en la costa atlántica con las manos cortadas para evitar que fueran identificados.

Ahí fue mi primer flash, no podía creerlo, hasta ese momento tenía dudas, pensaba que podía ser una exageración. Al final del ’79 me quedé sin plata en Europa y tenía el boleto de regreso vía Los Angeles, así que regresé y ahí empecé a rever toda la historia y me di cuenta de que estábamos en una masacre total."

Cada quien busca en sus propios recuerdos, los periodistas y los curas mientras Gieco reconstruye esa parte de su historia. Del otro lado del pasillo está la pequeña capilla con los retratos de los curas asesinados y la alfombra roja sobre la cual fueron acribillados.

El tejido muestra los agujeros limpios de los balazos.

"Cuando uno compone las canciones, revisando un poquito la historia, uno se acuerda de los momentos más álgidos. Y lo que pasó en esta iglesia me pareció terrible porque además ponía en evidencia lo que estaban haciendo, era una advertencia a los religiosos, a los católicos, de que no se metieran en nada, el miedo total, fue claro el mensaje, horroroso.

Cuando estás libre y componiendo, ponés lo que sale primero a la superficie. Y así puse a los palotinos, lo de Angelelli, lo de Mujica, lo de Guatemala, lo de Chico Méndez en Brasil, la represión estudiantil en México, donde mataron como a mil estudiantes.

La memoria tendría que durar como cuatro horas, pero uno resume, es como el nombre y el apellido."

Hay preguntas para los palotinos, el por qué de la matanza, el por qué del descaro y la total despreocupación por ocultarlo. Es un barrio de clase alta y la congregación era muy respetada incluso desde el poder.

"Qué pregunta. Creo que debemos descubrir el por qué –afirma el párroco O’Connor–. Yo no entiendo.

Debemos sacar conclusiones. Creo que tiene mucho que ver con el barrio y con hacer esa advertencia a la Iglesia y a los creyentes. Porque es un barrio donde vive gente del gobierno, militares y gente de mucho dinero.

También el hermano de uno de los curas asesinados, el padre Leaden, era obispo auxiliar de Buenos Aires, se trata de una comunidad con mucha relación con Europa, es un grupo muy representativo de la Iglesia Católica, un lugar sensible.

Yo creo que lo distintivo de ellos es que los mataron en su lugar de trabajo. Por ejemplo, Mujica era de una familia de mucha plata, pero iba a trabajar con los pobres, Angelelli igual. En este caso era un grupo de sacerdotes trabajando en su propia parroquia. No eran tercermundistas."

León Gieco sacude la cabeza y encoge los hombros. Ha pensado en el tema antes y las respuestas que encontró sólo son más preguntas.

"Esas cosas no tienen lógica. A lo mejor encontraron en la agenda de un detenido la dirección de esta iglesia y vinieron acá y los mataron. No hay lógica, porque el horror que pasó acá no tiene lógica. Es ilógico, si no, no hubiera ocurrido. Atando cabos, puede haber ocurrido de cualquier lado. Alguien que da la dirección de la iglesia, un pibe que cayó preso y lo torturaron, qué se yo."

Hay dos libros que reconstruyen la masacre de los palotinos, escritos por los periodistas Seisdedos y Kimmel. Ambos se introducen en esa pregunta. Uno de los seminaristas era militante montonero señalan.

"Es así –afirma el vicario Francioni–, pero lo importante es que el sentido político fue callar a la Iglesia y lo lograron. El que siguió adelante fue Angelelli y lo mataron al poco tiempo."

"Hay otro elemento importante –agrega O’Connor– y es que dos de los miembros de la Junta Militar, Agosti y Videla, eran de Mercedes, que es una parroquia palotina. Algunas personas dicen que fue la línea de Massera en un mensaje mafioso a Videla."

"Lo que pasa es que tratar de interpretar a esos tipos, meterse en sus cabezas –insiste Gieco– es meterse en una cosa morbosa, asquerosa, que uno no está acostumbrado, porque uno es un pacifista, soy una persona normal, no me puedo meter en la locura de estos tipos.

Lo que uno ve es la consecuencia de esa locura, que fue callar a la Iglesia. Porque si mataron a los cinco palotinos en un barrio como Belgrano, cómo no van a matar a Mujica o a Angelelli, justifican todo lo que hicieron y guarda con empezar a hablar.

Después de eso, la Iglesia no habló nunca más, la Iglesia calló, por eso la canción de La Memoria dice: ‘fue cuando se callaron las Iglesias y cuando el fútbol se comió todo’.

Ahí están los comentarios de los sobrevivientes de la Esma, cuando cuentan que mientras los torturaban se escuchaban los goles.

Pero ese juego perverso entre juego y asesinato también se vivió durante la guerra de Malvinas.

Porque todos hablamos del Mundial ’78, pero la guerra de Malvinas se produjo en el mismo momento que el Mundial del ’82. Y la gente argentina tenía la dualidad de que los pibes estaban muriendo en Malvinas mientras el fútbol se lo comía todo.

A mí me parece insalubre tratar de meterse a ver el por qué porque es meterse en la cabeza de una bestia horrorosa como eran esos tipos. Es como un accidente, como una familia iraquí que le cayó una bomba y estalla toda la familia.

Además, están las cosas que ya han ocurrido, porque si uno lee sobre el genocidio de los armenios por los turcos y después lo que hicieron los alemanes, allí se calcinó la inocencia. Y uno podía pensar que acá no iba a pasar y pasó."

"Qué es para ellos el bien y el mal", se pregunta O’Connor, y otro comentario alude a que dentro de la Iglesia hubo reacciones de todo tipo y Gieco que responde que "la Iglesia está compuesta por hombres, que es un error generalizar, hay que hablar de los hombres" y alguien que cuenta otra anécdota de curas que respaldaban a los represores.

"Fue un momento muy difícil y es importante lo que dice León –interviene entonces el párroco O’Connor–. San Agustín, en el año cuatrocientos y pico, decía que ‘la Iglesia es una santa prostituta’, es santa, pero también es prostituta porque están los hombres.

Incluso yo creo que los que avalaron la maldad fueron la minoría.

La mayoría estaba en sus parroquias y cumplió con sus deberes. Otro grupo fue muy diplomático, lo hizo con su silencio, que es el pecado de la omisión, y otros fueron directamente cómplices, pero la mayoría estaba en sus parroquias, trabajando.

En aquella época había tres sacerdotes en Castelar, en la parroquia donde yo estaba. Y un domingo, el párroco predicó un sermón normal sobre la doctrina social de la Iglesia. Y a la noche, contando la colecta, encontré tres balas en la colecta. Allí estaba el mensaje. Desde entonces me pregunto quién va a la misa con tres balas en el bolsillo."

La imagen de los militares en la iglesia fusilando a los cinco sacerdotes ronda en todas las cabezas. Los llevaron a la sala del primer piso, los hicieron arrodillar y allí en el suelo los acribillaron. Los militares estuvieron cerca de dos horas en la parroquia.

"Yo creo que muy en lo profundo –señala Gieco– todos tenemos la misma posibilidad de ser como ellos o no. La diferencia está en que a él lo formaron para que sea así, le hacen creer que está salvando a la patria. El bien y el mal no están separados, todos los hombres llevamos algo de las dos cosas. Además de la locura está la parte económica, la ideología.

Para conquistar algo, los seres humanos siempre usaron la desaparición y el genocidio.

Ya pasó en toda la historia, 300 años antes de Cristo trajeron a dos millones de judíos para ser esclavos en Egipto.

En América latina mataron a 60 millones de nativos en la conquista. Y cada vez lo hacen con las características de la época, la desaparición, que antes no existía.

Los primeros que experimentaron con la desaparición fueron los franceses en Argelia, que luego lo trajeron a la Argentina.

Como lo explica Videla: ‘El desaparecido no está vivo ni está muerto, no está’. Porque cuando Franco fusilaba en la Guerra Civil, tuvo problemas con el Vaticano.

Entonces empezaron las desapariciones.

El otro día Víctor Heredia fue a presentar su libro a Malargüe y fue el cura del lugar. Víctor hablaba de los desaparecidos, que es el tema del libro, que es un poco la historia que vivió él con la hermana. Y el cura le dijo que no podía hablar de 30 mil desaparecidos ‘porque hubo apenas cinco mil’.

El tipo estaba justificando cinco mil desaparecidos. Esa persona es cura, pero si no lo fuera podría ser perfectamente un torturador, porque está cerquita de serlo."

La actitud de los religiosos que respaldaron a los torturadores irrita a Gieco. Es un tema que lo sensibiliza y entonces enfatiza sus afirmaciones.

Está hablando en la iglesia sobre estos curas que "podrían haber sido torturadores" y tanto Francioli como O’Connor asienten con sus cabezas y con la misma indignación. Salió el tema de la guerra en Irak.

"El año pasado, cuando empezó la guerra de Estados Unidos contra Irak –relata el vicario Francioli–, en la homilía del Jueves Santo dije que si utilizábamos aunque fuera una porción de nuestra inteligencia en vez de para hacer el mal o para construir aparatos para destruir o matar, si utilizáramos esa porción de la inteligencia podríamos hacer muchas cosas buenas por nosotros que estar matándonos."

"Es la condición humana" –reflexiona Gieco, y alguien menciona a los sistemas políticos y Gieco recuerda que todos han tenido esas aberraciones–: "Stalin mató a cientos de miles" y en la conversación surge la pregunta de si eso ya no tiene arreglo.

"Eso es lo que nosotros queremos transmitir cuando hablamos de nuestros cinco mártires –interviene Francioli– porque es un mensaje de esperanza, que el hombre también tiende hacia lo trascendente y puede tender también hacia las cosas buenas. Si ellos pudieron dar sus vidas fue porque creían que había ideales más grandes que la destrucción, la violencia o la muerte."

"Yo estoy de acuerdo con lo que dice Adrián –responde Gieco– pero él lo dice desde su profesión, a la que yo respeto muchísimo porque la fe te salva de un montón de cosas.

Ojalá pudiera tener esa fe. Yo creo que esa cosa que se compensa entre el bien y el mal es así y me parece ingenuo pensar que va a estar todo bien alguna vez. Uno está de paso en este mundo y tiene que hacer el bien, lo demás queda a criterio del destino. Pero Adrián tiene ese aspecto muy hermoso de su profesión, que es la fe. Yo quisiera tener ese grado de fe, porque sé que mucha gente vive por la fe."

Ya se trata de una discusión de principios entre los sacerdotes y el cantor. Es en lo que ha devenido una conversación donde también se habló de la música celta, la preferida de Gieco y O’Connor, se habló de los Chieftains y de Carlos Núñez y de un inminente viaje de Gieco a Irlanda y hubo un ofrecimiento de alojamiento por parte del irlandés, que de todos modos interviene en la cuestión de la fe.

"Yo creo que es importante subrayar que el mártir no da la muerte, da la vida. En la cruz, Cristo da la vida, no da su muerte.

Creo que el martirio es así. Y ése es el mensaje de nuestros cinco mártires, ellos murieron haciendo lo suyo, no buscaban fama, ni estaban en la guerra. Y por eso, a pesar de lo que estamos diciendo, yo creo que hay esperanza, el hombre es bueno."

"A mí me gusta la frase de una canción de León que dice ‘De amor, un día, mi vida nació’ –apoya Francioni a su párroco– y creo que desde ahí nosotros podemos transformar las cosas malas, si el ser humano descubriera esa gotita de amor que se necesitó para que esa persona naciera, a partir de ahí muchos se reconciliarían consigo mismo y con los demás."

Pero Gieco no se rinde y para finalizar, antes de ir a saludar a los alumnos de la escuela que tiene la parroquia, da un ejemplo de cómo las cosas van para atrás:

"Cuando vi la película Nacido el 4 de julio me dije "por fin alguien está educando a una sociedad que mandó a matar a miles de pibes". Porque por eso lo mataron a Ke- nnedy, porque después subió Johnson y mandaron los pibes a Vietnam. Cuando la volví a ver el otro día, me pareció antiquísima, porque ahora en Estados Unidos están todos con la banderita para que Bush reviente a Irak.

Solamente Bob Dylan, Bruce Spreenting y dos o tres más que van a hacer un concierto están en contra. Antes, por lo menos los pibes, los hippies, se manifestaban en contra de la guerra. Es increíble la forma como se atrasó todo. Es muy difícil.

Yo no sé si esto va a cambiar o no. Vivimos tan poco que realmente es poco lo que podemos hacer. Yo creo que ese poquito de tiempo que uno vive tiene que hacer todo el bien que pueda y si las cosas van a cambiar, que las diga otro, yo no sé."

Fuente: La Fogata

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LA IGLESIA, CÓMPLICE DE GOLPISTAS Y ASESINOS

A tantos años de la masacre de San Patricio

Por Eduardo Kimel

El periodista Eduardo Kimel se refiere al horrendo asesinato de los cinco religiosos palotinos, ocurrido el 4 de julio de 1976. Kimel, prestigioso periodista, fue perseguido por la Justicia y amenazado, por la publicación de su obra: 'La Masacre de San patricio'.

Rolando Savino era el joven organista de la iglesia de San Patricio. Desde chico concurría a la parroquia de los palotinos irlandeses. El domingo 4 de julio (de 1976) se levantó temprano y fue a la iglesia, para asistir a la primera celebración de la misa.

Llegó a las siete y media. Había poca gente en la calle, aguardando con frío a la intemperie. Pasaron los minutos y extrañado vio que el templo permanecía cerrado.

Algunos feligreses impacientes tocaron el timbre y dieron golpes en las puertas, sin obtener respuesta.

A las ocho menos cinco Rolando dio un rodeo a la casa y encontró una banderola semiabierta. Trepó y entró.

No percibió ni movimientos. Fue hasta el comedor de la planta baja. Tomó las llaves de la iglesia y abrió las puertas para que los feligreses pudieran entrar.

Utilizando otra llave abrió la puerta de la casa parroquial; desde el hall llamó a los padres sin resultado alguno. Vio luces encendidas en la planta alta.

Creyó que los sacerdotes se habían quedado dormidos, o que recién se levantaban, aunque esto no fuera normal.

Volvió a gritar y, como el silencio continuaba, subió las escaleras hasta el primer piso donde estaban los dormitorios. Un frío helado recorrió su cuerpo. Una presunción lo invadió.

Estaba todo revuelto. En las puertas y en la alfombra había inscripciones, que no pudo o no quiso leer. Pensó en un robo. La estufa de gas estaba encendida. Se acercó a la sala de estar.

Abrió la puerta y con horror observó los cuerpos ensangrentados de los cinco religiosos tirados en el suelo.

Aterrorizado, bajó las escaleras. Entre las personas que aguardaban vio a la señora Celia Harper, a quien conocía; impelido de un desconocido sentido del control le pidió que lo acompañara a la planta alta, sin decir una sola palabra al resto de la gente.

A los pocos minutos Rolando y Celia se dirigieron a la comisaría del barrio para comunicar el macabro hallazgo.

Este relato pertenece a mi libro La masacre de San Patricio, una investigación sobre el horrendo asesinato de los cinco religiosos de la comunidad católica palotina de Belgrano R sucedido el 4 de julio de 1976.

En las primeras horas de aquel día un grupo de tareas de la dictadura militar ingresó a la casa parroquial y, luego de identificarlos, masacró a los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau, y a los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.

El crimen fue el hecho de sangre más importante que sufrió la Iglesia Católica argentina en toda su historia. Sin embargo, desde aquel 4 de julio poco se hizo para recordar a las víctimas y mucho menos para hallar y castigar a los culpables.

La jerarquía católica argentina mantuvo una llamativa indiferencia, nunca reclamó con la debida fuerza por el crimen; el homenaje a las víctimas quedó circunscrito a las misas que los palotinos les dedican cada 4 de julio.

Si se hiciera una encuesta entre la gran masa de católicos practicantes, seguramente una inmensa mayoría no podría contestar a la pregunta: ¿qué fue la masacre de San Patricio?

20 años después del horrendo hecho la congregación palotina ha solicitado a las autoridades eclesiásticas la investigación oficial con el propósito de que los cinco religiosos sean considerados mártires de la Iglesia.

La investigación judicial tuvo dos etapas. La primera encabezada por el juez Guillermo Rivarola en los años 1976 y 1977 no dio con los autores y fue sobreseída provisionalmente aunque hubo evidencias notorias que indicaban la intervención de la dictadura operando en el marco de lo que los represores denominaron la 'lucha antisubversiva'.

La segunda fase comenzó en agosto de 1984 y estuvo a cargo del juez Néstor Blondi.

Una serie de testimonios dirigieron la sospecha hacia la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Incluso un ex integrante de la Marina, Miguel Angel Balbi relató en el tribunal que un ex 'compañero de armas', Claudio Vallejos, le había confesado su participación en el homicidio juntamente con Antonio Pernías, el teniente de navío Aristegui y el suboficial Cubalo.

Sobre la base de las declaraciones de Luis Pinasco y Guillermo Silva, dos vecinos de la parroquia que fueron testigos de una parte de lo que ocurrió aquella noche, se pudo reconstruir la verdad parcialmente.

Se supo que la presencia de dos automóviles Peugeot 504 estacionados frente a la parroquia había despertado la preocupación del joven Julio Víctor Martínez -hijo de un general que había sido designado gobernador por la Junta Militar-, quien realizó la denuncia en la comisaría 37.

Luego de mucha resistencia se envió un patrullero al lugar y el oficial a cargo del operativo, Miguel Angel Romano, conversó con quienes estaban dentro de los coches.

Desde una casa en la esquina de Estomba y Sucre los jóvenes siguieron los acontecimientos. Cuando el móvil policial se retiraba de la cuadra, Guillermo Silva escuchó una palabras destinadas al cabo de la Policía Federal Pedro Alvarez, quien custodiaba el hogar de la familia Martínez: 'Si escuchás unos cohetazos no salgás porque vamos a reventar la casa de unos zurdos'. Después de un rato los jóvenes vieron cómo varias personas salían de los autos con armas largas e ingresaban a la casa parroquial. Y mucho más tarde escucharon el ruido de un auto arrancando y alejándose a mucha velocidad.

Convocado por el juez Rivarola, Miguel Angel Romano dio su versión sobre lo ocurrido. Reconoció haber estado frente a la parroquia aquella noche e identificado a la única persona que según él estaba dentro de un automóvil Peugeot 504. 'Cuando lo interrogó sobre el motivo de su estadía en ese lugar, esas persona la manifestó que se encontraba allí esperando a una señorita que tenía que salir de una fiesta que es daba a la vuelta'.

En mayo de 1986, el entonces fiscal Aníbal Ibarra solicitó el procesamiento del ayudante Miguel Angel Romano. 'Llego a la conclusión de que el ayudante Romano individualizó a las personas que estaban en uno de los Peugeot y digo a las personas porque el nombrado mintió cuando expresó que sólo encontró a una. (...) En tales condiciones, es evidente que los integrantes del rodado hicieron saber que la intención de ellos no era el general Martínez sino por el contrario 'reventar a unos zurdos'.

Esto obviamente tranquilizó al ayudante Romano quien se dirigió entonces a avisar al custodio del mencionado ex gobernador del Neuquén lo que realmente iba a ocurrir'. Ibarra concluía: Romano 'supo en el cumplimento de sus funciones lo que iba a ocurrir en la parroquia de San Patricio y con su actitud -tratando incluso de evitar la posible intervención del custodio del general Martínez- permitió que ello ocurriera'.

Asimismo Ibarra pidió el procesamiento del jefe de la comisaría 37ª, Rafael Fensore por 'la omisión de incorporar al expediente ese importante incidente (la denuncia de Martínez)', que recién fue agregada tres días después del múltiple homicidio.

En junio de 1987, el juez Blondi dispuso el desprocesamiento de Fensore y Romano, haciendo lugar al pedido de prescripción de la acción formulada por los abogados defensores.

La causa judicial fue clausurada por segunda vez en forma provisional. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, sancionadas durante el gobierno de Raúl Alfonsín, y los indultos decretados por Carlos Menem hicieron el resto.

La investigación quedó interrumpida sin indicio que pudiera o pueda ser reactivada.

Los asesinos e instigadores nunca fueron castigados.

27 años después, seguimos evocando con dolor a los palotinos asesinados el 4 de julio. Y continuamos exigiendo el juicio y castigo a todos los culpables.

El juicio de la historia

Cuando a mediados de los años ochenta se me propuso investigar y redactar un libro vinculado a la violación de los derechos humanos durante la última dictadura militar, decidí trabajar sobre la Masacre de San Patricio. Era mi forma de contribuir a la construcción de la memoria colectiva, tratando de arrojar luz allá donde la represión más cruenta y la confusión premeditada había pretendido enterrar la muerte de los cinco religiosos en el más infame de los silencios.

El libro tenía, en ese sentido, un doble propósito: investigar cómo sucedió el asesinato y demostrar cómo se inscribió en la estrategia del terrorismo de Estado.

Fui parte de la generación de jóvenes que quisimos transformar al país eliminado la injusticia y la desigualdad social. En este sentido, me interesaba indagar y explicar la naturaleza de la represión.

Contra la visión construida por los militares y sus aliados civiles que define al genocidio como consecuencia de una guerra entre dos bandos armados donde se produjeron 'excesos' -lamentable tergiversación de la realidad que derivó en la teoría de 'los dos demonios'-, siempre entendí que la represión dictatorial tenía objetivos políticos muy precisos: combatir de aquel proyecto de liberación e instaurar un modelo económico y social basado en la entrega y el empobrecimiento de las masas destruyendo todos los canales de la amplia organización popular que había caracterizado la etapa de la vida nacional abierta por el Cordobazo y cerrada trágicamente el 24 de marzo de 1976.

Aquel vasto arco social abarcaba una gran diversidad ideológica desde el peronismo combativo y el socialcristianismo hasta los innumerables grupos de la tradicionalmente atomizada izquierda argentina; contenía a las corrientes obreras clasistas y antiburocráticas; a los agrupamientos juveniles, tanto en colegios y universidades como en los barrios, a profesionales, artistas e intelectuales y a los movimientos de la Iglesia Católica definidos en la 'opción preferencial por los pobres'.

Aunque nunca integraron formalmente el movimiento de curas tercermundistas, el pensamiento y la labor de algunos de los palotinos podrían ser encuadrado en los principios de aquel grupo que lideró el padre Carlos Mújica. Pero más allá de esta cuestión, sujeta aún hoy a controversia, hay una coincidencia en el señalamiento de los objetivos buscados por la masacre.

Lo dice Adolfo Pérez Esquivel: 'Los palotinos asumieron un compromiso concreto con el pueblo, pero no era de los que estaban más en evidencia. Sin embargo, se los tomó como una represalia general para atemorizar a las otras órdenes religiosas, obligándolas al silencio'.

Mi libro se publicó en noviembre de 1989. Cuando estuvo en la calle, jamás pensé que podría originar una querella judicial. Y menos que la misma proviniera del juez que tuvo a su cargo investigar el crimen durante la dictadura, Guillermo Rivarola.

Quizás fui ingenuo, pero un breve párrafo que le dediqué a evaluar su actuación como magistrado fue suficiente para que me iniciara en 1991 una causa por presuntas calumnias.

En octubre de 1995, la jueza Angela Braidot, considerando que estaba acreditado el delito de injurias, me condenó a un año de prisión en suspenso y a pagarle a Rivarola 20.000 dólares en carácter de indemnización.

En noviembre de 1996, la sala VI de la Cámara Nacional de Apelaciones, con el voto unánime de sus tres integrantes, anuló al fallo anterior y me absolvió. Uno de los camaristas, el doctor Carlos Elbert asumió una autocrítica de la actuación de la justicia en estos términos:

'Esa quiebra violenta del orden jurídico consintió un poder judicial comprometido, en carácter de institución legítimamente esencial del estado de excepción, pero sin eficacia suficiente como para cuestionar o limitar el implacable terrorismo de estado impuesto.'

En diciembre de 1998, la Suprema Corte de la Nación, compuesta por la nefasta 'mayoría automática' menemista hizo lugar a un recurso presentado por Rivarola, revocó el fallo anterior y lo devolvió a la Cámara para se dictara nueva sentencia.

Así lo hizo la sala IV, integrada por Alfredo Barbarosch y Carlos Gerome, quienes el 8 de abril de 1999, hallándome culpable esta vez del delito de calumnias, confirmaron la pena impuesta por la jueza de primer instancia.

Aquel fallo de la Sala IV de la Cámara provocó un repudio generalizado desde los más diversos sectores.

La Unión de Trabajadores de Prensa (UTPBA) y la Asociación Periodistas encabezaron una campaña de denuncia tanto en el plano nacional como internacional.

La condena fue rechazada por ADEPA y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). El 16 de abril de 1999, Santiago Cantón, relator oficial para la Libertad de Prensa de la OEA emitió un comunicado donde dice: 'Causa sorpresa a la Relatoría que termine siendo castigado el periodista que realizó una investigación de ese horroroso crimen, mientras que los autores del crimen, sus encubridores y cómplices, siguen impunes.'

En diciembre de 1998, la Suprema Corte de la Nación hizo lugar a un recurso presentado por el juez Rivarola, revocó el fallo anterior y lo devolvió a la Cámara para que se dictara nueva sentencia. Así lo hizo la sala IV de la Cámara, integrada por Alfredo Barbarosch y Carlos Gerome, quienes el 8 de abril, hallando culpable a Kimel del delito de calumnias, confirmaron la pena impuesta por la jueza de primer instancia.

En octubre de 1999 la misma Cámara accedió a habilitar un recurso extraordinario interpuesto por mi defensa. Después de haber tenido el expediente durante más de un año, una mayoría de ministros de la Corte -Julio Nazareno, Eduardo Moliné O'Connor, Carlos Fayt, Antonio Boggiano, Guillermo López y Adolfo Vázquez- firmaron una resolución de tres líneas que declara 'inadmisible' el recurso extraordinario. Argumentan, al citar el artículo 280 del Código Procesal Civil y Comercial, que el caso puede ser evaluado como carente de 'agravio federal suficiente' o 'insustancial' o 'carente de trascendencia'. 'Lo curioso es que la Corte ya había fallado ordenando a la Cámara que se expidiera otra vez y dando los argumentos para una condena', señaló Héctor Masquelet, mi abogado defensor, en una entrevista periodística cuando se conoció el fallo de la Corte.

La arbitrariedad de los fallos también fue denunciada por diferentes medios de prensa nacionales y extranjeros. He recibido la solidaridad de la comunidad palotina que redactó una carta abierta dirigida a mi y fue enviada a los diarios de Buenos Aires. En uno de los párrafos dicen:

«Las personas se esfuerzan por entender los misterios de la existencia, el crimen de San Patricio sigue envuelto en un manto de misterio.

La Justicia, tan esencial y honorable institución en nuestra sociedad argentina, no ha podido hasta hoy esclarecer la autoría y el porqué del asesinato.

«Vos vas a entender muy bien que nuestro anhelo es que aquellos que perpetraron ese homicidio múltiple con una crueldad empedrada no queden impunes y que comparezcan ante la Justicia.

«Tus colegas de los medios han escrito bien, 'Para Kimel, el fallo es horroroso y significa la consagración de la impunidad, porque el único condenado por la masacre de los palotinos es justamente quien la investigó'.

«Queremos que sepas que contás con nuestro afectuoso apoyo.»

El 23 de enero de 2001, se presentó oficialmente el escrito que denuncia el caso en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). El mismo fue elaborado por un equipo de abogados pertenecientes al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) de Buenos Aires: Andrea Pochak, Santiago Felgueras, Eduardo Bertoni, y Alberto Bovino.

«En esta denuncia alegamos que el Estado argentino ha violado el derecho de Eduardo Kimel a la libertad de expresión y a un debido proceso legal.

«Tenemos la firme convicción de que el caso que hoy denunciamos, exhibe de una manera ejemplar cómo ciertas figuras penales pueden ser aplicadas como mecanismos de censura, criminalizando conductas que no son más que la expresión de opiniones e ideas, animadas por un sentido crítico, sobre el comportamiento de ciertos funcionarios del Estado.

En ese sentido, entendemos que los hechos de los que fuera víctima Eduardo Kimel, conducen con absoluta claridad a la conclusión de que estos tipos penales, susceptibles de ser aplicados para perseguir criminalmente la crítica política, resultan incompatibles con el artículo 13 de la Convención Americana.

«Las decisiones judiciales que conducen a la condena de Eduardo Kimel, exponen además la falta de imparcialidad de algunos de los magistrados que intervinieron en su juzgamiento, lo que constituye una violación del artículo 8 de la Convención.»

27 años después, los magistrados argentinos seguian en deuda con su pueblo. De una vez por todas: ¿Habria Justicia?

Fuente: Argenpress/La Fogata

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EL CASO KIMEL, UNA MASACRE CONTRA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Por Eduardo Kimel

Especial para Libertad-Prensa.org

6 Junio 2001

Cortesía de www.solnet.net

La masacre de San Patricio es el título de mi investigación sobre el horrendo asesinato de los cinco religiosos de la comunidad católica palotina del barrio de Belgrano R, en Buenos Aires, Argentina, el 4 de julio de 1976. En las primeras horas de aquel día, un grupo de tareas de la dictadura militar (1976-1983) ingresó a la casa parroquial y, luego de identificarlos, masacró a los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau, y a los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.

El libro se publicó en noviembre de 1989. Un breve párrafo que dediqué a evaluar la actuación del doctor Guillermo Rivarola, quien intervino en el caso en 1976 y 1977, fue suficiente para que éste me iniciara una causa por calumnias en 1991:

El juez Rivarola realizó todos los trámites inherentes. Acopió los partes policiales con las primeras informaciones, solicitó y obtuvo las pericias forenses y las balísticas.

Hizo comparecer a una buena parte de las personas que podían aportar datos para el esclarecimiento.

Sin embargo, la lectura de las fojas judiciales conduce a una primera pregunta: ¿Se quería realmente llegar a una pista que condujera a los victimarios?

La actuación de los jueces durante la dictadura fue, en general, condescendiente cuando no cómplice de la represión dictatorial.

En el caso de los palotinos, el juez Rivarola cumplió con la mayoría de los requisitos formales de la investigación, aunque resulta ostensible que una serie de elementos decisivos para la elucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta.

La evidencia de que la orden del crimen había partido de la entraña del poder militar paralizó la pesquisa, llevándola a un punto muerto.

En octubre de 1995, la jueza Angela Braidot, considerando que estaba acreditado el delito de injurias (hubo un cambio en la tipificación del delito), me condenó a un año de prisión en suspenso y a pagarle a Rivarola 20.000 dólares en carácter de indemnización por daños morales.

En noviembre de 1996, la sala VI de la Cámara Nacional de Apelaciones, con el voto unánime de sus tres integrantes, anuló el fallo anterior y me absolvió. En la argumentación de su voto, uno de los camaristas, el doctor Carlos Elbert, asumió incluso una autocrítica de la actuación de la justicia en aquellos tiempos

Esa quiebra violenta del orden jurídico consintió un poder judicial comprometido, en carácter de institución legítimamente esencial del estado de excepción, pero sin eficacia suficiente como para cuestionar o limitar el implacable terrorismo de estado impuesto.

En diciembre de 1998, la Suprema Corte de la Nación hizo lugar a un recurso presentado por el juez Rivarola, revocó el fallo anterior y lo devolvió a la Cámara para que se dictara nueva sentencia. Así lo hizo la sala IV de la Cámara, integrada por Alfredo Barbarosch y Carlos Gerome, quienes el 8 de abril, hallándome culpable del delito de calumnias, confirmaron la pena impuesta por la jueza de primer instancia.

En octubre de 1999 la misma Cámara accedió a habilitar un recurso extraordinario interpuesto por mi defensa. Después de haber tenido el expediente durante más de un año, una mayoría de ministros de la Corte firmó una resolución de tres líneas que declara "inadmisible" el recurso extraordinario. Argumentan, al citar el artículo 280 del Código Procesal Civil y Comercial, que el caso puede ser evaluado como carente de "agravio federal suficiente" o "insustancial" o "carente de trascendencia".

"Lo curioso es que la Corte ya había fallado ordenando a la Cámara que se expidiera otra vez y dando los argumentos para una condena", señaló Héctor Masquelet, mi abogado defensor, en una entrevista periodística.

En diciembre de 2000 mi caso fue denunciado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), acción que mereció el siguiente comentario del diario Página 12 de Buenos Aires:

El miércoles 5, el presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, Danilo Arbilla, y el directivo del Centro de Estudios Legales y Sociales y de la Asociación Periodistas Horacio Verbitsky reclamaron la intervención del organismo en defensa del periodista Eduardo Kimel, condenado a un año de prisión en suspenso y a una multa de 20.000 pesos [dólares] por calumnia contra el juez Guillermo Rivarola, a raíz de su libro La masacre de San Patricio, sobre el asesinato por una fuerza de tareas de la dictadura militar de cinco religiosos en 1976.

El Relator Especial de la OEA para la Libertad de Expresión, Santiago Cantón, declaró su apoyo al caso.

La condena contra Kimel, confirmada hace dos meses por la Corte Suprema de Justicia, viola la cláusula sobre libertad de expresión de la Convención Americana de Derechos Humanos, sostuvieron Arbilla, Cantón y Verbitsky.

El pasado 23 de enero, se presentó oficialmente el escrito que abrió el caso en la CIDH. El mismo fue elaborado por un equipo de abogados pertenecientes al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) de Buenos Aires: Andrea Pochak, Santiago Felgueras, Eduardo Bertoni, y Alberto Bovino. El documento redactado por mis abogados se basa en dos conceptos:

En esta denuncia alegamos que el Estado argentino ha violado el derecho de Eduardo Kimel a la libertad de expresión y a un debido proceso legal.

Tenemos la firme convicción de que el caso que hoy denunciamos, exhibe de una manera ejemplar cómo ciertas figuras penales pueden ser aplicadas como mecanismos de censura, criminalizando conductas que no son más que la expresión de opiniones e ideas, animadas por un sentido crítico, sobre el comportamiento de ciertos funcionarios del Estado.

En ese sentido, entendemos que los hechos de los que fuera víctima Eduardo Kimel, conducen con absoluta claridad a la conclusión de que estos tipos penales, susceptibles de ser aplicados para perseguir criminalmente la crítica política, resultan incompatibles con el artículo 13 de la Convención Americana.

Las decisiones judiciales que conducen a la condena de Eduardo Kimel, exponen además la falta de imparcialidad de algunos de los magistrados que intervinieron en su juzgamiento, lo que constituye una violación del artículo 8 de la Convención.

En el plano de procedimientos, el gobierno argentino ya fue notificado y tiene un plazo de 6 meses para contestar al requerimiento. La sólida fundamentación del caso y el interés demostrado por diversas entidades nacionales y extranjeras, me permiten aguardar decisiones que reviertan la injusticia materializada por los tribunales argentinos.

Mis abogados consideran formular un pedido de audiencia a la CIDH para la segunda mitad de este año o la primera de 2002, según evolucionen los hechos.

La estrategia definida por el CELS es la de alcanzar una solución amistosa con el Gobierno a través de la sanción de una ley que despenalice los delitos de calumnias e injurias en casos en que los querellantes sean funcionarios públicos.

Esa legislación podría aplicarse en mi caso y significaría un importante avance en el marco de la protección jurídica de la actividad periodística con una evidente extensión para el conjunto de la sociedad. Un artículo publicado por Página 12 de Buenos Aires analiza la cuestión:

En 1999 el gobierno nacional se comprometió a despenalizar los delitos de calumnias e injurias en los casos en los que el ofendido fuera un funcionario público.

En cumplimiento de esa solución amistosa, el proyecto de ley que incorpora a la legislación argentina la doctrina de la real malicia fue firmado por los senadores José Genoud, de la Alianza gobernante, y Jorge Yoma, del Partido Justicialista.

El acuerdo se celebró en los últimos meses del gobierno del ex presidente Carlos Menem, pero fue ratificado por el actual presidente Fernando de la Rúa, quien habilitó su tratamiento en las sesiones extraordinarias del año pasado (...)

De sancionarse, los funcionarios sólo podrán iniciar acciones civiles, en busca de reparación económica, y se invertirá la carga de la prueba. Ellos deberán demostrar que la información publicada era falsa y que el periodista lo sabía o que se desentendió de cualquier intento por verificarlo.

Lamentablemente este proyecto está empantanado en el Senado de la Nación. En los últimos días la Asociación Periodistas ha reactivado el reclamo de su inmediato tratamiento para lo cual ha realizado gestiones ante el ministro de Relaciones Exteriores, doctor Rodríguez Giavarini, ya que es la Chancillería el organismo responsable de garantizar el cumplimento del acuerdo firmado en la CIDH.

Pero más allá del trámite que seguirá mi denuncia en la CIDH, mi situación legal en la Argentina es a todas luces una grave injusticia y constituye un mensaje intimidatorio contra la actividad periodística, especialmente aquella que se dedica con tenacidad a desentrañar los delitos vinculados al ejercicio del poder en cualquiera de sus formas.

En este sentido, la sanción que se me impuso es, sin dudas, una amenaza contra el ejercicio de la libertad de expresión, una consagración de la censura a través de una vía legal.

La condena que sufrí provocó una reacción de distintas entidades vinculadas al quehacer periodístico y a la defensa de los derechos humanos. La Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) y la Asociación Periodistas encabezaron una campaña de denuncia tanto en el plano nacional como internacional.

La condena fue rechazada por Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA), la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), IFEX, la Sociedad Americana de Juristas, el Comité Mundial para la Libertad de Expresión, Reporteros sin Fronteras, la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), Freedom House y el Freedom Forum, entre otros.

El 16 de abril de 1999, Santiago Cantón, relator especial para la libertad de Expresión de la OEA emitió el siguiente comunicado:

Causa sorpresa a la Relatoría que termine siendo castigado el periodista que realizó una investigación de ese horroroso crimen, mientras que los autores del crimen, sus encubridores y cómplices, siguen impunes.

En el último informe sobre la situación de los derechos humanos del Departamento de Estado de los Estados Unidos se incluye mi caso:

En noviembre, la Corte Suprema ratificó la sentencia de 1999 contra Eduardo Kimel de un año en prisión (suspendido) y una multa de $20.000 (20.000 pesos) por comentarios realizados en un libro suyo. En diciembre, la CIDH anunció que el caso será investigado como una posible violación del derecho a la libertad de expresión.

Espero que todos estos pronunciamientos contribuyan a reparar definitivamente este grave ataque contra los derechos elementales de una sociedad democrática.

Eduardo Kimel es periodista y autor argentino de larga y prestigiosa trayectoria en numerosos medios, incluyendo el diario Clarín, el semanario Tiempos del Mundo, la revista Temas, la revista Confluencia y Radio Mitre

Fuente: www.pressnetweb.com

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"EL HONOR DE DIOS"

Por Gabriel Seisdedos

Capitulo de muestra

Buenos Aires, Capital Federal de




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