lunes, 23 de marzo de 2009

Albert Einstein en Cuba Sociedad Israelita de La Habana clausura universitaria




Una neblina anaranjadísima ocupa la bahía y riega su halo húmedo sobre la cubierta del vapor Belgelad que reposa apenas entre las marejadas anunciadoras de un norte. Aferrado a la baranda de cubierta, descalzo y envuelto en su batón de dormir, un señor canoso canta en perfecto alemán lo que parece ser una canción de cuna.

Cierra los ojos, rastrea esa mezcla de algas, salitre y frutas podridas que le devuelven las aguas revueltas del Caribe, y deja que otra vez el universo entero lo derrumbe con su inmensidad.

-El hombre no deja de ser muy poca cosa. Lo dice tras escuchar la tos inconfundible del capitán del barco, que en perfecto inglé! s de Inglaterra le devuelve sus acostumbradas reflexiones con más vocación de maestro que de marino.

-El tiempo empeorará. Lo mejor será dejar Cuba mañana en la tarde y seguir rumbo a California. De cualquier forma estas islas son todas iguales. Nadie se explica por qué Dios las tiró en la tierra como dados al azar.

“Cambian de presidentes como de calzones. Son brújulas mirando siempre al norte, pero con imanes dentro queriendo variar la dirección. Por eso se matan entre ellos” -se apura a decir el capitán en un intento por atraer la atención del alemán y de inmediato susurra en aparente actitud cómplice: “El mes pasado un capitán amigo encontró dos cadáveres flotando en esta misma bahía…

Es tan común la pobreza por estas tierras, que aunque dios vista a sus pobladores de levita, no dejan de ser unos jodidos indígenas”.



El alemán coloca en su mejor rostro de jugador de póker una sonrisa. No cree en el dios que juega a los dados, pero de nada sirve hacerle ver! al marino lo contrario. A lo lejos las luces de la cuidad sem! ejan can diles temblorosos.
Albert Einstein se pregunta por enésima vez, qué es realmente la luz, si una lluvia de partículas o de ondas.

Desde que era un adolescente quiso saber qué le ocurriría a un hombre si lograba asisse a un rayo de luz. Ese sueño imposible lo condujo a la famosa teoría de la relatividad convirtiéndolo sin su consentimiento, en uno de los físicos más notables de la historia.

¿Qué sucedería si un hombre corriera de la mano junto a un rayo de luz? En razón de que se desplaza uniformemente, todos los fenómenos han de ser los mismos que para el hombre que está en reposo, pero por otra parte siempre permanece frente a la onda luminosa y para él la luz está inmóvil. Algo parece oscilar, pero la onda no se expande. Eso indica que ningún cuerpo material puede moverse con tanta velocidad como lo hace la luz a 300 000 kilómetros por segundo.

Nadie puede llegar a alcanzar un rayo de luz, se repitió en el camino de regreso al camarote, mientras entrecerraba los ojos y hacía como si apresara las luces de la cuidad entre el índice y el pulgar de su mano derecha. Todo es relativo sobre la Tierra. Todo es relativo en la inmensidad del universo.



En la sociedad israelita de La Habana alguien le mostró el diario de La Marina de 18 de diciembre de 1930, con su foto en primera plana, y un pequeño cintillo anunciador de su llegada al día siguiente. Podía leerse en el píe de foto: No es un poeta al menos, pero ha dado nuevas medidas y ritmos al poema del universo.

Quiso saber de los demás titulares, y el traductor tuvo a bien explicarle no sin cierto resquemor que
"el presidente de la república, Gerardo Machado, decretaba la clausura de la universidad por “haberse convertido en un centro de propagandas perniciosas”

Pensó otra vez que dios no juega a los dados: una sociedad sana está ligada tanto a la independencia de sus individuos como a su unión social íntima.

Donde necesitan cerrarse universidades se le teme entre otras cosas al pensamiento científico… Cierto que él consideraba la enseñanza como una carga porque prefería investigar. Pero no podía olvidar a los jóvenes del Instituto berlinés de Física donde impartió clases.



Pensando en ellos escribió en el libro de oro de la Sociedad Geográfica de Cuba, que la primera sociedad verdaderamente universal fue la de los investigadores. “Ojalá pueda la generación venidera establecer una sociedad económica y política que evite con seguridad las catástrofes.

“La ciencia une a los hombres y evita las guerras”, fueron sus primeras declaraciones a la prensa cubana. El joven periodista de El mundo escribió en su libreta taquigráfica cada una de sus ! palabras: “Esta tierra maravillosa me esta demostrando una admiración que no merezco. Debo aceptarla y la agradezco en el alma, pero espero me dejarán contemplar por unos momentos e paisaje por e que siento una verdadera curiosidad. Lastima que apremie el tiempo que debo aprovechar y que no me ha permitido aceptar el gentil ofrecimiento del gobierno, de ocupar una habitación en el Hotel Nacional”.

-Profesor, últimamente nos ha parecido ver, por ciertas fotografías e informaciones de los periódicos que resurge en la juventud alemana el espíritu bélico...
-Las exaltaciones de los jóvenes pueden ser tomadas a veces en sentido equivocado. No creo que pueda suceder, y si tal fuera, a su lado están los viejos, los que hicieron la guerra, que jamás han de permitir se repitan aquellos errores.

Un silencio embarazoso. Einstein juega con las alas del sombrero de jipijapa que tuvo a bien solicitar al tocar tierra. Los empleados de El Encanto decidieron regalárselo a cambio de que se dejara retratar en el estudio fotográfico de la ! tienda. El día se presento soleado a pesar de diciembre y del norte. Lo que obligaba a los criollos a sacar los abrigos no era otra cosa que el verano alemán.

-¿Qué podré decir que interese a sus lectores? Es cosa sabida que me dirijo actualmente a Passadena, en California, para llevar a cabo en el observatorio de Mount Wilson, junto con algunos colegas americanos, algunas experiencias que han de llevarnos a la demostración de que los rayos de luz no son rectos, y también para medir la velocidad con que nos llega a la Tierra.

“Quizás obedece este viaje a un deseo de expansionar mi espíritu, visitar nuevas tierras, y buscar algún descanso. He pasado algunos días en Nueva York, y mi descanso se convirtió en un constante asistir a toda clase de actos celebrados en mi honor, teniendo para mí tantas atenciones, que jamás sabré agradecerlas”

Einstein mira a su esposa buscando un descanso entre tanto asedio. Masca el cabo de la pipa mientras se inclina ante el periodista de ! El Mundo, solicitando tregua. La jornada era intensa.

El recorrido incluía a la Academia de Ciencias, el Country Club, el Habana Yacht Club, el asilo de Mazorra, el campo de aviación Curtis, la Escuela Técnica Industrial, la campiña de Santiago de las Vegas...

Los de la comunidad israelita quisieron agasajarlo porque tan famosa como su teoría de la relatividad, lo era su declaración de que primero era ciudadano alemán y en segundo lugar era judío.


Un ardiente deseo del conocimiento puro, el amor a la justicia que llega a rayar en el fanatismo, el esfuerzo por conquistar la independencia personal, eran los motivos de la tradición judía que siempre le hacían valorar como un don de la suerte el hecho de pertenecer a ese pueblo.

Lo de esta tarde era uno de esos esfuerzos sobrehumanos que sus íntimos sabían
reconocer. Llenar autógrafos, sonreír, soportar la cortesía de los sabios locales, atender a la prensa, brindar con miles de pretextos, mostrarse sumamente interesado… Una vez le escribió a Max Born, físico alemán como él, y a su esposa Hedwig, que todo el mundo tiene que sacrificarse alguna vez ante el altar de la tontería, para deleite de los dioses y del género humano.

El fotógrafo de El Mundo le suelta un flachazo en la cara que lo devuelve al bullicio más tropical que judío. Se le acerca, papel en mano, un joven que por su aire nervioso parece otro más de los que solicitan autógrafos. El físico recibe la hoja y revisa los bolsillos buscando la pluma.

Cuando se dispone a firmar, no puede hacer otra cosa que leer:

Cuba no es lo que le enseñan.

Einstein levanta la vista buscando al joven que ya no está.

Por las ventanas del gran salón de recepciones entran los pobres rayos solares del final de la tarde. Parecen sostener en el aire a las pequeñas partículas del polvo que descansan su luminosidad prestada en los mosaicos israelitas del piso.

Volver cuanto antes al Belgeland, fue su deseo. El capitán inglés tenía razón en eso de que existían imanes dentro de estas islas queriendo cambiar el rumbo norte.
A la mañana siguiente, frente al espejo del camarote, Albert Einstein repasó su bigote oscuro en franco contraste con la melena blanca.

Cincuenta y un años tenía ese tipo al que ahora le sacaba la lengua en un gesto de desafío y resignación. No quiso peinarse, quizás esperando que a la salida su esposa le corrigiera cada desajuste en la presencia. Se enjuagó la boca y escupió en la bacinilla, decidido a conducir su destino durante las últimas horas de estancia en La Habana.

El director del Observatorio Nacional lo esperaba para realizar otro recorrido por la ciudad. Una vez sobre el coche que los trasladaría, y con la cortesía necesaria para no producir un escándalo manifestó su voluntad de cambiar el itinerario. Estaba harto de parques, clubes, residencias acomodadas, recepciones y agasajos. Esta vez deseaba conocer todo aquello que no le enseñaron al inicio.

Frau Einstein se sintió a gusto. Por primera vez en mucho tiempo, nada avergonzaba de violentar las normas elementales de diplomacia. En el Mercado Único, entre tenderetes y mostradores que exhibían las más increíbles mercancías, comenzó a disfrutar la otra cara de la moneda, y notó que la atención de su marido era real.

No hacía falta ahora dejarse llevar por la imaginación, porque nada era más insólito y onírico que esta mezcla de esencias, pregones, olores, colorido. Nada más real que la pobreza de La Habana Vieja.

Caminar entre las casuchas de retazo de madera y cartón de los barrios bajos de la capital, conocer los motes con que los llamaban sus hacinados moradores como Llega y pon, por aquello de abrirse un espacio para sobrevivir, en cualquier terreno de las afueras, a pesar de no pertenecerles por ley.




Pero los solares y cuarterías fueron los que más le devolvieron el sentido de la realidad. Los patios centrales donde batían las sábanas tendidas desde temprano, las hileras de cuarticos, las balaustradas de madera, el desorden y el caos acompañado de un escándalo al parecer usual en estas tierras.

Toda una cultura defendiéndose de la marginalidad, que le hizo anotar en su diario de ese sábado 20 de diciembre de 1930: Clubes lujosos al lado de una pobreza atroz, que afecta principalmente a las personas de color.

No por gusto los ideales que lograban movilizarlo eran ajenos a aquello que él denominaba el ideal de los puercos: El bienestar y la felicidad absoluta. El valor proviene del bien, la belleza y la verdad.

La vida le habría parecido absolutamente vana sin la persecución del objetivo eternamente inalcanzable, del dominio del arte y de la investigación científica.

La posesión de bienes, el triunfo exterior, el lujo eran desde su juventud, aspiraciones despreciables.

Cuando después de treinta horas anclado en el puerto de La Habana, el vapor Belgeland comenzó a despedir humo, Einstein se encontraba de nuevo en cubierta.

Entre los que acudieron a la despedida agitaban sus manos un grupo de jóvenes donde pudo distinguir a aquel nervioso personaje que en la Sociedad Israelita le pasó el mensaje.

Las órdenes del capitán que conducía la maniobra de salida del muelle acompañaron sus últimas reflexiones en puerto cubano. Es cierto que gozaba más dando que recibiendo, que no se avergonzaba de sus vicios y flaquezas, que tomaba las cosas como venían con buen humor y ecuanimidad...

Lo único que Albert Einstein no lograba explicarse, observando a los fanáticos que veían desaparecer el barco desde el muelle, era cómo y cuando lo habían convertido en un ídolo. Entender eso no era tan difícil para él, como la verdad de que una simple partícula de polvo puede poner en marcha un alud, y precisamente en determinada dirección.