domingo, 20 de mayo de 2007

Carrera hacia el fin del mundo - Sabia recomendación - Fidel

UNA RECOMENDACIÓN SABIA
Jorge Gómez Barata

Con buenos maestros aprendí que la aceleración del progreso científico técnico es una ley del desarrollo: “La humanidad ─ decía uno de ellos ─ tardó millones de años en transitar del dominio del fuego a la caldera de vapor, pero sólo 80 años de ella al motor de combustión interna y menos de veinte del automóvil al avión.
Ese saber, unido a la certeza de que, en términos históricos, por muy dura que fuese la lucha y muchos los avatares, a la larga prevalecerían las tendencias más positivas y la justicia social acompañaría al progreso, daba fuerza y aliento. Los más optimistas asumían que, auque no vivieran para disfrutarla, la felicidad alcanzaría a las generaciones venideras: “La tierra será el paraíso, bello de la humanidad” anunciaba un magnifico himno compuesto por el poeta frances Eugène Portier durante la Comuna de París.
Nadie ignoraba entonces que la industria y la agricultura, la urbanización, la expansión de las vías de comunicación, la obtención de energía y prácticamente todo lo que los hombres hacen, ejerce un impacto sobre el medio natural; no obstante, se les creía capaces para resolver los problemas que ellos mismos creaban.
Eran dogmas magníficos, artículos de fe que no era preciso imponer ni probar, dado su capacidad para sostenerse con la fuerza de lo obvio y que ofrecían la seguridad en un mañana que, aunque con dificultades y tensiones, sería ineluctablemente mejor.
Tal vez por esa formación, durante mucho tiempo me resistí a compartir las tesis apocalípticas acerca del destino de la humanidad y del planeta; sin embargo, realidades como la polución del ambiente, el calentamiento global, la ineficacia en la lucha contra la pobreza y el hambre, las dificultades para avanzar en el desarme y conjurar las guerras y sobre todo, la crisis energética, me han hecho dudar de los presupuestos que sustentaron mi optimismo histórico.
No me refiero al proceso natural mediante el cual la vida se renueva y el planeta ajusta su estructura por medio de terribles sacudidas geológicas, meteorológicas o climáticas, sino a las consecuencias de la actividad humana.
Según el reputado paleontólogo Richard Leakey, en toda la historia natural se sucedieron seis catástrofes que afectaron la vida en la tierra. La más dramática ocurrió hace unos 250 millones de años y perecieron el 90 % de todas las especies marinas y terrestres; en otra ocasión, a unos 200 millones de años de distancia, dejaron de existir el 75 % de los invertebrados marítimos, se extinguieron los reptiles mamíferos y nacieron los dinosaurios que, hace 65 millones de años también desaparecieron.
La vida y la Tierra sobrevivieron a terremotos, erupciones, glaciaciones, diluvios, cambios climáticos e incluso al impacto de aerolitos, todos esos eventos ocurrieron antes de la llegada del hombre y de ellos, ninguna especie fue responsable; cosa que no ocurre en la sexta era de exterminio, actualmente en marcha.
Al margen de las estimaciones, debidamente registradas, existen unos dos millones de especies; una sola, los humanos, son capaces de poner en peligro a todas las demás, unas veces en nombre del progreso y otras en nombre de nada.
La actividad humana, creadora de las civilizaciones y de la cultura universal, también provoca: deforestación, contaminación de ríos, lagos y del océano mundial, erosión, desedificación, salinización y empobrecimiento de los suelos, polución de la atmósfera, contaminación del aire, pérdida de biodiversidad y degradamiento de todos los ecosistemas, incluso de aquellos imprescindibles para la vida humana.
Junto a la belleza y el bienestar, las ciencias, los mitos y la fe, el hombre ha creado también la codicia, la pobreza y la guerra, las armas y las drogas, la corrupción, el soborno y la criminalidad, las vocaciones para el servicio público de líderes consagrados a sus semejantes y la venalidad de la política.
De todas, la especie humana, magnifica por su talento y su espiritualidad y exclusiva por su capacidad para trabajar y fantasear, es la única que consume a capricho más de lo que necesita. Los humanos no viven con arreglo a parámetros naturales, sino a partir de leyes y preceptos creados por ellos mismos, a lo que se añade la probada incapacidad de su liderazgo para propiciar los ambientes que permitan la convivencia.
Todo ello incide, no sólo en la capacidad del planeta para sostener su biodiversidad sino en la resignación de la especie humana para soportar sus propias injusticias. Quienes creen que los pobres, maltratados y preteridos no tienen límites y soportaran eternamente el humillante destino que las elites diseñan para ellos, se equivocan.
Al recomendar a sus lectores: “…Prestar atención a las complejidades de las actividad humana…”, en sus más recientes Reflexiones, Fidel Castro nos invita a tratar de ver más lejos. En la luz larga de los líderes y los sabios y en la movilización de los pueblos, están las oportunidades para salvar a todas las especies, por cierto, también a la humana que: “Al salvarse, salva”.